Mentiras y cuernos 3 La sorprendente Lucy #4
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La sorprendente Lucy #4

—Mira, cariño… —le seguía susurrando en el oído—. Vas a hacer lo siguiente: te vas a ir al baño. Vas a entrar en el de chicas y te vas a encerrar en el cubículo grande, el de discapacitados. Y te vas a pajear hasta que llegue.

—No… por favor… no… no me pidas eso…

Se quejaba, pero no hacía nada por defenderse.

Estaba entregada, por mucho que quisiera disimularlo.

—Sí, cielo, sí… —la contradije—. Yo llegaré en unos minutos. Me colaré en el cubículo y veré como te haces el dedo. Y me pajearé mirándote. Luego ya veremos. Te ha gustado mi polla, ¿verdad? La has visto poco, pero ahora la vas a tener solo para ti.

—No… no…

—Ssshhh… —la mandé callar—. ¿Te ha gustado o no?

—Sí, pero…

—Sí…¿qué…?

—Si, me ha gustado tu polla… —reconoció al fin.

—Pues vas a poder jugar con ella todo lo que quieras…

Volvió a resistirse

—No… Sergio... por favor… no me hagas esto…

Pero no le hice caso.

—Ssshhh… —la conminé a callar de nuevo con un dedo en los labios—. Y sobre todo, quiero ver bien esas medias de puta que hoy te has puesto para mí… Porque son para mí, ¿verdad?

—No… no son para…

—Ssshhh… —la corté otra vez—. Son para mí y para nadie más. Al menos por hoy.

—Lo… lo que tú digas… —aceptó desinflándose.

Abrí la puerta despacio, al tiempo que le alisaba la ropa que se le había arrugado con mi ataque.

—Vamos, vete al baño, yo voy en cinco minutos —le dije con un cachete en el culo por encima de la falda.

Echó a andar despacio, como si no se decidiera. Tras los primeros pasos, volvió la cabeza hacia mí. Estaba preciosa. Los colores subidos de la cara le sentaban genial. La melena, despeinada y ondulante, la embellecía como nunca.

El resto no desmerecía. Las piernas bajo aquella falda de vuelo, del estilo de las que usaba Lucy, las medias de cristal con el encaje de puta en los muslos. Todo la hacía deseable. Era una mujer diez. Quizá mayor que Lucy, era cierto, pero seductora como una diva.

Al ver que me miraba y no terminaba de arrancar, la azucé con una mano.

—Venga… —le dije con un movimiento de labios, y ella giró la cabeza y echó a andar, ahora más resuelta, hacia el hall de los baños.

*

Minutos más tarde entraba en el baño de hombres.

Eché una meada para hacer tiempo. El silencio en aquella zona era total.

No me había equivocado. A esa hora ya quedaba poca gente en la oficina.

Y los que quedaban, de lo que menos se acordaban era de descargar.

Se apresuraban para acabar lo que tuvieran entre manos y salir disparados a sus casas o a llenar los bares de la zona.

Con cautela asomé la cabeza por la puerta del baño de chicas. Se encontraba igualmente en calma. Me fijé en los cubículos, todas las puertas entornadas, pero no cerradas. La de discapacitados, sin embargo, cerrada a cal y canto.

«Buena chica», me dije, sabiendo a ciencia cierta que Sonia se encontraba en el interior. Me lancé aprisa hasta la puerta e intenté abrirla. Imposible. Estaba asegurada por dentro.

—Sonia… —susurré con un pequeño golpe de nudillos sobre la madera.

—Vete… —la oí decir.

—¿Qué…? —me enfadó su respuesta.

—Que te vayas…

—¡Y una mierda…! —me negué con una exclamación sin alzar la voz—. Abre la puerta ahora mismo si no quieres que me enfade…

—Eres un guarro… —protestó—. Llevas tiempo queriendo follarme…

Era una queja vana. Unos minutos antes había dicho que le hiciera lo que quisiera, todo menos follar. Así que no estaba tan lejos de desear lo mismo que yo.

—Tranquila… —mentí—. No te voy a follar… Pero abre, anda, no seas mala…

—Mentiroso… —volvió a quejarse—. Eres como todos… Ahora dices que no, pero si te dejo entrar me la vas a meter seguro…

—Que no, no seas boba… —volví a mentir—. Que no te la meto… te lo juro…

—No te creo… vete…

Viendo que aquello no progresaba, entré en el cubículo de al lado.

Me icé sobre el inodoro y miré por encima del tablero de separación.

Sonia había obedecido mi orden. Eso era un principio.

Se había despatarrado sobre el inodoro con la tapa bajada, se había subido la falda y las bragas aparecían sobre el lavabo.

Se notaba que se había tocado como le había pedido, aunque ahora sus manos reposaban inmóviles sobre el regazo.

Al sentirse observada, elevó la mirada y me descubrió. Pero no hizo nada por detenerme ni por protegerse. Simplemente me miraba, como sin voluntad.

—¿Te has corrido? —le pregunté.

—Todavía no… pero casi…

—Pues no te corras hasta que yo te lo mande… ¿entendido?

—Vete a la mierda…

Salté por encima del tablero y poco me faltó para romperme la crisma. Afortunadamente no fue así. Me puse en pie y me quedé mirándola de frente, a tan solo un paso de ella.

—Tócate otra vez… —la ordené.

—No quiero…

—Me importa un rábano lo que quieras… Aquí mando yo…

—Y una mierda… ya te gustaría…

Me arrimé a ella y la sujeté la cabeza por la melena. Luego la elevé el rostro y le sacudí una ligera bofetada. Había sido pequeña, casi de juguete.

—Ayyy… animal… —se quejó, pero era una queja débil, pidiendo más. No me lo podía creer de Sonia. Pero era lo que tenía delante.

La volví a abofetear y esta vez giró la cabeza de forma teatral. La bofetada había sido mayor, pero no tanto como para que la melena se le desparramara por la cara.

—Tócate, coño… —la conminé.

—Vale… vale… ya me toco… pero no me pegues…

Joder, parecía que le gustaba el juego de la sumisión.

La muy puta.

Al segundo siguiente, los ojos apretados por el placer, mi secretaria se hacía un dedo delante de mí, descarada, sin más vergüenza que la que pudiera sentir si estuviera trabajando en un informe legal.

Su coño era precioso, aunque algo distinto de la primera vez que lo vi.

Fue el día en que me prestó sus bragas. Entonces lucía un jardín de vello frondoso, que se escapaba por el borde de las bragas.

Ahora se encontraba completamente depilado.

Sin un solo vello que lo afeara. Parecía el coño de una muñeca.

No tuve duda de que se lo había depilado para mí. A la espera de que decidiera follarla como sabía que al final haría.

Encendido, me deshice de los pantalones y los bóxer a toda velocidad y los colgué de una percha. Le arrimé la polla a los labios y se los abrí con los dedos hasta que se dejó penetrar.

—No dejes de tocarte, zorrita… —le dije mientras comenzaba a follarle la boca. El calor de su saliva resultaba de lo más placentero. Los recovecos de su lengua, las mejillas, la garganta, todo era suave, delicioso.

Le eché la cabeza hacia atrás y se la apoyé en la pared. Y entonces comencé a follarla fuerte. Las caderas se me movían de forma automática, entrando y saliendo de su boca sin piedad.

—Joder, zorra… —le soltaba de vez en cuando—. Qué ganas te tenía, cabrona…

—Gloglogloglo… —gruñía ella, entre alguna que otra arcada.

—Tócate, por qué paras… ¿qué coños te he dicho?

Movía la cabeza para afirmar y seguía tocándose. Aproveché para desabotonarle la blusa y soltarle el sujetador de apertura delantera. Y, mientras con una mano le sujetaba de la melena, con la otra le amasaba las tetas por turnos.

La derecha era más esponjosa que la otra. Más deseable.

Y a ella le dedicaba más tiempo.

Sin parar de follarla.

—Te quema la puta boca… guarra… —le soltaba una perla con media bofetada de vez en cuando, a sabiendas de que la encantaban—. Te ha puesto calentita la zorra de Lucy, ¿eh?… Otra buena guarra… Pero me has jodido el polvo y tienes que pagar por ello…

Cuando noté que sus ojos se le ponían en blanco, supe que ella iba más rápido que yo. Era la prueba de que la paja que se hacía era de veras, no una pantomima.

—Córrete si quieres… —le dije—. Tienes mi permiso. Pero no dejes de chupar, ¿me oyes? Como se me salga de la boca te enteras… por puta…

Pero ella ya no me escuchaba. Estaba a lo suyo, perdida en un orgasmo que le hacía contraer los muslos, arquearse bajo mil espasmos y dar saltitos sobre la tabla del inodoro.

Se aferraba a mis muslos con una mano para sujetarse.

Con la otra se masajeaba los labios superiores y el clítoris a una velocidad endiablada.

Cuando acabó la tormenta, sentí que algo se removía en mis testículos. El calor comenzó a subirme por el tronco. Se la saqué de la boca a toda prisa, no era el momento de correrme. No todavía. Como había mencionado Lucy, si me vaciaba a la primera de cambio, la cosa terminaría demasiado pronto.

Y quería disfrutar mucho más de aquella mujer perfecta.

Increíblemente perfecta para su edad.

*

Era el momento. Dudé un instante sobre cómo follarla cómodamente. Decidí finalmente que lo haría de pie. Y de frente. Como un torero. Así que tiré de ella, la apoyé en la pared junto al inodoro y después levanté una de sus piernas hasta apoyarla sobre él.

—¿Qué… qué vas a hacer…?

—Voy a hacer lo que ya sabes… no te hagas la tonta…

—¿El qué…?

—Joder, pues follarte Sonia, voy a follarte… ¿Qué si no?

No podía dar su brazo a torcer, por supuesto, aunque eran protestas de azúcar.

—No, follar no… —dijo con una mano en mi pecho—. Has prometido que no me follarías.

—Joder, Sonia, ¿desde cuándo le haces caso a un tío que dice que solo te va a meter la puntita? ¿Qué edad tienes para ser tan inocente?

—Serás cerdo…

Le acaricié la cara con media bofetada y ella gimió bajito.

—Por supuesto que lo soy, joder… —la regañé enseñándole los dientes—. Pero si no te follo hoy me van a doler los huevos todo el mes.

—Pues te la chupo otra vez… y me lo trago todo… hasta la última gota, te lo juro… pero no me folles, por favor… no seas tan ca…

Iba a decir una palabrota. Y había subido el tono. Así que tuve que ponerle una mano en la boca cuando escuché las voces que irrumpían en el baño.

—¿Lo dices de verdad…? —decía una voz chillona de mujer—. ¿Tú crees que ese cerdo se la ha tirado?

—¿Que si lo creo…? —la segunda voz era más bonita—. Ese cerdo se la follado más de dos y más de tres veces. Y la muy zorra está preñada, a saber de quién es el niño… De su marido no creo…

No reconocí ninguna de las dos voces, sin embargo.

Sonia me miraba con ojos de espanto. Estaba claro que ella si las había reconocido.