La sorprendente Lucy #3
Me salí de su interior a toda prisa, intentando reaccionar. Demasiado tarde. Sonia lo había visto todo. Y por su expresión de asombro durante los tres o cuatro segundos que permaneció mirándonos, se le había congelado la sangre en las venas.
—Uy… lo siento, perdón… lo siento… —balbuceaba, abriendo y cerrando los ojos como si quisiera decir que no había visto nada, y salió del despacho a toda prisa con un portazo.
Tiré del condón a la velocidad del rayo y lo guardé en un bolsillo.
Me subí el pantalón soltando imprecaciones para mí.
Vaya lío, suputamadre.
—Jolines con tu secretaria… —protestó bajito Lucy mientras se recomponía la ropa—. Nos ha fastidiado la función… Yo me he quedado a medias, ¿y tú?
No quise responder a esa pregunta. Era obvio que ninguno había llegado a nada. Como mucho, a calentarnos aún más.
—Es mejor que te vayas… —le pedí a Lucy—. Tengo que solucionar esto con Sonia. Ella conoce a Elsa, no me gustaría… —mentí.
Me dio un piquito y me cortó.
—Vale, vale… —dijo—. No tienes que justificarte… ya me voy… ¿Nos vemos luego?
—No, mejor otro día… Ya quedaremos, te lo prometo.
Antes de girarse hacia la puerta, sacó algo del bolso y me lo metió en un bolsillo del pantalón.
—Toma, esto lo he traído para ti… —sonrió y me dio otro piquito—. Me debes todos los que han sobrado… Y llámame, pero esta vez de verdad, ¿quieres?
—Claro, Lucy, te llamo sin falta… Adiós.
—Chao…
Lucy salió por la puerta como si tal cosa.
Para ella no debía de haber pasado nada. Pero había pasado.
Segundos después, el silencio entre las cuatro paredes era total. El run-run en mi estómago parecía atronar, sin embargo.
La había cagado, pero bien.
Tenía que arreglar el asunto con Sonia. Aunque solo fuera por compostura, por vergüenza torera que dirían algunos.
No era propio de un director de aquel despacho de abogados andar tirándose a chicas en la oficina en horas de trabajo.
Un casi socio del bufete. Si no actuaba rápido podía perder su respeto.
Y no era lo peor que podría pasarme.
El desprestigio absoluto. El deshonor. El despido.
*
Minutos después daba vueltas por el despacho sin decidir qué hacer. Nervioso. Alterado. Maldita la hora en que había aparecido Lucy. Le tenía ganas, era cierto, pero no de aquella forma. No en mi propio despacho.
Por un momento miré hacia el exterior a través de las lamas del ventanal.
Sonia no parecía preocupada. Hablaba por teléfono y tecleaba en su ordenador como siempre, eficiente, entregada a su trabajo.
Le debía mucho a aquella mujer. La mitad de mis éxitos le correspondían a ella.
Y, aunque yo se lo reconocía con bonus cada vez que podía, me sentía en la obligación de darle explicaciones.
De mantener su total confianza.
En ese instante me arrepentía de haberle tirado la caña unos días atrás en el bar al que fuimos a tomar una copa. Sonia no se merecía un ataque tan directo. Y menos de su jefe quien, aunque fuera su superior, al mismo tiempo era un compañero de trabajo. Alguien que tenía que respetarla.
El respeto que yo le exigía a ella.
Finalmente, y tras cavilar un buen rato, decidí lo que iba a hacer: darle explicaciones. Y después pedirle perdón por el espectáculo. Me humillaría hasta donde fuera necesario. Pero aquello tenía que resolverse esa tarde, no dejarlo que se enquistara.
Así que abrí la puerta y la llamé con voz queda:
—¿Sonia?
Giró la cabeza y me miró. El pavo se le subió a la cara de forma instantánea y se puso colorada como un tomate. Se mordió el labio antes de contestar.
—Di-dime… —balbuceó tragando saliva.
Estaba tan cortada o más que yo.
—¿Te importa venir a mi despacho… por favor? —pregunté más que pedí—. Necesito hablar contigo.
Esperé de pie a que entrara, al lado de la mesa de reuniones donde me había sorprendido follándome a Lucy. Entró despacio y se quedó en el umbral de la puerta, las manos en el regazo, como asustada.
—Cierra la puerta, por favor… —le pedí.
—¿Con… con pasa…dor…? —dudó, tragando saliva.
Era imprescindible que nadie nos interrumpiera, así que se lo confirmé.
—Sí, con pasador, si no te importa.
Se giró un instante para cerrar y luego se volvió hacia mí. Tenía ojos de colegiala a punto de recibir una mala nota. Las manos extendidas a lo largo de su cuerpo.
—Mira, Sonia… —comencé—. Lo que ha pasado hoy…
No me dejó acabar la frase.
—Por favor, jefe… no tienes por qué darme explicaciones…
—Por dios, Sonia… —esta vez fui yo el que la corté, aunque intentando no ser brusco, cosa que solo logré a medias—. Te he dicho que no me llames jefe… Para ti soy Sergio.
—Va-vale, Sergio… —susurró bajando la mirada.
Temblaba como un pajarillo y sentí pena por ella… y rabia por mí.
Mis excusas no iban por buen camino. Tenía que reconducirme.
—A ver, Sonia —recomencé—. Claro que debo darte explicaciones... Lo que he hecho no tiene justificación… Ha sido un arrebato.
—Ya… ya me lo supongo… —respondió—. Esa chica era la… prima de tu mujer, ¿no? La chica de las flores del otro día…
—Sí, era ella…
Su respuesta me dejó helado, en ningún momento me la esperaba:
—Es muy guapa… y joven… no me extraña que te guste… es normal, yo te entiendo…
Joder, ¿a qué venía esto? Parecía la frase de una mujer celosa, no la de una secretaria enfadada por un espectáculo indecente.
—Yo… —buscaba las palabras—. Yo no hago estas cosas, te lo juro… Esa chica es de la familia… Me he pasado cien pueblos… Pero te prometo que no va a volver a suceder…
Su respuesta volvió a sorprenderme.
—Ya, vale… —de nuevo sus balbuceos—. Pero es que a mí no me importa… Entiendo que te gusten chicas como ella… Es muy joven, sexy… Si te pone cachondo, lo entiendo… puedes hacer lo que quieras… por mí no te preocupes… Yo lo respeto…
De nuevo parecía querer justificarme. O «justificarse», más bien. Como si se sintiera menospreciada por habérmelo hecho con Lucy y no haber vuelto a decirle nada desde el día en que la había entrado a saco. ¿Se sentía desdeñada por la diferencia de edad entre las dos?
Una sospecha comenzó a germinar en mi cabeza.
—Sonia… —dije bajito.
—¿Q-qué…?
—¿Has entrado a propósito en el despacho?
—¿Cómo… dices?
—No te hagas la tonta… —la amonesté—. Sabes a lo que me refiero… Tú sabías lo que estaba ocurriendo y por eso has entrado, ¿me equivoco? Querías interrumpirlo.
—¿Quién, yo…? —me miraba con ojos de gato asustado—. Yo no… te lo juro…
Me acerqué a ella. A paso lento, calculado. Sonia bajó la mirada, dio un paso atrás y se apoyó en la puerta. Las palmas de sus manos se apoyaban en la madera, como queriendo empujarla hacia atrás y después huir.
—Sonia… —susurré otra vez.
—¿Qué…? —jadeó mirando al suelo.
—¿Qué te pasa…?
—¿A mí…? Nada…
Me detuve a escasos centímetros de ella. Su calor me llegaba a oleadas. Y era mucho. Un puto volcán en erupción.
No pude contenerme.
La tomé de la barbilla y le levanté la cara. Su frente me llegaba por la nariz. Una buena diferencia de altura. Mostraba cuál de los dos era el que mandaba.
—Sonia… —repetí.
—¿Qué…? —preguntó de nuevo, aunque esta vez con los ojos como platos, mirándome como un conejillo ante el faro de un coche.
—Abre la boca…
—¿La… la boca…?
—Sí, la boca…
La sorpresa se reflejaba en su mirada, pero no opuso resistencia. Sus labios se separaron y pude ver sus bonitos dientes y su sonrosada lengua.
—¿A…así…?
—Sí, así está bien… —le confirmé.
Con una mano le sujeté la barbilla y con la otra tomé su boca al asalto con un dedo, el índice, que se coló entre sus labios sin pedir permiso. Despacio. Con mimo.
Sonia lo miraba con los ojos desencajados.
—Chúpalo… —le ordené.
—¿Cómo…?
—Con los labios y la lengua.
Lo hizo sin dudarlo.
—¿Así…?
—Sí, así…
Luego le añadí el corazón e introduje ambos.
—Ahora chupa estos dos…
Volvió a hacerlo sin rechistar. Sus ojos mostraban sorpresa, pero ni una sola queja.
Le follaba lentamente la boca con los dedos y ella chupaba y abría los ojos como platos sin decir nada.
—Lo que imaginaba, no me he equivocado… —dije mientras metía y sacaba los dedos.
—¿Qué… imaginabas…? —preguntó sin dejar de lamerlos.
—Que estabas muy caliente…
Tragó saliva.
—¿Y…?
—Y ardes, Sonia, ardes como un puto volcán…
No respondió, tan solo ensalivó los dedos haciéndoles un rizo con la lengua. Un latigazo me cruzó los huevos y alargó varios centímetros la longitud de mi polla.
Sin moverme un milímetro, bajé la mano libre y la llevé a su regazo.
—Súbete la falda…
—No, la falda no… —se negó.
—Súbete la falda si no quieres que me enfade… —repetí.
Esta vez obedeció. Lentamente, recogió la falda y me mostró las medias de puta. Sin dejar de follarle la boca con los dedos, introduje la mano libre bajo sus bragas y me apoderé de su coño.
—Abre las piernas… —ordené de nuevo.
—¿Te has vuelto… loco…? —protestó, aunque sin dejar de lamerme los dedos.
—¡Abre las putas piernas, Sonia…!
—Va-vale… —respondió—. No te pongas así…
Los dedos de la mano inferior se introdujeron en el coño de Sonia con una suavidad acuosa. Aquel coño chorreaba. Estaba pidiendo guerra a gritos.
—Lo mismo que antes… —dije sin dejar de meter y sacar dedos de la boca y del coño.
—¿Lo… mismo…? —balbuceó Sonia chorreando saliva por la barbilla.
—Sí, lo mismo: tu coño es pura lava, chorrea como una fuente —susurré y acerqué mi boca a su oreja—. ¿Qué te ha pasado, Sonia? ¿Te ha puesto cachonda ver cómo me follaba a la prima de mi mujer…? ¿Es eso…?
—No… yo… —protestaba, pero con una debilidad que era más una invitación.
—¿Qué pasa, zorrita? —la ataqué desvergonzadamente—. ¿Te ha dado envidia? ¿Quieres que te folle a ti también?
Sus ojos volvieron a abrirse como platos, tanto que se le salían de las órbitas.
—No… no… follar no… follar no…
—¿Entonces…?
—Lo que sea… lo que quieras… pero follar no…
Cavilé a toda velocidad. Miré el reloj. Casi las siete de la tarde. El noventa y cinco por ciento de la gente se habría ido ya para casa. El cinco restante estaría a punto de marcharse.