Andrés
Llevaba cuarenta minutos siguiendo al todoterreno y cada semáforo en rojo se me hacía eterno. Lo había visto salir del aparcamiento del edificio a las siete y veinte. Yo había salido de la oficina minutos antes para esperarle como en días anteriores, y comencé a seguirle cuando le vi aparecer.
El bate de béisbol durmiendo en el suelo, bajo el asiento del copiloto.
Era mi tercer intento. Los dos anteriores acabaron en fracaso.
El primero porque se dirigió directamente al parking de su casa.
Imposible entrar en él sin que me pillaran.
El segundo se había ido de compras a un centro comercial.
Decidí esperar a que acabara las compras —hacerlo en el parking con decenas de cámaras grabando era una locura—, pero tras una hora de espera, me fui para casa, aburrido.
«No tengo yo madera de criminal, me parece», pensé desalentado.
Mientras le perseguía ahora, rezaba para que a la tercera fuera la vencida.
Seguirle no fue difícil. Puse dos o tres coches de distancia entre su todoterreno y mi Volvo, y así estuvimos un buen rato hasta que el muy cerdo se adentró por las calles del centro.
Putas y clientes rondaban por allí a horas que me parecieron tempranas, y se cruzaban de calle continuamente fastidiando la circulación. Aun así, conseguí no perderle de vista.
El todoterreno redujo la marcha y aparcó en una calle lateral, casi sin alumbrado. Yo pasé de largo y giré en la siguiente esquina. Aparqué en una plaza para discapacitados, no era momento para mostrar escrúpulos.
Detuve el motor y respiré nervioso. Parecía que ese podía ser mi día. El corazón me latía a doscientas pulsaciones.
Desde donde estaba veía el lateral de la calle donde Andrés había aparcado.
Me asomé con cuidado y lo localicé: unos cincuenta metros, junto a la acera de la izquierda.
El muy cerdo caminaba hacia un local con la fachada pintada de negro.
Sobre la puerta, en letras rojas que parpadeaban, rezaba un luminoso: «Eros Shop».
Debajo, en letras más pequeñas: «Artículos para adultos».
Por supuesto. Tendría que haberlo imaginado.
En un sitio tan siniestro como aquel era donde compraba los utensilios con los que hacía sus porquerías a Elsa y a Sofía. ¿Dónde, si no? Lo maldije por lo bajo y desee partirle la crisma.
Me contuve, por suerte.
Ni yo era Rambo ni él una hermanita de la caridad.
Todo a su tiempo.
Me quité la chaqueta del traje y la lancé al asiento de atrás.
Después abrí la bolsa de deporte y extraje el contenido que había preparado esa mañana: una cazadora de cuero negro de mis dieciocho años, que cerré con la cremallera hasta el cuello para no tener que quitarme la corbata.
Y un pasamontañas. Negro también, de lana fina, que solo dejaba al descubierto los ojos y la boca. Cinco euros en un chino.
Me coloqué el disfraz de chico malo frente al retrovisor.
Permanecí mirándome un segundo.
«Joder —me dije—. Esto acojona de verdad.»
Pero no era momento para pase de modelos. Si Andrés volvía enseguida, me quedaría a medias. Y solo con pensar en tener que recomenzar el jueguecito me revolvía el estómago. Era ahora o nunca.
Cogí el bate, salí del Volvo y caminé hacia el todoterreno.
*
No voy a presumir. No soy hombre de acción. Nunca lo he sido. Soy más de resolver las cosas con palabras, con argumentos, con paciencia. No en vano me hice abogado, no karateka.
Así que lo que hice a continuación fue, probablemente, lo más antinatural de mi vida. Con las manos temblando asesté el primer golpe. El que más me costó. El resto fue fluyendo con más soltura, creciéndome en confianza alimentado por la rabia.
Ese primer golpe fue al faro delantero derecho. «¡Crac!». Voló en pedazos. El sonido fue más satisfactorio de lo que había esperado.
Una chica con pinta de yonqui pasó por mi lado y ni siquiera me miró.
Las costumbres de aquel barrio, supuse, nada inusual para ella.
El segundo golpe fue al retrovisor del mismo lado. «¡Pam!».
El tercero al capó, una rasgadura diagonal que rompió la pintura y dejó el metal en carne viva. «¡Clonc!».
Con cada golpe, la rabia crecía y el siguiente me salía mejor.
Con una concentración que ni en mis mejores casos como abogado.
Faros traseros, piloto de intermitente, el parabrisas con tres golpes seguidos hasta que cedió y se cuarteó como una tela de araña gigante.
Las lunas laterales. El otro retrovisor.
La carrocería lateral con una ristra de golpes que sonó como un redoble de tambor.
«¡Pam. Pam. Pam. Pam!»
No pensaba. No me hacía preguntas. Solo golpeaba.
En eso estaba, haciéndole al portón trasero el mismo tratamiento que al capó, cuando lo oí.
—¡¡¿QUÉ COÑO…?!!
La voz de Andrés, a mi espalda, sonó como un trueno.
Me giré.
—¡¡MI COCHE!! —gritaba desencajado.
Venía corriendo desde la puerta del sex shop, a unos treinta metros. Quizá fue una ilusión, quizá el miedo, pero lo vi mucho más grande de lo que recordaba. Apretaba los dientes y mostraba la expresión de quien va a matar a alguien.
No era de extrañar. El todoterreno era su ojito derecho, no en vano había decidido joderle cargándomelo lo más posible.
—¡¡Hijo de puta!! ¡¡Para!! ¡¡Para ahora mismo!!
Hasta el momento había disfrutado jodiéndole su joya como él me había jodido la mía. Lo que pasaba es que no había imaginado que volvería tan pronto.
Ni que corriera tan rápido.
Presa del pánico, salté hacia el lateral opuesto para poner el coche entre los dos. No llegué a tiempo.
Andrés me alcanzó sin saber cómo lo hizo. Me agarró de la cazadora por la espalda antes de que pudiera rodear el todoterreno y me estampó contra la carrocería. El impacto me dejó sin aire un segundo. Intenté zafarme pero la mano que me sujetaba tenía la fuerza de una prensa hidráulica.
—¡¡Me cago en tu puta madre!! —rugió, y me arrancó el bate de las manos antes de que pudiera reaccionar.
Y de un empujón me arrojó al suelo.
Caí de lado sobre el asfalto. Me arañé la palma de la mano derecha y el codo. Nada grave, pero el impacto fue suficiente para desorientarme un par de segundos. Segundos que Andrés aprovechó para ponerse encima de mí con el bate levantado.
«Joder —me lamenté—. La he cagado. Me va a romper todos los huesos. Y luego voy a acabar en el juzgado y pagando los daños.»
Había actuado como un aficionado gilipollas.
Quién me mandaría a mí meterme en estos líos. Demasiadas películas.
Y todo por culpa de Elsa y Sofía, las muy zorras. Si mi novia no me abandonaba después de esto, tendría suerte.
Andrés, mientras yo me lamentaba, estaba a punto de romperme la crisma con mi propio bate.
El pasamontañas me cubría la cara, así que aún no sabía quién era yo.
Era lo único bueno de la situación. Lo malo era que no importaba demasiado.
El bate estaba en su mano, yo estaba en el suelo, y en su expresión no vi ningún síntoma de que el asunto fuera a resolverse con un apretón de manos y disculpas mutuas.
—¡¡Te voy a partir la crisma, hijodeputa!! —anunció histérico.
Levantó el bate. En cuanto cayera oiría el ruido de algún hueso al romperse. Más de uno, seguramente.
Entonces apareció el ángel.
Y se hizo el milagro.
El ángel tenía dieciséis años, como mucho, iba con los auriculares en las orejas y circulaba por la acera en un patinete eléctrico a una velocidad que pronosticaba problemas.
Salió de la esquina sin frenar, sin mirar, sin el más mínimo instinto de supervivencia, y embistió a Andrés por la parte de atrás con un golpe seco que sonó como un portazo.
El chaval salió despedido hacia delante y acabó en el suelo entre improperios.
Andrés, que no lo había visto venir, recibió el impacto en las piernas y se dobló hacia adelante como un árbol podrido en un día de viento.
En la caída soltó el bate, que rodó por el asfalto con un tintineo de madera y se detuvo a metro y medio de mí.
No me lo pensé.
Me lancé hacia él, lo cogí y me puse en pie.
Andrés intentaba levantarse, algo atolondrado, y el chaval del patinete yacía boca arriba con los auriculares en la cara y la expresión de quien no entiende muy bien qué coños pasa.
—¡Eh! —alcanzó a gritar Andrés cuando me vio echar a correr—. ¡Vuelve aquí, cabronazo!
Yo ya corría como alma que persigue el diablo.
Pero no corrí hacia el Volvo. Lo hice en dirección contraria, giré por la primera esquina, doblé por otra calle, me quité el pasamontañas a la carrera y lo metí en un bolsillo de la cazadora. Necesitaba tres manzanas de distancia y dos minutos de reflexión antes de volver al coche.
Caminé rápido, con el bate pegado al muslo, intentando parecer alguien que simplemente ha salido a dar un paseo con un objeto deportivo a las nueve de la noche. Como un ladrón más en un barrio de ladrones y putas.
Nadie me prestó la menor atención.
Di la vuelta por la manzana siguiente y llegué al Volvo por el lado contrario. Eché el bate al asiento de atrás, me metí en el coche y arranqué a toda prisa. Puse el intermitente y me incorporé al tráfico. Iba despacio para no parecer lo que en realidad era: un criminal a la fuga.
Conduje cuatro manzanas antes de detenerme frente a un semáforo en verde que se puso en rojo en el último segundo. Me quedé parado con las manos en el volante, el corazón en la garganta y un temblor en las piernas que no había notado hasta ese momento.
El semáforo volvió al verde.
Arranqué.
Y fue entonces cuando solté una carcajada. Corta, involuntaria, liberando la tensión que me oprimía el corazón y el estómago.
Al final todo había salido bien. No por mi «maravilloso» plan, pero bien al fin y al cabo. Todoterreno: destrozado. Andrés: en el suelo, sin saber quién había sido. Yo: vivo, con el bate y con los huesos intactos.
Podría haber salido peor.
Le debía una al chaval del patinete eléctrico. Dondequiera que estuviera, esperé que no le hubiera pasado nada. Y confié en que nunca se enterara de que acababa de salvarle el cráneo a un imbécil con pasamontañas que había destrozado el coche de un sádico.