Mentiras y cuernos 3 El secreto de Nata #3
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El secreto de Nata #3

Tragó saliva. Lo había intentado disimular bebiendo, pero no lo consiguió.

Era el momento de tirarle de la lengua.

—Es que he recordado lo que dijiste —dije fingiendo indiferencia—. Lo de ese extraño amante tan… «peligroso» —remarqué la palabra con ironía.

—¿Y qué más te da? —quiso desviar mi atención, cosa que no consiguió, por supuesto—. Los líos de Nata no creo que te afecten.

—Oh, no es que me importe —proseguí—. Es que me resulta curioso. No veo yo a Nata con un gánster sin escrúpulos. Un tipo que la tenga atada a la pata de la cama.

—Eh, eh… no inventes —replicó—. Yo no te dije eso…

—Entonces ¿qué dijiste? —le sonreí y puse cara de niño inocente.

—Pues… —titubeó—. Me refería a que es muy celoso, muy controlador. Un tío al que no le gustaría que le pusieran los cuernos. Que se enfadaría mucho y montaría una buena.

—Ah, ya… —admití—. Un tipo que te destrozaría el coche con un bate de béisbol.

Era la broma justa en el momento adecuado.

Y yo reí.

Pero Elsa no.

Entonces dijo algo que me congeló la sangre:

—Algo así, aunque no es de los que se ensañaría con el coche… Él iría a por el dueño…

El escalofrío que me recorrió no debió pasarle inadvertido a Elsa. Me había dejado mudo de repente. Y cavilando sobre el panoli.

Estaba claro: el amante «peligroso» no era él.

El pobre no tenía ni media bofetada. Tal vez sería el dueño del coche, el que la traía de aquí para allá.

Y no veía yo al panoli como propietario de un pedazo de Mercedes con chófer.

Aunque no era para tomárselo a broma. El mismo coche llevaba a Elsa muy a menudo.

¿Tendría ella también un amante agresivo?

¿Alguien que ni loca me querría presentar?

Por otro lado, tenía la sensación de que a aquella conversación le faltaba algo. Nata me había visto. Y me había reconocido, la prueba era su huida. ¿No era este un buen momento para que Elsa me preguntara que hacía en el centro comercial ABC Serrano justo ese día a esa hora, siguiendo a su amiga?

Dudé, pero conociendo a mi novia, el asunto estaba claro: no lo mencionaba porque no lo sabía. Y si no lo sabía era porque Nata no se lo había comentado.

En ese caso, ¿se lo debía contar yo?

No, mejor ser prudente, concluí. Tenía que saber algo más antes de confesarme con mi novia. No era aún momento de poner las cartas bocarriba.

—¿Qué te pasa? —preguntó Elsa—. Te has puesto blanco de repente, ¿estás bien?

—Oh, sí, perfectamente —mentí—. Es solo que estoy cansado.

Mientras me excusaba, decidía que tenía que investigar más sobre el asunto, pero no en ese momento. No ese día. No con Elsa.

Ahora era mejor hablar de otra cosa. Algo más distendido.

Y elegí un tema más ligero.

*

—Por cierto, hay algo que no te he dicho —cambié de tercio.

—Con esa sonrisa —replicó—, por lo menos te ha tocado la lotería.

—Ja, ja… no tanto…

—¿Entonces?

Levanté mi copa de vino y la golpeé con la de ella. El clinc cristalino me infundió valor.

—Te he hecho caso y le estoy tirando la caña a tu futura prima.

—¿¡A Lucy!? —dijo con una sonrisa franca y abriendo mucho los ojos—. ¡No me digas que te la has tirado!

Antes de hablar lo pensé. Era mejor no dar detalles de lo ya ocurrido. Mejor hablar sobre el posible futuro.

—No, aún no —mentí—. Aunque tengo bastantes esperanzas en que podré hacerlo pronto. Tenías razón, creo que le gusto y que aceptará acostarse conmigo si se lo propongo.

—¿A pesar de que se va a casar pronto?

—A pesar de eso…

—¡Brindo por ello! —rió a carcajadas—. ¡Dale caña a esa estirada!

Me fastidió el comentario, pero lo pasé por alto.

—Lo que pasa es que tengo dudas. No sé si llevarla a un hotel… ¿tú que me recomiendas?

—¿A un hotel? —se quedó pensativa, antes de lanzarse a saco—. De un hotel, nada… Lo mejor es que la traigas aquí.

—Aquí, ¿en casa? —puse cara de no entender.

—Sí, aquí en casa… —dijo y luego aclaró—. Yo quiero estar presente y verlo todo…

—¿Qué? —me extrañé—. ¿Quieres que me la tire delante de ti? No creo que eso le guste a Lucy, ni de coña, la prima de su futuro marido… Ni loca aceptaría…

—No hombre, no… —me aclaró—. No me refiero a que yo esté «delante». Lo que yo haré será esconderme. Os miraré sin que ella me vea y luego…

Su sonrisa lobuna era un poema.

—…Luego continuaremos la fiesta tú y yo, recordando lo que le hayas hecho a la seca esa…

De nuevo el insulto, la ofensa. Había que ver la inquina que le tenía Elsa a Lucy. Más bien parecían celos.

Al final no le dije ni que sí ni que no —que es lo que haría un buen abogado— y ya en la cama, con el recuerdo de algo que no había pasado todavía, tuvimos sexo del bueno.

Tenía que reconocer algo en lo que había insistido Elsa: cuando compartíamos las experiencias del otro con algún tercero, el sexo entre nosotros sabía mejor.

No es que me guste repetirlo, es que Elsa no paraba de recordármelo cuando la pasión entre los dos se terminaba y tocaba el momento de ternura postcoital.

—Te quiero, amorcito…

—Yo más…

—No, yo más…

—….

Y así hasta que caíamos rendidos.

Aunque no estaba seguro de que ninguno de los dos fuéramos sinceros.