Nata #4
—Más o menos… aunque a veces desagradable… y doloroso…
Tragué saliva, su gesto serio no parecía estar relacionado con un juego de niños, precisamente.
—Entonces… —me daba miedo preguntar—. ¿Elsa y tú sois esclavas de Alberto y Juan?
—Eso es…
Lo decía tranquila, como si hablara del tiempo.
—Y… ¿desde cuándo lo sois? —pregunté con falta de aire.
—Espera. Si dejas que me explique, lo entenderás todo.
—Está bien… —me resigné—. Empieza por el principio.
*
—Como te he dicho, Alberto y su padre sometieron a dos chicas cuando nosotras nos fuimos. Pero no funcionaron como deseaban. Así que las repudiaron y buscaron a otras dos. A estas las aguantaron casi un año, todo un récord. Pero volvieron a cambiar. Y así sucesivamente durante varios años.
»En ese tiempo tuvieron varias sedes. La principal había sido el palacete de Jávea, pero les resultaba muy incómodo durante los meses que vivían en Madrid, que eran los más. Así que decidieron comprar el chalet de La Moraleja.
—Háblame del chalet, ¿cómo es por dentro? –la interrumpí.
—Paciencia, todo llegará. Te lo prometo.
Me resigné a ir siempre por detrás de ella. No cabía otra que aguantar si quería saberlo todo. Y podéis apostar a que en ese momento mi curiosidad se había convertido en paranoia.
—Está bien, continúa… —acepté.
—Sigo. A primeros de este mismo año, los «amos» se desprendieron de sus dos esclavas a la sazón e intentaron someter a otras dos. No encontraban a las adecuadas y al final alguno de ellos —no sé cuál— apuntó que podrían intentarlo de nuevo con nosotras.
—No me jodas…
—Pues sí, querido… —sonrisa de loba, pero ojos tristes—. Nos convocaron a una reunión y nos lo plantearon. Se habían vuelto tan formales que nos pusieron sobre la mesa algo impensable en otro tiempo: un contrato formal, de obligado cumplimiento. Con cláusulas de confidencialidad más que terribles.
—Como en 50 sombras… —pensé en voz alta.
—Exactamente igual, pero con peores condiciones.
—Y las dos aceptasteis de inmediato —me adelanté a su explicación.
—No, de inmediato no —aclaró—. Elsa se moría de ganas, es verdad.
Pero yo me negaba. Llevaba casada unos meses con Lucio y no me apetecía lo más mínimo.
Además, había una cláusula que rechazaba cualquier lazo matrimonial de las esclavas, así que la existencia de mi marido era un impedimento insalvable.
Lo guardé en secreto, sin contárselo ni siquiera a tu novia, que no sabía de mi vida por el tiempo en que estuvimos sin vernos.
—¿Elsa no tenía problema con esa cláusula?
—No, solo el matrimonio era excluyente, no una relación de noviazgo, por muy estable que fuera. Asuntos legales, creo que era la diferencia entre ambas situaciones.
—¿Cómo presentaste a Lucio entonces en el palacete? Recuerdo que le conocí allí.
—Lo hice como un amigo… un ligue temporal. Nadie sospechó.
—Te creo. Sigue…
—¿Por dónde iba? —miró al infinito unos segundos antes de retomar el hilo—.
Ah, sí… Tu novia ponía como condición para aceptar que yo firmara también.
O las dos o ninguna. Y yo seguía negándome…
hasta que a Lucio le diagnosticaron la enfermedad rara de la que te he hablado y nos anunciaron el tratamiento que debía seguir.
¡Costaba un dineral y era para mucho tiempo!
¿De dónde íbamos a sacar semejante cantidad año tras año?
»Así que tenía dos opciones ante mí. Hacerme la estrecha y negarme a ser esclavizada; o pedir un dineral a cambio de mi sumisión y, por tanto, la de tu novia.
Opté por lo segundo, creyendo que rechazarían mi propuesta.
Cuál no sería mi sorpresa cuando la aceptaron sin regatear un euro, ni te lo imaginas.
Me temblaban las manos e intentaba disimularlo frotando la una con la otra.
—¿Elsa también pidió una cantidad exagerada?
La respuesta de Nata fue como una puñalada.
—No, ni hablar. Elsa no pidió un céntimo.
Ella aceptó porque lo necesita. Porque precisa el sexo extremo para vivir.
Lo siento, Sergio, pero el vicio de tu novia no tiene límite.
Se dejaría despellejar por esos dos cerdos si ellos se lo pidieran.
A cambio obtiene la felicidad plena a través de la sumisión.
¿Eran aquellas palabras parecidas a las de Loren?
Salvando las distancias, se parecían mucho.
Callé un instante. A punto de vomitar. Nata iba a continuar su relato, pero la detuve con una mano. Necesitaba respirar para retener el vómito. Lo conseguí a duras penas. Tras algunos minutos la pedí que prosiguiera.
Y ella siguió adelante, como si deseara castigarme por mi intromisión en su vida.
—Cuando acepté y ella confirmó que firmaría en cuanto estuviera preparada, pensé que te iba a dejar.
Que no podría compaginar vuestra relación con la esclavitud de nuestros amos.
Las exigencias del contrato eran demasiado fuertes como para ello.
Pero Elsa me confesó que te quería… Sí, no me mires así, Sergio, Elsa te quiere…
a su manera… Te prometo que ella me dijo que no podía vivir sin ti y que estaba preparando un plan para poder mantener ambas relaciones.
—Abrir la pareja… —casi sollocé en un murmullo que pretendía ser solo para mí.
—Sí, eso es lo que dijo…
Su confirmación fue para mí una sentencia. Todo había sido una trampa. Otra de sus mentiras. O la misma, perpetuada en el tiempo.
—¿Sigo? —preguntó tras darme unos segundos de nuevo.
—Sigue… —suspiré sin fuerzas para oponerme.
—Pasaba el tiempo, los amos se impacientaban y Elsa no terminaba de firmar el contrato. Aducía que te estaba convenciendo, que pronto lo conseguiría, y que en cuanto abrierais la pareja no tendría ningún impedimento para firmar y someterse a ellos.
Repentinamente, una luz se encendió en mi cerebro. Tal vez Nata tenía la respuesta a un viejo enigma.
—¿Estabas con ellos una tarde, un viernes concretamente, que alguien vino con el Mercedes y subió a casa unos instantes?
—Sí, claro, lo recuerdo perfectamente porque después la reclamaste por wasap y tuvo que volver a vuestra casa a la carrera.
—Eso es. ¿Puedes explicarme qué pasó? ¿Quién fue el que subió? Y ¿para qué?
—Por supuesto, el que subió fue tío Juan. Y lo hizo para llevarle una copia del contrato con cláusulas nuevas que Elsa había exigido.
—Y… —la garganta se me había quedado seca con solo pensar en la pregunta que iba a hacer—. ¿Recuerdas si Juan se dejó algo en casa que tuvo que bajarle Elsa más tarde?
—Sí, lo recuerdo —se le había mudado el rostro, volvían las confesiones duras.
—¿Y qué era? —pregunté aterrorizado—. ¿Qué se dejó?
—Unas esposas…
—¿Unas… esposas…? —la arcada volvía a amenazarme por enésima vez.
—Sí, las esposas con que los amos querían atar a tu novia en el caso de que hubiera firmado el contrato aquella misma noche. La pensaban violar sin contemplaciones con ellas puestas. Y lo mejor de todo es que Elsa lo sabía, y lo estaba deseando con ansia.
La arcada ya no se contuvo. Nació en el fondo de mi estómago. Después subió a toda velocidad por el esófago y llegó hasta la garganta. Ardía. Tanto que me quemó las cuerdas vocales y hasta la lengua.
Me vi obligado a beber de mi vaso para detener la bocanada.
Nata se dio cuenta de lo que me pasaba y me ofreció una servilleta de papel para que me limpiara.
*
—¿Estás bien? —preguntó la amiga de Elsa al ver mi crisis momentánea.
—Sí, estoy de puta madre… —mentí con ironía—. ¿Podemos seguir?
Nata me lo había avisado: «te vas a arrepentir de haber preguntado». Y había dado de lleno. Pero, claro, ella sabía las barbaridades que me iba a desvelar en tan solo un par de horas.
Y yo no.
Meses de atrocidades resumidas en un tiempo récord.
—Durante el verano —prosiguió tras el inciso—, los amos estuvieron insistiendo mientras convivíamos en el palacete.
Me molestaba ese término, «los amos», pero supuse que para ella era más cómodo que tener que nombrar cada vez a los dos hijos de puta. Y más impersonal, con esa forma de neutralidad que rebaja el sentimiento de culpa.
—Sí, eso lo sé… —corroboré—. Intercepté una conversación entre las dos que ahora entiendo. Tú decías que habías aceptado implícitamente por el hecho de estar allí. Y Elsa aún no estaba convencida del todo.
—Eso es. Pero al final aceptó. Fue poco antes de que os fuerais al crucero.
—¿Y…? —la pregunta volvió a enredarse en mi garganta—. ¿En el palacete montasteis…?
—Puedes apostarlo —confirmó mis sospechas y una nueva subida de ácidos me obligó a beber de mi vaso otra vez—.
En cuanto firmamos no dejaron pasar ni un día.
Una noche Elsa te dio a beber leche con un somnífero disuelto y los amos nos llevaron a casa de un amigo.
Allí nos sometieron a todo tipo de vejaciones hasta el amanecer.
En aquella fiesta no fueron ellos los únicos invitados.
Hubo otros cuatro hombres, en total seis, mientras que nosotras éramos solo dos para satisfacerlos a todos.
—Hijosdeputa… —susurré sujetándome las lágrimas para no derrumbarme como un crío.