Mentiras y cuernos 3 Una aventura y una sorpresa
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Una aventura y una sorpresa

Preocupado por los misterios de Elsa, lo único que me alegraba la vida era pensar en Lucy. Le debía una cita y no podía tardar en pedírsela. Sería una cita con sexo. Ya no había malos entendidos ni verdades a medias, íbamos a follar sí o sí.

Y aunque pueda parecer infantil, saberlo me alegraba la vida.

Había fantaseado muchas veces sobre cómo sería, en como la abrazaría, como la penetraría, sus suspiros, sus «dame más fuerte», sus «qué bien lo haces». Sobre todo pensaba en ello en la ducha, con mi aparato entre las manos.

Lo único que me faltaba para que todo fuera perfecto era decidir el lugar del encuentro. La idea del hotel no me seducía del todo. Demasiado frío e impersonal.

En el coche era otra opción, pero no lo tenía claro. En algún momento se me había pasado por la cabeza llevarla al descampado de Loren. Allí se habían follado a Elsa y yo me había tirado a Amy. Un nuevo polvo, esta vez con Lucy, sería el tercero, el de la suerte.

Pero, pensándolo bien, el descampado tampoco era un lugar apropiado. Lucy era muy pija, mejor no meterse en líos, podría ofenderse —¿«Me quieres follar en un puñetero descampado, como a una puta?»— y mandarme a la mierda.

No me quedaba otra que hacerlo en casa. Elsa me lo había pedido. Pero saber que mi novia estaría por allí, mirando, quizá tocándose encendida, no me seducía. Le restaría naturalidad. Y Lucy era cualquier cosa menos artificial. Aquel polvo tenía que ser como ella, espontáneo, sin artificios.

Le di vueltas largamente, y al final lo tuve claro: lo haríamos en casa.

Pero sin Elsa de por medio.

*

En cuanto lo decidí, investigué a Elsa para saber el día en que volvería más tarde de lo habitual de sus incursiones al chalet de la Moraleja. Y en cuanto tuve el dato, convoqué a Lucy por wasap.

SERGIO: Puedes este miércoles? He pensado que nos veamos en mi casa. Elsa tiene reunión hasta las ocho. Luego cena con una amiga. No llegará antes de las diez y media. Estaremos tranquilos, podemos follar sin prisas.

Su respuesta fue rápida.

LUCY: No sé, creo que el miércoles Alberto tiene algún lío social y quiere que le acompañe.

SERGIO: No fastidies, qué putada… (emoji de decepción)

LUCY: Bueno, no es seguro, tengo que confirmarlo.

SERGIO: Vale, confírmalo y me dices.

Vaya corte de rollo. Conseguir una cita para echar un polvo se había convertido en algo más complicado que convocar una reunión en la oficina con diez abogados, cada uno con su agenda incompatible con el resto.

Tardó en responder. Pero al final de la mañana me llegó un mensaje que me alegró el día.

LUCY: Vale, el miércoles no hay problema. Alberto tiene ese lío que te he comentado, pero no necesita que le acompañe. Ya me parecía raro que me requiriese ni una sola vez.

SERGIO: Genial! (emoji de pulgar arriba)

LUCY: Aunque tengo una duda…

Vaya, ya me parecía que iba todo demasiado bien.

SERGIO: Una duda? Qué duda?

LUCY: Estás seguro de que quieres hacerlo en tu casa? Esa casa que compartes con Elsa, mi futura prima?

SERGIO: Pues claro. Por qué te parece tan raro, no te gusta la idea?

LUCY: No sé… por mí, bien. Yo lo decía por ti. Vamos a follar, no a tomar el té. Ponerle los cuernos a tu chica en vuestra propia casa... A mí al menos me suena fuerte.

Podría haberle sacado el tema de la pareja abierta y esas memeces, pero no me parecía ni propio ni adecuado al momento. Menudo cortarrollos, me decía. Así que le resté importancia y lo dejé correr.

SERGIO: Bah, no te preocupes. Si no follamos en nuestra cama será como si no hubiese ocurrido.

LUCY: Vale, como quieras. Tema cama, prohibido. Buscamos otras opciones. A qué hora nos vemos?

SERGIO: Lo antes que puedas, yo estaré en casa desde las seis.

LUCY: Guay, antes de y media llegaré yo. Hasta el miércoles entonces.

SERGIO: Chao, cuídate.

*

A las seis menos cuarto del miércoles ya había pasado el aspirador, recogido la ropa que Elsa dejaba siempre sobre la silla del dormitorio —manía que me sacaba de quicio—, vaciado el lavavajillas, comprobado tres veces que la cama estuviera bien hecha, y sacudido la alfombra.

No íbamos a hacerlo en nuestra cama, pero por si acaso. Nunca se sabía si podíamos terminar sobre la alfombra de la habitación.

A las seis y media sonó el telefonillo.

Respiré hondo, me dirigí al interfono y pulsé sin decir nada.

Dos minutos después llamaron a la puerta.

Lo primero que hizo Lucy al entrar fue quitarse los zapatos y entregarme una percha de tintorería con ropa dentro del plástico.

El paquete era enorme. Contenía ropa larga, de bulto, no un simple pantalón o una falda, y esa ropa era de color blanco.

Lo cogí con cierta aprensión, cuidando de que no se arrugara.

Lo de los zapatos lo hizo sin preguntar. Sin que nadie se lo pidiera. Se los quitó en el felpudo, los dejó ordenados junto a la pared y entró en calcetines al pasillo. Blancos, con una raya azul en el tobillo y un icono de Nike en el empeine.

Lo de la tintorería era otra cosa. Algo con más enjundia.

—Es el vestido de boda —explicó tras quedarse descalza—. Se me olvidó decirte que hoy tenía prueba. He ido sola, para variar. Lo de Alberto siempre tiene prioridad. Así que he decidido llevarlo a casa para probármelo allí y que él lo vea.

Tragué saliva, no sabía qué decir. Esa tarde iba a violar el sagrado sacramento del matrimonio, follándome a la futura novia.

—¿Te apetece que me lo ponga y me das tu opinión? —añadió.

Corrido por el bochorno como me hallaba, rechacé su invitación.

—No, yo de vestidos de novia ni idea. Mejor que te lo vea alguna chica, tu madre quizá…

—Vale, no pasa nada —replicó como si tal cosa—. Déjalo donde quieras, pero procura que no se arrugue.

Lo dejé en el armario del recibidor con todo el cuidado del mundo y la invité a pasar al salón. Todavía me temblaban las manos. No llegó a entrar, parecía embelesada con lo que veía.

—Bonito piso —dijo—. ¿Cuántos metros tiene?

El pavo se me subió a la cara como a un adolescente. El piso debía de parecerle como la caseta del perro de sus padres. O de Alberto, que era con quien vivía en la actualidad.

Cómo explicarle que Elsa y yo teníamos una solvencia económica que nos permitía disponer de algo mejor, más grande, pero que nos apetecía vivir allí, en el centro de la capital, donde cualquier cuartucho costaba un dineral.

—Los mismos que la terraza de mis suegros, o menos… —respondí con expresión de pedir indulgencia—. No es muy grande, pero nos apañamos. Metro en la puerta y esas cosas, ya sabes…

—Hummm… ya veo, muy… ¿bohemio? —dijo y me sentí como un sapo junto a la princesa del cuento.

Se asomó a la cocina, luego al salón, luego al pasillo que llevaba a los dormitorios.

—Elsa tiene buen gusto. Se nota su mano en cada detalle.

—La decoración es suya, sí. Yo me limité a pagar la mitad y a estar de acuerdo en todo.

Rió levemente.

—Lista ella. —Señaló un cuadro sobre el sofá principal, una acuarela de colores fríos que habíamos comprado en el Rastro hacía tres años—. Esto mola mucho. ¿De dónde es?

—Del Rastro. Un chico joven que vendía en un puesto, no sé cómo se llamaba y no está ni firmado. Elsa lo vio y no hubo más discusión.

—Es que tiene ojo, ya se nota. —Lo estudió un segundo más de cerca—. A Alberto le horroriza el arte moderno. Dice que es una estafa.

—Qué sorpresa… —repliqué, intentando no imaginar la expresión de Alberto si entrara en aquella casa.

Se volvió y me miró con una sonrisa, antes de dejarse caer en el sofá con esa naturalidad suya que tanto me gustaba.

Cruzó las piernas —llevaba una de esas faldas de vuelo que me ponían a cien, verde pistacho esta vez, y un jersey fino de cuello alto que insinuaba dos pechos medianos, pero jóvenes y tersos— y miró alrededor con calma, como si estuviera haciendo inventario.

Yo permanecí de pie.

—Siéntate, hombre —dijo—. Que pareces el botones de un hotel.

—Es que estoy algo tenso, si te digo la verdad —respondí.

Y no mentía. Estar en mi casa, con Lucy, la princesa de la revista Hola, me hacía temblar las rodillas.

Era una estupidez, hasta el momento la había acariciado, comido, incluso follado a medias, y nunca me había sentido así.

Quizá era porque lo había hecho en sitios neutrales.

Me arrepentí de no haber optado por el hotel.

—¿Tú, tenso? —sonrió con una calidez de amiga de siempre y eso me reconfortó—. Pero si fuiste tú quien propuso hacerlo aquí.

—Sí, lo sé, pero precisamente por eso.

—Qué lógica más rara tienes, Sergio. Y cómo me gustas así… —rió con sus dientes de adolescente y noté mi primera erección de la tarde.

Me senté en el sofá de al lado, el pequeño. Ese sofá era enteramente mío. El grande era de los dos, pero el lado donde se había sentado Lucy era, por una costumbre tácita, el lado de Elsa. Y saber eso me hormigueaba en el estómago.

—¿Quieres tomar algo? —pregunté.

—Bueno, vale —respondió—. Lo mismo que tú tomes y con mucho alcohol. Pero no saques patatas ni panchitos, que no soy una invitada. Soy tu amante, recuerda. Y no me pongas cara de anfitrión, que me agobia.

Se reía de sus propios chistes y yo le seguía la corriente, riéndome a mi vez.

—¿De qué te ríes? —preguntó.

—De lo que has dicho de «amante» —respondí.

—¿No es la verdad?

—Totalmente, pero es que suena raro…

Se mordió el labio y mi erección saludó de nuevo, anunciando que estaba ahí, que esperaba su oportunidad.

Fui a la cocina, llené dos vasos con hielo, coca cola y ron, y volví al salón con ellos en la mano.

Lucy aceptó el suyo, bebió un sorbo y lo dejó en la mesita de centro sobre un posavasos —había sacado el posavasos de algún cajón, como si supiera dónde estaban—.

Luego señaló la estantería que ocupaba toda la pared del fondo.

—¿Son tuyos los libros o de Elsa?

—Mezclados. Los de arriba son míos. Los del medio, suyos. En el centro hay una zona de nadie donde compartimos espacio.

—¿Y esos de ahí arriba? —señalaba la balda más alta, donde estaban los libros en inglés.

—Míos. De la carrera, la mayoría. Algunos los compré cuando estuve de Erasmus.

—¿Erasmus dónde?

—Edimburgo.