El secreto de Nata
Esa noche me fue imposible dormir. Le daba vueltas a lo ocurrido aquella tarde. Había sido un «dos por el precio de una». Primero me había atacado Lucy y me había puesto a doscientos, obligándome a follarla y dejándome a medias al final por la pillada de Sonia.
Y lo de Sonia había sido ya el sumun.
No sabía de dónde me había aflorado aquella vena dominante, posiblemente de ver que ella se hacía pequeña a mi lado por la calentura.
Era delicioso notar como una mujer de bandera, de las de una pieza, por el hecho de haberse calentado como una tea se derretía contigo, esperando que la sometieras a tus caprichos.
Y aunque con la boca dijera que no, con los ojillos se le notaba rogar: «fóllame, por favor».
Aun con su cambio al final, que lejos de enfriar el polvo, había multiplicado el calor por diez.
No pude evitarlo.
Me tuve que masturbar fantaseando con Sonia.
Dos veces.
También pensaba en Lucy, por supuesto, pero de otra manera. Menos guarra. Más… cariñosa.
La segunda paja me la hice en el baño, Elsa parecía haber notado el movimiento de mi mano entre sueños y se me había arrimado.
Mala suerte. Se me arrimaba el día en que menos me apetecía hacerlo con ella.
De hecho, si me hubieran dado a elegir, esa noche habría pasado de Elsa y me habría tirado a las dos de nuevo: a Lucy y a Sonia.
Pero no de una en una, sino a la vez. Que una me la chupara mientras la otra me abría las piernas pidiendo «más, más, no pares… ».
Ufff… la paja fue memorable. Las dos, a decir verdad, pero más la segunda a solas en el baño.
Y debo confesar que mi calentura no duró solo esa noche. Me duró tres o cuatro días, sobre todo porque veía a Sonia trabajar a mi lado a diario, como si no hubiera pasado nada. Como si no fuera a ocurrir nunca más.
Aunque algo me daba una pista sobre el futuro: desde el polvo del baño, vestía medias de puta a diario. Tan solo se las cambiaba de color. Estaba claro, había dejado de usar pantis para estar siempre dispuesta para mí. Levantarse la falda y juguetear con mi aparato entre sus muslos.
Cualquier día iba a volver a empotrarla.
Y esta vez iba a ser sexo duro de veras.
El que había notado que le gustaba.
*
Aparte de esta obsesión por las dos chicas, mi principal inquietud fuera del trabajo era el misterio de Nata y Elsa.
Tenía que recomenzar los seguimientos. Si antes había seguido a Andrés, ahora les tocaba a ellas.
Sería más o menos fácil. Ya tenía cierta práctica.
Esperaría a un día en que mi novia quedara con Nata, las aguardaría en la puerta y luego las seguiría para descubrir adonde iban.
Ya actuaría en consecuencia cuando supiera de sus andanzas.
Si Elsa se saltaba su prohibición de no tener sexo con nadie durante un tiempo, se iba a enterar de quien era yo.
El único hándicap era la pereza que me invadía. Hasta que por fin me decidí.
«A partir de mañana, me pongo a ello seriamente», me dije.
No tuve que esperar demasiado. La oportunidad surgió enseguida.
Y comenzó mi primera «caza», que en realidad empezaba de la forma más aburrida que conocía: esperando en el coche y acompañado por un partido insulso en la radio.
De nuevo las eternas esperas, lo mismo que con Andrés.
Llevaba media hora sentado en el Volvo como un imbécil.
Había salido del trabajo a las seis y veinte, justo cuando la oficina empezaba a vaciarse, y había sacado el coche del parking.
Después había aparcado en doble fila frente al edificio de oficinas y esperaba al coche oscuro como el detective de pacotilla en que me había convertido últimamente.
Recapitulaba todo lo vivido hasta el momento.
Desde que había visto a Elsa subirse al coche oscuro por primera vez —un Mercedes finalmente, como había imaginado—, hasta ese día.
Tendría que haberlo seguido mucho antes y ver donde llevaba a las dos chicas.
Pero me había distraído mi equivocación sobre Andrés y había dejado aparcado el tema sine die.
Ahora ya sabía que el misterio estaba en otro lado.
Así que tenía que volver al coche oscuro. Era tiempo de hacer lo correcto.
Quité el partido y puse música, elevando el volumen de la radio para que mi cerebro se detuviera, pero solo lo conseguí a medias.
El cielo de otoño estaba haciendo lo que solía últimamente: amenazar lluvia sin llegar a mojar.
Hacía fresco. La gente salía del edificio en oleadas, en grupitos de dos o tres, con los cuellos de las chaquetas levantados y los móviles en la mano.
Nada. Los minutos pasaban y los temas en la radio se sucedían.
Pero ni el Mercedes ni Nata aparecían.
A punto estaba de desistir. Quizá ese día el coche oscuro no viniera. Sería extraño, Elsa me había dicho por la mañana que había quedado con Nata.
Y cuando casi me desesperaba, apareció por fin.
El Mercedes, entre negro y otro color indescifrable, se detuvo a unos veinte metros de la puerta principal y se subió en la acera con el motor en marcha. Luego el run-run se detuvo.
Me hundí todo lo que pude en mi asiento. Si alguien me reconocía todo se iría al traste. Un minuto después, la puerta trasera se abrió y Nata se apeó.
La reconocí al instante aunque llevaba gafas de sol.
«Muy raro su atuendo para un día nublado», me dije.
Por lo demás, nada nuevo: alta, el pelo oscuro recogido, gabardina beige.
Nata tenía siempre esa cosa, ese no sé qué de mujer que sabe exactamente cómo está en todo momento y lo usa a su favor.
Aunque a veces iba de mosquita muerta, como a mí más me gustaba.
El ejemplo fue el día del beso en el palacete.
Había creído que besaba a una cría perdida y me equivoqué de plano.
Sus maneras de puta cuando subía con tío Juan a su rincón particular me lo habían dejado claro.
Nata no fue a ningún lado, como había creído que haría. Se quedó apoyada en el coche, mirando hacia la puerta principal del edificio de oficinas.
Al poco tiempo —como si estuvieran sincronizadas— apareció Elsa.
Mi estómago dio un brinco. Llevaba el abrigo granate, el que le había regalado por su cumpleaños y llevaba por la mañana. Caminaba con esa mezcla de prisa y elegancia que tenía cuando no quería ser observada, pero al mismo tiempo deseándolo sobre todas las cosas.
Deseo de gustar.
Las chicas se saludaron con dos besos. Intercambiaron cuatro palabras que yo, desde el Volvo y a veinte metros, no podía oír. Nata le señaló algo del coche con un dedo. Elsa asintió, se rieron felices. Luego otro par de besos y mi novia se dio la vuelta.
Comenzó a andar en dirección a la parada del metro.
«¡Joder!».
Me quedé mirando cómo se alejaba, y durante tres segundos exactos estuve a punto de arrancar el coche, aparcar en condiciones y alcanzarla.
«Se acabó el seguimiento. Oportunidad perdida», me decía.
Pero entonces vibró el móvil.
Era ella.
—¿Qué haces? —dijo a modo de saludo, y me sentí pillado en falta a pesar de que no podía saber que la estaba espiando.
—Pues… trabajo —respondí improvisando—. Dándole vueltas a unos temas que me traen de cabeza. ¿Y tú?
—Qué pereza. Oye, que si terminas pronto podríamos quedar y tomarnos algo por ahí. Hace siglos que no salimos entre semana.
«Hacía siglos». Cierto. Pero no era el día. Una idea se me estaba pasando por la cabeza justo en ese momento y no admitía interrupciones.
—Hoy no puedo, cielo. Tengo que terminar algo antes de esta noche.
—Bufff, qué fastidio —no sonaba enfadada—. Pues nada, ya saldremos otro día. Te espero con Mister Netflix. Si quieres, trae algo de cena, no me apetece cocinar y la nevera está vacía.
—Prometido.
Colgué. Y en ese mismo instante, el coche oscuro arrancó el motor.
Nata seguía dentro.
Y la idea que me había sobrevenido mientras hablaba con Elsa era seguirla. Aunque solo fuera Nata la que iba en el coche, quizá descubriría algo.
«Vamos», me dije.
Arranqué y me uní al tráfico justo cuando el Mercedes se bajaba de la acera y echaba a andar.
*
Les seguí por Castellana abajo con dos coches de por medio, como el día de Andrés. El «funesto» día de Andrés, para ser exactos.
El coche oscuro circulaba con calma. Sin prisas, sin cambios de carril bruscos, como si el tipo del volante tuviera todo el tiempo del mundo. Tomó Goya, luego torció hacia Serrano, y fue en ese momento —mientras el coche giraba ofreciéndome el lateral izquierdo— cuando lo vi.
Vi la gorra. Y el cuello del uniforme. Y el rostro imperturbable de un conductor que se las sabe todas.
Se me descolgó la mandíbula.
El tipo que conducía aquel coche llevaba uniforme de chófer. Gorra oscura, chaqueta negra, los hombros caídos de alguien acostumbrado a largas esperas sentado. No era un Uber —como ya sabía—, ni tampoco un «amiguito». Era un chófer profesional.
«¿De quién coño es ese coche?», me pregunté por enésima vez.
Le di vueltas mientras seguía con el Volvo pegado a dos vehículos de distancia. Un chófer. Eso cambiaba las cosas. ¿Qué pintaba Nata en un coche con chófer? ¿Y Elsa?
«Qué lío, joder», me desesperé.
La madeja no solo no se deshacía, sino que iba creciendo.
El semáforo de Ortega y Gasset se puso en rojo y los dos nos detuvimos. Suspiré. Me temí que no sacaría nada en claro. Cuando se puso en verde, el coche oscuro siguió por Serrano y a los doscientos metros frenó junto a la acera.
Nata bajó. Y el coche desapareció calle abajo.
Después entró directa al centro comercial ABC Serrano.
«No corras, joder», rezongué.
Aparqué de mala manera —no era momento de preocuparme por multas— y salí a la carrera.
*
El centro comercial a esa hora estaba en ese punto en que comienza a llenarse con la gente que sale del trabajo, y que hace que sea imposible encontrar a nadie si lo pierdes de vista.
Las iba a pasar canutas para encontrar a Nata.
Tres minutos después, seguía dando vueltas como un idiota entre tiendas de ropa y escaparates de joyería sin encontrar rastro de ella.