Mentiras y cuernos 3 Una aventura y una sorpresa #6
58%

Una aventura y una sorpresa #6

ELSA: Esta es la foto. Reconoces el condón?

Se ve a simple vista que es de los que tú compras en Alemania.

Lleva la marca en el borde. No cabe duda, Lucy se ha deleitado con una polla enfundada en él que no es la tuya.

Por cierto, ya no puedes presumir de pollón.

El rabo de mi chico es como mínimo igual al tuyo, si le vale el condón extragrande que tú usas es que no hay mucha diferencia entre los dos (emojis de caritas riendo).

Ya sé que no te vale para nada la foto, pero reconóceme al menos que me debes una.

A lo que Alberto respondía con el mensaje final, el que Elsa tenía pendiente antes de que yo lo leyera:

ALBERTO: Está bien, te reconozco que has hecho un buen trabajo. Pero esto no es una prueba, te lo repito, es una mierda. Es cierto que te debo una, pero tú me debes más cosas. Necesito fotos, algún video, lo que sea. Incluso grabaciones de voz valdrían. No lo olvides.

No pude leer más. El secador dejó de aullar y tuve que soltar el móvil de Elsa a toda prisa. Segundos después era yo el que agradecía el agua caliente bajo la ducha. Buscaba borrar lo que acababa de leer.

Sin conseguirlo.

Demasiado fuerte.

Pedazo de cabrones. Empezando por Elsa. Acabando por Alberto.

O viceversa.

*

Me pasé el día en las nubes. Como si me hubiera fumado un kilo de marihuana. En la oficina no daba pie con bola. En una reunión de gran importancia no pude ni abrir la boca. Y a la hora de comer me inventé una excusa para no hacerlo con Elsa.

No paraba de preguntarme quién era mi novia en realidad.

Ya no es que mintiera. Ni siquiera que tuviera una doble vida.

Es que no reconocía a la persona con la que vivía.

Aquella conversación, a pesar de los huecos, había sido más que reveladora.

Por fin entendía, entre otras cosas, a qué se debía su antipatía por Lucy.

No eran celos. O no exactamente. Era más bien el odio irracional por ella que Alberto le contagiaba.

La unión entre los primos era absoluta, entregada.

Una relación que nunca había llegado a intuir y que Elsa no me había confesado hasta dónde llegaba.

Iba a costarme digerirlo todo.

Y luego estaba la parte de Lucy.

No sabía qué hacer con aquella información. ¿Se la debía comentar o era mejor no hacerlo? Su vida después de conocer la doble cara de su futuro marido iba a cambiar por completo.

Podía ocultarle lo que había descubierto y ahorrarle el sufrimiento.

Pero conllevaría el avocarla a un matrimonio enfermo e infeliz desde el inicio.

De vez en cuando sacaba mi móvil y lo miraba como quien mira al diablo. Había hecho unas fotos del chat de Elsa con Alberto y releía partes de la conversación de forma intermitente.

Luchaba por evitarlo. Pero no lo conseguía.

Volvía a releer párrafos enteros.

Y me preguntaba qué pensaría la chica sin filtros tras leer aquello.

La iba a destrozar.

Sobre las cinco de la tarde tomé una decisión.

Lucy tenía derecho a saber lo que pasaba por la cabeza de su falso novio.

O, mejor dicho, de su novio «falso». Los planes diabólicos que tenía para ella.

Si acababa casándose con él, forzada la boda por tío Juan, acabaría amargada y en las fauces de su suegro.

Una víctima más. Aunque para mí no sería «una más», sino «la» víctima.

La más injusta. La inocencia de Lucy no se merecía un destino tan miserable.

Tomé el móvil entre las manos y la llamé.

Mientras le contaba lo que había descubierto, le iba enviando las fotos del chat que había tomado por la mañana. Ella guardaba largos silencios mientras leía. Y suspiraba de cuando en cuando.

—Qué asqueroso, pero ¿cómo puede decir algo así de mí? —murmuraba esto o cosas parecidas mientras leía las despectivas frases de su novio.

Cuando le hube relatado todo lo que sabía, y tras leer los mensajes del chat, se hizo un profundo silencio. La escuchaba respirar agitada al otro lado de la línea. Estaba a punto de echarse a llorar, pensaba, aunque sujetaba las lágrimas con una fortaleza increíble.

Nada más lejos de la realidad.

Al cabo, tosió dos veces para aclararse la garganta y entonces habló:

—Esto se merece una celebración por todo lo alto.

La frase me dejó helado. La había soltado con una frialdad y una entereza que no me esperaba.

—¿Estás hablando en serio? —pregunté sobrecogido —. ¿Pretendes celebrar esta puta mierda?

—Eso es… —respondió con la misma entereza—.

Te explico. Alberto se va de viaje toda la semana que viene.

Trabajo, dice, aunque supongo que se irá con alguna guarra.

Pero a lo que voy: durante esa semana su despacho estará libre.

Me apetece joderle. ¿Qué día te viene bien?

Para joderle el despacho y de paso a mí, quiero decir.

No tenía clara mi agenda de la semana siguiente, así que acordamos que lo iríamos viendo sobre la marcha. Pero el objetivo era claro. Se trataba de mancillar su despacho. La «madriguera del oso», lo llamó ella.

En otras palabras: ibamos a follar en el despacho de Alberto.

Y a dejarlo perdido de manchas de sexo indecente.

Y no abriríamos las ventanas para que permaneciera el olor a cochinadas.