Lo más fuerte #3
—Sucias —dijo—. Yo al menos. Pero no como sensación, sino como hecho. Eres algo que ha sido usado y todavía lo llevas encima y no puedes quitártelo. —Miró su vaso de agua con hielo—. La ducha tarda mucho en limpiarte. No lo físico. Lo otro.
«Lo otro».
Mi «lo otro» eran ahora Alberto y tío Juan. O tío Juan y Alberto.
Tanto monta…
*
Nos habíamos quedado como mudos. Parecía que ninguno de los dos tuviera más que añadir. Aprovechando el inciso, Nata se excusó.
—¿Te importa si voy un momento al baño?
—No, claro…
La vi marchar hacia el fondo, por detrás de la barra. Por alguna razón, su móvil se había quedado olvidado sobre la mesa. Y estaba desbloqueado.
Tal vez lo había hecho aposta.
Vete a saber.
Lo que importaba era que el maldito aparato me llamaba de una manera magnética. Me resistí cuanto pude, pero al final me rendí a la evidencia.
Quería ver lo que al principio había desechado.
Lo tomé y busqué entre los archivos. Supuse que lo que buscaba se encontraría en el que habían titulado como «Trío Elsa». Lo pulsé y de forma automática aparecieron las imágenes que deseaba ver —o que no deseaba, en realidad.
En ellas, Elsa masturbaba a Alberto y a tío Juan, mientras estos le comían la boca por turnos y la magreaban a placer.
Esa parte ya la había visto, así que la pasé con varios toques en el icono de avanzar treinta segundos.
Cuando lo dejé fluir de nuevo, Elsa ya no estaba como antes.
Ahora se encontraba recostada contra el cabecero de la cama, las manos sujetas a él con esposas.
La venda de los ojos seguía en su sitio.
Alberto y su padre, uno a cada lado de mi novia y de rodillas, hablaban y parecían sostener una moneda. No entendía muy bien de qué iba el asunto.
—Van a sortearse el turno —me aclaró Nata llegando en silencio por mi espalda—. Es como lo de los obreros y Castillo. Ninguno quiere ser el segundo. Follarse un orificio manchado por otro es un desprestigio, además de asqueroso.
No dije nada. No me volví. Solo pulsé varias veces el icono de avance.
Las siguientes imágenes mostraban la escena de sexo en plena acción.
Al parecer había ganado tío Juan. Este, en misionero sobre Elsa, la follaba sin misericordia, su mole de carne descansando sobre ella.
Demasiado viejo para que sus brazos le pudieran sostener por encima.
Me pregunté si mi novia no llegaría a asfixiarse bajo aquel cuerpo que la aplastaba.
No quise preguntar, seguro que Nata tendría una explicación que me pondría los pelos de punta.
Alberto, por su parte, la follaba la boca.
Pero no lo hacía con normalidad, muy propio de él.
Muy al contrario, se la metía hasta que no le cabía más y le robaba la respiración.
Para más inri, a menudo le taponaba la nariz para evitar que respirara.
A Elsa se le amorataba el rostro y cabeceaba para que la soltara.
Las manos atadas la impedían defenderse, y la mole de su tío sobre ella la mantenía pegada a la cama.
Y el cerdo de su primo apuraba el momento y hasta que no la veía a punto de morir, no la soltaba.
Cuando al final lo hacía, Elsa abría la boca y aspiraba el aire a bocanadas.
Había estado a un segundo de perder el conocimiento por la asfixia.
¡El muy hijodemilputas!
Pero había algo que, si no peor, me mataba de asco.
Y parecía que también a mi novia.
Era cuando Alberto acercaba la boca a la de su prima y gargajeaba hasta formar un buen salivazo, que después descargaba sobre su lengua y la obligaba a tragarlo.
Si ella se resistía a abrir la boca, utilizaba el método de antes: la taponaba la nariz hasta que se rendía y acababa por someterse.
Miraba aquello sin fuerza, los brazos caídos sobre mi regazo.
Afortunadamente, Nata decidió liberarme.
—Basta ya… —murmuró en mi oído cogiendo el móvil y apagándolo.
*
Había sido un alivio. No podía ver más. Tampoco hacía falta hacerlo.
El asco y el deseo de venganza no necesitaban más alimento.
El odio que había nacido en mí esa mañana era tan preciso que casi tenía forma. No era una emoción difusa, no era la rabia ciega de quien no sabe adónde dirigirla. Era el tipo de cosa que se instala y no se va.
Que espera su momento.
Que lleva grabado un nombre, dos en este caso.
Nos habíamos quedado en silencio de nuevo. Fuera pasaba un autobús. La barra del bar seguía con su ruido de siempre, vasos y conversaciones, y el televisor con el sonido quitado. El mundo normal siguiendo como si tal cosa.
Alberto y Juan en esa habitación, con esas mujeres, con esos hombres de corbata o de camiseta, hasta con su propia sangre, y el mundo siguiendo como si tal cosa.
—Me has prometido que no le dirás a nadie lo de Lucio —susurró Nata y me sacó de mi desgarrado ensueño.
—¿Vas a seguir con esa vida?
—Si no ocurre un milagro y Lucio se cura, no tengo más remedio.
—¿Cuánto te pagan? ¿Puede saberse?
—Mucho. Da igual. No te lo creerías.
—¿Tanto dinero tienen como para comprar dos almas?
—Solo una —me corrigió—. Elsa lo hace gratis. Ya te lo he dicho. Disfruta con ello.
Apreté los dientes hasta que me dolieron las mandíbulas.
Luego pagué en la barra.
Y nos despedimos con dos besos.
Había anticipado una verdad: «Te vas a arrepentir de haber preguntado».
Aunque no había tenido que ser adivina para saberlo.
Antes de subirme al Volvo, me apoyé en un árbol y vomité.
Luego me alejé de allí con una idea en mente.