Mentiras y cuernos 3 El despacho de Alberto #3
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El despacho de Alberto #3

—¿Estás… seguro…? —tragaba saliva continuamente.

—¿Nunca te han mojado la cara?

—No, nunca… —parpadeaba asustada.

—No me jodas que te voy a estrenar también esto…

—No sé… a lo mejor no me gusta… ¿Por qué no lo echas en otro sitio? En su mesa, por ejemplo.

—Lo siento, Lucy, pero ya no puedo aguantar más… —el orgasmo empujaba la lefa hacia arriba como la lava de un volcán—. Abre la puta boca… y cierra los ojos…

—Joder… qué asco… —dijo, pero obedeciendo mi orden.

Los disparos comenzaron a salir uno detrás de otro. Apunté lo mejor que supe, pero no pude evitar cegarle un ojo, primero, y marcarle el bonito pelo, después. La mayoría le cayeron sobre la boca, por fortuna.

—Suputamadre… joder… me corro… toma… guarra… toma…

Cuando dejé de gruñir, abrí los ojos y la vi allí abajo, como un perrillo con la lengua fuera y un charco de semen bailando sobre ella.

—Vamos, cielo, traga lo que tienes en la boca… es lo mismo que bebiste del condón el otro día…

Movió afirmativamente la cabeza, sin dejar de mirarme con sus grandes ojos. Luego introdujo la lengua en la boca y tragó con una arcada. Volvió sacarla para demostrarme que lo había hecho. Le di un cachetito en la cara.

—Buena chica… ¿A que no estaba tan mala?

—No… no demasiado… —dijo con cara de asco y sujetando una segunda arcada.

—Pues te la tienes que comer toda… —le dije, recogiendo con un dedo la leche que había quedado por su cara y dándoselo a chupar. Hacía feos gestos cada vez, pero me obedecía sin rechistar.

Al final me arrodillé junto a ella y la abracé, antes de juntar nuestras bocas y compartir el semen que aún no había tragado. Fueron dos o tres minutos maravillosos. De los mejores que he tenido en mi vida tras un polvo.

Sin avisar, Lucy se puso en pie y de dos saltos cogió su bolso.

—Espera, no te muevas –dijo, y cuando volvió con su móvil en la mano supe que me había leído el pensamiento.

Volvió a ponerse de rodillas, cogió la foto de Alberto y, medio desnuda, posó para mí. Mostraba las tetas y los muslos desnudos. En una mano la foto y en la otra el signo de la victoria con dos dedos.

—Toma, sácame guapa.

—¿No fastidies que se la vas a mandar a Alberto? —pregunté asombrado.

—Ni lo dudes… —respondió—. De momento se la mandaré para que se le borre tras mirarla. Luego ya veré. Venga, enfoca bien y procura que se vean los restos de lefa.

Obedecí sus instrucciones y después se puso en pie.

Abrazados, yo sentado en la mesa y ella contra mí, volvimos a besarnos durante largos minutos.

*

Un rato después convinimos en que ya no había nada más que hacer allí. Tan solo recoger y marcharnos.

Lucy se movió perezosa, se sacudió la falda, se recogió el pelo con las dos manos y se miró en el pequeño espejo que había junto a la puerta. De algún lugar sacó toallitas húmedas y con ellas se limpió la cara y el pelo con cuidado de no fastidiarse el maquillaje.

Luego recogió el condón, lo anudó, lo envolvió en otra toallita húmeda y lo metió en su bolso, en un apartado pequeño con cremallera.

Yo la miraba hacer mientras me recolocaba la ropa. Tenía que aparecer ante el conserje con el mismo aspecto impecable con el que había entrado.

—No estoy tan mal —se dictaminó a sí misma tras darse unas vueltas para ver su imagen reflejada en el espejo.

—Estás perfecta —respondí—. Mejor que cuando entraste.

Me miró por el espejo con una sonrisa.

—¿Mejor? ¿Tú crees?

—Por supuesto —respondí—. Antes estabas un poco pálida. Ahora tienes las mejillas sonrosadas. Te ha sentado bien correrte una vez.

—Dos… —dijo, mostrando los dedos de una mano—. Pero ¿sabes qué es lo mejor?

Yo sabía que el segundo orgasmo había sido un regalo hacia mí, pero lo callé.

—¿Qué es lo mejor? —me interesé.

—Que Alberto tiene una reunión de dirección el lunes a primera hora. Aquí, en el despacho. Y que las limpiadoras no van a venir porque se supone que esta semana no puede ensuciarse, ya que está vacío.

Lo miré. La moqueta inmaculada. Los sillones de cuero. La mesa de caoba reluciente.

Tragué saliva.

—Lucy, hemos dejado…

—Marcas de humedad por todas partes —terminó ella, sin inmutarse—. Ya lo sé. Y también he pasado la foto por mi cara cuando estaba… sucia… ya sabes… El lunes va a ser un día memorable.

Recogió el bolso del suelo, guardó el sujetador dentro con toda la naturalidad del mundo y se dirigió hacia la puerta.

—¿No te lo pones?

—¿Para qué? —dijo—. Me voy directa a la ducha.

—¿Tampoco las bragas?

—Tampoco…

Miré la foto, que seguía boca abajo sobre la mesa.

La puse de nuevo en su sitio.

Alberto seguía sonriendo en la playa del Caribe, con el brazo sobre los hombros de Lucy y cara de dueño del mundo. Manchas húmedas lo cruzaban de lado a lado y de arriba abajo

Le devolví la sonrisa.

—Ha sido un placer, tío.

En pocos segundos bajábamos por el ascensor hacia la calle.

Ninguno había hecho mención de abrir las ventanas para que se aireara el despacho. El lunes olería a cochinadas.

Cuando nos despedíamos con besos de amigos, Lucy me habló al oído.

—Gracias. Misión cumplida.

—No hay de qué. Para lo que gustes —respondí.

Y cada uno se fue por su lado.