Mentiras y cuernos 3 El despacho de Alberto #2
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El despacho de Alberto #2

—Cuenta con ello… pero mueve esa lengua… oh, dios… —soltó ella agarrándome del pelo con las dos manos y dejándose caer hacia atrás sobre la mesa—. Dios, Sergio, así… así…

«Slurp… slurp… slurp…»

Lamía despacio, de abajo arriba, deteniéndome en el clítoris con la punta de la lengua antes de volver a bajar. Lucy se retorcía sobre la mesa de caoba de los Molinaseca apoyando las palmas en el tablero barnizado. Pensé, con cierta satisfacción, que iba a dejar marcas.

Perfecto. Que las dejara. ¿No era eso parte del plan?

—Méteme los dedos… —pidió en voz baja—. Pero solo dos… que los tienes muy gordos y duele…

—Vaya, quién diría que eres tan delicada…

—Tú calla y no pares… por lo que más quieras…

Se los metí. Primero uno, luego el segundo, moviéndolos con cuidado al principio y con menos después, cuando sus caderas comenzaron a moverse solas buscando el ritmo.

Soltaba el aire a bocanadas cortas, el cuello arqueado hacia atrás, una mano sujetándose en el borde del tablero y la otra enredada en mi pelo.

—Uffff… Sergio… me voy a correr… —dijo, y sonaba casi a queja.

—Pues córrete y calla…

—No, para, para… prefiero que nos corramos juntos…

—Calla y córrete, joder…

Cuatro segundos después, los muslos de Lucy se cerraron alrededor de mi cabeza como una prensa y soltó un gemido largo, agónico, que empezó muy arriba y fue bajando mientras sus caderas se sacudían. La cabeza golpeó contra la mesa dos veces.

El orgasmo la estaba matando dulcemente.

Le sujeté las piernas desde dentro para no ahogarme y seguí con la lengua hasta que el último espasmo se extinguió. Se quedó quieta unos segundos, como solía ocurrirle al correrse, casi muerta. Después me apartó la cabeza con ambas manos riéndose flojo.

—Ay, dios… —suspiró y exhaló el aire que había contenido mientras se derramaba en mi boca—. Qué bestia…

—No será para tanto…

—Tanto y más… eres el puto amo de las comidas de coño, ¿lo sabías?

—Sí, me lo dicen mucho…

—Qué cabrón…

Reíamos cada chiste, cada obscenidad.

—Pues aún no sabes lo que es bueno. Para bestia, lo que viene ahora —repliqué levantándome de la moqueta.

—Estoy deseando comprobarlo…

*

Me desabroché el cinturón mirándola a los ojos.

Ella me miraba desde el borde de la mesa con la blusa abierta, la falda subida hasta las caderas y el pelo revuelto sobre los hombros.

Y esa cara de mujer recién corrida que es una de las mejores imágenes que existen en el mundo.

Saqué el condón del bolsillo interior de la chaqueta y me lo comencé a colocar.

—Date prisa —dijo ella—. Y quítate la chaqueta. Que me lo comas con ella, puede pasar. Pero lo de follarme con chaqueta… no fastidies…

—Paciencia, cielo… estoy en ello… —dije soltando el preservativo y quitándome la chaqueta antes de arrojarla sobre una silla. Después volví al condón.

—Sergio… —dijo impaciente.

—¿Qué…?

—Quítate esa mierda de corbata. Seguro que es un regalo de tu querida Elsa. O de tu suegra… No sé qué es peor…

Me reí y la atraje hacia el borde de la mesa. Me quité la corbata mientras ella levantaba las piernas y las apoyaba en mis caderas, ofreciéndome el camino.

Y sin avisar me metí de un golpe limpio hasta el fondo.

Lucy arqueó la espalda y soltó un «Ufff» corto y rotundo que provocó un eco en las paredes del despacho.

—Ssshhh —dije.

—Ya, perdone usted que me queje… —susurró riendo—. Es que tienes una manera de meterla que ya te vale… Podrías hacerlo poco a poco, por dios… que duele, Sergio, jolines, que mi coño es delicado, no la cueva de Alí Babá…

Entraba y salía de ella despacio, pero con penetraciones profundas.

—Ya, lo sé… pero es la forma de que te despiertes y la sientas bien…

—Si serás cabronazo… —se quejó con una sonrisa y entrecerró los ojos con un espasmo.

Empecé a moverme. Despacio al principio, cogiéndole el paso, notando cómo se ajustaba a mí con cada embestida. Notaba latir las paredes de su vagina mientras me envolvían. Lucy me agarraba por la camisa y tiraba de mí hacia ella con cada golpe de cadera como si quisiera que me quedara dentro.

—Así… así… ahora si me entra… —gemía bajito, como para ella misma.

«Plas… plas… plas…».

El ruido de piel contra piel llenando el silencio del despacho de don Alberto Molinaseca, Director General, aficionado al golf y a los viajes de negocios al extranjero.

Qué pena que no estuviera aquí para disfrutarlo.

Quizá debería hacer alguna foto y enviársela a Elsa.

Seguro que ella se la reenviaba.

—Más fuerte —dijo Lucy entre dientes.

Se lo di más fuerte.

—Así… así… no pares… —murmuraba con los ojos apretados y la boca entreabierta, los pies cruzados en mi espalda y las manos abandonando mi camisa para sujetarse en los bordes de la mesa y evitar caerse con los vaivenes.

Yo la miraba dejándose follar y pensaba, con una frialdad que me sorprendía, que era una de las mujeres más bonitas que había tenido nunca. Joven, firme, con esos muslos torneados que le nacían de las caderas con una curva de escándalo. Una obra maestra follada sobre la mesa de su prometido.

A pocos meses de la boda.

Miré de reojo la foto que había puesto boca abajo. Jódete, Alberto, pensé.

Luego seguí embistiendo. Y ella gimiendo cada vez más alto.

*

Estaba llegando a la cima más rápido de lo que me habría gustado. Era inevitable, la tensión de los últimos días que se derramaba en escasos minutos.

Lucy se había corrido por segunda vez justo cuando yo empezaba a notar la oleada subiendo desde los testículos. Esta vez flojito, casi disimulado, aunque ella había gritado para inflar mi ego.

Cuando estaba a punto, me salí de ella.

Tiré de sus brazos y la bajé de la mesa. Luego la puse de rodillas. Lucy se dejaba hacer, sin entender lo que pasaba.

Puse la foto de Alberto bocarriba y frente a nosotros.

Luego se lo expliqué.

—Lucy, lo siento por ti, pero esto lo voy a hacer por tu novio.

Cayó en la cuenta de lo que pretendía, de repente.

—No fastidies, Sergio… ¿Te vas a correr en mi cara?

—Sí… —reconocí comenzando a pajearme a escasos centímetros de su boca antes su mirada atónita—. Que se entere ese hijo de su madre lo que le hago a su novia.