Los juegos #2
Pero no me vine abajo.
—Tienes razón, no me interesa esto… —concedí y Nata sonrió, pensando que me rajaba.
—Te lo dije… —soltó con expresión de victoria.
Pero se equivocaba. Su sonrisa se convirtió en un rictus cuando le hice la siguiente petición:
—Quiero ver un video donde se la follen en grupo…
—Joder, Sergio… —Nata se echó hacia atrás, como asustada—. No me pidas eso, por favor…
—Vamos, hostias… —insistí—. Ponme algo más duro. Un polvo con esos gilipollas casi me lo puedo imaginar.
—No tienes ni idea… —refunfuñó.
Sin muchas ganas, Nata rebuscó en la pantalla del móvil durante un minuto. Después tecleó algo y otro video se inició.
*
—¿Qué es esto? —dije al ver una amplia estancia de color rojo. No necesitaba la respuesta, pero quería oírsela decir.
—Es la sala roja —respondió—. He pensado que te gustaría verla.
Era un intento de distracción. Saciar mi curiosidad por el cuarto rojo, de forma que me olvidara de lo que le pedía: miserable sexo en grupo. Hubiera podido reprenderla y volver a lo importante, pero decidí darme un respiro.
—Vale, quiero verla.
El video comenzó a desvelar los secretos de la «sala de ejercicios». Nata, como si se tratara de una voz en off la iba describiendo.
Y yo iba interiorizando sus comentarios y fijándolos en mi cabeza.
La sala se encontraba en la planta dos, junto al resto de las habitaciones que denominaban normales.
Y la puerta no tenía picaporte por fuera.
Eso era lo primero que llamaba la atención: una puerta maciza de madera oscura sin ningún mecanismo visible desde el pasillo. Solo se abría desde dentro, o con la tarjeta magnética que los amos guardaban como si fuera la llave de una caja fuerte.
«El olor llega antes que la vista», murmuraba Nata en mi oído. Cuero. Acero. Algo ligeramente antiséptico, como un quirófano. «Es un olor que no se va de la ropa», afirmaba.
«Al grano», le dije y volví a concentrarme en lo que veía.
La sala medía unos cuarenta metros cuadrados, según Nata, y tenía el techo alto, casi cuatro metros.
Las paredes eran de un rojo oscuro, casi granate.
El suelo era de resina negra pulida, ligeramente antideslizante, fácil de limpiar.
Las alfombras —tres, distribuidas estratégicamente— eran negras en los extremos y rojo sangre en el centro, delimitando zonas como si fueran los aros de un circo.
La iluminación era lo más sofisticado de todo. Spots regulables en el techo que podían convertir cualquier rincón en un escenario o sumirlo en una oscuridad casi completa. Sin luz natural. Sin referencia horaria. Allí dentro no existía el tiempo.
*
En el centro de la sala, el potro.
No era un mueble: era una declaración de intenciones.
Estructura de acero negro mate, superficie tapizada en cuero negro de grano grueso, con la forma básica de un cajón inclinado, pero con articulaciones que permitían transformarlo en casi cualquier ángulo concebible.
En los cuatro extremos, anillas de acero con correas de cuero que inmovilizaban muñecas y tobillos en segundos.
Debajo, a lo largo de los laterales, más anillas a distintas alturas para los casos en que la posición requería más puntos de sujeción.
*
A la izquierda del potro, la Cruz de San Andrés.
En forma de X, dos metros y medio de altura, acero negro con acolchado mínimo porque la incomodidad también era parte del diseño.
Anclada al suelo y a la pared. La persona se colocaba de espaldas o de cara a la cruz, los brazos extendidos en diagonal arriba, las piernas abiertas en diagonal abajo, formando la X.
Las correas hacían que la postura fuera inamovible.
O cómoda, pensé.
¡Putos pirados!
«Lo que la mayor parte de la gente no sabe sobre la Cruz de San Andrés es que su diseño no es solo para inmovilizar: es para exhibir», afirmaba Nata.
«Cuando alguien está sujeto a ella de cara a la sala, no puede esconder nada.
No puede cruzar los brazos, no puede juntar las rodillas, no puede girarse.
Y si está de espaldas, la espalda, las nalgas y la parte posterior de los muslos quedan completamente expuestas y a una altura cómoda para “trabajarse” a la esclava».
Frente a la X, a dos metros exactos, había un espejo. De cuerpo entero, sin marco, anclado a la pared con el ángulo ligeramente ajustado para que quien estuviera en la cruz pudiera verse a sí mismo si le apetecía. O que no pudiera evitar verse, que no era lo mismo, para una tortura visual.
Por otro lado, el espejo no era lo que parecía.
Vidrio unidireccional. Detrás, una habitación pequeña con dos sillas y un monitor.
Los amos, tío Juan y Alberto, a veces preferían observar desde allí.
Espiar lo que otros cerdos les hacían a sus esclavas, mientras ellos bebían champán y se masturbaban.
*
Del techo colgaban varias cosas.
Las más visibles eran los puntos de anclaje: argollas de acero cada metro y medio, distribuidas por toda la sala, de las que pendían poleas con cuerdas de carga.
«Estas poleas tienen un uso principal en el bondage de suspensión», explicaba Nata: «la persona es atada con cuerdas y suspendida total o parcialmente en el aire».
Colgando de dos de esas argollas había una jaula cilíndrica de barras negras.
Diámetro aproximado de un metro, altura de metro y medio: «suficiente para entrar de pie, no para estirarse.
Una jodida tortura, sobre todo si sufres de claustrofobia», según Nata, que afirmaba haberla probado demasiadas veces, para su infortunio.
Siempre como castigo a alguna falta, ya fuera real o imaginaria.
«La mayor parte tan solo para diversión de los invitados de los amos», decía con un tono neutro que daba escalofríos.
«Los putos amos», puntualizaba yo con el pensamiento.
Había también, en el extremo más alejado de la entrada, lo que a primera vista parecía una horca: un pórtico de acero del que colgaba una cadena con un mecanismo de trinquete para subir o bajar. Al final de la cadena, una argolla. Al final de la argolla, una correa de cuero con hebilla.
No sabía en ese momento que maldeciría aquel sistema de tortura en unos minutos.
*
En la pared del fondo, el armario.
Puertas correderas negras de suelo a techo que se abrían con un sensor de proximidad. Dentro, la misma lógica de quirófano de lujo que impregnaba toda la sala: cada cosa en su sitio, ordenada, limpia, etiquetada con total pulcritud.
Los látigos ocupaban una sección entera. No eran todos iguales y la diferencia importaba. Los amos tenían de todos los tipos. Enrollados con precisión militar, colgados de ganchos individuales.
Las cuerdas ocupaban otra sección. Distintos grosores, distintos materiales.
Después estaban las pinzas, alineadas por tamaño en una bandeja de acero. Las más pequeñas eran las más engañosas: empezaban sin apenas molestar y terminaban siendo insoportables.
Las velas eran negras y no eran velas normales. Estaban fabricadas con parafina y sin perfume, porque los aceites esenciales bajaban el punto de fusión de forma impredecible.
En el estante superior, los objetos más técnicos, difíciles de describir para un profano, cosa que se confesaba Nata. Entre ellos, mordazas de bola de varios tipos y medidas. Las más utilizadas para silenciar a la esclava.
En el mismo estante, una serie de antifaces de cuero con cierre en la nuca y, junto a ellos, tapones de oído y cascos de cancelación de sonido. «La privación sensorial es otra herramienta de tortura: quitar la vista y el oído amplifica todo lo demás hasta niveles insoportables», argumentaba Nata.
«Hay que pasar por ello para entenderlo», apostillaba.
En el estante más bajo, los collares. Una docena, de cuero negro, cada uno con un candado de acero con combinación y un número grabado. El número no era decorativo. Era el nombre temporal de la esclava mientras era sometida.
*
Una cama, finalmente, se encontraba situada en el rincón de la derecha y tenía el tamaño de dos camas de matrimonio adosadas. Cabecero y piecero de hierro forjado negro, con barras horizontales a distintas alturas a las que podían anclarse correas o esposas.
Sobre la mesita auxiliar de acero junto a la cama, una tablet en standby conectada al sistema de cámaras. Cuatro ángulos, cuatro lentes en las esquinas del techo, casi invisibles, que grababan y almacenaban lo grabado localmente en un servidor.
Con el sistema de seguridad mencionado por Nata.
Los amos eran hombres precavidos.
Además de unos hijosdeputa.