Mentiras y cuernos 3 Andrés #2
31%

Andrés #2

Puse música en la radio del coche y comencé a cantar la canción que sonaba en ese instante. A voces, como el momento pedía.

*

Aquella noche, sin Amy en casa, Elsa y yo cenamos a solas, sin la tensión de días pasados. Aun así, mis nervios no habían desaparecido del todo. Hubiera estado bien tener sexo con ella, pero se mostró cansada incluso antes de que se lo pidiera. Y nos fuimos temprano a la cama, pero a dormir.

Al día siguiente lo pasé en tensión en la oficina. Temía que en cualquier momento apareciera la policía acompañando a Andrés y que me esposaran delante de todo el mundo.

Era una bobada, me decía, el gilipollas de Andrés no podía sospechar quién le había destrozado el coche. No había visto mi cara en ningún momento. Al menos esa parte de mi plan había funcionado perfectamente, a pesar de que el pasamontañas se me había movido bastante durante la pelea.

Por la noche, como me temía, Elsa sacó la conversación durante la cena.

No por esperada, la recibí con menos nervios.

Habíamos pedido pizza, de esas de masa fina que le gustaban a Elsa. Estaba a punto de mordisquear el primer trozo cuando levantó la vista del plato y me miró con una expresión rara.

No de enfado. Más bien irónica.

—¿No te has enterado de lo que le ha pasado a Andrés? —preguntó, dejando su trozo sobre el plato con mucha calma, como quien va a tomarse su tiempo.

—No —respondí sin levantar la vista—. ¿Qué le ha pasado?

Disimulaba como podía, pero tragaba saliva sin parar.

—Le han destrozado el coche —anunció, y noté que me observaba mientras lo decía, buscando algo en mis ojos—. Alguien se lo ha puesto como un trapo. Faros, retrovisores, parabrisas, carrocería. Todo.

—Joder —dije, y le di un mordisco a la pizza—. ¿Y él está bien? —disimulé lo mejor que pude.

—Bueno, mal físicamente no está porque a él no le apalearon como al coche, pero te puedes imaginar que está roto por el disgusto.

—Pues vaya faena —apunté rehuyendo la mirada—. Pero menos mal que él se ha librado.

Hubo una pausa. Elsa no había vuelto a coger su trozo de pizza.

—¿Y nada más? —inquirió con un tono entre divertido y expectante—. ¿Solo «vaya faena»?

Levanté la vista.

—¿Qué quieres que diga? —repliqué encogiéndome de hombros—. Me alegro de que no le haya pasado nada a él, supongo. Pero tampoco es que me quite el sueño lo que le pase a su coche.

—Ya —murmuró ella, y por fin cogió el trozo de pizza y mordió un pedazo—.

La cosa es que no fue en un descampado ni nada de eso.

Fue en una calle del centro. Andrés había aparcado y entrado en un sitio, y cuando salió se encontró el coche hecho una mierda y al capullo cargándoselo.

Dice que el que lo hizo iba disfrazado. Con pasamontañas y todo.

«En “un sitio” mis cojones», pensé, «tú sabes de sobra que estaba comprando marranadas en un sex shop».

—¡Vaya…! —exageré la sorpresa para que no me echara en cara la falta de empatía una segunda vez—. Será alguien con quien tiene cuentas pendientes, imagino. Con lo chulito que es, no me extraña que acumule enemigos. Algún cornudo cabreado, me imagino…

—Eso mismo he pensado yo —convino Elsa, asintiendo despacio—. Aunque me parece curioso el nivel de saña, ¿no? No fue un rasponazo, ni un espejo roto. Fue una paliza al coche en condiciones, con mucho empeño. Alguien que tenía ganas de fastidiarle de verdad.

—Pues sí —acepté, y bebí un sorbo de agua—. Lo de ir con pasamontañas es demasiado. El tío lo tenía planeado, seguro.

—Exacto —dijo ella, y ahora sí me miraba fijamente, con esa media sonrisa que no terminaba de ser sonrisa del todo—. Alguien que lo tenía muy planeado. Que sabía dónde iba a estar, lo siguió, esperó el momento y luego actuó. Premeditado del todo.

—Menudo psicópata —comenté—. Si me hacen algo así, me muero del susto.

—Sí —asintió—. Seguro.

Silencio.

Ella seguía mirándome. Yo seguía con la pizza.

—¿Sabes lo que usó? —dijo entonces, en el mismo tono de siempre, como si me estuviera contando el argumento de una película.

—Ni idea —respondí.

—Un bate de béisbol —soltó, y esta vez dejó caer las palabras despacio, una detrás de otra, midiendo el efecto—.

Andrés llegó a tenerlo en las manos. Hubo un momento en que se lo quitó al del pasamontañas y a punto estuvo de darle con él.

Le fastidió un chaval en patinete, si no, le rompe algún hueso.

Asentí con la cabeza, sin decir nada.

Tragaba saliva, pero lo disimulaba masticando pizza.

—Curioso, ¿no? —añadió.

Se olía algo, pero no iba directa, solo con giros a mi alrededor.

—Tampoco tanto —respondí y me pareció que sonaba defensivo—. Un bate es fácil de conseguir. Si yo quisiera destrozar el coche de alguien, también pensaría en algo así.

—Ya… —murmuró Elsa, y le dio otro mordisco a su trozo de pizza. Masticó despacio. Me miró de reojo—. Por cierto, ¿qué fue del bate de béisbol que tenías en el trastero?

Lo dijo como si acabara de recordarlo, como si fuera un detalle sin importancia que le había venido a la cabeza por casualidad.

—Ni idea —respondí lo más entero que pude mientras el estómago se me encogía—. Hace tiempo que no lo veo. Debe de seguir por ahí, recogiendo polvo.

No mentía, tras el ataque lo había dejado en su rincón de siempre.

—Ya… —replicó.

Otro silencio. Esta vez más largo.

—Qué casualidad —murmuró al cabo, casi para sí misma.

—Sí —acepté—. Qué casualidad.

Dejó el trozo de pizza sobre el plato otra vez y se limpió los dedos con la servilleta con parsimonia. Luego se recostó un poco en la silla y me miró de frente, sin la media sonrisa esta vez.

—Mira, Sergio —comenzó, y el tono había cambiado, ya sin ironía, más directo—. Yo no sé nada. Y no quiero saber nada. Lo que haya pasado con el coche de Andrés no tiene nada que ver conmigo y no pienso preguntarte más. ¿Entendido?

Era como un comentario de pasada, como queriendo quitarle importancia, pero incluía una acusación velada. Yo me hice el despistado de nuevo.

—No sé de qué me hablas —respondí.

—Ya… —repitió su latiguillo preferido—. El caso es que hay un detalle que me preocupa un poco, y te lo voy a contar porque creo que debes saberlo.

La miré pero no dije nada.

—El día en que nos estuviste espiando —continuó, eligiendo las palabras con cuidado—, cuando Andrés y Sofi estuvieron en el cuarto de invitados, tú estabas dentro de la habitación. Escondido en el armario, tú me lo dijiste.

—Follando, Elsa —me descaré con malas pulgas—. Dilo con todas las palabras: estuvieron follando en mi propia casa, a mis espaldas.

Parpadeó, no se esperaba aquella salida.

—Vale, follando, lo admito. Ya te pedí perdón y te lo pido de nuevo.

—prosiguió— Pero a lo que iba: ese día el bate estaba detrás de la puerta de esa habitación.

No sé cómo había llegado ahí, supongo que alguien lo sacó del trastero en algún momento y se quedó ahí aparcado.

El caso es que yo lo vi cuando entré. Y si yo lo vi, no puedo garantizarte que ellos no lo vieran también.

Me quedé congelado.

Era un argumento convincente. Un detalle que se me había pasado por alto.

Un escalofrío me recorrió por entero.

—Si alguno de los dos vio el bate ahí esa tarde —continuó—, y resulta que alguien le destroza el coche con uno que se le parece, no sé… Quizá no ate cabos. Quizá sí. El tío no es tonto, por mucho que lo parezca. Es uno de los mejores abogados penalistas de este país.

Cogí el vaso de agua y bebí otro trago. Se me estaba atragantando la pizza.

—¿Qué me estás queriendo decir exactamente? —pregunté intentando parecer tranquilo, cosa que distaba de ser verdad.