Mentiras y cuernos 3 Nata #2
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Nata #2

Pero no de las que traen agua, sino rayos y truenos.

*

Aquel agosto, Elsa se empeñó en que la acompañara al chalet de su tío en Alicante —comenzó Nata su relato—.

Yo le había dicho que no tenía ningún plan y ella sugería que íbamos a pasarlo genial.

No lo tenía yo muy claro, mi familia ha sido siempre muy modesta y Elsa era una pija de altos vuelos.

Por mucho dinero que pudiera sacar de aquí y de allá, con el tren de vida que se traía ella no iba a durarme más que unos días.

Luego estaría a su merced, aceptando su dinero durante el resto del verano como una limosna.

No sé cómo, pero al final me convenció. Acabamos en el palacete de Jávea y aluciné por el lujo de aquel lugar.

Nos alojamos las dos en una habitación con una cama grande.

Una de las mejores, afirmaba Nata, a pesar de que el palacete estaba a rebosar de visitas, algunos de la familia y otros simplemente parásitos que se apuntaban al lujo y el derroche de los poderosos.

Aunque nunca me lo echaba en cara, cuando Elsa bromeaba sobre este tema no podía evitar sentirme en el grupo de los segundos.

Al principio todo iba bien. Salíamos cada noche y me presentó a mucha gente, entre ellos a su primo Alberto.

Me aceptaron en el grupo, tal vez porque no sabían que no era de los suyos.

Al final me olvidé de lo malo y me dediqué a pasarlo bien.

Al fin y al cabo, alguien se encargaba siempre de pagar los gastos.

No sabía cómo, pero nunca nadie me pidió que pagara mi parte.

Era la puta gloria.

Al comienzo de la segunda semana, apareció tío Juan en el palacete. Yo estaba con Elsa sobrellevando en la piscina la resaca de la noche anterior. Y, para bien o para mal, ocurrió algo inesperado: tío Juan se encaprichó de mí.

Pero tío Juan no era de los que se encaprichaban «platónicamente», ya me entiendes. Quería cama. Y empezó a insistirle a su sobrina para que me convenciera de que me abriera de piernas. Ofrecía una buena cantidad a cambio. Como si fuera una prostituta.

—No me gusta que me trate como a una puta —le dije a Elsa en una ocasión—. ¿Por qué no se paga a una profesional y me deja en paz? Por el dinero que me ofrece puede tener a dos o tres durante toda una noche. Y a mí me lo ofrece por un par de horas.

—Bah, de esas «profesionales» mi tío está harto —me respondió—. Lo que quiere es carne fresca, con pocos kilómetros.

Tu novia se negó de entrada ante su tío, por respeto a mí. Pero él amenazó con echarnos a las dos del palacete y Elsa cambió de parecer. Entonces se centró en convencerme a mí.

—Pero ¿qué más te da? —decía para conseguirlo—.

Es solo un polvo. Como mucho, dos… Te abres de piernas, le dejas satisfecho y aquí no ha pasado nada.

¿Quién se va a enterar? Tampoco es que seas virgen, tía…

Y por un rato con las piernas abiertas te embolsas unos bonitos billetes, que apuesto a que te vendrán bien.

Me humilló la referencia al dinero, pero me lo tragué.

—Ya, joder, a ti te parece muy fácil —me quejaba yo—. Pero tu tío es un viejo, ¿qué edad tiene? Menudo asco, imagina que me quiera besar… Yo echo la pota. Si al menos fuera con tu primo Alberto…

—Ja, ja, ja… —se reía Elsa—. Ya te gustaría, pero Alberto está liado con una a la que le tenía ganas desde hace tiempo y no te haría caso ni de coña.

Este tipo de peloteos los manteníamos a menudo.

Pero se acababa el margen que nos había dado tío Juan para decidirme y Elsa se enfadaba con solo pensar que tendría que marcharse del palacete, y por tanto de Jávea.

Se había encoñado de un chaval que trabajaba en un bar de copas para pagarse los estudios.

Y en el mes de agosto encontrar un apartamento para compartirlo era una quimera.

Aparte de imposible por estar todo agotado, lo que quedaba tenía precios astronómicos. Imposibles incluso para ella.

Total, que al final tuve que acceder.

Tu novia lo preparó todo en un hotelucho de mala muerte, de esos que se alquilan por horas para follar. Ya se sabe: el mes de agosto, el mes en que más se folla en este país.

Lo que has comentado de las medias luces, las telas de colores sobre las lámparas, los antifaces en la cara, todo eso es exacto.

Elsa le había contado la milonga a tío Juan de que me había engañado y me había hecho creer que mi pretendiente era Alberto, no él.

Y que lo del antifaz era para mantener el secreto.

Y el viejo se lo tragó.

O quizá no, pero eso daba igual. Creer una cosa u otra no me servía de consuelo. Me iban a follar de la manera más abyecta que conocía: por dinero, como a una vulgar zorra.

Temblaba de vergüenza y de asco. No me podía creer que estuviera haciendo aquello. Pero cuando tío Juan apareció y me echó los mejores polvos de mi vida, mi opinión sobre él cambió radicalmente.

¡Joder! ¡Como follaba el puto viejo!

¡Con qué fuerza, con qué decisión, con qué maestría te subía al cielo con su polla normalita, tirando a vulgar!

No me lo podía creer.

Tan solo el olor de los billetes que dejó sobre la mesilla me daba a entender que había sido real. Elsa me los pasaba por la nariz para que lo recordara.

Y luego todo volvió a la normalidad.

En fin, tampoco es que pasara nada. Tío Juan follaba como los ángeles, ¿y qué? El mundo está lleno de tíos que follan bien y no por eso les dan el premio Nobel. Así que nos olvidamos del asunto y seguimos con nuestras vacaciones.

Noche. Fiesta. Alcohol. Alguna que otra raya.

Hasta que tío Juan volvió a pedir guerra. Acepté, esta vez sin tantos miramientos. El dinero me venía genial. Y además me lo iba a pasar de miedo.

Elsa volvió a prepararlo todo y la historia se repitió. Luego me contó que se había puesto tan cachonda que se había tenido que masturbar mientras nos miraba. Tan flagrante había sido la cosa, que su tío la había pillado en el baño con las manos en el coño y la había echado una bronca monumental.

Pero al cabo, tampoco es que la sangre llegara al río aquella noche. Tío Juan se olvidó de su sobrina y volvió a portarse como un actor porno, dejándome más que satisfecha. Hasta los besos de su boca añosa me habían sabido a gloria, al contrario de lo que había supuesto.

Tras aquello, las vacaciones continuaron como siempre, sin mayor complicación. A ello contribuyó que tío Juan se había ido a pasar unos días fuera del palacete, a un crucero privado por el Adriático, creo recordar.

Pero donde hay dos, hay tres.

Y cuando Elsa y yo nos habíamos olvidado de él, tío Juan regresó y volvió a pedir sexo. De nuevo lo había hecho a través de Elsa. Y ella aceptó en mi nombre. Esta vez sin consultarme.

La diferencia de la realidad de este encuentro con la versión de tu novia es justamente esa: que Elsa se lo calló.

No me dijo nada porque se moría de ganas de follar con su tío.

El calentón que se había llevado mirándonos la vez anterior la había dejado huella.

Y en silencio planeó la manera de ser ella la que se revolcara con su tío haciéndose pasar por mí.

Sí, es lo que estás pensando: Elsa te mintió. No fui yo la que la dejó colgada a ella, sino al revés. A mí me habría venido genial aquel revolcón. Por dos razones. Lo habría disfrutado como los dos primeros y me habría llevado un dinero que en mi casa hacía mucha falta.

Pones cara de incredulidad, querido Sergio, pero espera a que finalice la historia y después me das tu veredicto.

Prosigo:

Me enteré a última hora, cuando ya no había solución: Elsa se iba a hacer pasar por mí para que su tío no tuviera problemas en follarla. Y así lo hizo. La sesión empezó sin que tío Juan supiera que se estaba tirando a su sobrina. El juego de los antifaces y las medias luces le estaba funcionando.

Pero cuando estaban en plena faena, algo pasó con el antifaz de tu novia que se le salió del rostro.

Tío Juan la reconoció de inmediato. A punto estuvo de detenerse y montarle una buena bronca.

Pero Elsa supo convencerle de que se moría por tener sexo con él.

Aducía que era muy normal que una chica se fijara en su tío y que ella le deseaba por encima de todas las cosas.

Y tío Juan, a pesar de que la recriminó por su juego sucio, se vino arriba y siguió follándola sin escrúpulos.

Cinco horas la estuvo dando que te pego, follándola como castigo a su desvergüenza.

O eso repetía constantemente. Elsa me confesó que se comportó como un animal.

La hizo de todo, y todo varias veces. Y mientras se lo hacía, la golpeaba en la cara o en el culo, la escupía y la insultaba sin parar: «puta», «guarra», «zorra» y lindezas como estas.

Tu novia me lo contó todo aquella misma madrugada, mientras tomábamos copas en el pub de su enamorado. Estaba dolorida a más no poder, me confesó, el coño en carne viva. Pero al mismo tiempo afirmaba que «en toda su vida había disfrutado tanto con un hombre».

Quién se lo iba a decir.

¡Su tío la había vuelto loca en la cama!

¡Como a una puta perra!

*

De pronto, Nata se quedó en silencio.

Había narrado su historia con ojos soñadores. Aunque me daba la sensación de que había algo más. Algo que se escondía tras las bambalinas de su memoria. Algo que se resistía a contar. Y yo tenía que sonsacárselo como fuera.

—Sigue, no pares… —la conminé—. Termina la historia.

Me miró como despertando de un trance. Y entonces volvieron las sorpresas.

—Vale, sigo… —dijo—. Pero creo que lo que falta te va a cabrear.

—Da igual, continua…

—Bien, allá va —bebió de su vaso y prosiguió—: En la última semana de las vacaciones tuvimos un cuarto encuentro.

—¿¡Qué!? —dije sin creérmelo—. ¿Cómo que un cuarto?

—Un cuarto, sí… un encuentro que ya veo que Elsa no te contó. Al menos en tu relato no lo has mencionado.

Me quedé petrificado. No sabía cuántas sorpresas llevaba ya. Pero tuve la sensación de que quedaban muchas más aquella mañana.

—Sigue, joder… —casi grité por la impaciencia.