Mentiras y cuernos 3 La casa de los horrores
60%

La casa de los horrores

La siguiente vez que seguí al Mercedes oscuro ya tenía tanta experiencia que no tuve que hacer nada especial, como aparcar en descampados, caminar cientos de metros hasta mi posición de espionaje o esconderme detrás de malolientes cubos de basura.

Había encontrado una posición fantástica para el coche desde donde se veía la entrada al jardín y los primeros pasos tras la verja de hierro forjado de la puerta.

Siempre que el Mercedes no se pusiera por medio, por supuesto.

Mi nueva posición de vigilancia se encontraba en la puerta del parking de otro de los chalets, emplazado en el callejón donde había visto a Nata por primera vez.

La villa se veía tan dejada que era muy probable que estuviese abandonada desde hacía años. Nadie iba a salir a echarme de allí.

Era un lugar privilegiado.

El karma me estaba pagando la que me debía.

A la hora esperada apareció el coche oscuro. De él se apeó solo Elsa, parecía que Nata ese día faltaría cuando pasaran lista. Y, para mi regocijo, tras dejar a mi novia en la puerta, el de la pistola puso marcha atrás y el Mercedes desapareció.

No lo dudé un instante. Salté del Volvo y corrí hasta la puerta de la casa. Desde el exterior de los barrotes se divisaba el camino que cruzaba el jardín hasta la puerta principal, un portón de lujosa madera que doblaba la altura de mi novia.

Elsa se encontraba ante la puerta. Parecía esperar a que la abrieran desde el interior. No tuvo que hacerlo por largo tiempo. En unos segundos, un resquicio se abrió, aunque no lo suficiente como para mostrar a quien la abría.

Una mano enguantada en blanco apareció por la abertura, y con un movimiento que denotaba desprecio arrojó algo a los pies de mi novia.

La oscuridad del interior no me permitió vislumbrar al propietario de la mano antes de que la puerta volviera a cerrarse.

Elsa miró al suelo un instante. Luego se agachó y recogió lo que le habían dejado a los pies: un collar parecido al de un perro y una cadena metálica acabada en un asa de cuero.

«¡Qué-co-jo-nes!», exclamé para mí. ¿Estaban tratando a mi novia como a una perra? Me hubiera gustado gritar y montar un escándalo. Pero aparte de encontrarme en shock y haber perdido el habla, necesitaba esperar a ver qué ocurría. Si detenía la escena en ese instante, me quedaría a medias.

Elsa dudó un par de segundos, el collar y la correa aferrados entre sus manos. Luego dejó el bolso a un lado de la puerta… y comenzó a desnudarse. ¡A desnudarse! No podía creerlo. La tarde era fresca, incluso fría, mi novia debía de haberse vuelto loca haciendo aquello, se iba a congelar.

Tras los primeros momentos de duda, sin embargo, Elsa actuaba con total seguridad.

Como si lo que hacía fuera de lo más normal.

Primero fue el abrigo granate, luego la blusa, la falda, las bragas, las medias…

Prenda a prenda, las iba doblando y las colocaba en una torre a un lateral de la puerta.

En menos de dos minutos se encontraba completamente desnuda. Solo conservaba los zapatos de tacón.

Lo que hizo después me puso la carne de gallina: se ajustó el collar al cuello y lo cerró, antes de engancharle la correa. Acto seguido se puso a cuatro patas y se quedó a la espera. Como un perrillo pidiendo un bocado.

Durante la espera mis nervios se tensaron hasta llegar a doler.

Elsa se tenía que estar congelando.

¿Cómo coños se prestaba a aquel juego de forma voluntaria?

¿O es que no se trataba de un juego y lo hacía a la fuerza?

La puerta se volvió a abrir tras varios minutos de espera, en los que Elsa no emitió ni el más mínimo gemido.

Parecía que la hubieran dejado tanto tiempo a propósito.

Como un castigo. El tipo que apareció en la puerta, esta vez sin guantes, recogió el collar del suelo y tiró de ella con la saña con que se tira de un chucho desobediente.

Este tirón tuvo que dolerle, ya que estiró el cuello hacia adelante para minimizar el daño.

Luego siguió al tipo hacia el interior, andando a cuatro patas.

Como una perra.

Aunque me esforcé, no conseguí reconocer al hombre.

Era un tipo normal, sin nada que destacara en él, al menos desde la distancia.

Alto, delgado, fuerte. Como muchos otros, nada especial.

Vestía un traje oscuro, llevaba una máscara en el rostro y se movía con la agilidad de un hombre joven, quizá entre los treinta y los cuarenta.

La puerta se cerró cuando Elsa y el tipo hubieron entrado.

Las prendas de ropa y el bolso de mi novia se quedaron en el exterior.

Un ligero mareo me obligó a sujetarme a un árbol para no caer.

*

Aún me encontraba en shock cuando me senté en el Volvo a esperar a que Elsa saliera de la casa. Tenía tiempo, sabía por experiencia que no lo haría antes de dos horas, eso como mínimo.

No paraba de preguntarme qué coños era lo que había visto. Parecía sacado de una película sado. Llegué a plantearme si aquella casa no sería la sede de una secta.

«No me jodas que se ha dejado embaucar por unos monjes pirados», me lamenté.

Una cosa era abrir la pareja, y otra muy diferente jugar fuerte, en una iglesia secreta o algo parecido.

Tan absorto me hallaba, que no vi llegar a la sombra hasta mi ventanilla.

Los dos golpes de nudillos en el cristal me estremecieron.

Mis manos estrujaron el volante hasta llegar a doler.

Giré la cabeza y me encontré con los ojos de Nata.

El corazón me dio un brinco en el pecho.

—¡No pintas nada aquí, Sergio! —dijo y sonó como una amenaza—. Deberías marcharte…

La amiga de mi mujer tiraba de un Rottweiler, el perro al que paseaba por los descampados de alrededor. Y sin más, siguió su camino hacia la casa de la verja de hierro forjado.

Vaya, pensé, al final no es que Nata no hubiera venido, sino que ya estaba allí.

Me bajé del coche a toda prisa, sujetando las ganas de echar a correr. El corazón me latía en las sienes. Las piernas me temblaban. Aunque más que nervioso, estaba asustado. Si ella me había sorprendido tan fácilmente, que no podría hacer el tipo de la pistola.

—¡Nata, espera…! —grité y ella se detuvo.

—Lárgate, Sergio, es un consejo de amiga —repitió.

—No puedo… —casi rogaba—. Necesito saber lo que pasa ahí dentro. Lo que hace Elsa. Por favor…

Se volvió hacia mí. No parecía enfadada, tan solo molesta.

—Elsa es libre de hacer lo que quiera… —me dijo en un tono neutro—. Lo que pase en esa casa no es cosa tuya.

—¡Claro que lo es! —exclamé—. Ella es mi familia, la futura madre de mis hijos…

Me había puesto un tanto sentimental, lo reconozco, pero de alguna manera tenía que ablandarla. Recurría a su lado maternal.

No pareció impresionarle mi súplica.

Repitió su amenaza, aunque esta vez era solo una advertencia.

Como quien te hace un favor sin que se lo pidas.

—Emilio no tardará en volver. Si te encuentra aquí lo vas a pasar mal. Vete, por dios… no me hagas hablar más de la cuenta.

—¿Quién es Emilio, el chófer?

—Sí, el chófer… —confirmó—. Aunque no es solo un chófer, también es un guardaespaldas. Si ve que eres un estorbo, te puede hacer daño, te lo aseguro.

De pronto recordé las palabras de mi novia sobre Nata.

—¿Es él tu amante? —aventuré a la desesperada—. ¿El peligroso, el que no acepta competidores según Elsa?

Su gesto de extrañeza no pareció fingido.

—¿De qué coño hablas?

—Hablo de tus líos… de tus «novios» —recalqué la palabra—. Porque si ese Emilio es tu amante, que yo sepa tienes dos. Aunque el otro es un blandengue que te da besitos de enamorado.

Se me quedó mirando un instante. Su expresión de asombro estaba tornando en pánico. Lentamente se fue acercando hasta mí. Estiraba el cuello, como haciendo un esfuerzo visual. Parecía necesitar unas gafas que se resistía a ponerse, quizá avergonzada por llevarlas.

—¿No serías tú el de ABC Serrano? ¿El que nos espiaba el otro día?

¡Eureka! Iba por el camino correcto. Y me daba cuenta de cosas que se me habían pasado por alto hasta ahora.

Nata me había descubierto espiándoles en el centro comercial y me había mirado, pero no me había reconocido.

Los segundos que tardó en tomar la decisión de correr era porque estaba cavilando si era cierta su impresión de que los vigilaba, no porque le hubiera sonado mi cara e intentara reconocerme.

Y no lo había conseguido, estaba seguro.

¡La amiga de Elsa tenía una deficiencia visual, quizá miopía!

Muchas cosas iban cuadrando.

—Claro que era yo —confesé—. Y os vi besaros a ese panoli y a ti…

Su gesto se torció.

—No llames panoli a Lucio. Tú no le conoces, no tienes ni idea.

Por la forma en que le defendía, estaba claro lo que sospechaba: eran dos tortolitos enamorados.

—¿Se llama Lucio? —sonreí, el combate estaba cambiando de líder, ahora quien mandaba era yo—. Vaya, bonito nombre… ¿Y ese es el novio «peligroso», como lo llama Elsa? ¿O es el otro, el que puede acabar hostiado si el peligroso se entera de que le pones los cuernos con él?

Tragó saliva.

Varias veces.

—¿No le… habrás contado a Elsa que nos viste…? —preguntó con mirada aterrorizada.

—No sé, tal vez…

Mis neuronas trabajaban a marchas forzadas. Por lo que decía, Elsa no sabía que estaba con el tal Lucio. Y si no lo sabía Elsa, no lo debía de saber nadie más, incluyendo en ese «nadie» al novio violento, el que no quería compartirla.

¡Joder, la tenía en mis manos!

Conocía un secreto que se esforzaba en mantener.

Había sido suerte, lo reconocía. No llevaba más que un número, pero me había tocado la lotería.

—Eres un puto cabronazo… —gruñó apretando los dientes, pero sin mover un músculo, aceptando que el que mandaba era yo.

—Te diré la verdad, cielo… —me apetecía vacilarla—. Aún no se lo he dicho a nadie. Pero puedo hacerlo en cualquier momento. Eso dependerá de ti. De lo que me cuentes sobre lo que pasa ahí dentro… Así que empieza a hablar…

Había sido una amenaza en toda regla.

No me apetecía ser sutil.

Iba a abrir la boca Nata, pero el run-run de un motor de gran cilindrada la interrumpió. Miró a su espalda y se puso en guardia. Ambos sabíamos que era el motor del Mercedes que llegaba de nuevo.

En dos zancadas, tirando del collar del perro, llegó hasta mí y me pidió con los nervios a flor de piel:

—No es el momento de hablar… ¿tienes un bolígrafo a mano?

Extraje el Mont Blanc del bolsillo de la chaqueta y se lo entregué sin dudar.

Nata me cogió una mano y tiró de la manga de la camisa hacia arriba. Luego escribió un número de nueve cifras en el antebrazo.

—Llámame cuando te parezca… —dijo, mirándome a los ojos—. Te vas a arrepentir de haber preguntado…

Sin más, arrojó el bolígrafo sobre el asiento del Volvo y, tirando del perro, que gimió de dolor, volvió a la carrera hacia la casa. Tras saludar al tal Emilio, se coló en el jardín y desapareció de mi vista.

Anoté su número en el móvil mientras esperaba a que el de la pistola se despistara. Por fin lo hizo respondiendo a una llamada.

Sin hacerme notar, hui de aquel rincón oscuro, amparándome en las sombras de la noche.

Aún no lo sabía.

Pero acababa de destapar la caja de los truenos.