Mentiras y cuernos 3 Una aventura y una sorpresa #4
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Una aventura y una sorpresa #4

Le di un azote en el culo y ella me lo devolvió con un piquito.

Se fue al baño a recomponerse y yo me quedé solo en la cocina, pensativo. Había sido un polvo corto, pero perfecto. Si quisiera follarla de nuevo esa tarde, lo iba a tener difícil, por eso me había negado poniendo la excusa de Elsa. Lucy había conseguido lo que no conseguía nadie.

Que me vaciara por completo de una sola vez.

No me quedaba ni una sola gota en los testículos.

*

Lucy salió del baño quince minutos después con el pelo recogido y la misma cara de no haber roto un plato que llevaba siempre. Se había recolocado la ropa por completo. Se calzó en el felpudo, se puso el abrigo y se colgó el bolso al hombro.

—Sácame el vestido de novia.

Lo descolgué del armario y se lo puse entre los brazos.

Cuando le abría la puerta se volvió hacia mí.

—Oye, una cosa… —dijo.

—¿Qué? —pregunté.

Señaló el salón con la barbilla.

—Las bragas. Que te las dejo de recuerdo si no me doy cuenta.

No pude evitar reírme, mientras ella ponía expresiones bobas.

Me volví y pasé al salón. Sobre la mesita de centro, junto a los vasos a medio terminar, estaban las bragas de Lucy dobladas con una pulcritud absoluta. Yo no las había dejado así, tenía que haber sido ella.

Las cogí y se las devolví.

—¿Las has dejado aposta, verdad? —pregunté.

—Por supuesto. —Las metió en el bolso sin mirarlas—. Era para tener una excusa y darte el último beso.

—Pues dámelo…

Lo hizo y nuestras bocas volvieron a engancharse.

—No te toques esta noche —le susurré en el oído—, guarda algo para cuando volvamos a vernos.

—Qué gracioso. —Abrió la puerta y se llevó una mano a la nariz—. Airea un poco, aquí huele a cochinadas.

—No te preocupes, ahora lo limpio todo.

Salió y la acompañé hasta que se fue el ascensor.

Cerré la puerta.

Me di una vuelta por la casa y observé el alrededor: el sofá con los cojines revueltos, el vaso de Lucy en la mesita baja, la cocina con la mesa ligeramente desplazada de su sitio. Se acababa de ir y ya la echaba de menos.

Abrí la ventana del salón. Arreglé el resto a conciencia.

A las diez y veinte sonó el telefonillo. Era Elsa, que había acabado antes la cena. «Menuda cena —me dije—. Ni que fuera gilipollas».

Pulsé para abrir y fui a sentarme al sofá con el mando de la televisión en la mano, exactamente dónde estaba siempre, como si no hubiera pasado nada.

Porque no había pasado nada.

¿O sí? Si se lo confesaba a Elsa, habría ocurrido. Si no lo hacía, no.

Si lo iba a hacer o no era algo que tendría que decidir otro día.

No era el momento de tomar decisiones difíciles.

*

Me faltó tiempo para contárselo, por supuesto. Aunque no fue ese día, sino al siguiente. Estábamos en la cama antes de dormir, cada uno con su móvil, yo leyendo el correo y ella chateando con alguien. Para variar.

—Me he follado a Lucy —solté sin pensármelo y sin mirarla.

Se incorporó en la cama de un salto y me miró con ojos de incredulidad.

—¿Que te la has follado? ¿Cómo? ¿Cuándo? ¿Dónde? —disparaba preguntas sin darme tiempo a responder.

No me anduve por las ramas.

—Ayer por la tarde, mientras estabas por ahí con Nata —hablaba tranquilo, era una gozada confesar sin temor a las represalias, los malos humos. Al fin y al cabo era ella la que me había empujado a hacerlo—. Al final te hice caso y la traje aquí. Pero no te preocupes, no lo hicimos en nuestra cama.

Su expresión cambió, antes sorprendida, ahora burlona.

—Me estás vacilando, ¿no? —dijo con un pellizco en el brazo—. Anda, no seas guasón, seguro que no le has tocado ni una teta desde el verano.

—Te equivocas… —me había retado y me vine arriba—. El último sábado en casa de tus padres ya la morreé en la cocina y me hizo una mamada… Bueno, para ser exactos, media mamada.

—No te creo… —seguía con la medio sonrisa de «no me la cuelas, chaval»—. ¡Pruébalo!

Lo pensé un instante. No disponía de ninguna prueba. Bueno, sí, de una. Quizá.

—¿Has sacado la basura desde ayer?

—Yo no, ¿y tú?

—Yo tampoco.

—¿Y eso qué tiene que ver? —preguntó sin comprender.

—Pues que si miras en el cubo verás un condón envuelto en papel de cocina. Seguramente ya estará seco. Pero ayer estaba bastante lleno, te lo aseguro.

Se levantó a la carrera y escuché sus pasos hacia la cocina. Un par de minutos y volvió a la cama. De rodillas. Ante mí.

—Si serás guarro… —era una confirmación—. ¿Te la has tirado y no me has dicho nada? Te pedí que me dejaras veros, serás cabrito…

No quise engañarla.

—No me atreví, lo siento. Me dio palo que te pillara y se lo tomara a malas —era buen momento para echarle unas flores a Lucy—. Es una buena chica, el mal trago que se iba a llevar no se lo merece.

Pareció aceptarlo por fin. Se metió entre las sábanas y dejó de insistir. Pero siguió preguntando, quería detalles.

—¿Y cómo fue? ¿Dónde lo hicisteis? ¿En el salón?

Le hice un resumen somero. No quería entrar en pormenores escabrosos.

—Qué cabronazo… Os imagino a los dos ahí, empujando sobre la mesa de la cocina. No sé si voy a poder comer nunca más en ella.

—No te preocupes, no encontrarás ni una mancha, me encargué personalmente de limpiarla a conciencia.

Pero ella no me escuchaba, seguía con su cantinela.

—Y la muy zorra corriéndose como una guarra y pidiendo más… más…

—Joder —me quejé—. ¿Te importaría ser menos explícita?

—¿Y cómo la mama? ¿Bien?

—Bien, sin más… —acepté, pero le rebajaba la puntuación.

—Seguro que es una experta, Alberto dice que le mata con la lengua…

—Bah, no es para tanto —le quité hierro al asunto y al final pareció aplacarse.

Una vez satisfecha su curiosidad, cada uno volvió a lo suyo. Los siguientes minutos sus dedos echaban humo.

A saber con quién estaría chateando

Y de qué.

*

A la mañana siguiente nos despertamos antes de que sonara el despertador de la mesilla.

—¿No duermes? —le pregunté.

—No, ¿y tú?

—Yo tampoco —confirmé—. Hoy voy a tener un día jodido en la oficina y estoy inquieto.

—Pues júntate conmigo…

Encendió la lámpara de su mesilla y se incorporó sobre la cama.

—Me voy a la ducha —anunció—. Aprovecharé que me he despertado antes y así me lavo el pelo.

Dos minutos después, desde la cama escuchaba la catarata del agua cayendo sobre su cabeza.

Y miraba su móvil. Con fijeza. Se encontraba conectado a la corriente como cada noche.

Mientras lo miraba, no dejaba de pensar en la charla que había mantenido justo después de confesarle que me había acostado con Lucy.

¿De qué coño hablaría con quien fuera que chateara?

¿Estarían hablando justo de aquello?

Miraba al teléfono. Me decía que en él estaban las respuestas a estas y a otras preguntas. Y yo me sabía el patrón de desbloqueo de su pantalla. Cierto era que hacía tiempo que no se lo espiaba, quizá lo habría cambiado.

Pero por probar no perdía nada.

Con la sensación de seguridad que daba oír el agua de la ducha, me fui hacia su lado de la cama y recuperé el móvil.

Probé el patrón que recordaba y me abrió las puertas como un buen chico.

Parecía que Elsa tenía total confianza en su control de entrada, llevaba usando el mismo patrón desde hacía meses.

Yo no era tan confiado, lo solía cambiar de cuando en cuando.

No me lo pensé dos veces.

Entre en wasap y miré los últimos chats utilizados. Los más recientes. Aprovechaba que esa app los clasifica según este concepto.

En primera posición estaba Alberto.

Y en su chat había un mensaje pendiente de leer.

Joder, ¿le habría ido Elsa con el cuento a su primo?

Menuda putada, en ese caso me habría delatado y se podría armar buena.

Debería haberme callado, no confiarme a ella como un imbécil.

Teniendo en cuenta la manía que mi novia le tenía a Lucy, era muy posible que se hubiera chivado a su novio para hacerla daño.

Y me lo habría hecho a mí de forma indirecta.

Y a nuestra relación, de paso. Porque Alberto no se iba a quedar callado, por supuesto.

Volví la cabeza hacia el baño. A pesar de saber que Elsa tardaría en salir más de media hora, tenía la sensación de que aparecería en cualquier momento y me pillaría con su móvil entre las manos.

Tenía que darme prisa.

Entré en el chat de Alberto y me centré en el mensaje sin leer:

ALBERTO: Está bien, te reconozco que has hecho un buen trabajo. Pero esto no es una prueba, te lo repito, es una mierda. Es cierto que te debo una, pero tú me debes más cosas. Necesito fotos, algún video, lo que sea. Incluso grabaciones de voz valdrían. No lo olvides.

¿De qué coño hablaba? ¿Se refería a fotos sobre mi lío con Lucy? ¿Era eso lo que buscaba Elsa cuando me pidió que me la tirara en casa con ella mirando? ¿Hacernos fotos para pasárselas a Alberto?

¿Pero qué clase de enfermo era el muy cretino?

¿De ese tipo de hombres que les encanta mirar a sus mujeres mientras se las follan otros?

Moví el scroll hacia arriba. Una imagen apareció. Era una foto del condón usado en la basura. «Joder, que asco», pensé.

El mensaje de Elsa que seguía a la foto y que precedía al último comentario de Alberto era elocuente:

ELSA: Esta es la foto. Reconoces el condón?

Se ve a simple vista que es de los que tú compras en Alemania.

Lleva la marca en el borde. No cabe duda, Lucy se ha deleitado con una polla enfundada en él que no es la tuya.

Por cierto, ya no puedes presumir de pollón.

El rabo de mi chico es como mínimo igual al tuyo, si le vale el condón extragrande que tú usas es que no hay mucha diferencia entre los dos (emojis de caritas riendo).

Ya sé que no te vale para nada la foto, pero reconóceme al menos que me debes una.

¡No-me-jo-das! Cuando le comenté lo del condón, Elsa se había ido a la cocina no solo para comprobar que no mentía. ¡Le había sacado una fotografía con el móvil para enviársela a su primo!

No me lo podía creer.

¿Se había vuelto loca?

¿O todo lo contrario? Quizá se trataba de algún plan extraño, otra de las intrigas que Elsa urdía a mis espaldas.

Se me estaba congelando la sangre en las venas. Aunque me faltaba contexto. Tenía que saber más, estaba seguro de que aquello no era más que la punta del iceberg.