Nata #3
—Pues en resumen te diré que en esa ocasión pasaron cosas diferentes. Elsa y yo no nos poníamos de acuerdo. Tío Juan nos lo había pedido a las dos, esta vez no solo lo habló con Elsa. Y las dos queríamos ser la que se revolcara con él en el hotel de los cuernos, como lo llamaban.
»Yo por dinero y ella por placer… o, mejor dicho, por vicio.
»Como no nos poníamos de acuerdo, le propusimos al viejo hacer un trío.
Pero él tuvo una idea mejor: invitó a su hijo Alberto a la cita.
Éste andaba sin pareja porque acababa de romper con la chica con la que salía desde principios del verano.
Y aquella tarde se montó una auténtica orgía en la habitación del hotel.
Los cruces a dos, a tres e incluso a cuatro se repitieron toda la noche.
Cuando salía el sol, aún Elsa le mamaba la polla a Alberto, mientras él le arreaba serios cachetes en el culo para que no se durmiera como amenazaba.
«Mama, zorra, que aún me queda un disparo», le decía y ella movía la lengua luchando para obtener el enésimo orgasmo de aquella máquina de sexo que era Alberto.
Porque si tío Juan era un amante excepcional, su hijo era un amante incansable.
La miré con los ojos vidriosos.
—Me estás vacilando, eres una cabrona…
—Pobre Sergio —se burló—. No conocías la verdadera cara de tu novia, ¿eh?
Nata se equivocaba.
Porque sí que sospechaba algo extraño, pero me negaba a admitirlo. El mismo Loren me había avisado en su momento: «tu novia no es lo que parece. Es una puta de mucho cuidado», o algo así me había dicho y la frase se me había quedado grabada a fuego.
Ahora volvía a mí la advertencia de Loren y las palabras quemaban en mi cerebro.
—El resto de la semana fue un descontrol absoluto —siguió Nata, sacándome de mi tribulación.
—¿A qué te refieres?
—Pues a que las orgías se repitieron día tras día hasta que Elsa y yo nos volvimos a Madrid. Puedo asegurarte que cuando volvíamos en el tren, cansadas y somnolientas, éramos las dos chicas mejor folladas de toda la costa. Yo, además, volvía con la cartera repleta.
Menuda frasecita había soltado Nata.
Sin pestañear.
Provocándome una arcada.
*
La miraba sin verla. Creía haber quedado con ella para atacarla y así sonsacarle la verdad de lo que pasaba con ella y con Elsa, pero me estaba llevando la mayor paliza de mi vida. «Te vas a arrepentir de haber preguntado» había dicho. Y acertó de pleno. Aunque ya no había vuelta atrás.
—No sé si creer lo que me cuentas de Alberto y Elsa —dije por no aceptar mi derrota—. He convivido con mi novia y he coincidido con Alberto muchas veces durante años y nunca les he pillado en un renuncio. Jamás me han dado motivo para la sospecha. Ni nadie me ha mencionado nada tampoco.
No decía la verdad si contaba con el comentario de Lucy, que me había insinuado que su novio y Elsa «salían a menudo». Entonces no lo había creído, pero Nata me iba a dar con la realidad en las narices.
—Qué iluso eres, Sergio —bromeó—. No me extraña que Elsa te haya atado a ella y no quiera soltarte, te maneja como le da la gana. Porque, por lo que dices, asumo que tampoco conoces la historia de los dos primos.
—¿Qué historia? —dije con el pánico en la mirada y la boca seca. Sabía que se aproximaba nueva tormenta.
Y no llevaba paraguas ni chubasquero.
Aspiré la mayor cantidad de aire que pude y me preparé a recibirla.
—Mira, Sergio, eres un buen chico y no debería amargarte la vida —comenzó el nuevo relato—, pero tú lo has querido.
—No te temo, estoy preparado —dije, aunque era una bravata, no podía achicarme ante sus ojos.
—Vale. Allá va. ¿Te ha contado Elsa como perdió la virginidad?
—No sé, claramente no me lo ha dicho. Pero como todos, supongo. Como yo mismo. Un ligue de juventud, un poco de alcohol, y pasa lo que tiene que pasar… ¿Qué tiene de especial la suya?
—Pues lo siento, la suya sí que fue especial —dijo despacio, esperando el impacto de cada palabra en mi cerebro—. A Elsa le rompió el virgo su primo Alberto.
Encajé el golpe intentando que no se notara.
Pero la media sonrisa de Nata me indicó que no había colado.
—Elsa tenía trece años y él, ya mocito, algunos más.
Fue durante el campamento de verano al que les mandaron sus respectivos padres a esa tierna edad.
Empezó como un juego inocente y ella se resistía.
Pero la fue envolviendo, como hacen los chicos mayores con las jovencitas, y al final se la consiguió meter hasta las bolas, haciéndola sangrar un poco, casi nada.
A partir de ahí, aunque al principio Elsa no quería, Alberto se la follaba sin falta todos los días en los baños.
Lo hacía por la noche, después del toque de silencio.
Si Elsa se retrasaba, la iba a buscar y luego la castigaba con ligeros correctivos, pequeños, pero vergonzosos.
»El que más le gustaba a Alberto era el de que fuera todo un día sin bragas. Ya te la puedes imaginar, con esas falditas de los boy scouts y las sentadillas en el suelo alrededor de una hoguera. La pobre lo pasaba fatal.
«¡Suputamadre!», no podía creerla. Pero los datos eran tan contundentes, tan exactos, que no me cupo duda de que eran ciertos.
—Tu novia me confesó que al principio le costaba una llantina toda la noche por el dolor, cuando no era por la vergüenza. Pero que poco a poco éste fue desapareciendo, dejando solo el «gustito», como lo llamaba ella. Y las ganas de repetir.
»A partir de entonces, era Elsa la que no le perdonaba a su primo el polvo de cada noche.
Mamársela le costó algo más. Hasta casi el final del campamento no tuvo el valor de hacerlo.
Y todo porque el cerdo de Alberto se empeñaba en que se tragara su esencia, a lo que ella asqueada se negó todo lo que pudo.
Al final tuvo que ceder, no pudo evitarlo, por supuesto.
Y aprendió a tragar la leche y a mostrarle a su primo que ya no le quedaba nada en la lengua.
Si fallaba, le esperaba una buena bofetada. O un nuevo día sin bragas.
—Ufff… —resoplé, intentando que detuviera el castigo de los detalles más desagradables. Pero Nata quería verme sufrir.
Estaba claro.
—A partir de entonces, y a pesar de que ambos salían de vez en cuando con algún noviete o novieta, Alberto se la siguió follando sin ningún pudor.
A veces se dejaban de ver por unos días —semanas como mucho—.
Pero alguno de los dos terminaba buscando al otro y volvían a encamarse.
Se deseaban demasiado. Y así hasta que Elsa ingresó en la universidad y sus padres la prometieron a aquel novio gilipollas al que dejó por ti.
»En resumen, querido Sergio, que lo de las orgías en el palacete en el verano que estuvimos juntas no era algo nuevo para los dos primos. Tan solo retomaban la costumbre que habían dejado atrás durante algún tiempo para labrarse un futuro emparentando con alguna familia de su clase.
—¿Quieres decir que durante aquel verano miserable Elsa ya salía con aquel novio, el tal Carlos?
—Bueno, se veían a veces, pero salir en serio aún no —siguió con los detalles—.
Elsa se quejaba de que Carlos no follaba bien, que era un picha corta y que se vaciaba en un par de minutos.
Que la dejaba a medias todas las veces, vaya…
Y se encamaba con todo el que le parecía más macho que su prometido.
Nata sonreía.
Yo tragaba saliva sin parar.
Apuré el vermut y levanté la mano para llamar al camarero. Me temía que con una sola ronda de alcohol no iba a encajar todo lo que estaba soltando Nata. Necesitaba más.
Y aún quedaba lo peor.
Lo que pasaba en aquella casa de los horrores.
Lo que pasaba en la actualidad, con una Elsa que llevaba ocho años siendo mi novia, no en un tiempo remoto.
*
—Está bien, no hablemos más de aquel verano. —Cambié de tercio con un nudo insoportable en el estómago—. Hablemos del presente. ¿Qué está ocurriendo en el chalet de la Moraleja?
Nata bebió largamente de su nuevo vaso con agua y hielo, sus ojos fijos en los míos. Su media sonrisa transparentando entre las paredes del vaso.
—Lo siento, pero como suele decirse, hay que conocer el pasado para entender el presente. Y en este caso no puede ser más exacto. Pero será rápido, ya no queda mucho.
—Está bien —acepté—. Pero acaba rápido y centrémonos en lo que importa.
Se echó de nuevo hacia adelante y volvió al relato:
—Tío Juan y Alberto disfrutaron enormemente de aquellas orgías.
Elsa y yo éramos unas crías al lado de ellos y nos manejaban como querían.
Y cuando las orgías terminaron al volvernos Elsa y yo a Madrid, no quisieron que la cosa se acabara.
Tío Juan se preguntaba cómo poder seguir con aquellas fiestas privadas.
Alberto, muy aficionado a la lectura erótica, tuvo una idea genial:
»Engatusaron a dos nuevas chicas y las sometieron a sus caprichos. En otras palabras, las hicieron sus esclavas sexuales.
—Joder… —suspiré sin poder creerlo—. ¿Hablas de BDSM? —pregunté, angustiado—. ¿La mierda esa de las 50 sombras?
—Eso es: sumisión y sado, como en 50 sombras.
Me eché hacia atrás. El pulso me latía en las sienes.
—Suputamadre… —blasfemé exhalando todo el aire de mis pulmones.
Volvió a sonreír y se sacó de la manga otra sorpresa.
—¿Te explica eso ahora lo que viste el otro día en la puerta del chalet?
El comentario me mosqueó.
—¿Por qué preguntas eso? —dije irritado—. ¿Cómo sabes…?
—¿Qué cómo sé que viste a Elsa entrar desnuda y como un perrito obediente en la casa? —sonrió burlona por enésima vez—. ¿Tú qué crees? Mientras tú no apartabas la mirada de ella con los ojos en shock, yo te vigilaba por detrás sujetando a Dogo.
Me había quedado pálido, siempre a rebufo de ella.
—Muy oportuna… —repliqué entre dientes.
—Ya ves… —se mofó—. Pero lo que viste no es nada especial. Era el resultado de algún castigo que le hubieran impuesto.
—¿Castigada? ¿Por qué?
—No sé, por cualquier tontería… En eso consiste el juego, entre otras cosas.
Respiré intranquilo. Un fuerte dolor me cruzaba el pecho. Como el de un puñal clavado hasta la empuñadura.
—¿Es un… juego…?