Mentiras y cuernos 3 Lo más fuerte #2
77%

Lo más fuerte #2

Miré a Nata de reojo. Ya no sonreía. Su expresión se había agriado, contagiada por la mía. Ella cobraba por aquello, tenía un pase. Pero Elsa lo hacía por placer. ¿Por placer? ¿Qué clase de persona obtiene placer de algo así?

Volví al video.

Mi novia cruzaba el plano de fondo con una bandeja cargada. Caminaba recta, la espalda tensa, los ojos en ningún sitio concreto. El tipo de postura que se adopta cuando aprendes a no existir en una habitación mientras sigues estando en ella.

Porque en ese momento ella no era nada, solo un mueble más.

Sin esperarlo, en el video alguien golpeó la mesa. Un bote de fichas, una carcajada general, el ruido sordo de una mano ganadora. El hombre que había ganado se recostó en la silla con la satisfacción de quien ha esperado su turno y sabe que ahora le toca.

La cámara se movió unos centímetros. Tío Juan estaba al fondo. Lo reconocí por la postura, por la forma en que tenía el brazo apoyado sobre el respaldo del sofá donde bebía y fumaba, como dueño de todo lo que había en esa habitación. Incluidas ellas. Sus mejores pertenencias.

Y junto a él, a un metro en el sofá, Alberto.

Bebían despacio y fumaban habanos. Los puros de cada noche de tío Juan. No jugaban a las cartas, solo observaban lo que ocurría frente a ellos, como quien mira una obra de teatro.

Sentí algo caliente subirme por el pecho que tardé un momento en identificar como odio puro. No rabia. No indignación. Odio. El tipo de odio limpio que va dirigido a alguien: a aquellos dos cerdos, con los que había tenido el honor de compartir mesa en múltiples ocasiones.

—Los de arriba de la imagen —dijo Nata, señalando la pantalla— son tío Juan y Alberto. Supongo que ya los has visto.

—Sí, ya los he visto…

—Tío Juan es el que diseña todo. Alberto ejecuta, pero Juan decide. La casa es suya. Las reglas las pone él.

El hombre que había ganado se levantó. Los demás siguieron con sus cartas, sus copas, sus conversaciones. Como si lo que acababa de ganar fuera un bonus menor, algo que cobrar sin interrumpir la partida.

—Ese que se levanta —dijo Nata— es Paco. Albañil, o algo así. Juan lo trae a veces. Para que no todo sean «señorones», dice.

Paco era ancho de espaldas, con las manos grandes de quien ha cargado peso toda su vida.

Se acercó a Elsa y la agarró de una muñeca.

Luego tiró de ella hacia una cama que me había pasado desapercibida.

Grande, ancha, pero más pequeña que la de la sala roja.

Llevaba el paso directo de quien no necesita ceremonia.

El cinturón desabrochado y tirando para abajo de la cremallera.

—¿Qué va a hacer? —pregunté, como si no fuera obvio.

—Mandar por una vez… —dijo Nata, neutra, como siempre—.

Paco es de los que necesitan demostrarte algo.

Imagino el porqué. A lo largo de su vida ha habido mucha gente con más dinero que él mirándole por encima del hombro.

Aquí nadie le mira así. Es igual que cualquier director general.

—Se detuvo para beber, luego prosiguió—.

Eso se lo notas. En cómo te mira. En cómo te sujeta.

Con Paco lo físico es lo de menos. Lo que te queda es otra cosa.

Que eres la primera vez en mucho tiempo que algo está por debajo de él, y lo va a aprovechar hasta el final.

El tipejo puso a Elsa en cuatro a la cabecera de la cama y le sujetó las manos con dos juegos de esposas que ya estaban allí.

Luego se puso a su espalda, le levantó la falda y la folló con movimientos brutales hasta correrse en menos de un minuto.

Acabó la faena regándole la espalda con su lefa viscosa.

Y la dejó allí tirada, como quien deja un trapo usado, recolocándose los pantalones y los calzoncillos.

Mientras Paco volvía a la mesa, Nata se acercó a Elsa y la liberó de las esposas.

Como si nada, la partida siguió. Fichas. Cartas. Alguien pidió más hielo. Nata recogió la bandeja y fue a buscarlo.

—¿Os quedáis así al terminar? —pregunté, porque algo en el plano del video me lo había insinuado.

—¿Así? ¿Cómo?

—¿Sucias, sin limpiaros?

—Sí, les encanta vernos mugrientas de su asqueroso semen.

—Hijos de… ¿Cómo se puede ser tan cerdos? —Era una pregunta retórica, pero Nata quiso contestarla.

—Las reglas las pone Juan —continuó sin cambiar el tono—. Dice que la limpieza es una forma de borrar lo ocurrido. Y que nada de lo que ocurre en esa habitación debe borrarse hasta que él lo decida.

Lo miré a él en la pantalla. A Juan. Quieto, en su sofá, el vaso en la mano, los ojos recorriendo la habitación con esa calma de propietario. Alberto dijo algo al oído de su padre y los dos rieron. Una risa tranquila, de hombres que están exactamente donde quieren estar.

*

El siguiente en ganar fue un tipo trajeado, totalmente opuesto en aspecto a Paco, el albañil.

—Ese es el señor Castillo —dijo Nata—. Director financiero de no sé qué constructora. Viene casi siempre. Le gusta ir primero, pero esa noche se le adelantó Paco, por lo visto.

«Le gusta ir primero», pensé, «se puede ser más hijodeputa…».

Castillo se recolocó el pelo con la palma antes de acercarse a la cama. Un gesto reflejo, automático. Tal vez sabía que estaba siendo grabado. Se paró un momento al borde, miró a Elsa, luego a Nata, como quien elige en una carta de restaurante. Eligió a Nata.

—Me eligió a mí porque Elsa ya había sido usada, pero habitualmente la elije a ella.

—¿De qué va ese hijo de su madre? —pregunté.

—De lo que van todos, más o menos —replicó Nata—.

Pero Castillo tiene algo particular. Mientras lo hace, habla.

Bajito, casi para sí mismo. Dice cosas. —Una pausa para tragar saliva—.

No te voy a repetir qué cosas. Pero es el tipo de hombre que necesita escucharse a sí mismo mientras hace daño.

Como si las palabras lo hicieran más real, más auténtico.

En ese momento, Castillo sujetaba a Nata, la abofeteaba dos veces y la arrojaba sobre la cama como quien arroja un fardo.

Los de la mesa reaccionaron. Alguien aplaudió. Otro dijo algo que no se escuchaba bien por el audio pésimo del video, pero que arrancó risas. Un ambiente de partido de fútbol, de terraza de bar, de grupo de amigos que pasan un buen rato.

Segundos más tarde la estaba follando con una polla ancha y larga como la de un caballo. Un rabo que por fuerza tenía que dolerle a una mujer, sobre todo si la penetraba de aquella manera salvaje y a un ritmo frenético.

—¿Y tú qué haces mientras? —No supe por qué seguía preguntando—. Me refiero a mientras él te está…

—Me voy —dijo Nata, sencillamente.

—¿Cómo que te vas?

—Sí, desaparezco de la casa con el pensamiento. He aprendido a hacerlo. Dejo de estar en mi cuerpo y espero a que Castillo termine.

En ese momento Castillo la follaba en misionero, tirándola del pelo y llamándola puta sin parar mientras se corría. Las bofetadas se repetían de cuando en cuando.

Castillo terminó.

Volvió a la mesa recolocándose el pantalón. Se abrochó el cinturón con parsimonia, cogió su copa, brindó con el de al lado como quien acaba de ganar un punto en un juego de mesa.

Otro hombre se levantó de la mesa. Acababa de ganar una mano.

Este más joven, más primitivo, el tipo de hombre que no habrías querido encontrarte en un callejón.

Alguien que Alberto o Juan habrían recogido literalmente de la calle, porque en esa habitación lo que importaba no era quién eras sino lo que ibas a hacer.

Los de la mesa jaleaban. Venga, tío. Así. Dale duro.

Como en un partido de fútbol una vez más. Hinchas gritando y el que va a tirar el penalti preparando el escenario. Preparando a Elsa, a la que se iba a follar sin miramientos, a tenor de los azotes en el culo que la propinaba como si fuera la supuesta niña mala de una película porno.

Y enseguida la ponía en cuatro, como había hecho Paco, y la penetraba bestialmente. Pero no lo hacía por delante, sino por la puerta trasera, lo que hacía aullar a mi novia. Con expresión de placer, sin embargo.

Mi novia, que había odiado siempre ofrecer su orificio de atrás.

Disfrutando con ello.

Aparté la mirada de la pantalla. La puse en la barra. Luego en el suelo. Luego de vuelta a la pantalla, porque algo en mí era incapaz de no mirar.

—¿Cuántos hombres suelen juntarse en una noche? —pregunté. Tampoco sé por qué pregunté esto. No quería saber la respuesta.

Nata consideró la pregunta.

—Depende. Esa noche... —miró la pantalla un momento, calculando— siete u ocho. Más los amos. Pero hay otras noches con menos. Y alguna con más.

Siete u ocho. Suputamadre.

—¿Y pagan por participar en la timba?

—Claro que pagan —respondió—. Pero no con dinero contante. La casa no es un burdel. Hay muchas formas de pagar. La mayoría se basan en favores que se hacen entre bambalinas. Favores de gente importante que te facilitan ciertos negocios.

—Pero, ¿qué ocurre con gente como Paco, el albañil? —argumenté, extrañado—. ¿Puede él pagar con ese tipo de favores?

—Oh, no… —sonrió—. Lo de Paco y otros como él es un puro divertimento de los amos, unos invitados especiales para romper la monotonía con sus maneras primitivas.

La pantalla siguió. El video siguió. Los hombres de la mesa siguieron bebiendo y jaleando y levantándose por turnos, y yo seguí mirando algo que no debería estar mirando pero que ya no podía «desmirar» porque esas imágenes se habían grabado a fuego en algún sitio de mi cabeza donde iban a quedarse para siempre.

Al final del video los hombres estaban de pie alrededor de la cama.

—Ya te imaginas cómo termina —dijo ella.

Me lo imaginaba.

Cuando los chorros de los hombres comenzaron a empapar de orines a las dos mujeres, la sensación de vómito me confirmó que no me equivocaba.

Apagué el video yo mismo.

No necesitaba ver más.

Miré a Nata.

—¿Cómo os sentís en esos momentos? —no dejaba de preguntar, como si quisiera ponerme en su piel.