La sorprendente Lucy
El asunto del todoterreno se iba difuminando con el paso de los días.
Las sospechas sobre mí no habían llegado a materializarse.
El pobre marido de Sofía se las había llevado todas.
Podía relajarme y seguir con mi vida sin miedo a que llamaran a la puerta.
Al menos no acabaría en la cárcel. Ni en el paro.
Le debía una.
El sábado en casa de los padres de Lucy también quedaba atrás. No había vuelto a hablar con la prima de Elsa, esperaba la ocasión para hacerlo pero el tiempo se me había ido pasando sin sentirlo. Metido en mi primera aventura como criminal, se me había ido el santo al cielo.
Y Lucy se me adelantó.
Fue un jueves a primera hora de la mañana. La alarma de mensaje en el móvil no me sobresaltó, solía recibir bastantes a diario, tanto personales como de trabajo.
Lo que sí me sobresaltó fue descubrir que el mensaje provenía de la prima de Elsa. No lo dudé un instante, desbloqueé la pantalla y entré en su chat de wasap.
El primer mensaje era un simple saludo.
LUCY: Hola Sergio, qué tal?
Respondí al instante. Se lo debía.
SERGIO: Bien, y tú?
LUCY: Yo bien, pero a la espera (emoji de cara con lagrimita). Llevo días mirando el móvil a ver si un pajarito me dice algo, pero veo que no…
Estaba claro a qué se refería, tenía que haberla llamado. No esperar a que lo hiciera ella.
Lo que me resultaba gracioso, sin embargo, era que la chica sin filtro tuviera tanto tiempo libre, se veía que lo de estudiar no iba con ella.
La universidad debía de utilizarla como una excusa.
Algo que decir que hacía, por no decir que no hacía nada.
Niña rica desde la cuna. Si no, ¿qué hacía chateando a la hora en que todo el mundo trabaja?
Aun así, era mi culpa, tocaba excusarse.
SERGIO: Sí, lo siento, se me han pasado los días y no he encontrado un hueco… el trabajo, ya sabes…
LUCY: Ya, el trabajo… como siempre… Pero, en fin, yo solo te he contactado porque me ha surgido una duda.
SERGIO: Una duda? Tu dirás…
Me mordí el labio a la espera de la siguiente ocurrencia de Lucy.
Y no me decepcionó.
LUCY: Mi duda es esta…
Hizo una pausa teatral y el siguiente mensaje tardó en llegar más de diez segundos.
Pero la frasecita era de órdago:
LUCY: Y es que me preguntaba una cosa: Sigues queriendo follarme o se te han pasado las ganas…?
La saliva se me fue por el lado equivocado y tuve que toser para reconducirla.
¡Joder! ¡Vaya si era directa la niña!
El latigazo entre los muslos fue instantáneo. Tanto que el bolígrafo se me cayó de las manos. Menos mal que no había nadie alrededor, lo habría notado enseguida. Y habría visto el color que me subió a las mejillas de golpe.
Atragantado, contesté:
SERGIO: Joder, Lucy… pues claro que quiero, de hecho me muero por hacerlo contigo… pero es que no he visto la oportunidad, te lo prometo.
LUCY: Pues qué quieres que te diga... Yo ya empiezo a mosquearme por no tener noticias tuyas. Con el calentón que llevo desde el día de la comida voy a dedo diario. Uno, por lo menos…
«¡Mecagüenlaleche!», pensé. ¿Pero es que Lucy no tenía vergüenza? ¿O es que la habían educado sin filtros desde que nació?
Un comentario así era demasiado, incluso para un tipo con la mitad de testosterona que yo. Así que tenía que templar gaitas, no dejarme llevar por el deseo de empotrarla en ese mismo instante.
Mostrarme cercano, pero formal.
SERGIO: Pero mujer, si estás tan fastidiada podrías echar mano de Alberto, no?, para eso están los novios.
La respuesta me llegó al segundo.
LUCY: Sí, lo que tú me digas, pero yo no estoy “fastidiada”, guapito de cara. Yo lo que estoy es cachonda… Además…
Joder con la respuesta de Lucy. No parecía decaer su nivel.
Por otro lado, su «además» se había quedado en el aire.
¿Qué habría querido decir?
Insistí para tirarla de la lengua.
SERGIO: Además, qué?
Se lo pensó dos veces, al menos eso es lo que indicaba el tiempo que se tomaba en responder.
LUCY: Pues que «además» el bobo de mi novio ni se acuerda de mí… hace tiempo que no me pone la mano encima… me tiene a dos velas…
Acompañaba el texto con dos emojis de una vela cada uno.
No supe si creerla o no. Posiblemente me estaba vacilando. Pero me lo estaba pasando en grande, y no quise desmentirla. Si hubiera estado en otro lugar, tal vez la habría tirado de la lengua y me habría pajeado con sus comentarios, que no tenían desperdicio.
Pero estando en la oficina, no procedía.
Aun así, insistí en el tema.
SERGIO: Eso es porque tu novio es un tontaina… Si yo fuera Alberto, te haría… ufff… mejor me lo callo…
LUCY: De eso nada, no te lo calles!!! Di lo que ibas a decir, cabroncete…
Lo pensé un instante. Si decía lo que tenía en la cabeza y alguien lo leía, me iban a meter en la cárcel… o me enviarían a dos rumanos a partirme las piernas.
Si no lo decía, perdería una ocasión de oro.
Me quedé entre medias.
SERGIO: Pues iba a decir que me pasaría el día follándote hasta que te doliera por ahí abajo…
Debieron de llegarle muy dentro mis palabras, porque cambió de registro.
LUCY: Ay… dios… no me digas esas cosas si no vas a cumplir, canalla... Además, como todos los hombres, solo hablas de pico. Seguro que si me echaras un polvo, te vaciarías, te quedarías sin fuerzas para un par de días… y si te he visto no me acuerdo.
¿Cómo decía? ¿Vacío por un solo polvo? Me sentí ofendido.
Me había tocado la fibra sensible, tenía que defender mi honor.
SERGIO: De eso nada, tengo un método secreto para cumplir lo que digo…
Me estaba viniendo arriba, lo sabía. Pero es que la jodida Lucy me había puesto a doscientos con sus mensajitos.
LUCY: Qué método secreto? A ver, cuéntame que quiero saberlo… Ni se te ocurra dejarme a medias, que ya estoy calentita…
Le di un par de vueltas a lo que iba a decir y se lo solté de un tirón:
SERGIO: Pues mira, este es mi método secreto: primero, te follaría fuerte hasta hacerte gritar…
Luego, cuando ya no aguantara más, te la sacaría antes de correrme y te lo comería hasta que te corrieras tú.
Después te lamería la boca despacio para ir enfriándome.
Y una vez frío, volvería a follarte duro…
Y así 23 horas y 59 minutos seguidos. Y entonces ya no me aguantaría más y te pringaría enterita…
Te ibas a tener que duchar tres veces seguidas para quitarte de encima todo lo que te iba a echar…
Pufff. Me había pasado, pero ya estaba dicho.
La culpa era de ella, no mía, por provocarme.
LUCY: Ay, Sergio, qué cosas me dices… Qué cachonda me has puesto… Qué pena que no seas mi novio. Si lo fueras me dejaría hacer esas cochinadas sin una sola queja. Y mucho más… todo lo que quisieras… Dime lo que quieres y yo te lo hago, mamoncete…
El cosquilleo en mis huevos era tal que temía correrme en los pantalones sin ni siquiera tocarme. Era inaudito. ¡Cómo me ponía aquella chica! Ni la misma Sonia —a la que veía trabajar a través del ventanal y ese día llevaba las medias de puta— me ponía tan caliente.
SERGIO: Mejor no te lo digo por aquí, no sea que alguien te lea el wasap y se líe.
LUCY: No, no… dilo… este chat lo borro en cuanto termine de hablar contigo, te lo prometo…
Insistía y yo tenía que cortarla.
SERGIO: Que no, Lucy, que te lo digo en persona…
LUCY: Oh, no… otra vez me dejas a medias… Te voy a tener que llamar calientabragas…
El tono de la conversación era ya un fogón al rojo vivo.
Tocaba sacar la excusa del trabajo.
SERGIO: Lo siento, nena, ya me gustaría quedarme contigo, pero me llaman para una reunión… Te importa si seguimos hablando otro día?
LUCY: Vale, qué se le va a hacer (emoji triste)… Pero esta vez me vas a llamar tú? O vas a seguir haciéndome la cobra por wasap?
SERGIO: Te llamo yo, te lo prometo.
Aseguré sin saber si me acordaría de hacerlo.
LUCY: Y piensa un sitio tranquilo donde podamos ir, vale? Que me vas a tener que demostrar que eso que dices que sabes hacer no es un farol…
SERGIO: Vale, preciosa… chao.
LUCY: chao… kisses…
*
En cuanto cortamos la charla, volví a resoplar. Me había puesto cachondo de veras. Para variar. Los huevos me dolían de puro hinchados. Si no fuera porque tenía una reunión, tal vez habría ido al baño a descargar. Trabajar con un calentón semejante se me hacía harto difícil.
Al cabo lo conseguí a fuerza de voluntad.
Y el día se fue pasando sin muchos quebraderos de cabeza.
Llamé a Elsa sobre las cuatro por ver si ese día había quedado con alguien o si nos iríamos juntos a casa. En esta ocasión no me mintió.
Al menos en parte.
—He quedado con Nata. Me viene a buscar y luego nos vamos por ahí con otras amigas. Tarde de chicas…
Ya, tarde de chicas. ¡Y una mierda!
Me había quedado claro que ni ella ni su amiga Nata tenían ya nada que ver con Andrés, pero seguía con la mosca detrás de la oreja. De algún lado tendrían que salir las marcas del cuello. No del aire.
A saber con quién habrían quedado.
Aunque la caza a Andrés había acabado —y casi en tragedia—, la caza a las dos chicas la tenía presente. Le daba vueltas a cómo arrancar. Aunque de momento era solo una idea.
Suspiré y volví al trabajo.
Y entonces comenzaron las sorpresas.
Eran sobre las cinco cuando tocaron en la puerta con los nudillos. Era el típico toque de Sonia que, sin esperar a mi respuesta, abrió la puerta y asomó la cabeza.
—Jefe… —dijo con media sonrisa en la boca—. Tienes una visita. Dice que se llama Lucía, creo que es la chica a la que enviamos las flores…
Me puse en pie de un salto.
¿Lucy?
¿Qué coños hacía Lucy en la oficina? ¿Se había vuelto loca?
Le pedí a Sonia que la dejara pasar y al verla intenté darle dos castos besos. La prima de Elsa, sin embargo, me echó los brazos al cuello y mantuvo la presa durante varios segundos. Se pegaba a mí como una lapa y, sin quererlo, volvió a mí la conversación de wasap de por la mañana. Enterita.
Joder, se estaba liando, como me había temido.
Por suerte, Sonia había desaparecido del despacho al instante.
Buena chica.
—Qué bien hueles… —dijo tras husmearme el cuello como un perrillo—. ¿Qué perfume usas?
No me molesté en responder a su pregunta.