La sorprendente Lucy #2
—Pero, Lucy, ¿qué haces aquí? —la recriminé—. ¿No habíamos quedado en vernos otro día?
Se soltó de mí y recorrió el despacho con la vista.
—Sí, pero es que no he podido resistirme. Me apetecía verte en tu hábitat de lobo de mar. Por cierto, no está mal este despacho. No es tan grande como el de Alberto, pero puede pasar…
—Ya… me imagino —repliqué con el gesto torcido.
La patada en mi ego fue contundente, pero me tragué el orgullo herido. Alberto y sus millones me la traían al pairo. Lo que yo tenía lo había conseguido con mi sudor, no con el empujoncito de papá.
—¿Por qué no terminas por hoy y me llevas por ahí? —soltó sin venir a cuento—. Me apetece tomar algo, bailar y luego… lo que surja…
Sonreía provocadora.
Se notaba que no entendía lo que significaba el verbo «trabajar».
—Verás, nena… —le dije tomándola de las manos—. Es que me pillas mal. Tengo que redactar unos informes urgentes, ¿por qué no te bajas a la cafetería de la planta cero y nos vemos allí en un rato?
—¿Cuánto rato?
—No sé, una hora o así…
Estaba improvisando, tal vez si me esperaba por largo tiempo acabaría por aburrirse y se iría.
—No, casi que no… —respondió soltándose de mí y yendo a sentarse en una de las sillas de la mesa de reuniones.
Su corta falda —para variar— voló a su alrededor y me mostró sus tersos muslos, libres de unas medias que no necesitaba para presumir de piernas, aún tostadas a pesar de que el verano ya era historia.
—Mejor me siento aquí y te espero —prosiguió—. Te prometo que me quedo en silencio mientras tú trabajas.
Iba a contradecirla, pero me pareció improbable conseguir sacarla de mi despacho sin llamar a seguridad. Así que consentí.
—Vale, pero calladita, ¿eh?
Hizo la señal de correr una cremallera en los labios y se cruzó de piernas a lo «Instinto básico». Su interior se me mostró durante una fracción de segundo, lo suficiente para poner a reventar mis pantalones.
*
Minutos después, el despacho se encontraba en completo silencio. Yo tecleaba mirando a la pantalla, tan absorto que me había olvidado de que Lucy estaba allí. Ella no movía ni un músculo, de modo que cumplía su promesa.
O eso suponía yo, que no la miraba ni por un segundo.
Pero aquello no podía durar. Si pensaba que Lucy se iba a estar quietecita, me había equivocado de plano.
Tras un tiempo de tranquilidad, comenzó el espectáculo. Algo llamó mi atención y levanté la mirada un instante. El panorama que me encontré fue de película porno.
Lucy se encontraba completamente despatarrada en la silla.
Se había quitado las bragas —que sujetaba en la boca mordiendo la cinturilla— y subido la falda.
Abriendo y cerrando los muslos me mostraba su lindo coño de forma intermitente, con dos dedos acariciándolo de arriba abajo y de abajo arriba.
Lo que había roto mi concentración eran los suspiros que lanzaba de forma entrecortada.
—Hummm… —gemía bajito, pero no lo suficiente.
Antes de darme tiempo a reaccionar, Lucy me soltó una frase devastadora:
—¿No me lo quieres comer? —dijo con voz de puta de película—. Lo necesito, de verdad… no me digas que no, no seas malo…
Mostraba morritos de niña buena.
Aun así, no hice caso de su provocación. Había algo prioritario y que merecía mayor atención.
—¡Lucy, por dios, la puerta! —casi grité.
Volvió la cabeza y pudo ver a qué me refería. La puerta del despacho no se encontraba cerrada, tan solo entornada. No era fácil que la vieran desde fuera, pero cabía la posibilidad de que alguien pasara por allí y se asomara.
No tuve que decirle nada más.
Se levantó de un salto y empujó la puerta hasta que se escuchó un clic metálico.
Respiré aliviado. El corazón me latía a mil por hora.
Pero ella no se cortaba por nada. Se volvió a sentar y continuó su ataque.
Se había colocado en la misma postura que antes y volvió a llamarme.
—Por favor, Sergio, te lo pido por favor… —jadeaba como una auténtica ninfómana de porno vintage.
Se acariciaba dulcemente, pero cada vez con mayor velocidad, lo suficiente como para ponerme cardiaco. De pronto, dos dedos profanaron la abertura entre sus labios, colándose en su interior. Grumos de humedad brotaron de su hendidura y gotearon sobre la silla, que por suerte no era de tela.
A ver cómo hubiera explicado el origen del manchurrón.
Aquello era demasiado. El hombre más frío del mundo habría sido incapaz de resistirse. El numerito que había montado la chica sin filtros, un apodo que cada vez le encajaba mejor, me llamaba imperiosamente.
Y no pude resistirme.
Me levanté del sillón y en tres pasos me puse a su altura. Me arrodillé ante Lucy y le abrí las piernas, elevando una de ellas y apoyándola en un brazo de la silla. Luego hundí mi cabeza entre sus muslos y comencé a comerme aquel delicioso coño.
Era el coño que recordaba de la fiesta en el palacete. Semi depilado, solo un reguero de vello —como una fila de hormigas— subía pubis arriba desde el clítoris. Una obra de arte. Muchas horas de esteticien.
Además olía a gloria. Y sabía mejor.
—No gimas muy alto… —le rogué sin dejar de lamer.
—No… no… no gimo… —jadeó gimiendo.
Me preocupaba que Sonia nos oyera. Afortunadamente no podía vernos. La puerta se hallaba cerrada y las lamas del ventanal estaban abatidas. Si su imaginación la hacía sospechar lo que pasaba en aquella sala, allá ella. Lo achacaría a sus fantasías si llegaba el caso.
Sin nada de qué preocuparme, seguí lamiendo los jugos de aquel manantial. Lucy se separaba los labios inferiores con los dedos para ofrecerme el interior de la cueva, que de tan joven y sonrosada daban ganas de comérsela viva.
No podía verle la cara, pero escuchaba su respiración agitada.
—Hummm… aaaahhhh… así, no pares… sigue… uffff… qué bien… Méteme algún dedo, no seas malo…
Hice lo que me pedía con el índice y el corazón y Lucy arqueó la espalda al recibirlos. Después sus gemidos subieron de ritmo.
Aunque aquello no había hecho más que empezar.
*
Un disparador en mi cerebro se activó cuando Lucy se incorporó a medias y acarició mi polla por encima del pantalón.
—Pobrecito… —dijo—. La tienes a reventar… casi como el otro día en la cocina de tus suegros…
—Sí… no te imaginas cuánto… —casi sollocé.
—¿No quieres metérmela?
Tragué saliva. Era lo que más deseaba en el mundo.
Pero no podía ser.
—No, mejor no… —me negué—. Otro día… ¿Te falta mucho?
Pero ella ignoró mi pregunta e insistió.
—No seas bobo… métemela un poquito, tampoco te tires toda la tarde, bobín… solo un par de metidas… aunque no te corras, lo pasarás bien.
Negué con la cabeza. No podía ser.
¿O sí?
No tuvo que insistir más. Me había convencido sin mucho esfuerzo. Tal y como me encontraba no era para menos. Podía correrme en los pantalones en minutos. Dentro de su coño no llegaría ni a segundos.
Y de segundos sí que disponía.
Había un impedimento, sin embargo.
—No tengo condones… ¿Te importa si te lo hago a pelo?
—No hace falta —sonrió—. Tengo en el bolso, cógelos…
Atrapé el bolso, que se hallaba sobre otra de las sillas, y allí encontré una tira de seis. ¿Para que llevaría tantos?, me pregunté. Si su novio no la hacía mucho caso, no parecía necesitarlos. A no ser que los llevara para mí.
Esa sospecha me inflamó aún más. Joder con la niña, vaya si sabía calentar a un hombre, a pesar de hacerse la inocente con su vocecita impúber.
Sostenía el condón en una mano, y con la otra me desabroché el cinturón y me bajé los pantalones hasta los muslos. La polla emergió como el asta de un toro, dura y ufana, mirando al techo en busca de guerra.
Me coloqué la goma a toda prisa y me puse de rodillas de nuevo.
Pero la silla era un pelín alta y no cogía la postura.
—Ven, levanta —le dije.
Tiré de un brazo y la senté sobre la mesa. La empujé un poco y apoyó los codos por detrás, sin llegar a tumbarse. Luego abrió los muslos y me ofreció su flor. Porque aquel coño parecía una rosa recién abierta.
Nunca una metáfora había sido tan exacta.
No perdí el tiempo. En segundos la estaba follando enfebrecido.
Ella me miraba fijamente a los ojos, soportando mis embestidas con los brazos contra la mesa.
Suspiraba cachonda, más por excitarme a mí que por sentirse a punto.
La cabeza se le movía ligeramente con cada envite, con un balanceo que parecía decir de forma rítmica: sí… sí… dame… dame…
Lucy había dicho que no me tirara toda la tarde, que se la metiera un par de veces.
Pero aquello era una quimera. Tardara lo que tardase iba a terminar de follarla.
Ya no me importaba si se corría ella o si se quedaba a medias.
Yo necesitaba vaciar los huevos si no quería que se me pusieran morados y me dolieran toda la semana.
Así que me concentré en mi propio orgasmo, que parecía rondarme.
Pero como dice el refrán: el hombre propone y dios dispone.
Y las intenciones de las alturas no eran muy buenas, al parecer.
*
Un par de golpes en la puerta me obligaron a detenerme.
En una fracción de segundo se me pasaron mil blasfemias por la cabeza.
¿Quién coños interrumpía, joder? Afortunadamente, recordé que la puerta se hallaba cerrada con pasador.
Así que volví a follarme a Lucy con la intención de acabar cuanto antes.
Me faltaba lo mínimo, estaba a punto de comenzar a disparar.
Le puse un dedo en los labios a la chica, que me miró asustada.
—¿Sssí…? —pregunté casi gruñendo para ganar tiempo con quien estuviera en la puerta.
Pero quien estaba era Sonia. Y Sonia nunca esperaba a que le autorizara la entrada.
—Oye, Sergio… —escuché su voz cuando la puerta se abría y aparecía en el umbral—. Una cosa que falta es…
Mi secretaria se detuvo de golpe, quedándose con la boca abierta y los ojos despavoridos.
¡Joder!, pensé. ¿Por qué se abría la puerta si tenía el pasador echado? ¿Se había estropeado tan oportunamente?
¡Hostia, no! Recordé que había sido Lucy la que la había cerrado. Y obviamente no tenía ni idea de que había que darle dos vueltas al pestillo para que quedase asegurado del todo. Dos clic-clic, no uno solo.