Lo más fuerte
Me encontraba hastiado, superado por todo lo que estaba conociendo de esa segunda vida de Elsa que hasta entonces solo había intuido, pero sin llegar a sospechar su alcance real.
Pero necesitaba más.
Un inciso antes, eso sí.
Lo suficiente para ir al baño y pedir otro vermut en la barra. El cuerpo me seguía pidiendo alcohol. Nata pidió más agua con gas.
Y entonces tuve una ocurrencia diferente. Se lo dije a Nata, que esperaba el final de la agonía, sin saber que la agonía se había convertido en ira. Y que la ira me permitía aguantar.
O eso creía.
—Quiero un vídeo donde se vea a Elsa en el cuarto rojo… —le dije y se llevó las dos manos a la cara.
—Joder, Sergio, no… —protestó al saber que la mañana no acababa todavía—. Es de lo peor que puedes ver.
—¿Peor que el sexo con varios hombres?
Se quedó callada, dándome la razón.
—Venga, muéstrame lo que te pido. De las orgías hablamos después. No te pienses que me he olvidado de ellas.
Se mordió el labio y gimoteó. Pero no se negó.
Segundos después me mostraba un nuevo video.
—A ver si la bilis te envenena mientras ves esto, imbécil… —me deseó con expresión de rabia.
Y vaya si me impactó.
Hasta obligarme a sujetar el vómito de nuevo.
El video mostraba la sala. Y a Elsa en el interior. Parecía haberlo grabado alguien con una cámara cercana, casi a la altura de mi novia. Posiblemente uno de los dos hijosdeputa —padre o hijo— que disfrutaban de las torturas a sus esclavas.
La imagen, como había anticipado por las palabras de Nata, era brutal.
Elsa colgaba por el cuello en la horca que había visto unos minutos antes.
Vestía poca ropa, pero al menos no se hallaba desnuda.
Todavía. Los pies, descalzos, apenas le llegaban al suelo; necesitaba ponerse de puntillas y apoyarse con los dedos para no acabar ahorcada.
Solo un pie a la vez, con los dos resultaba imposible, así que hacía malabares para mantenerse con un pie a la vez en turnos de pocos segundos.
Con las manos se sujetaba a la correa de cuero que le rodeaba el cuello, intentando auparse para que la correa no le cortara la respiración. La expresión de su rostro —rojo como la grana— mostraba su terror a asfixiarse, cosa que podía llegar a ocurrir si perdía el frágil equilibrio.
En la boca, una mordaza de bola para ahogar sus gritos, ayudándola a asfixiarse lentamente.
—No-me-jo-das… —murmuré. Aquel puñetero aparato, que por sí solo no me había impactado, ahora me provocaba un terror insufrible.
—Te gusta, ¿eh? —se burló.
—La están jodiendo, pero bien… —acerté a murmurar—. ¿Es que no van a soltarla? Se va a estrangular si sigue ahí un segundo más.
—¿Soltarla? —rió bajito—. Ni ha empezado lo bueno todavía.
Tragué saliva.
De pronto una imagen se había dibujado en mi cabeza: una señal roja alrededor del cuello. Del cuello de las dos amigas.
Seguramente por aquella tortura. O por alguna similar. Ahora que sabía su origen no me atreví a preguntar.
—¿Y por qué la han colgado en la horca?
—Un castigo, lo puedes imaginar.
—¿Real o imaginario?
—Vete a saber… —se excusó—. Los amos no dan explicaciones.
—¿A ti te han hecho esto alguna vez?
—Una… —respondió—. Es demasiado jodido como para que lo hagan a menudo. Si consigues no morir asfixiada, te cuesta luego un mes de fisio recuperar el dolor de cuello.
—Suputamadre… —murmuré agobiado al imaginar lo que comentaba—. Y ¿por qué fue, si puede saberse?
—Oh, por nada especial —respondió tranquila—. Por negarme a chupársela a un octogenario…
Y soltó una risita.
Parecía decirlo como si no le importara.
Poco antes había afirmado que hacía aquello por dinero.
Pero sus palabras, convencidas de lo que decían, parecían indicar lo contrario: que disfrutaba al ser sometida hasta extremos insoportables.
Como Elsa.
Como las otras esclavas que las habían precedido.
No entendía sus cambios de tono, a veces oscuros y serios, otras veces irónicos y hasta humorísticos. Tal vez ocultaba algo más, cómo saberlo.
—Ahora viene lo «bueno» —dijo y me sacó de mis cavilaciones.
Lo «bueno» eran dos hombres de mediana edad. Vestían monos de trabajo. Sudados, sucios. No parecían invitados muy exquisitos.
—No son invitados de los de «verdad» —susurró Nata adivinando mis pensamientos—. Son dos operarios reales. Los que por esos días reparaban unos problemas en la piscina. Un castigo de lo más ordinario, ¿no te parece?
—¿Qué van a hacer? —dije con la garganta seca por el pánico.
—Ahora lo verás…
Nueva risita.
Y una frase de fondo, ésta saliendo del video.
—Toda vuestra, como os he prometido… —su voz sonaba lejana y no pude distinguir si provenía de tío Juan o de su hijo. Daba igual, seguramente ambos se escondían tras la cámara. O quizá lo hacían tras el espejo unidireccional, mientras un lacayo la manejaba.
Los operarios comenzaron a desnudarse. En segundos sus pollas hediondas cortaron el aire, ufanas y duras. Dispuestas a hundirse en la carne.
En la carne de Elsa.
Para comenzar, le rasgaron a mi novia la poca ropa que llevaba puesta. Luego comenzó la función de verdad: arrimados a ella la sobaron, lamieron y rozaron con sus sexos. Reían a carcajadas cuando alguno soltaba una ocurrencia y la ponían en práctica.
Lo más asqueroso era el modo en que la besaban, comiéndole la boca, mientras mi novia se debatía para evitar que se la llenaran de babas.
Hasta que uno de ellos dijo:
—Sujétamela por las piernas, me la voy a follar…
—Espera, me la follo yo primero… —dijo el otro.
—Y una mierda… yo la tengo agarrada por delante. Empiezo yo.
Como no se ponían de acuerdo, la voz en off sugirió que lo echaran a suertes. Y así fue: una moneda al aire propuso al vencedor en el debate.
—Me ha tocado a mí…
—Que cabronazo, me voy a tener que follar un coño lleno de leche…
—Te jodes… —dijo el ganador—. Anda, agárrala y ábrele las piernas, que si está de pie no le alcanzo el agujero…
Dicho y hecho, el más gordo de los dos se situó a la espalda de Elsa, la sujetó por las corvas y le levantó las piernas, abriéndole los muslos.
De una embestida, el más alto se la metió hasta los huevos sin ningún miramiento. Elsa había arqueado el cuello con expresión de dolor. No había gritado, por supuesto, la mordaza de bola se lo impedía.
Al menos, pensaba yo, con las piernas sujetas por el gordo podría respirar durante unos instantes. El tiempo en que el alto tardara en correrse.
Lo hizo en menos de dos minutos, dejando el coño de Elsa húmedo y chorreante. Hijosdeputa, ni siquiera le habían dado opción a mi novia de que el tipejo la follara con condón.
Luego se produjo un intercambio. El alto sujetando y el gordo follando.
Una escena de porno miserable.
De las desagradables. De las que yo paso a toda prisa si aparecen en mi móvil cuando busco una forma rápida de auto satisfacción.
Aunque, si lo pensaba bien y salvando las distancias, la situación tenía fuerte relación con el video del barco.
Aquel video en que se veía cómo dos idiotas y un macho alfa la habían manipulado a placer, con mi novia disfrutando de lo lindo al ser vapuleada.
Por cierto, entonces había creído que ella sufría con aquel trato miserable.
Ahora sabía que no, que el maltrato era lo que más placer la provocaba.
Lo insinuaba Nata, pero yo ya lo sabía, no me cabía ninguna duda.
Cuando el gordo terminó la faena, su corrida escurriéndose por el vientre de Elsa y goteando hacia el suelo, el hombre de la cámara los despachó con malas maneras.
—¡Fuera, coño…! —les apremió al ver que se entretenían en ponerse la ropa, y los dos escaparon raudos de la sala roja con las prendas en las manos.
Dejando a Elsa otra vez sola.
Volviendo a hacer malabares para no terminar ahorcada.
El video se puso en negro y finalizó sin dejar claro como acababa la tortura.
Y la inquietud permaneció dentro.
Alimentando mis reservas de ira.
*
Minutos después aún permanecía con la mirada baja. La respiración agitada. Los puños apretados. ¡Hijosdemilputas!
Pero aún no estaba conforme.
Me faltaba algo.
—Quiero ver lo que te pedí antes —murmuré—. Un video con varios hombres. Más de dos.
—Joder, Sergio, ¿aún no has tenido suficiente? —volvió a rezongar.
—Solo un video, el que sea, te juro que es el último.
—Vete a la mierda. Haz lo que quieras, voy a buscar uno de los peores. Que te jodan…
Rebuscó durante unos segundos. Luego puso el móvil ante mis narices. El volumen siempre al mínimo, no era cuestión de que nos oyeran en las mesas de alrededor.
—Mira éste, seguro que te va a gustar… te mereces la úlcera que te va a salir al verlo, por gilipollas…
Alcé la mirada y la fijé en el móvil.
La escena ya se desarrollaba ante mis narices.
No era tan brutal como había temido. No de momento.
Había en él una mesa redonda. Luz de casino barata, amarilla y con muchas sombras. Ocho, diez hombres —perdí la cuenta y dejé de sumar— con cartas en las manos y fichas apiladas. Humo. Vasos. La típica noche de amigos que se alarga más de la cuenta.
Nada del otro mundo.
Excepto que en esa noche de amigos había dos mujeres sirviendo a los de la mesa. Medio desnudas, las tetas al aire, collar de perritas, faldas hiper cortas, medias de puta con liguero, zapatos de tacón alto.
Nata. Elsa. Con bandejas. Con las miradas de todos los hombres sobre ellas. Algún roce esporádico, algún azote en el culo por debajo de la falda.
—¿Cada cuánto os llaman para estas reuniones? —pregunté por decir algo. La palabra «reuniones» me sonó ridícula en cuanto la dije.
—Cuando les apetece —respondió Nata—. Sin previo aviso. Estás en el trabajo, suena el teléfono, y a la hora que te dicen tienes que estar allí. Si tardas más, hay consecuencias.
—¿Son las tardes que duran más?
—Sí, esas…
—¿Y si no vas?
Nata me miró.
—Nunca he faltado.
—¿Y Elsa?
—Una vez falló. Acabó colgada de la horca y follada por dos obreros…
Los ácidos del estómago se me subieron a la garganta. Acababa de ver la prueba de que los supuestos amos no iban de broma.