Mentiras y cuernos 3 Nata
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Nata

Después de ver a mi novia desnuda y en cuatro en la puerta de aquella casa que había bautizado como «la de los horrores», no tenía ni idea de cómo mirar a Elsa. De cómo hablarla, sentarme en la mesa frente a ella, hacerle el amor...

Mi novia no era quien yo creía, Loren me lo había advertido.

Así que a partir de ese momento apenas dialogaba con ella.

Si se me arrimaba, la abrazaba y lo dejaba estar, casi siempre en silencio.

Me resultaba difícil fingir, pero en el caso de que Elsa me lo notara, me excusaba con la mejor evasiva del mundo —como la había llamado Lucy—: el exceso de trabajo.

Me estaba enfadando de veras con ella. Desde que la había amenazado a las puertas de la casa, intentaba forzar una cita para que me explicara aquello de lo que decía que «me iba a arrepentir».

Pero ella ponía pretextos a cualquier propuesta que le hiciera.

«Que si tengo trabajo», «que si tengo otra cita ese día a esa hora», y mi preferida: «tengo médico».

Finalmente opté por enviarle un ultimátum. Lo hice por wasap el día siguiente al juego en el despacho de Alberto.

SERGIO: Elsa y yo hemos quedado mañana a comer en casa de mis suegros. También asistirán Alberto y su novia. Creo que le va a gustar cierta historia que tengo que contarle. Ya me dirás que tal se lo ha tomado cuando lo hable contigo…

Su respuesta fue más que inmediata. Nuevos ruegos en plan «no, por favor», «no te imaginas el daño que puedes hacerme», etcétera.

Sin más excusas, acabamos por fijar una reunión para el día siguiente a la hora del aperitivo.

Aprovechando que era sábado de comida en casa de mis suegros, Elsa había quedado con su madre para ir de compras por la mañana y acordamos que nos veríamos en su casa a la hora de comer.

Esto me dejaba la mañana libre para la conversación pendiente con Nata.

Sobre las doce nos encontrábamos en un centro comercial de las afueras, lo suficientemente lejos de Madrid como para que mi novia no tuviera la tentación de visitarlo, y menos su madre, a la que no sacabas de la calle Serrano ni con una grúa.

Nos saludamos fríamente y ocupamos una mesa lejos de oídos curiosos. Pedimos la comanda —vermut con ginebra para mí, necesitaba algo fuerte para encajar lo que iba a oír, agua con gas para ella— y esperamos a que nos la sirvieran para comenzar la charla.

Al cabo, fue ella la que rompió el hielo.

—Quiero que me prometas que por mucho que te repugne lo que voy a contarte, lo de que me has visto con Lucio no se lo dirás a nadie. Ni siquiera a Elsa. ¿Tengo tu palabra?

—¿Qué más te da? —respondí con chulería—. Al fin y al cabo, si te doy mi palabra, puedo cumplirla o no.

Pero ella insistió.

—Está claro que no puedo estar segura, pero quiero oírtelo decir. Prométemelo o me voy ahora mismo.

—No creo que estés en situación de poner condiciones.

Me había mostrado con altanería aposta, para dejar claro quién estaba al mando. Pero Nata demostró tenerlos bien puestos. Hizo el gesto de levantarse de la mesa y la detuve con una mano en el brazo.

—Está bien, tú ganas, te lo prometo… —accedí finalmente—. ¿Pero tanto te importa ese noviete tuyo del ABC Serrano como para que te pongas tan a la defensiva?

Su respuesta me produjo un escalofrío.

—Lucio no es un noviete, sino mi marido…

La mandíbula se me desencajó.

No podía creerlo. Seguro que se lo acababa de inventar.

—¿Me estás vacilando?

—No bromearía sobre este tema en mi puta vida…

Sus palabras eran duras. Pero lo que convencía de ella era el gesto serio con que las pronunciaba.

No sabía por dónde seguir después de esta confesión, me había dejado noqueado, así que me ceñí al guion que llevaba preparado.

—Vaya, ya veo… —dije, esta vez con menos ironía—. Así que estás casada… Y el habitante de esa extraña casa no lo sabe. Eso quiere decir que él es tu supuesto «amante peligroso», el que Elsa dice que se mosquearía si se enterara y os daría un buen susto a tu chico y a ti.

Nata no intentó huir del tema. Entró al trapo de lleno

—Algo así. No te imaginas el daño que nos causarías a Lucio y a mí si te fueras de la lengua.

—Claro, ahora lo entiendo —dije burlonamente—. Ese «amante secreto» os enviaría a Emilio, el chófer matón. Y ¿qué haría el muy cerdo? ¿Pegaros un tiro?

Agrió la expresión y me contestó con desdén.

—No digas bobadas, por dios... ¿Qué te crees que es esto, una película de mafiosos? Ya eres algo mayorcito para historietas, ¿no te parece?

Me picó en el orgullo su respuesta, me estaba tachando de infantil.

Tuve que contenerme para no iniciar una discusión.

—¿Entonces? —pregunté por avanzar.

—Hay muchas formas de hacer daño… y algunas son peores que un disparo de película.

—¿Por ejemplo…?

Bebió de su vaso de agua con hielo. Luego soltó el segundo bombazo del día. Un nuevo escalofrío me recorrió la espalda.

—Mi marido sufre una enfermedad compleja…

rara, quiero decir. Y gracias a lo que me pagan en esa casa puedo costear su tratamiento, que en otro caso no podría afrontar.

Si se enteran de que Lucio es mi marido, los de la casa me repudiarían y Lucio se quedaría sin el tratamiento. Moriría en menos de un año.

¡Joder! ¡La tía era una caja de sorpresas!

Acababa de quedarme en shock. De nuevo.

Nata, la chica que me había pintado Elsa como una frívola, no lo parecía en absoluto en las distancias cortas.

Era más una mujer coraje que luchaba por su familia.

Aunque aún no sabía cómo. A decir verdad, durante el verano en la casona ya me había parecido algo así, que Nata solo fingía su frivolidad en determinados momentos, pero que no se parecía a la imagen que Elsa me había dibujado de ella.

Aunque había algo en su explicación que me había sorprendido aún más.

Nata había hablado en plural. «Los de la casa».

Y no me había pasado inadvertido.

—¿Por qué has hablado en plural? —pregunté con el estómago aún revuelto por su anterior confesión—. ¿Quiénes son «los» dueños de esa casa?

—¿Aún no lo imaginas? —preguntó a su vez en lugar de responder.

Enfadado la reprendí:

—Déjate de darle vueltas y responde, joder…

Nata tomó aire y lo soltó de sopetón, pillándome desprevenido:

—Tío Juan y su hijo Alberto, ¿quiénes, si no?

*

Si me hubieran golpeado con una maza en el estómago no me habrían vaciado de aire los pulmones de la forma en que lo había hecho Nata.

El corazón dejó de latirme unos segundos.

Y mientras me recuperaba, una imagen tomó forma en mi mente. La del coche de tío Juan, del que presumió ante mí en el parking de los padres de Elsa en una de las comidas de los sábados. Era un Mercedes oscuro, como el que había seguido mil veces sin llegar a relacionarlos.

¡Joder, joder, joder!

¡El tipo que vino a recoger a Elsa el viernes fatídico tenía que ser su tío, o al menos un enviado suyo: Emilio, su chófer!

Abría la boca para coger aire, pero no lo conseguía. E intentaba relacionar esta información con la imagen de Elsa entrando desnuda en la casa y a cuatro patas mientras un tipo con máscara tiraba de la correa con fiereza.

Como la de una puta perra.

—¿De qué coños hablas? —me negué a aceptar lo que oía—. ¿Juan y Alberto? Menuda gilipollez…

—¿No me crees?

—¡Por supuesto que no…!

—Eso es porque no conoces bien al padre y al hijo.

—Los conozco lo suficiente —mentí—. ¿Por qué no te inventas algo mejor?

Se echó hacia delante en la mesa, los codos apoyados sobre ella. Ahora era Nata la que sonreía levemente, como si estuviera a punto de acorralarme con una nueva confesión.

—A ver, ¿qué es lo que sabes de ellos?

—No sé… todo… supongo… —respondí a trompicones—. Su vida, sus empresas, sus familias… sus planes de futuro con la fusión de los dos clanes…

—Ya… —me cortó—. ¿Y de… lo otro?

—¿Qué es «lo otro»…? —tragaba saliva, me estaba atacando en toda regla y no daba abasto para devolver los golpes.

Silencio.

Se recostó en la silla de nuevo. Se mostraba tranquila, regodeándose en mi confusión. Y mientras esperaba a que prosiguiera, me daba cuenta de que hacía tiempo que yo intuía que existía «lo otro». A pesar de que me había negado a creerlo.

Hasta ahora.

—A ver, haz memoria… —habló despacio, saboreando su victoria anticipada—. ¿Qué es lo primero que Elsa te contó sobre ellos? Lo más antiguo…

Me negaba a contestar. O, mejor dicho, me costaba hacerlo.

Al final lo hice.

—No sé… —recapacité, o más bien lo fingí, no necesitaba esforzarme para recordar la historia del verano en que Elsa se había acostado con su tío por culpa de Nata—. Lo primero que me contó es cómo la traicionaste y tuvo que dejarse follar por su tío con tal de salvarte el pellejo.

Sonrió burlonamente.

—Vaya, vaya… ¿así que la traicioné? —no reía, pero su sonrisa era más que elocuente—. ¿Y cuándo fue eso?

Bebí un trago antes de responder. Necesitaba el alcohol de mi vermut.

—No te hagas la inocente, sabes de lo que te hablo.

—¿Y es…?

Me sacaba de mis casillas, pero no tuve más remedio que claudicar.

—Fue durante el primer verano que pasasteis juntas en la casona.

Cuando tío Juan se encoñó contigo y tú accediste a tener sexo con él dos veces para que te dejara quedarte en su casa durante agosto.

Luego lo intentó una tercera. Pero esa vez no apareciste y dejaste a Elsa a solas con su tío, de modo que tuvo que hacerse pasar por ti y dejar que le hiciera lo que le dio la gana. ¿Ya has hecho memoria?

—Un poco… —replicó—. ¿Por qué no me lo cuentas con más detalle?

—Joder, Nata… —me rebelé.

Aun así, expliqué punto por punto todo lo que Elsa me había comentado en aquella fiesta de empresa en que nuestra relación comenzó a tomar forma. Nata me miraba con una mezcla de burla y de incredulidad. Cuando terminé, volvió a echarse para adelante en su silla y me sacó los colores de nuevo.

—Me parece que tu querida novia te ha contado un cuento para niños… —dijo con suficiencia—. Pero no te preocupes, yo te voy a contar la verdad.

—No pienso creerte… —dije casi sin fuerza.

—Bueno, yo te lo cuento y luego me dices si te lo crees o no.

Un retortijón en el vientre me anunció que se acercaba tormenta.