Mentiras y cuernos 3 Una aventura y una sorpresa #3
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Una aventura y una sorpresa #3

De cuando en cuando le llevaba su propia humedad a la boca y la obligaba a chupar. Ella se quejaba con cara de asco pero acababa por lamer mis dedos como si estuvieran cubiertos de miel.

—Si quieres ser una buena amante, tienes que ser muy guarra —le decía en broma.

Me la sacudió tres o cuatro veces y me miró con ojos adolescentes.

—¿También tengo que chuparte por detrás? —preguntó con expresión inocente.

Solté una carcajada.

—Hoy no, pero otro día sí, por supuesto.

—Pues ya puedes pasar por la ducha primero —aconsejó sonriente.

—¿Te atreverías a hacerlo? —Me ponía muy cachondo hablar con Lucy de suciedades. Ella encajaba los comentarios con soltura y les sacaba algún chascarrillo.

—No sé… —dudó—. Tendría que probarlo. A lo mejor me gusta y todo… ja, ja, ja…

Al cabo de unos minutos, dejé mi copa en la mesa y le quité la suya de las manos. Después la empujé de la cabeza para que la humillara entre mis piernas.

—Anda, chupa, querida, que el otro día me dejaste a medias en la cocina… —la ordené—. Me la debes…

—Vale, vale… —respondió con un mordisco en el muslo—. Pero no me tires del pelo que me despeinas, so asqueroso…

Reímos a la par y luego comenzó a lamerme el glande.

—Se te ha arrugado con el susto del ascensor —dijo haciéndole mimitos a la cabeza de mi polla igual que se le hace a un niño—. Y a mí me encanta así, cuando está blandita. Me cabe entera en la boca… Y luego verla crecer me pone muy perra…

—Tú chupa y vas a ver lo que dura blandita…

Se le escapó una risita y luego comenzó la mamada en serio. Y yo comencé a gemir.

—Joder que bien… Lucy, me matas… sigue así… ufff… de puta madre…

Entre suspiros la dejé hacer durante unos minutos.

Era una mamada deliciosa. Algo caótica, muy en su estilo, pero con mucha saliva, lo que la hacía más suave. Lucy era joven, pero no por ello inexperta. Y sabía cómo esconder los dientes para no fastidiar. Y cómo relajar la garganta para que la polla le entrara por entero.

Una arcada repentina nos sorprendió a ambos.

—¿Estás bien? —pregunté, cachondo perdido.

—Sí, perfectamente…

Las babas le caían por la barbilla como un río.

—Pues sigue chupando, anda, y no juegues a garganta profunda.

La cogía del pelo y la obligaba a subir y a bajar la cabeza. Ella fingía resistirse, pero acababa sometiéndose. Cuando casi llegaba a quemarme, la sujeté de las mejillas y la elevé la cara.

—Vale, vale… —le dije para que se detuviera—. Si sigues así no voy a durar nada…

—Una que es una maestra… —sonrió con carita de puta.

Cogió su copa de la mesa y le dio un buen trago, apurándola.

—¿Quieres otra? –le ofrecí.

—Vale, pero esta vez no le pongas tanto alcohol. Te dije «mucho», pero te has pasado. Si querías emborracharme para luego violarme, lo has conseguido, vaquero…

—Te voy a violar con alcohol o sin alcohol… —respondí, cachondo como un perro en celo.

—Eso ya lo veremos… —me guiñó un ojo y casi me derrito.

Minutos después volvía de la cocina con los dos vasos llenos. Mi polla se balanceaba con mis pasos. Lucy la miraba con expresión satisfecha al saber que estaba dura por su culpa.

Brindamos y volvimos a beber. Luego pregunté:

—¿Lo dejamos aquí o seguimos?

Abrió un ojo cerrando el otro y me miró con expresión de burla.

—¿Tú qué crees? —Me sobó los huevos con suavidad—. Si ni siquiera te has corrido…

—Era broma —dije colocándole un mechón rebelde tras la oreja—. Me muero por romperte ese coñito precioso.

Lo señalé y ella se lo acarició.

—Ya se te ve, esa picha no se te baja ni a tiros… —rió—. Venga, ¿dónde nos ponemos? Si te digo la verdad, paso del sofá. Es demasiado blando.

Miré alrededor.

—Las sillas son un pelín altas, me temo.

—¿Y la mesa? —dijo poniéndose en pie y pasando una mano por encima—. Sería como una continuación del polvo de tu despacho.

Estudié la mesa de comedor como si fuera la primera vez que la veía. Madera fina, cara, delicada.

—Mejor no, las manchas de esa mesa deben de quedarse ahí para siempre. Tú estás chorreando, y pienso hacer que chorrees más todavía. Elsa me mata y luego te estrangula a ti.

Una carcajada a dos resonó en toda la casa.

—¿Y la mesa de la cocina? —preguntó.

La miré.

—¿En serio? ¿La mesa de comer?

—¿Tienes una mejor idea? —me agarró de la polla y me atrajo hacia ella, lamiéndome los labios con la lengua—. Porque el suelo tampoco me apetece, que tengo las rodillas muy sensibles. Si al menos tuvieras moqueta o una alfombra…

—Bueno, alfombra sí que hay, pero está en la habitación de matrimonio.

—Uy, ahí sí que no… —dijo a toda prisa—. Que seguro que acabamos en la cama y la dejamos perdida. Vamos a probar la mesa.

*

Fuimos a la cocina. Lucy conservaba la falda verde y los calcetines blancos, pero sus tetas estaban al aire, con dos pezones duros y tiesos como una canica. Daban ganas de masticarlos.

Cosa que no descartaba del todo.

La mesa era de madera clara, cuadrada, con cuatro sillas a juego. Elsa y yo desayunábamos en ella cada mañana y cenábamos cada noche. Era donde dejábamos el correo sin abrir, los recibos, las llaves. El lugar más doméstico y menos romántico de la casa.

Lucy se subió a ella sin el menor reparo.

Se sentó en el borde, me abrió los brazos y yo me colé entre sus piernas.

—¿Tienes los condones que te regalé? —preguntó.

—Sí, los llevo preparados —respondí, mostrándole lo que llevaba entre las manos desde que salí del salón.

Me puse una goma mientras ella me miraba hacer con esa atención suya de quien no se pierde ningún detalle. Después la sujeté de los muslos y esperé a que se apoyara en la mesa con una mano, la otra agarrada a mi cuello.

—Adelante, campeón… —dijo ofreciéndome la boca.

Se la mordí al tiempo que me metía de un golpe dentro de ella, lo que le arrancó un «uffff» sonoro que rebotó en los azulejos.

—Más bajito —pedí.

—Jolines Sergio, y qué quieres, es que la tienes muy gorda —respondió entre dientes—. Hace daño al entrar…

—¿Más que la de Alberto? —la vacilé.

—Parecida…

—Pues tranquila, en cuanto tu coño se adapte, todo irá como la seda. Estás super húmeda, será rápido.

Susurrábamos bobadas, las lenguas enredadas, como críos jugando a papa y mamá.

—Ja, ja, ja… —río bajito—. Sí, rápido dices, como se le dice a los niños cuando les ponen una inyección…

Reímos los dos a la vez, pero no perdí la concentración, comenzando a embestirla fuerte, casi con saña.

—Ríete ahora si puedes… —la espeté al verla cerrar los ojos y morderse el labio.

«Plas… plas… plas…», sonaban nuestros muslos al entrechocar.

Y el ruido de la madera moviéndose en el suelo de losetas blancas y negras.

Un crujido rítmico de las patas de la mesa.

Lucy agarrada al borde con ambas manos, la falda recogida en la cadera y su cuerpo balanceándose con cada embestida.

Los ojos los mantenía cerrados y los labios apretados haciendo el esfuerzo de no gritar.

—Más fuerte —me pidió entre dientes.

Le di más fuerte.

—¿Así?

—No, más, más…

Y subí aún más el ritmo, la profundidad.

La mesa protestó.

Y su protesta se acomodó a los jadeos de Lucy cuando comenzaba a correrse.

—No pares… no pares… por dios… no aguanto más, me corro…

—Toma, joder… toma… –respondí con embestidas salvajes.

El alto ritmo hizo mella en mí, igualmente.

Y no pude sujetar el orgasmo,

—Suputamadre… no puedo más… me corro… suputamadre…

Eyaculé en su interior pero dentro del condón.

Mi orgasmo acabó cuando Lucy ya llevaba un rato corrida, con ella aferrada a mis hombros y yo con la cara hundida en su cuello, notando su piel caliente contra la mía.

Me salí de su interior y me senté en una silla.

Me temblaban las piernas. Ella se bajó de la mesa y se sentó en mi regazo.

Los siguientes minutos nos besamos con delicadeza de amantes.

Era extraño.

Habíamos quedado para follar.

Pero aquella tarde no habíamos follado, habíamos hecho el amor.

—Ha sido genial… –me suspiró en el oído, la humedad de su lengua rozando el interior y haciéndome cosquillas—. Si tú fueras mi novio, haría esto contigo a diario.

Recordé las veces que Elsa me había rechazado en los últimos tiempos. Y yo también deseé ser el que dormía a su lado en lugar de Alberto.

Sin pensarlo, miré al condón y tiré de él. Estaba repleto de seres humanos en potencia. Sin saber por qué, recordé la broma que le había hecho a Sonia el día que la asalté en los baños de la oficina.

—¿Te tragarías esto?

Me miró con cara de asco.

—¿Las amantes se lo tragan? —preguntó como si nunca hubiera visto una película porno. Tal vez era así, hay chicas que nunca lo han hecho, pensaba.

—Algunas sí…

Me lo quitó de las manos, lo palpó y luego lo olió.

—Está caliente…

—Claro, lo acabo de echar, ¿qué querías?

Yo hablaba en broma. Una burla boba, sin más. Pero ella se lo había tomado en serio. Parecía querer demostrar que era una amante sin complejos.

Sin que pudiera detenerla, se llevó el condón a la boca, inclinó la cabeza hacia atrás y depositó la mitad del contenido sobre su lengua. Luego lo tragó con un estremecimiento de todo el cuerpo.

—Guau… qué rico… —bromeó, su cara de asco no mentía.

—Joder, Lucy… —la increpé—. Era una broma.

Me miró sonriente y luego me vaciló.

—Pues no está tan malo… Igual me bebo el resto.

Reímos a carcajadas y luego nos besamos. Por si acaso le quité el condón de las manos. Su lengua sabía salada y acre, el sabor de mi semen. Amé aquel semen no porque fuera mío, sino porque lo saboreaba de su boca.

La levanté de mis piernas y arrojé a la basura el condón envuelto en papel de cocina. Luego me apoyé con la espalda en la encimera, las rodillas temblorosas aún. Mi pene colgando satisfecho.

Lucy revisó su falda, la estiró para eliminar las arrugas y se recolocó el pelo.

Miró la mesa. Luego me miró a mí.

—¿Te apetece otro? —preguntó ronroneando a mi alrededor.

—Pues claro que me apetece, pero no hoy.

—Pues es una pena… —me besó, pero evitando que su falda tocara mi péndulo goteante.

—Otro día, ¿te parece? —respondí—. No tentemos a la suerte, Elsa podría adelantarse.

—Sí, claro que me parece… —replicó—. Pero no te eternices en pedírmelo, que una tiene sus necesidades…