Mentiras y cuernos 3 La sorprendente Lucy #6
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La sorprendente Lucy #6

—Pues por un pedazo de cabrón, ¿tú que crees…? —replicó—. Me has estado persiguiendo durante meses. Hasta que no me has follado no has parado.

No entendía como había ocurrido, pero Sonia había dado un giro de ciento ochenta grados. Había pasado de una nenita sumisa a una mujer de bandera. Una que se deja follar porque le sale de los ovarios, no porque nadie se lo mande.

No es que me molestara, pero era… diferente.

—Anda, córrete y calla, joder… —le dije para acabar la cháchara—. No seas mala…

Mete-saca, mete-saca, mete-saca…

—No me da la gana… —bufó—. Además, te crees que debo de ser tonta. Me pides que te preste mis bragas con la excusa de hacerle un regalo a tu mujer… ¿Pero te crees que soy idiota, o qué? ¿Para qué las querías? ¿Para pajearte con ellas?

¿Qué podía decir a eso?

Tan solo desmentirlo.

—No, mujer, para pajearme no… —respondí—. Ya ves que te las devolví limpias.

—Ya, pero podías haberlas lavado después… Ooohhh…

—¿Qué te pasa? ¿Te corres?

—Ni de coña… qué más quisieras tú que hacerme correr…

De nuevo salía la mujer orgullosa. La que no admitiría jamás que se lo estaba pasando genial con una polla dentro.

«Plas… plas… plas…».

—Pues no, no lo hice, no me pajeé con tus bragas… —continué con la cantinela.

—A saber… uffff…

Se produjo un silencio largo. Estábamos pegados el uno al otro, sus brazos en mi cuello y nuestras lenguas chupándose entre ellas.

La respiración entrecortada, el jadeo permanente.

Aquello se había convertido en un polvo salvaje, a la desesperada.

Yo empotrándola contra la pared, ella abrazada a mí y comiéndome la boca como si le fuera la vida en ello.

Nuestros jadeos eran tan brutales que si alguien hubiera entrado en el baño, esta vez nos habrían pillado.

Las babas de Sonia me corrían por la barbilla.

Las relamía y volvía a introducirlas en su boca.

Ella me las devolvía con la lengua, reiniciando el proceso.

Al cabo comenzó a estremecerse. Sus piernas parecían un flan en un terremoto.

—Hostiaputa… ¿qué te pasa, zorrita? —dije casi sin respiración.

—Ay… Ay… —jadeaba desenfrenada—. No pares… por dios… no pares… me corro… me corro…

—Aguanta, Sonia, aguanta que yo también… me voy… oooggg… me voy… suputamadre… me corro…

Nos corrimos a la vez. Yo con unas ganas increíbles. Ella contra su voluntad. Las piernas le temblaban y las rodillas se le doblaban. Tuve que abrazarla con todas mis fuerzas para que no cayera. Sus ojos en blanco no mentían. Su respiración y sus gemidos tampoco.

—Mmmmm…. Aaaahhhh… No pares… no pares…

Al terminar la dejé caer suavemente sobre el inodoro. Se abrazó a mí por las piernas, la respiración agitada por el esfuerzo. Me agaché sobre su cabeza y besé su pelo. Era lo menos que merecía.

—¿No decías que no te ibas a correr? —la vacilé mientras nuestras respiraciones se acompasaban.

—Vete a la mierda… —repitió sin fuerza, pero sin acritud.

Miré el condón. Estaba a rebosar. Había sido una corrida de las grandes. Si no lo hubiera llevado, la habría puesto perdida. Me lo saqué y se lo enseñé.

—¿Te lo beberías? —le dije con sorna.

Puso cara de asco y respondió con malas pulgas.

—Anda, no seas guarro… tira eso al wáter.

Una vez repuestos del esfuerzo, nos separamos y cada uno se dedicó a su ropa. Segundos después volví a preguntarle. Por alguna razón me agradaba hablar con ella de cosas que no fueran trabajo.

—¿Qué tal los dos… ya sabes…?

—A ti qué te importa… —rezongó.

—Me importa y mucho…

—Ya, el típico orgullo del machirulo… ¿no? Hacer correrse a la mujer para sentirse más hombre…

Se estaba recolocando el pelo, peinándoselo con las manos lo mejor que podía. La sujeté por un brazo.

—Venga, no seas mala… dime qué tal…

Se revolvió y se liberó de mi mano.

—Anda, Sergio, qué más te da… Me he corrido dos veces, ¿no te vale con eso?

Solté una risita floja. Había captado una afirmación en esa frase.

—¿Follaremos más veces? —pregunté mientras me abrochaba el cinturón del pantalón.

—Ni lo sueñes… —su respuesta fue instantánea.

Demasiado. No tuve duda de que volvería a dejarse.

Con resistencia para darse a valer, pero deseando que se la metiera hasta llenarla por entero.

Y esa vez la llevaría a algún sitio mejor.

Follarse a una secretaria como Sonia se merecía una cena, una botella de champán, un hotel de cierta categoría…

Diez minutos más tarde bajábamos los dos en el mismo ascensor hacia el parking del edificio. Jefe y secretaria, sin más. Nadie podría sospechar que habíamos estado peleando y follando unos minutos antes.

Con un movimiento de mano nos despedimos y cada uno se fue para su coche.

Se había cumplido el vaticinio de Elsa. Me había tirado a mi secretaria. No sabía si contárselo o no. Sería como dar carta blanca a sus andanzas traicioneras.

Me lo tendría que pensar, ya vería.

A Lucy ni palabra, por supuesto.

Tenía serias aspiraciones con ella, pero aún no tenía claro lo que pasaba entre los dos, ni si me iba a montar una escena de celos al enterarse.