Mentiras y cuernos 3 El secreto de Nata #2
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El secreto de Nata #2

«Perfecto. No sé por qué me meto en estas historias. Mejor estaría viendo Netflix con Elsa», pensaba desalentado.

Estaba a punto de darme por vencido cuando la vi.

Se encontraba sentada en una cafetería del primer piso, junto a la cristalera que da al pasillo central. Tenía las gafas de sol subidas sobre la cabeza y una taza de café entre las manos. Frente a ella, dándome la espalda, un hombre la acompañaba.

Me acerqué un poco más, lo suficiente para verle la cara cuando giró la cabeza para llamar a un camarero.

Y me quedé paralizado.

«¿De qué le conozco?»

Lo conocía. Estaba seguro. A aquel tipo —treinta y pocos años, tirando a delgado, con pinta de blandengue— lo había visto antes. Y no en cualquier sitio. ¿Dónde había sido?

¡Espera! ¡Ahora lo recordaba!

En el palacete. Durante las vacaciones de agosto.

Era el tío que no se había separado de Nata en toda la semana.

El que siempre andaba por ahí, rondándola, con esa actitud de perrito faldero que yo en su momento había interpretado como la de alguien que quería algo y no sabía muy bien cómo pedirlo.

Lo había apodado el «panoli». Y como nadie me lo presentó al final, con ese mote se quedó.

Simplemente era eso: un tipo anodino, pan sin sal, que parecía estar siempre en el sitio equivocado.

Y ahora estaba aquí. Con Nata. En Madrid. En el centro comercial de Serrano.

Los observé desde detrás de un expositor de bolsos. Y entonces él se inclinó hacia ella —y ella hacia él— y se besaron. No fue un beso de amigos. Habían intercambiado lengua y saliva durante varios segundos. Los dos. El panoli y Nata.

«Coño. Estos dos no son amigos, están juntos. ¿Lo sabrá Elsa?». Imaginé que sí, siendo tan amigas, era raro que Nata se lo hubiera callado.

Aunque a saber.

Intenté procesar lo que esto significaba y no llegué a ninguna conclusión. Elsa me había dicho que Nata tenía un amante. Alguien peligroso, había insinuado. Yo me había imaginado a un tipo con pinta de malote: mandíbula cuadrada, mirada de hielo, músculos de gimnasio, pistola en el sobaco.

Un gánster. Alguien a quien mejor no molestar.

Pero el panoli tenía la mandíbula de alguien que nunca en su vida había dado un puñetazo. Más bien los habría recibido, en el colegio sobre todo.

Seguí mirando. Nata reía con algo que él le decía. El panoli le cogía una mano sobre la mesa. Era una escena de lo más familiar, de lo más anodina, de las que ves en cualquier cafetería de cualquier centro comercial. Dos enamorados tonteando.

¿Por qué narices me parecía entonces tan rara? ¿Sería que no me pegaba un tipo tan insulso con un pibón como Nata?

De pronto el panoli se levantó. Dijo algo, señaló hacia el interior de la cafetería —los baños, supuse— y desapareció por el fondo.

Nata se quedó sola.

Y yo cometí un error de aficionado: me moví.

No sé por qué lo hice. Supongo que me confié. O quizá me pudo la curiosidad de verle la cara más de cerca, confirmar que era quien creía. El caso es que me desplacé hacia la izquierda buscando una mejor ubicación y en ese movimiento salí del ángulo muerto en el que llevaba cinco minutos escondido.

Nata elevó la vista. Me miró directamente a los ojos. Y me sostuvo la mirada. No se sobresaltó. No gritó. Pero sus ojos mostraban pánico.

Luego se levantó, pero no vino hacia mí. Fue hacia el fondo de la cafetería, por donde había desaparecido el panoli. Diez segundos después salieron los dos a la carrera.

No hacia mí. Hacia la salida de emergencia del fondo, la que daba a la calle por el lateral del edificio. Él primero, ella agarrada de su mano, los dos sin mirar atrás.

Me quedé inmóvil con una mano apoyada en el expositor de bolsos, viéndolos desaparecer.

Un dependiente se me acercó con cara de querer ayudarme.

—¿Busca algo en concreto?

—No, gracias —dije—. Creo que ya lo he encontrado.

Aunque era una verdad a medias. Porque lo que tenía delante no era una respuesta. Eran preguntas nuevas que añadir a la lista.

¿Qué hacía el panoli con Nata? ¿Por qué huían de mí como si les persiguiese el diablo? ¿Y qué tenía que ver todo aquello con el coche oscuro, con los líos de Elsa, con ese nudo que llevaba meses apretándome el pecho sin que supiera muy bien por qué?

«El misterio se complica», pensé mientras volvía al Volvo con las manos en los bolsillos y la cabeza a punto de estallarme.

Tenía que insistir en el seguimiento.

Pero esta vez la presa no eran dos. De momento me iba a centrar en Nata.

*

Una hora después aparecía por casa. Llevaba comida como para tres días, la había pillado en un gourmet de comida preparada. Y una botella de vino de las caras. Elsa me recibió jubilosa y me besuqueó durante un minuto sin dejarme escapar.

—Cuánto te quiero, amor… —me dijo sin venir a cuento.

—Yo también te quiero, bombón.

Preparó la mesa mientras me cambiaba de ropa y diez minutos después nos sentábamos a cenar.

La charla era amena, familiar. «¿Qué tal tu día?», «Como siempre, nada especial, ¿y el tuyo?», «aburrido», etcétera.

El vino era delicioso y brindamos repetidas veces. Notaba la relajación que solo da el alcohol. Y comencé a desinhibirme. Era el momento para preguntar lo que tenía en la cabeza, sin miedo, con descaro.

—Últimamente me ha dado por pensar en Nata —le dije.

—Ah, ¿sí? ¿Y eso?

—No sé —improvisé—. Será porque ahora os veis más a menudo.