Mentiras y cuernos 3 El cumpleaños de Lucy #3
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El cumpleaños de Lucy #3

Salimos los tres cargados y volvimos al salón. Todo el mundo aplaudió al ver la explosión de color y azúcar de los pasteles, acompañando a un café que me había quedado delicioso, en opinión especialmente de mi futura suegra.

El resto de la tarde pasó sin mayores sobresaltos. Lucy me miraba de vez en cuando y sonreía pícara. Sabía que me había dejado con las ganas de matarla a polvos.

Y yo se lo confirmaba con la mirada más seductora que sabía poner, extrayendo sonrisas de sus labios, los que me había comido aquella tarde por unos minutos. Y los que me iba a comer hasta dejarlos secos.

En suma, había sido una reunión familiar deliciosa.

*

Al despedirnos, Lucy me hizo un gesto con una mano a espaldas del resto. Me pedía que la llamara por teléfono. Estaba claro que lo que había empezado esa sobremesa había que terminarlo.

Y por mí no iba a quedar.

Me la iba a mamar hasta que se hartara.

Y luego me la follaría a conciencia.

Una hora más tarde Elsa y yo tomábamos una copa en la terraza exterior de un pub del centro. Mientras saboreábamos cada uno la suya, seguía con mis intentos de descubrir detalles sobre la marca de su cuello. Solo sabía que —presuntamente— se la había originado Andrés.

Había intentado vérsela de cerca durante días en nuestra casa, sin éxito. Siempre se las apañaba para mantenerme a distancia. Luego, en casa de sus padres, aprovechando el vestido con escote que lucía ese día. Tampoco.

El maquillaje que usara para taparse la marca debía de ser, más que bueno, milagroso. O tal vez yo había soñado ver algo que solo existió en mi mente.

Pero, ¿en las tres chicas?

Al cabo de varios minutos hablando de naderías, mi novia decidió hablar de algo serio.

De Lucy. ¿Cómo no?

Pero no como esperaba.

—¿Sabes lo que he pensado? —dijo, cambiando el tema que llevábamos hasta hacía un momento.

—Dime… —respondí saboreando el azúcar de mi mojito.

—Pues he pensado que si lo de tu secretaria no funciona, tal vez podrías intentar tirarte a mi futura prima.

—¿¡Qué…!? —puse cara de pasmo, tenía que disimular. Por un momento pensé que nos había pillado en la cocina, pero según fluyó la conversación descubrí que no había sido así—. ¿Otra vez con ese rollo?

—Vamos, no te hagas el tonto… —prosiguió—.

¿No me irás a decir que no te has dado cuenta de cómo te mira, con esos ojitos de cordero degollado que pone la muy zorra…

? Mucho más que antes del verano, aunque ya lo hacía por entonces.

Ya hablamos de ello, ¿recuerdas? Pero debe de ser que la volviste loca con la «comidita» que le hiciste en el palacete durante las vacaciones… Y ahora lo tendrías más fácil.

—Por dios, Elsa… —la reprendí—. Que Lucy y Alberto se van a casar dentro de poco, no me jodas…

—Por eso mismo, tontorrón —apostilló—. Deberías tirártela antes de la boda, después igual se queda embarazada y ya no hay nada que hacer… Me consta que mi primo quiere tener descendencia lo antes posible…

El estómago me hacía cosquillas, pero la erección era ya un poema. Después del calentón con la chica sin filtros en la cocina, ahora me salía Elsa con lo mismo.

No es que no me la fuera a tirar, pero ese era un tema entre Lucy y yo.

A nadie más le importaba.

De momento.

—No sé, no sé… —repliqué—. Pero no creo que se deje tan fácil, lo veo peor que con mi secretaria.

Lucy es una chica muy discreta y muy formal.

En el palacete me dejó lo que me dejó porque debía de estar mal atendida por Alberto, nada más.

El verano es tiempo para hacer locuras, pero ya se acabó.

Y ahora, si no te importa, me voy a mear. A ver como está el baño de este bar.

Corté la conversación y escapé de Elsa a la carrera.

Últimamente no hacía más que señalarme posibles ligues. Y eso era de preocupar. ¿Estaría haciendo de las suyas —a mis espaldas, para variar— y por eso estaba tan empeñada en liarme con otras para mantenerme entretenido?

No me cabía la menor duda. Seguro que hacía porquerías con Andrés y sus amigas. Pero no podía acusarla por las buenas, necesitaba pillarla con las manos en la masa.

Cuando salí del baño y volvía a la terraza, me encontré con una sorpresa.

Desde el interior del local, a través de las cristaleras, vi como Nata caminaba hacia Elsa a paso ligero. Mi novia no parecía haberla detectado, entregada a la pantalla del móvil, para variar. De pronto elevó la mirada y la descubrió.

Levantó una mano en señal de «stop» con una urgencia que no indicaba nada bueno. Luego miró hacia el pub, obligándome a saltar a un lado para que no me viera. Porque estaba claro que era a mí a quien buscaba. Debía temerse, y con razón, que estuviera de vuelta y hubiera visto llegar a su amiga.

Nata se detuvo en seco y miró a Elsa con ojos de asombro. Con un encogimiento de hombros le preguntó qué le pasaba.

Mi novia le correspondió con un gesto de la mano —«vete, rápido»—, seguido de un «llámame» similar al que me había hecho Lucy a mí esa tarde en casa de mis suegros.

El cosquilleo por el misterio, mezclado con una sensación de pánico, volvió a apoderarse de mi estómago y me subió hasta la garganta.

Muy graves tendrían que ser los secretos que guardaban aquellas dos para mostrarse tan precavidas conmigo.

Andrés me las iba a pagar todas juntas.