Andrés #3
—Te estoy diciendo —respondió ella, con una paciencia que dejaba claro que me trataba como a un crío deliberadamente— que lo más inteligente sería que ese bate dejara de estar donde está. Que lo cogieras, lo llevaras a algún sitio y lo hicieras desaparecer donde no lo vaya a encontrar nadie.
—Es un bate de béisbol, Elsa —protesté—. No es una pistola. Y yo no uso pasamontañas. Soy abogado, no un delincuente. ¿Por quién me has tomado?
—Ya sé lo que es y lo que no es, cari —repuso ella, sin alterarse—.
Y también sé que si alguien con quien tienes una relación complicada acaba de ver destrozado su coche con un objeto parecido al que sabe que tú tienes, igual le apetece comentárselo a alguien.
A la policía, por ejemplo. Y aunque no hubiera pruebas de nada, sería un follón innecesario. ¿Me entiendes ahora?
La miré un momento en silencio.
Lo estaba meditando. Porque el bate lo había tenido Andrés entre las manos, no es que lo hubiera visto de lejos. Podría reconocerlo.
—Perfectamente —dije al fin—. Te he entendido perfectamente.
—Bien —concluyó ella, y cogió su trozo de pizza de nuevo—. Pues eso... Y ahora haz lo que quieras.
Guardamos silencio y no volvimos a hablar del tema.
Hasta dos días después que volvió a salir durante la cena.
*
En esta ocasión cenábamos algo mejor: Lubina al horno. La había preparado yo mismo. Y Elsa sacó el tema desde el inicio.
Pero esta vez de una manera distinta, más positiva.
—¿Sabes que he hablado con Sofi sobre lo del coche de Andrés y que los dos creen saber quién se lo cargó?
—¿Ah, sí? —repliqué simulando desinterés, aunque me puse en guardia.
—Sospechan de su marido. Un cornudo con cuentas pendientes con Andrés, como comentaste tú.
Me tuve que contener para no soltar una carcajada.
—¡No me fastidies!
—Pues sí… —confirmó cogiendo una patata y llevándosela a la boca—. Pero eso no es lo bueno.
—¿Hay más?
—Pues sí, no te imaginas lo que me ha contado la buena de Sofi.
—Pues no, cuenta, cuenta…
La curiosidad me corroía, ¿de qué estaba hablando? ¿Se habrían inventado algo más en relación al ataque al todo terreno? Porque la sospecha sobre el pobre marido de Sofía era una invención que se merecía un Oscar.
—Pues verás —comenzó—. Resulta que Sofi y Andrés se han liado del todo. Y cuando digo del todo, me refiero a «del todo». Hasta se han ido a vivir juntos. Como al tío yo no le hago caso, pues se ha conformado con el segundo plato… ja, ja, ja…
Se estaba comportando como una diva, menospreciando a una buena amiga. Pero a mí me traía sin cuidado. Me importaba más lo que viniera a continuación.
—¿Y entonces…? —la animé.
—Pues que resulta que esos dos andan por ahí haciendo cochinadas sucias… «Sexo fuertecito», ya me entiendes…
Vaya, parecía que había dado en el clavo.
Sexo «fuerte», como había sospechado.
La marca en el cuello provenía del sado, como imaginé y habían confirmado las dos chicas de su empresa a las que escuché en la cafetería.
—¿BDSM? —pregunté para dar a entender que sabía del tema.
—¡Qué va…! —negó Elsa—. Mucho peor. El BDSM no tiene por qué ser violento. Y es que Andrés le hostia a Sofi cada vez que follan. Pero a bofetada limpia y otras barbaridades. Me ha enseñado el cuerpo y lo tiene lleno de cardenales.
—No… me jodas… —balbuceé.
Esta vez no había fingido el estremecimiento.
—El muy cerdo ha resultado ser peor que el malote que nos parecía a todas —concluyó—. Un maltratador en toda regla.
—¿Y Sofi que dice? —pregunté curioso, me moría por saber más de aquella historia.
—Pues nada, ella tan feliz. Dice que le mola el rollo y que se lo pasa de miedo. Que no piensa dejarle ni aunque la mate a golpes.
—¡Suputamadre! —exclamé sin poder contenerme.
—Lo que pasa es que su ex se ha enterado de lo que la hace —continuó—. Y a él sí que le fastidia. Han tenido más de una discusión a gritos. Incluso llegó a amenazarle con partirle la cabeza…
—Vaya, parece que al final lo ha hecho —me reafirmé, feliz de que todo cuadrara tan bien para mí—. Aunque se lo ha hecho a su coche y no a él.
—Efectivamente, es lo que piensan ellos… aunque no será fácil probarlo…
Se me había secado la boca. Había leído entre líneas y esto cambiaba las cosas. Porque Elsa mostraba sorpresa al contar los líos de Andrés y Sofi. Y parecía más que creíble. Su tono de voz y las caras que ponía no eran teatro, de eso estaba seguro.
Y eso significaba que no estaba metida en el ajo. Que el anormal de Andrés no era el que le había hecho la marca.
Me desinflé poco a poco. Aquello se cargaba todo lo que creía sobre el asunto de las señales en el cuello.
Y agrandaba el misterio.
Creía haber resuelto algo al cargarme el coche del chulito. Pero el riesgo corrido no había servido para nada.
En esos momentos, el trío de las marcas en el cuello se dividía. Sofía por un lado, y Elsa y Nata por otro. Y me llevaba a la pregunta obvia: ¿de dónde provenían las marcas de las dos amigas, si no se las hacía Andrés?
Joder, menuda putada. Me había pasado de frenada. Me había cargado el coche equivocado. Aunque el cerdo de Andrés se lo mereciera.
Y lo peor: tenía que empezar de cero.
Me fallaban las fuerzas.
No me creía capaz de seguir haciendo de espía.
Otra aventura como la del todoterreno y acabaría en el siquiátrico.
O en el hospital.