Una aventura y una sorpresa #2
—Yo igual voy de Erasmus el curso que viene. No sé, ya veré.
Muy suyo. Muy de pija. «Ya veré lo que haré, lo decidiré sobre la marcha, si me apetece, iré, y si no, pues no».
—¿Cuál es tu favorito? —siguió con el interrogatorio.
La miré. Tenía que cortar aquella charla insulsa, nos iban a dar las doce.
—Lucy… —me negué a responder esta vez.
—¿Qué…?
—¿Has venido a hacer un tour del piso o a lo que has venido?
Soltó una carcajada y se tapó la boca con una mano.
—Es que estoy nerviosa —confesó, todavía riendo—. Estar aquí me hace sentir rara. Aunque no te lo creas. No me lo esperaba, pero lo de hacerlo en tu casa es muy fuerte. Aquí está Elsa en cada rincón. Me siento mal de ponerle los cuernos.
—¿Quieres que nos vayamos? Aún no ha pasado nada, podemos dejarlo cuando quieras.
—No. —Lo dijo rápido, sin dudar—. Solo digo que me pone nerviosa. Que no es lo mismo que querer irme.
—¿Tú? ¿Nerviosa?
—Sí, yo. Que también soy humana, oye. No soy de piedra.
La miré de cerca y estirando una mano le pasé los dedos por los labios. Ella sacó la lengua y los lamió.
—Además no es verdad que no haya pasado nada… —prosiguió—. Han pasado muchas cosas. Lo del verano en el palacete. Lo del otro día en tu despacho. Eso no es precisamente «nada».
La miré con más atención. Tenía razón: habían pasado muchas cosas entre nosotros que no tenían vuelta atrás. Pero había algo distinto en ella esa tarde. Menos desparpajo del habitual. Una ligera tensión en la mandíbula, los dedos tamborileando sobre la rodilla.
Me gustó saberla nerviosa. Así no sería yo el único.
Pero al tiempo me parecía una barrera sin sentido.
Retrasaba lo que íbamos a hacer allí.
—Pues si estás nerviosa, yo también —dije—. Bienvenida al club.
*
Fue ella quien rompió el hielo finalmente. Por fortuna. Yo no habría podido hacerlo en toda la tarde.
Se levantó del sofá principal, cruzó la distancia que nos separaba y se sentó en el brazo del mío con una pierna a cada lado, casi encima de mí. Olía a algo dulce y cálido, el mismo perfume de siempre, que ya empezaba a reconocer como suyo.
—¿Qué miras? —preguntó.
—A ti. Que para eso has venido, supongo.
—¿Y qué ves?
—A la chica más guapa del mundo.
Sonrió y los ojos le brillaron
—Si serás zalamero…
—Yo nunca miento, ya lo sabes.
Se rió y, agachando la cabeza, me besó.
Era un beso distinto a los que ya habíamos intercambiado. Más lento. Más profundo. Con más lengua. Sin urgencias de entrada. Como si hubiéramos acordado que esta vez íbamos a tomárnoslo con calma, teniendo en cuenta que los besos anteriores habían sido furtivos, arriesgándonos a ser sorprendidos.
Le puse las manos en la cintura y la acerqué hacia mí hasta que tuvo que apoyar los pies en el suelo para no perder el equilibrio. Y en ese ajuste de postura acabó sentada sobre mis piernas, los brazos en mi cuello, la boca pegada a la mía.
Mis manos hurgaban por debajo de su falda, le retiraban las bragas a un lado y se colaban por la hendidura entre los labios.
La piel allí era sedosa, blanda y húmeda.
Me moría por entrar en aquel rincón oscuro y mis dedos se colaron entre sus pliegues, obligándola a soltar un gemido y a apretar los ojos.
—Uffff… qué bien… —suspiró abriendo los muslos para recibirme.
Dentro de mi cabeza, un reloj que nadie había puesto en marcha empezó a contar. Las diez y media. Hora límite. Quedaban más de tres horas.
—¿En qué piensas? —murmuró Lucy contra mis labios—. Aparte de tocarme donde te apetece, so guarro…
—En que tenemos tiempo —respondí con un gesto de excitación—. Más del que hemos tenido en otras ocasiones.
—Mejor así. La última vez fue un desastre de principio a fin.
—No al principio —puntualicé.
—No, al principio no. —Sonrió contra mi boca—. El principio estuvo muy bien. Casi me matas con esa lengua que tienes, cabroncete…
Le desabroché el jersey por debajo y se lo subí hasta los brazos. Se lo sacó ella misma de un tirón y lo arrojó al otro sofá. Debajo llevaba un sujetador crema, de esos que resultan más eróticos porque son la ropa interior de verdad.
Le desabroché la espalda. Cayó al suelo. Lo recogí y lo dejé sobre el reposabrazos del sofá grande. El reposabrazos de Elsa.
*
Habíamos pasado de mi sofá al sofá principal sin decidirlo expresamente, deslizándonos en esa dirección mientras los besos se alargaban y nuestras respiraciones subían de tono. Lucy estaba recostada con la falda subida sobre las caderas y yo arrodillado entre sus piernas en el suelo.
Lo pensé un instante.
—Espera —dije incorporándome.
—¿Qué pasa? ¿Vas a dejarme a medias, para variar?
Sonreí y le saqué la lengua.
—Las persianas. Que el de enfrente es muy cotilla.
Me levanté de un salto, bajé a medias las persianas del salón y encendí la lámpara del rincón, que daba una luz baja y cálida. Luego volví.
Lucy me miraba desde el sofá con expresión divertida.
—Muy profesional —dijo—. Solo te ha faltado poner música.
—No quiero música. Quiero oírte gritar.
Se quedó un momento callada, el labio inferior mordido por sus preciosos incisivos.
—Eso ha sonado muy bien —dijo—. A ver si lo consigues.
Me arrodillé de nuevo entre sus piernas y le quité las bragas —blancas, de algodón, tan naturales como el sujetador— con cuidado, pasándoselas por los tobillos y dejándolas sobre la mesita de centro junto al ron cola a medio beber. Luego abrí sus muslos y agaché la cabeza entre ellos.
—Vas a empezar por lo mejor… —jadeó—. Qué generoso…
—Yo soy así… —la vacilé antes de lamerle entre los labios inferiores.
El coño de Lucy me recibió latiendo, vivo, como la misma Lucy.
Era el coño que ya conocía. El que era capaz de reconocer por el tacto y el olor antes de verlo. Húmedo, caliente, aún cerrado y solo mancillado por mis dedos, oliendo a esa intimidad que tienen las cosas que recuerdas porque las has probado.
—Uffff… —bufó Lucy de nuevo echando la cabeza hacia atrás—. Qué bien besas, canalla… y no me refiero a la boca…
Pero no la estaba besando, había abierto los labios y se lo estaba comiendo con la lengua y los dientes, literalmente.
«Slurp… slurp…».
Lamía despacio, con pausa, disfrutando del momento. Una mano en su muslo para sujetarla, la otra libre. Lucy tenía una pierna apoyada en el brazo del sofá y la otra en el aire, y sus caderas se movían en pequeños círculos buscando mi lengua cada vez que la apartaba un segundo.
Me sujetaba la cabeza con una mano para impedirme escapar.
—No pares, no pares… —pedía en voz muy baja. Había arqueado el cuello hacia atrás y apretaba los ojos, enajenada.
Por supuesto, no me detuve. Muy al contrario, aumenté el ritmo.
Al mismo tiempo, la penetré con dos dedos y los moví con lentitud. Luego los saqué y volví a meterlos. Lucy arqueó la espalda, las manos agarradas al cojín que tenía bajo la cabeza, los nudillos blancos.
—Dios… Sergio… —susurraba—. Me estás matando… donde has aprendido esto… no pares, por dios… no pares…
—Si no paro… —me burlé.
—Por si acaso… —remachó, antes de darme una orden expresa—: Y sóbame las tetas, también tienen derecho, digo yo…
Reímos y se las lamí hasta babearlas por completo. Luego dejé una mano allí para acariciarlas por turnos mientras volvía a comerle el coño.
Los gemidos de Lucy se convirtieron en la única música de fondo durante un buen rato.
*
Fue entonces cuando escuché un ruido.
Me detuve en seco. Inmóvil, la cabeza levantada, los dedos todavía dentro de Lucy, el oído puesto en la puerta de entrada.
—¿Qué pasa? —susurró ella incorporándose—. No será…
—Ssshhh… calla un momento —le pedí con un dedo en sus labios.
—Jolines… —se quejó.
—Por favor, Lucy. Un segundo.
Silencio. Después un motor y una sacudida. Los ruidos provenían del ascensor del edificio, que se había parado en alguna planta. Voces apagadas en el rellano. Un portazo lejano. Algún vecino.
Respiré aliviado.
—No es nada —suspiré—. Es el vecino de siempre, que llega dando portazos como si fuera el dueño del edificio entero.
Lucy me miró con los ojos entornados.
—Sergio, escucha... —me dijo con una caricia en la mejilla.
—¿Qué…?
—Relájate. Elsa no va a aparecer. Me has dicho que tiene cena.
—Ya, ya lo sé —concedí.
—Pues eso. Que yo también me la juego, ¿sabes? Pero si te pasas la tarde mirando la puerta vamos a tener que buscarnos otro sitio. Y volver a empezar.
—Tienes razón… me relajo, te lo prometo…
—Claro que tengo razón. ¿Puedes seguir, por favor? Me has dejado en el mejor momento. Saca esa preciosa lengua y continua por donde ibas…
Me reí a pesar de todo. Y mis nervios se relajaron por completo.
Cuando le metí tres dedos en el coño, volvió a jadear.
—Uffff… ¿Tres? Qué animal… —exhaló—. Bueno, vale, pero no metas más, no seas malo…
Me agaché entre sus muslos y seguí lamiendo…
Cuando Lucy se corrió lo hizo en silencio, o casi.
Un gemido largo que empezó como un susurro y terminó con los dientes apretados, la espalda levantada del sofá y los muslos cerrados en torno a mi cabeza durante segundos eternos.
La respiración se le había interrumpido durante casi un minuto.
Luego se desplomó sobre los cojines y se quedó como muerta.
—Hostias que bueno… —jadeó con el pecho subiendo y bajando, a la búsqueda de la respiración perdida—. Yo quiero más…
—Gracias por el cumplido, pero no hay más de momento… es mi turno… —sonreí.
—Cabronazo…
Me levanté del suelo y me senté a su lado en el sofá.
Ella seguía con la falda alzada y los ojos cerrados, recuperando el aliento.
Tenía el pelo extendido sobre el cojín de Elsa.
Un cojín de lino rosa que mi novia había elegido en una tienda de Malasaña un sábado de lluvia, y que ahora tenía el pelo de Lucy extendido encima.
Un gusanillo se paseó por mi estómago.
Como había dicho, era mi turno.
*
Aprovechamos el inciso para beber un trago. Estábamos sentados uno al lado del otro, y nos magreábamos a placer. Ella me masajeaba la polla que se había arrugado por el susto del ascensor y yo le sobaba las tetas o entre los labios inferiores según me apetecía.