La sorprendente Lucy #5
—Pues conmigo lo intentó… —de nuevo la voz chillona.
—¿Lo dices en serio?
Aproveché el desconcierto del momento para meterme entre los muslos de Sonia.
Doblé las rodillas lo suficiente para adaptarme a su altura.
Después, con una mano en la boca de mi secretaria y la otra en mi polla, apunté entre sus labios y con un ligero bufido se la clavé hasta las pelotas.
Aquel coño estaba pidiendo guerra. Y la suavidad con la que entré dentro de él lo atestiguaba. Mucho flujo manando de aquel orificio.
Y durante mucho tiempo.
Un coño dispuesto para ser follado.
Las paredes vaginales se cerraron alrededor de mi polla. Las notaba latir adaptándose a mi tronco y lo abrazaban, dichosas por ser llenadas con un buen rabo. Entré y salí de allí con suavidad, despacio, sin hacer nada que delatara nuestra presencia.
Y apretaba la mano sobre la boca de Sonia, no fuera a gemir y nos delatara.
Pero Sonia, aterrorizada, no se movía ni un milímetro. Ni siquiera respiraba. Tiesa como un palo por el pánico, se dejaba hacer sin rechistar. Si aquellas dos cotillas se enteraban de lo que estaba pasando en el cubículo de discapacitados, la empresa entera lo sabría a la mañana siguiente.
Y el resto del mundo por la noche.
La reputación de una mujer intachable enviada a la mierda. Y el machirulo que se la había tirado elevado a los altares.
Demasiados líos. Así que decidió que lo menos malo era dejarse follar. Llegados a esto, tras todo lo ocurrido un momento antes, tampoco era tan malo, debía de pensar Sonia. Le había hecho bastantes guarradas ya como para que un polvo fuera tan preocupante.
—… Esa sí que es puta… —decía la de la voz bonita—. Se la han debido de follar todos los tíos de la empresa.
La otra rió con ganas.
—Todos, no… Hay uno que no lo ha hecho y que está como loco detrás de ella…. Como un perrillo en celo…
—¿Alex el feo?
—El mismo…
Carcajadas de las dos.
Y yo follándome a Sonia en el cubículo de discapacitados.
Sonia mirándome con ojos de espanto. Aunque ahora se le cerraban y más parecían de gusto que de miedo. La follaba despacio, sin prisas, sin pasarme de ritmo para evitar una corrida precoz.
Las dos zorritas acabaron por marcharse con su cantinela a otra parte. Y el silencio volvió al entorno. Liberé la boca de Sonia y comencé a culearla con mayor intensidad.
—Aah-aah-aah-aah-aah… —gemía con mis embestidas.
—Así… así… —le decía yo—. ¿No ves lo bien que te entra? Estabas deseándolo, guarrilla… Dime la verdad… dime que te gusta…
—Aah-aah-aah-aah-aah… —gemía ella sin responder al ritmo de mis glúteos empujando contra su coño, los ojos casi en blanco como antes sobre el inodoro.
De vez en cuando recuperaba la visión y me observaba, como a la espera de algo. Y ese algo sucedió.
Mi respiración había cambiado. De nuevo el calambre en mis testículos, preludio de la lluvia blanca.
—Espera, espera… —dijo Sonia para detenerme—. No te corras dentro. No llevas condón… No estoy tomando nada… no me jodas, solo faltaría que me hicieras un bombo.
Me salí de ella y busqué en el pantalón. Sonia permaneció en la misma postura, sin moverse, sin pretender huir, la pierna sobre el inodoro izando la falda lo suficiente como para mostrarme su coño, ahora colorado como un tomate.
Chica obediente.
—Mira lo que tengo… —dije mostrándole los condones que me había pasado Lucy. Iba a utilizar el segundo de la tarde. Tenía que comprar más. Si la prima de Elsa se enteraba de que me había follado a otra con sus preservativos, sería capaz de sacarme los ojos.
—Cabrón… —suspiró Sonia apoyándose en la pared para descansar. Su respiración era agitada. El esfuerzo principal era mío, pero ella también se esforzaba para no caer al suelo con mis embestidas.
Rasgué un sobre y le tendí su contenido.
—Toma, pónmelo tú…
—Ni de coña…
«¡Plas!». Esta vez la bofetada en el culo.
—Vale, jolines, no me des más…
Se afanó unos segundos hasta que me lo colocó perfectamente. Sus manos suaves cosquilleaban en mi pene, que aún no había sentido la bendición de ser tocado por ellas.
—¿Te gusta mi polla?
—Mucho, no te jode… —apretó los dientes al decirlo.
—Antes lo reconociste, no mientas…
—Fue para satisfacer tu ego, no te hagas ilusiones…
Me encantaban sus comentarios. Eran inteligentes.
—Pues amásame los huevos a ver qué te parecen…
Lo hizo sin mucho entusiasmo, pero de forma placentera.
—Tienes huevos de golondrina… mi sobrino de tres años los tiene más grandes.
Reí su salida. Era una zorra distinguida, dueña de sí misma. Mejor así, follarse a una mojigata no tiene ningún mérito. Mejor a una hembra con dos cojones, como era Sonia.
—Venga, ponte que te la meto…
—Me pongo —acató—, pero acaba pronto, tengo que pasar por el súper…
Se levantó la falda con una mano y empujó la cadera para acercarla a la mía.
Entré en ella de nuevo.
Y el calor de aquel coño volvió a abrazarme gozoso, los ojos de Sonia apretados por el placer.
Volví a follarla despacio. Sonia se agarraba a mi cuello para no caer. La llevaba morreando un buen rato, y ella correspondía a mis besos. «Chica domada», sonreía para mis adentros.
—Dime una cosa, Sonia…
—¿Qué…?
—¿Te folla así tu marido?
—¿Así, cómo?
—De pie…
—No… él es más de follar en la cama… uffff —jadeando.
—¿Tampoco te ha follado en una mesa, como yo antes con Lucy…?
—Solo una vez… —abandonó mi boca y echó la cabeza hacia atrás—. ¿Pero por qué hablamos de mi marido? ¿Por qué no hablamos de tu mujer?
Concedí que llevaba razón.
«Plas… plas… plas…».
El ruido de mis huevos contra sus muslos como música de fondo.
—¿Y de qué quieres que hablemos?
—¿A ti que te parece? —dijo medio enfadada—. ¿Sabe ella que te follas a su prima, a tu secretaria, y vete a saber a cuantas más…?
Lo pensé un instante, pero ni de coña iba a contarle lo de la pareja abierta. Si me creía libre igual se me encoñaba y las iba a pasar canutas para quitármela de encima.
—Pues claro que no lo sabe, ¿por quién me tomas?