Descubriendo a Nata
La segunda oportunidad de seguir al Mercedes se me presentó enseguida. Había estudiado las rutinas de Elsa y su amiga y había llegado a una conclusión: se veían al menos dos veces por semana, siempre en días laborables. A veces lo hacían una tercera, y en ese caso la salida era más larga.
Con este conocimiento, podía adaptar mi trabajo en la oficina para disponer de tiempo libre en los días de salida. Y el siguiente día, con el conocimiento atesorado, no tuve que esperar demasiado en el coche.
El Mercedes apareció puntual y se detuvo en el mismo sitio de siempre: a unos cincuenta metros de la puerta principal, con el motor en marcha y esa calma de quien sabe que le van a hacer esperar pero que no le importa porque le pagan por ello.
Yo llevaba diez minutos aparcado en el Volvo al otro lado de la calle, con la música alta para no quedarme dormido y una taza de café del bar del edificio, que a esas alturas ya estaba frío.
Elsa salió a las seis y media.
Caminó por la acera, directa hacia el Mercedes, abrió la puerta trasera sin que nadie bajara a recibirla —lo que significaba que Nata la esperaba dentro o que no había venido— y desapareció en el interior con esa naturalidad de quien lleva haciendo algo mucho tiempo.
Ni miró alrededor. Ni dudó. Solo entró, cerró la puerta y el coche comenzó a andar.
Miré el retrovisor, activé el intermitente y pisé el acelerador.
*
El trayecto esta vez fue diferente: Castellana arriba, un poco de atasco a la salida hacia Colmenar, el ritmo lento y previsible del tráfico de tarde en Madrid. Para cuando el Mercedes tomó el desvío hacia la A-1 en dirección norte y empezó a coger velocidad, ya sabía que hoy el destino era otro.
La carretera de Burgos. Era el momento de la verdad.
Un gusanillo me roía el estómago.
Mantenía una distancia razonable, dos o tres coches entre nosotros, suficiente para que el chófer no me viera en el retrovisor, pero la justa para que no se interpusiera alguien apareciendo por el carril derecho. Iba con los ojos muy abiertos, rezando para que la suerte me acompañara esta vez.
La suerte aguantó hasta La Moraleja.
Había obras a la entrada de la urbanización de lujo, una zanja que ocupaba el carril derecho y obligaba al tráfico a circular por un carril único alternando el turno.
Un operario con una paleta naranja fluorescente gestionaba el paso desde el borde de la acera, haciendo señas con parsimonia aburrida.
«Joder, ya no son horas para obras», me quejé mirando el reloj del salpicadero.
El Mercedes pasó sin problema, el chófer asintiendo al operario desde la ventanilla como si se conocieran, y traspasó las obras.
A mí me pararon.
El obrero levantó la paleta como con saña, me miró con indiferencia y señaló hacia el arcén. Tres minutos. Cuatro. Cinco. Desde el otro lado de la zanja pasaban coches en sentido contrario con lentitud exasperante.
Cuando el operario me hizo señas de que podía pasar, el Mercedes se había evaporado.
*
La Moraleja, de cerca, es exactamente lo que uno se imagina cuando alguien dice «La Moraleja»: lujo y privacidad. Las calles son estrechas y están perfectamente asfaltadas, sin los baches crónicos del resto de la ciudad.
No había casi nadie por la calle. Un hombre paseando un perro salchicha, un repartidor saliendo por una verja lateral, una joven practicando running…
Las casas —los chalets, los palacetes— eran todos distintos y todos iguales en lo fundamental.
Enormes y rodeados de jardines, que en algunos casos veías enteros a través de las verjas de hierro forjado y en otros ni intuías porque los muros tenían una altura que dejaba claro que lo que ocurría al otro lado no era asunto tuyo.
Di vueltas durante veinte minutos.
Buscaba sin esperanza, pero no tenía nada más que hacer y decidí perder el tiempo. Miraba sobre todo las parcelas cuyas verjas dejaban vislumbrar el interior, especialmente si tenían parking a cielo abierto.
Reconocería el Mercedes oscuro a través de las verjas, aún con los ojos cerrados.
Una calle, otra, otra más. El Mercedes podía estar en cualquiera de esos garajes, detrás de cualquiera de esos muros, y yo no tenía forma de saberlo ni ningún derecho a preguntar.
Al final me cansé y decidí abandonar. Tomé una calle que me pareció que salía hacia la carretera, luego otra, y cuando estaba a punto de darme por vencido y programar el GPS, doblé una esquina y me metí en lo que resultó ser un callejón corto que terminaba en una rotonda pequeña. Un fondo de saco sin salida.
Fui a girar para volver por donde había venido.
Y entonces la vi. O creí verla.
Había una figura de pie al fondo del callejón, junto a una pared, y durante el segundo y medio que tardé en completar el giro y poner el morro del Volvo en dirección contraria, esa figura me miró.
Pelo oscuro, gabardina, la postura de alguien que está ahí a propósito y no por casualidad.
Tiraba de la correa de un gran perro gris.
No se movió, no hizo ningún gesto. Solo me miraba.
Podía ser Nata. O podía ser cualquier otra persona con pelo oscuro y gabardina. Aunque lo fuera, ni de coña habría podido reconocerme, coches como el mío debe de haber a cientos en La Moraleja.
En eso confiaba al menos.
Me fui sin quedarme a comprobarlo.
Tomé la salida de la urbanización, pasé junto a las obras ya sin operario porque eran más de las ocho, y enfilé la A-1 de vuelta hacia Madrid con ambas manos en el volante y la cabeza llena de preguntas.
Aunque había logrado algo. Ese día no me iba de vacío.
Había anotado en Google Maps el punto exacto donde había creído ver a Nata. Aunque podía ser otra mujer cualquiera, perro incluido.
*
Elsa llegó a casa sobre las diez.
Yo llevaba un rato en el sofá con el ordenador sobre las piernas y un vaso de vino en la mesita, haciendo como que leía un informe, la coartada más cómoda del mundo. Ella entró con el abrigo granate, las mejillas arreboladas, y me dio un beso en el pelo antes de irse a la cocina a por agua.
—¿Has cenado? —preguntó desde el pasillo.
—He picado algo —dije—. ¿Y tú?
—Sí, con Nata. —Una pausa—. Al final nos hemos quedado más rato del que pensaba.
—Ya, no importa.
Y no importaba. O sí importaba, pero no de la manera que ella creía.
Porque lo que importaba en ese momento no era dónde habían cenado ni a qué hora había llegado, sino la figura quieta al fondo de aquel callejón mirando el Volvo, y si esa figura era quien yo creía que era, y lo que significaba que Nata estuviera allí paseando a un perro.
Elsa se asomó a la puerta del salón con el vaso de agua en la mano y me miró con esa sonrisa suya que seguía siendo capaz de descolocarme a pesar de todo.
—¿Estás bien?
—Sí —dije—. Solo cansado.
—Como siempre…
Como siempre, no. Porque ese día tenía un hilo de donde tirar. Y eso era más que reconfortante. Mis venas se habían cargado de adrenalina lo suficiente como para sentirme capaz de cualquier cosa.
Aunque «cualquier cosa» tenía que esperar hasta el día siguiente.
Como mínimo.
Minutos más tarde bebíamos leche con cacao y acabábamos una película que llevábamos empezada desde hacía semanas. Resultaba extraño sentarse al lado de Elsa, en una escena familiar tan distinta a la de aquella tarde, y mirar a la televisión como si nada.
Reparaba en cómo en esos momentos la tensión desaparecía, como si no hubiera una vida fuera de nuestra casa.
Como si no hubiera más de una Elsa. La que ahora estaba a mi lado y me acariciaba el pelo.
Y la que mantenía una segunda vida fuera de las cuatro paredes.
Con un Mercedes oscuro que entraba y salía de La Moraleja de una forma familiar, donde hasta los operarios parecían conocerlo a fuerza de recorrer la urbanización.
*
La siguiente oportunidad fue algo diferente. Esta vez no esperé a la puerta del edificio de oficinas, sino que realicé lo que un experto llamaría «ingeniería inversa».
Salí del parking lo antes que pude y me dirigí al punto anotado en Google Maps. Era empezar la casa por el tejado, sobre todo si la figura difusa del callejón no había sido la de Nata.
Pero era una novedad que me mantenía alerta, en tensión, como si de verdad fuera un detective de película. Y eran novedades lo que me hacía falta para mantener la moral.
Porque no sabía lo que iba a encontrarme.
Y cómo me iba a afectar.
Sobre las seis y media aparcaba el Volvo a pocas manzanas del lugar. Era un descampado donde se apilaban coches modestos, claramente reservado al personal de servicio de las espectaculares villas.
Caminé hacia el punto donde había creído ver a Nata y me escondí tras unos contenedores de basura, las manos en los bolsillos del chaquetón para guarecerme del fresco de la tarde.
Antes de las siete aparecía el Mercedes oscuro.
Aparcaba sobre la acera, frente a unas verjas que no ocultaban el jardín interior.
«¡Bingo!». Una emoción interior me recorrió el estómago.
Tenía dotes de investigador privado, no cabía duda.
Si me fallaba la abogacía ya sabía a qué dedicarme.
Vi bajar a Nata y a Elsa del coche y hablarle al videoportero.
Tras el zumbido de la puerta, se colaron en el interior y las perdí de vista.
Desde mi posición era imposible asomarme al jardín, el Mercedes me tapaba la visión.
Y si intentaba buscar un ángulo mejor, corría el riesgo de que el chófer me descubriera.
Como ocurrió en el ABC Serrano con Nata.
«Vete de ahí, gilipollas», le decía al conductor, manteniendo la esperanza de que al final desapareciera. Pero no lo hizo. Se quedó allí todo el tiempo. A veces dentro del coche, a veces fuera, estirando las piernas.
Aburrido, di una vuelta a la manzana y me situé a veinte metros frente a él. Una furgoneta me servía de escondite. Estaba más cerca, podía verle con claridad. Me preguntaba si podría con él en caso de decidirme a entrar en aquella casa sin pedir permiso.
Me quedó claro que no. Primero porque debía de sacarme una cabeza. Al menos. Pero segundo, y más importante, por el bulto que se le notaba bajo la chaqueta y que sobresalía por su borde inferior.
«Joder, ¿eso que lleva es una pistola?», me pregunté.
Podía ser. Podía no serlo.
¿Pero quién se arriesgaba a comprobarlo? Yo desde luego no. Y menos tras la aventura con Andrés.
*
Dos horas después, Elsa y Nata no habían salido aún de la casa. Había tenido la precaución de ir a buscar el Volvo al descampado y esperar con él en el callejón, sobre la acera, a que salieran. No me apetecía que al final llegara a casa antes que yo.
Estaba a unos treinta metros del Mercedes y había interiorizado el laberinto de calles de la zona. En cuanto las viera aparecer, saldría con la suficiente delantera para que no se me anticiparan.
A las nueve y media una luz exterior iluminó la entrada. Las dos chicas salieron por la puerta de hierro y se metieron en el coche. Antes de que el motor del Mercedes rugiera, me escabullía por una calle lateral.
Esa noche no fue muy diferente a las anteriores.
Tomamos algo de cena y luego vimos una serie de Netflix.
Luego nos fuimos a la cama, mi mirada inquisitiva sobre ella, que no parecía percatarse de mi escrutinio.
«¿Qué ocurre en ese chalet, Elsa?», le preguntaba en silencio, sin palabras.
Y ella me daba las buenas noches, un ligero beso y se giraba en la cama hacia su lado.
Yo desvelado y sin saber qué ocurriría la próxima vez.
Los días de seguimiento empezaban a parecerse los unos a los otros.
Demasiado.
Aunque sería peor en cuanto descubriera algo nuevo.
Estaba seguro.