El despacho de Alberto
El plan lo había urdido Lucy, no podía ser de otra manera. Era un plan para vengarse de su novio. Aparte de echar un polvo. Un buen polvo, a ser posible. Yo solo plegué mi agenda a sus intereses y acepté los detalles del guion.
LUCY: Has visto ya el día que te viene mejor?
Descubrí su mensaje dos horas después de recibirlo y respondí de inmediato.
SERGIO: Por mí, el martes o el jueves. El resto de días los tengo liados.
Tardó exactamente tres segundos en responder.
LUCY: El jueves está bien.
SERGIO: Pero estás segura de que quieres hacerlo en el despacho de Alberto?
LUCY: A ti qué te parece? Tienes algún problema?
Sí, había un problema. Varios, de hecho. Que era el despacho del prometido de la chica con la que iba a follar. Que Alberto era el primo de Elsa. Que si alguien nos pillaba allí, las consecuencias serían apocalípticas. Que, básicamente, la idea era una locura de campeonato.
SERGIO: No sé, me da igual. Yo lo digo por ti. Mientras no nos pillen…
LUCY: Si tienes miedo, me busco a otro.
Había sido un farol, estaba seguro.
Aun así, mejor no correr el riesgo.
SERGIO: No, no busques a nadie. El jueves a las siete. Pásame la dirección.
LUCY: Perfecto (emojis de llamas ardientes).
El jueves a las siete me planté en el edificio de la empresa de los Molinaseca, en pleno corazón del barrio de Salamanca, traje y corbata de marca y gesto profesional. El portero me miró con ese gesto neutro de los porteros de fincas caras que te estudian de arriba abajo sin moverse un milímetro.
—Vengo a ver a la señorita Lucía Fontalba —dije con mi mejor tono de abogado importante.
El hombre asintió sin despegar los labios y me franqueó el paso.
La empresa de los Molinaseca ocupaba cuatro plantas de un edificio de los años cincuenta reformado con tanto dinero que ya no parecía de los años cincuenta. Mármol en el suelo. Alfombras hechas a mano. Iluminación indirecta. Miré el cuadro del vestíbulo que seguro costaba más que mi piso.
Cogí el ascensor hasta la tercera planta.
El despacho de Alberto era el último del pasillo.
Me lo había comentado Lucy, aunque lo habría adivinado porque tenía el nombre grabado en una placa dorada junto a la puerta.
«Alberto Molinaseca. Director General». Habría quedado mejor CEO, más adecuado para una placa, pero el ego de Alberto era mucho más largo que tres simples letras.
Llamé con los nudillos y con un nudo en el estómago.
—Pasa —dijo Lucy desde dentro—, está abierto.
*
Mi primera reacción al entrar fue mirar alrededor y notar como si me estuviera encogiendo. Joder. De pronto me sentía pequeño, como una hormiga en un estadio.
El despacho de Alberto era, en efecto, bastante más grande que el mío.
Y decir «bastante» era ser generoso. El mío cabría tres veces dentro del suyo, más un espacio para bailar.
Moqueta de tres centímetros, ventanales del suelo al techo con vistas al Retiro, una mesa de caoba oscura que parecía sacada de un ministerio, sillones de cuero que crujían de la manera en que solo cruje el cuero auténtico.
Y en la pared del fondo —enmarcados con ese gusto caro y discreto que tienen los ricos—, los títulos, los premios, las fotos con gente importante.
Alberto en una gala con el alcalde. Alberto en una conferencia en Nueva York.
Alberto sonriendo en lo que parecía un campo de golf con el mar de fondo.
Alberto, el puñetero Alberto.
Le sonreí a Lucy.
Pero no eran ganas de sonreír lo que sentía. Me apetecía salir corriendo de allí lo antes posible.
—¿Qué te parece? —dijo saliendo de detrás de la mesa de su novio.
Llevaba una de sus faldas de vuelo, corta hasta rozar el pecado, y una blusa blanca con los dos primeros botones desabrochados. El pelo suelto sobre los hombros. Los ojos brillantes de quien sabe exactamente lo que está haciendo y por qué.
—Muy bonito —respondí, aunque no miraba el despacho.
Ella lo notó y soltó una carcajada.
—Siéntate en su silla —dijo señalando el trono ejecutivo de detrás de la mesa—. Anda, pruébala.
—Casi que no…
—Venga, que no muerde.
Me acerqué al sillón con la misma solemnidad con que uno se acerca a un objeto de museo, lo rodeé despacio y me senté.
Era de esas sillas que se amoldan al cuerpo con una suavidad casi obscena.
Cuero de primera. Mecanismo de reclinación eléctrico.
Apoyabrazos anchos y firmes. Una silla diseñada para mandar.
Me acomodé en ella. Estiré los brazos sobre la mesa. Y miré a Lucy.
A la chica que me iba a follar para darle en los morros al idiota que mandaba desde aquel despacho.
—¿Y bien? —pregunté.
—Bien qué…
—¿A esto hemos venido? —pregunté moviéndome en la silla de un lado al otro— ¿A que me pruebe la silla de tu prometido?
Lucy se apoyó en el borde de la mesa y me miró con esa expresión suya a mitad de camino entre la inocencia y la provocación que ya conocía.
—Por supuesto que no —respondió con una sonrisa de oreja a oreja—. Hemos venido a borrar las palabras de su puto chat.
—Pues eso…
Respiré hondo. Sobre la mesa, a mi derecha, había una foto enmarcada de Alberto y Lucy en lo que parecía una playa del Caribe. Sonrientes los dos. Bronceados. Felices. Alberto con el brazo sobre los hombros de ella y una sonrisa de dueño del mundo.
La tomé entre mis manos. La estudié un momento. Y la puse boca abajo.
—Mejor así —dije—. Voy a follarte viva y prefiero que este idiota no esté mirando. Me cortaría el rollo.
Lucy soltó una carcajada.
—¿Follarme viva? ¿Me has pedido permiso?
—Para follarte no necesito tu permiso… —repliqué.
—Es igual, lo tienes, aunque no te haga falta.
*
No sé bien quién se movió primero. Creo que fui yo, levantándome de la silla y rodeando la mesa en dos pasos.
O quizás fue ella, que se deslizó hacia mí haciendo volar su falda.
El caso es que en un momento estábamos los dos de pie frente a frente, a escasos centímetros, y en el siguiente ya tenía mi boca encima de la suya.
Sabía a chicle de menta y a algo dulce que no supe identificar, quizá lápiz de labios. Me enredó los brazos en el cuello y yo le puse las manos en la cintura, tirando de ella hacia mí. Pegada a mi cuerpo, notó enseguida que no venía a charlar.
—Vaya —murmuró contra mis labios—. Hoy no hay calentamiento. Ya noto que vienes preparado de casa.
—Joder, Lucy, es que me pones a mil —jadee con mi lengua en su boca—. No es que estés rica, es que estás que te rompes.
—Tú sí que estás bueno… —replicó empujando su entrepierna contra mi bulto.
Suspiró bajito al sentirlo aún más y me besó de nuevo, esta vez con más hambre. Yo le enredé los dedos en el pelo, echándole la cabeza hacia atrás, y le besé el cuello desde la mandíbula hasta la clavícula. Volvió a suspirar. Un suspiro largo, de los de verdad, de los que no se fingen.
—Uffff… —dijo—. Así… sí…
Le desabroché los botones que quedaban de la blusa sin prisa, pero sin contemplaciones. Debajo llevaba un sujetador negro que hacía todo lo posible por contener lo que tenía dentro y no lo conseguía del todo.
De encaje.
Caro y pretencioso.
Lo contrario al sujetador que había llevado la tarde que follamos en mi casa.
—Bonito sujetador —dije—. ¿Piensas salir por ahí a ligar con él?
—A lo mejor, quien sabe… —replicó burlona—. Depende de cómo me dejes… Si me lo haces mal, igual necesito a otro para que me termine…
Sonreí sin tenérselo en cuenta.
A decir verdad, el comentario procaz me había encendido del todo.
—¿Y te permite Alberto llevar algo tan sexy? —le seguí la corriente—. ¿No se pone celoso?
—Alberto no lo ha visto nunca —respondió ella con la sonrisa que fundía el hielo—. Ya sabes que mi novio no se fija mucho en mí. Ni aunque se lo pusiese a diez centímetros lo vería.
—Menudo gilipollas… —reí bajito—. Pero no importa, porque así lo estreno yo.
—Vale… —me comía una oreja como si le faltara el aire—. Tú dime cuando quieres que me lo quite y yo me lo quito…
—No te preocupes, de eso me encargo yo…
Se lo desabroché por la espalda y lo dejé caer sacándoselo por los hombros.
Sus pechos rebotaron ligeramente, con ese peso cálido que tienen los pechos de verdad, los que no han sido creados en un quirófano.
Le pasé las manos por encima, pellizcando unos pezones que se endurecían bajo mis palmas, ella cerró los ojos y arqueó la espalda.
—Sergio… por dios… —susurró.
—Dime…
—No, nada… que me estás poniendo muy cachonda…
—Ese era el plan, ¿no?
—No sé… tú sabrás lo que quieres hacerme…
—Matarte a polvos, eso es lo que quiero —respondí.
—Pues no sé a qué esperas… —replicó con una mano apretando mi polla por encima del pantalón.
*
Le subí la falda sobre las caderas y comprobé, sin demasiada sorpresa, que las bragas eran del mismo encaje negro que el sujetador.
Conjunto. La niña bien se había vestido para mí.
Le metí una mano por debajo y le aprisioné una nalga con vehemencia.
Era como de goma, ya conocía el tacto de la primera vez, pero por más que lo conociera no me cansaba de amasarla.
—¿Cuánto tiempo tenemos? —pregunté.
—Todo el que necesitemos —respondió con un jadeo profundo—. Esta planta se queda vacía a partir de las seis. Y Alberto no vuelve hasta el domingo.
—Mejor.
Me arrodillé ante ella y le bajé las bragas hasta los tobillos. Levantó un pie para quitárselas del todo y las aparté de una patada sin preocuparme dónde caían. Luego la empujé suavemente por las caderas hasta sentarla en el borde de la mesa de Alberto, abrí sus muslos y me situé entre ellos.
Era el coño que recordaba. Semi depilado, húmedo ya, oliéndome desde cerca con ese olor a mar cálido que tienen las mujeres cuando las pones a cien. Comencé a lamerlo, sin rodeos, directo al grano.
—De nuevo empiezas por el principio… —suspiró soplando aire hacia el flequillo, que se movió con obscenidad—. Sergio el generoso.
—De generoso, nada… —repliqué—. Después te toca a ti. Quid pro quo. Y quiero que me la mames como una profesional.