Los juegos
No conseguía hacerme a la idea de que Elsa fuera una vulgar zorra que se dejara mancillar por grupos de hombres, como Nata había mencionado que ocurrió antes de irnos de crucero.
«Satisfacerlos», había dicho, pero para mí eso era trabajo de prostitutas.
Sumisión a gran escala. ¿Qué tenía que ver el sado con la prostitución?
No entendía nada. De hecho, me daba cuenta de que ni siquiera sabía de qué se hablaba exactamente cuando se mencionaba el acrónimo BDSM.
Decidí preguntar.
—¿Qué es lo que hacéis en la casa? No entiendo nada de eso del sado…
—Bueno, es normal… —afirmó—. Ese tipo de cosas no son para cualquiera.
Hay que tener mucho estómago para soportarlas.
Sergio, de verdad, creo que es mejor que lo dejemos aquí.
Ya sabes lo que hay, puedes tomar una decisión con respecto a Elsa.
No necesitas castigarte con más información que no vas a poder procesar.
Me negué en rotundo. Necesitaba saberlo todo.
—Me importa una mierda lo que creas. Vas a seguir contándomelo todo hasta que diga basta. Si no, ya sabes a qué atenerte.
—Joder, Sergio, estás loco… te vas a autodestruir.
—Ese es mi puto problema… —la amonesté—.
Para empezar, quiero saber por qué coños obligaron a desnudarse a Elsa a la puerta de la casa.
Y luego hacerla esperar fuera durante un buen rato con el frío que hacía y el peligro de cogerse una pulmonía.
Hay que ser muy hijosdelagranputa. Una cosa es el BDSM, he leído poco sobre ello, pero suele ser una práctica respetable, no un juego de cabrones.
Me miró como se le mira a un idiota.
—No tienes ni idea… —dijo y bebió de su vaso antes de proseguir—.
Existen tantos tipos de sado como personas que lo practican.
Y algunos son moderados, soportables, como para «todos los públicos».
Pura mierda para corazones débiles. Pero hay otro sado extremo y de muy mala leche que una mujer no soporta más que por dinero…
—Tu caso… —remarqué.
—… O por vicio…
—El de… Elsa… —gemí.
—En efecto. Y si sigues insistiendo, tienes que saber que el sado de los parientes de Elsa es el más hijodeputa que existe. Peor que el peor que te imagines. ¿Vale?
Me cabreé y casi le grité. Pero el enfado no iba con ella, sino conmigo mismo.
—¿Por qué coños la putearon de esa manera? ¿Me quieres contestar, hostias?
Tragó saliva, los ojos asustados.
—Fue en castigo… de llegar tarde a la cita en la casa… por tres putos minutos… Y ni siquiera fue culpa suya, sino de las obras en la urbanización.
Un latigazo me recorrió el estómago.
Un furor comenzaba a nacer en mi vientre.
Un furor solo comparable al del día en que destrocé el coche de Andrés.
*
Lo bueno de ese furor era que me permitía afrontar aquella conversación con mayor entereza. Menos roto por dentro. Si me lo proponía, podía ir más allá. Saberlo todo, de la A a la Z.
Aproveché que Nata iba al baño para hacer respiraciones profundas.
Un, dos, tres… aspira… cuatro, cinco, seis… expira.
Me servían en el trabajo en momentos de tensión.
Podrían servir ahora para calmarme.
—¿Cómo es la casa? —pregunté en cuanto Nata regresó, sin darle tiempo a sentarse—. Quiero decir, ¿tiene algo especial? ¿O es simplemente una casa normal donde se hacen burradas?
—No, no es una casa normal… —confirmó mis sospechas—.
Bueno, en general sí que lo es… En la planta baja está el salón pequeño, la cocina, los baños, la habitación de servicio…
Y en la segunda planta el salón grande, las habitaciones «normales»…
y, junto a las normales, una sala especial.
La «sala de ejercicios», la llaman los amos.
Aunque eso que tú llamas «burradas» se hacen también fuera de la sala de ejercicios.
En las habitaciones normales, principalmente, aunque el salón grande es una zona perfecta para ciertos juegos…
—¿La sala de ejercicios es la puta sala roja, como la de 50 sombras…?
—Algo así…
—¿Y… es roja? —solo preguntaba por curiosidad.
—Sí, es roja…
Solté una carcajada histérica. Menuda gilipollez. ¿Aquellos dos idiotas no habían tenido más imaginación? ¿Habían copiado la novela línea por línea?
En poco rato iba a descubrir la verdad.
—Quiero verla… —dije sin pensar.
—Imposible… En esa casa no puede entrar nadie sin invitación. Y te puedes imaginar que a ti precisamente no te van a invitar.
—Pues vete consiguiéndome una llave. Me «invitas» tú cuando no haya nadie y me la enseñas.
—¿Te has vuelto loco? —se echó hacia atrás para evitar que la sujetara de una muñeca, como había pretendido—.
Esa puta casa está blindada… Tiene tantos sistemas de vigilancia que no podrías ni estornudar a veinte metros de ella sin que se te echara encima toda la seguridad de la urbanización.
Y la policía. Y te aseguro que a mí no me han dado las llaves ni los códigos de desactivación de las alarmas.
¿Quién te crees que soy? No soy nadie, menos que nadie… Lo mismo que Elsa.
»Pero aunque consiguiéramos entrar, tampoco serviría para nada.
Todas las habitaciones de la casa tienen multitud de cámaras y están encendidas las veinticuatro horas, grabando sin detenerse.
La excepción es la sala roja. Ahí solo se encienden las cámaras cuando lo deciden los amos.
Y son en casos muy especiales, cuando se ejecuta algún juego.
Aunque no saltara ninguna alarma, cosa improbable, el sistema IA de detección de intrusos en las grabaciones les haría un informe en segundos y se lo pasaría por correo al móvil.
Ellos activarían la seguridad en ese caso. Olvídalo, por dios…
La miré, pero ya no con aflicción, sino con rabia.
—¡Hijosdeputa…! —mascullé—. Lo tienen bien montado, ¿eh…?
—Joder, ¿qué te creías? ¿Qué tratabas con aficionados?
—Lo que no entiendo es por qué graban las veinticuatro horas. ¿Qué hacen con las grabaciones...?
Una niebla ensombreció sus ojos por un instante. Quería retener un secreto, pero se había desenmascarado ella sola.
—Espera… —la señalé con un dedo—. ¿Tienes alguna de las grabaciones que se hacen en ellas?
Me esquivó la mirada.
La había pillado en un renuncio.
Estiré la mano y la sujeté por la barbilla.
—Mira, Nata, me vas a enseñar alguna de esas grabaciones que «no» tienes o mañana vas a tener que darle agua con azúcar a tu querido Lucio para su enfermedad, ¿me oyes?
Me había convertido en un hijo de puta con carnet, pero me fastidiaba ser el bobo de la película. Como lo había sido en tantas ocasiones desde que Loren reapareciera meses atrás.
—Está bien… —reconoció—. Podría acceder a algunas grabaciones, pero te recomiendo que no las veas. Son algo fuertes, te joderían pero bien…
—Y una mierda… —renegué—. Si me joden o no es mi puto problema.
—Está bien, yo ya te lo advertí. No me sentiré culpable.
Por la forma en que hablaba supe que tenía alguna en su móvil. Cuando se las había pedido, estaba convencido de que me daría largas y me diría que me las enviaría en otro momento. Pero no era así.
Extrajo su teléfono del bolso y lo desbloqueó.
—Mándamelas por wasap —le urgí extrayendo el mío del bolsillo.
—Imposible —me corrigió—. No las tengo en el móvil.
Te he dicho que puedo «acceder» a ellas, no que las tenga descargadas.
Parece que no te quieres enterar: es imposible sacar nada de ahí dentro.
La seguridad lo detectaría y se montaría la marimorena.
Así que las he copiado en una carpeta oculta a la que puedo acceder desde el exterior. Se pueden ver, pero no enviar.
—Y una mierda… no me lo creo…
—Es lo que hay… lo tomas o lo dejas… —me amenazó con mirada asesina.
Decidí que había tirado demasiado de la goma. Mejor no romperla.
—Está bien —acepté, ya vería si me mentía y si podía sacar algo más después—, me vale así.
Cuando se inició la primera grabación, Nata se puso a mi lado, dispuesta a verla conmigo y a contarme lo que veía.
Iba a alejarla lejos de mí, pero en cuanto comenzó la reproducción supe que la necesitaba cerca.
No era solo que las imágenes fueran defectuosas —oscuras, con cortes— y que necesitaran explicación.
Había una razón añadida, más importante.
—¿Por qué son tan malas? —pregunté.
La respuesta era obvia:
—Porque no se pueden grabar en HD. Si fueran imágenes de alta resolución no habría espacio en disco suficiente donde almacenarlas.
—Joder… —protesté.
No tuve más remedio que aceptar su ayuda, y no solo por la calidad. Más tarde sabría que necesitaba el apoyo de alguien para no desfallecer mientras las visionaba.
*
La primera imagen mostraba una cama con tres personas en ella.
Una mujer en el centro, desnuda a excepción de las bragas y el collar de perra alrededor del cuello.
Y dos hombres completamente desnudos y empalmados, cada uno a un lado de ella.
Creí que se trataba de una fotografía hasta que la imagen comenzó a avanzar.
Mi corazón se saltó dos latidos al descubrir que Elsa era la mujer y Alberto y tío Juan los hombres. La habían cegado los ojos con una venda negra y no permanecía inmóvil: agarraba las pollas de aquellos dos —una en cada mano— y les pajeaba lentamente, sin prisa.
Ellos la magreaban mientras tanto y le comían la boca por turnos.
En ese momento era tío Juan quien atraía su boca hacia él y jugaba con su lengua contra la de mi novia.
Daba la sensación de que estuviera forzándola a hacerlo, aunque la expresión y el movimiento de la lengua de Elsa demostraban lo contrario.
Alberto, desde el otro costado, le comía las tetas con una lengua voraz, mientras le metía una mano bajo las bragas y la movía de una manera febril sin dejar lugar a la imaginación.
—¿Qué… qué hacen…? —pregunté casi sin querer.
—La están calentando… solo eso —respondió Nata—. En cuanto la tengan a su gusto se la van a follar a saco. No deberías verlo, son un poco animales. No va a ser un polvo dulce, precisamente…
—¿Cómo en las tardes de aquel verano en el hotel de los cornudos?
—Mucho peor…
Me quejé con un gemido.