Mentiras y cuernos 3 Epílogo
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Epílogo

El día siguiente era lunes. Durante el almuerzo, busqué por todas partes la noticia de un chalet ardiendo en La Moraleja. No una casa cualquiera, sino una casa que pertenecía a Juan Molinaseca, una de las mayores fortunas del país.

En las portadas de los periódicos de primera línea no había nada.

En los de segunda tampoco.

Y una búsqueda general ofreció el mismo resultado.

Silencio absoluto.

Esto lo había imaginado cuando fabricaba mi plan.

Y había previsto aprovecharme de ello. Sabía que una noticia así la taparían de la forma en que sabían hacer todo: con fajos de billetes.

¿Qué pensaría la prensa amarilla si se enteraba de que los Molinaseca eran propietarios de un centro de tortura sexual —sado, BDSM— o como quisieran llamarlo?

Habrían hecho el agosto.

Al menos un mes de portadas en prensa, radio y TV.

Una familia como la suya, superreligiosa, no sobreviviría a un escándalo de semejante magnitud.

Y mucho menos al ocurrir el incendio en un día de fiesta «especial», en el que la celebración incluía más mujeres de lo habitual, algunas invitadas —las mayores—, que se veía que no eran parte del espectáculo, sino de los espectadores.

Así que lo tenían que tapar todo. Y eso incluía evitar que la policía buscara al culpable. Un culpable que habría alcanzado la gloria en prensa y TV contando lo que sabía. Hasta habría escrito un libro.

No había problema, sabían de sobra que había sido yo, pero no me iban a denunciar. Y tampoco me iban a perseguir para pegarme un tiro. Como había dicho Nata, los Molinaseca eran unos cerdos hedonistas, no unos mafiosos.

*

Tras ver varios días que no aparecía nada, me olvidé de ello y me centré en la segunda parte.

La segunda parte era yo.

Pensaba en todo lo vivido aquella noche. En lo bueno… y en lo malo. Lo peor de todo era haber descubierto que Lucy era parte de la tramoya de aquella especie de teatro que se había montado contra mí.

«Todos contra Sergio», imaginaba que se titularía la película.

Y me daba por reír, aunque solo fuera por no llorar.

Rememoraba el pasado —cuando comencé mi relación con Elsa—, y evocaba la mala acogida que había sufrido en su familia.

Desde el primer momento me había sentido rechazado.

Excluido. Después pareció que lo nuestro había terminado por ser aceptado.

Que por fin ya no me veían como un advenedizo, sino como uno más de ellos.

Mentira.

Y confié en que Elsa me quería.

Mentira. Aunque… tal vez.

Y tal vez aún me amara. Aunque siempre a su manera.

Como había admitido, le había resultado difícil compaginar su amor por mí con sus otras «aficiones». Pero lo había intentado hasta el final, cuando ya le fue imposible tener ambas cosas.

Aunque su lucha consistió en mentirme. El resultado era obvio: mi vida con ella durante casi una década había consistido en un rosario de mentiras, salpicado por alguna que otra verdad.

Durante ese tiempo, en la sombra y sin hacer ruido, su familia la había ido engullendo y atrayéndola hacia el clan. Mientras trazaban un plan para expulsarme de él. Alberto a la cabeza. Y habían utilizado toda la pólvora de que disponían para conseguirlo.

La última bala, la misma Lucy.

Alberto. El hombre al frente de la maquinaria que me había destruido.

Un tipo tan escalofriante que había llegado a construir conversaciones de wasap fantasmas durante meses, con mensajes pensados para que yo los descubriera cuando fuera el momento.

Sin contar con otros elementos para alimentar la trama, como videos espeluznantes, odios familiares, separaciones con reconciliación posterior, maridos falsos...

Siempre bajo un guion, siempre centrados en hundirme.

No podía evitarlo, me humillaba imaginar cuánto se habrían reído de mí.

Él y todos los demás.

Debo decir que intenté contactar con Lucy cuando el terremoto pasó. Sin embargo, como era de imaginar, la chica sin filtros me había bloqueado en todos los canales. Imposible tener una mínima charla con ella. Saber qué pensaba. Entender sus motivaciones.

Daba igual, tampoco esperaba demasiado de ella después de verla retozar con el chófer de su futuro suegro.

Lo único que me quedaba a orgullo era que el golpe final en aquella guerra lo había asestado yo. Vana ilusión que duró muy poco. Sobre todo, porque un chalet destruido era poca cosa para la fortuna de los Molinaseca.

Me había permitido pasear por la zona cero del desastre tiempo después y había comprobado que, sobre las cenizas de la antigua casa, los obreros construían una nueva, mayor y más sólida.

Una casa que ya no daría cobijo al «club de los horrores», con toda seguridad. En realidad, cuando quemé el chalet solo aceleré sus planes de traslado.

Así que comprendí que no había conseguido nada.

El mundo seguía girando a su favor.

*

Hubo un detalle, sin embargo, que me hizo sentir orgulloso de mi hazaña. Ocurrió durante la primera semana tras el incendio.

Ese día crucé mi mirada con la de Elsa en el restaurante del edificio donde trabajábamos. Su sonrisa traviesa me llegó muy dentro.

No era una sonrisa de amor, ni tampoco de amistad.

Era una sonrisa cómplice, de reconocimiento: «Sé que lo hiciste tú —me hablaban sus ojos—. Y solo te digo una cosa: ¡ole tus huevos!».

Cuando el gusanillo de mi estómago alcanzaba su cénit, Elsa giró la cabeza y no volvió a mirarme.

Nunca más ha vuelto a hacerlo.

Cuando nos cruzamos en el edificio, baja la mirada, marca las distancias y pasa junto a mí como si no existiera.

Sin embargo, aquella sonrisa cómplice me ha quedado grabada para siempre.

*

Tras mantenerme en vilo durante unas semanas, decidí olvidarme del tema para siempre.

¿Qué podía hacer, si no?

Me centré en mi trabajo y en buscar una nueva casa. Vivir en un hotel era insufrible, además de frío e impersonal. Alquilé una que me convenía y aquel martes de diciembre la estrenaba. Me sentía feliz. Tan feliz como un niño con zapatos nuevos.

Porque el estreno no lo iba a hacer en solitario.

Miraba a Sonia trabajar al otro lado del ventanal y no podía evitar empalmarme cuando me sorprendía espiándola y me dedicaba una sonrisa.

Me había costado convencerla, pero al final se había rendido.

El piso lo íbamos a estrenar juntos.

En su casa había puesto la excusa de una convención lejos de la capital.

Tras el muro de cristal —mientras me enseñaba lo que tenía entre los muslos con cuidado de no ser sorprendida por nadie—, no podía evitar imaginar las cien formas en que podía quitarle la ropa aquella noche.

Con los dientes, si hacía falta.

—Te voy a dar por todos lados, pedazo de guarra…

Lo dije con el pensamiento, no podía haberme oído. Pero sonrió, como si me hubiera leído la mente.

Iba a ser una noche larga.

Me la iba a follar a saco.

Y Sonia me iba a dar las gracias durante el desayuno.