Mentiras y cuernos 3 El cumpleaños de Lucy #2
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El cumpleaños de Lucy #2

—Jopé, Sergio, pues sí que estás salido hoy… —se resistía de nuevo luchando a brazo partido—. ¿No ves que no podemos? Hay que hacer los cafés… Si tardamos alguien vendrá a ver qué pasa.

Daba igual lo que dijera, tenía respuesta para todo.

—Pues yo voy sacando los cafés… —la conminé—, pero tú me la chupas hoy… de esta no te libras…

—Que no… —ella.

—Que sí… —yo.

Y al final gané la discusión.

—Jolines, Sergio, eres un asqueroso… como nos pillen, te mato…

Se arrodilló por fin y yo me solté el pantalón, dejándolo caer hasta los tobillos junto con los bóxer.

Le entregué la polla con las manos y ella le propinó un beso en la punta, antes de lamerla con mimo.

—Así… así… —suspiraba yo a punto de morirme de calentura.

—Jo qué dura se te ha puesto, Sergio… —suspiró al recorrerla con la lengua desde los huevos hasta el glande.

—Es por ti, Lucy, solo por ti… chupa, por tu padre, chupa…

*

Lucy mamaba de una manera muy suya. Metiéndose la polla hasta la garganta, haciendo un esfuerzo hasta obtener una arcada y luego liberándola para volver a empezar. Del glande absorbía de cuando en cuando como si fuera la pajita de un refresco.

Yo la miraba de reojo, mientras iba llenando la jarra con el oscuro brebaje que luego sería servida en las tazas. También me ocupaba de calentar la leche con el surtidor de vapor de la máquina.

Cuando todo esto estuvo preparado, Lucy se puso en pie, limpiándose la boca de babas con el dorso de la mano.

—¿Qué haces? —protesté—. Aún no he terminado.

—Se acabó, Sergio… —dijo con un saltito como una nena enfadada—. ¿No ves que no he preparado aún los pasteles? Como venga alguien a preguntar por el retraso nos va a pillar infraganti. La que se puede liar es macanuda… —apoyó su moción con un movimiento de la mano para darle fuerza.

—Joder, nena… me voy a morir si no terminas…

—Aguanta, Sergio, no te queda más remedio…

Se dirigió a la mesa donde se encontraban los paquetes junto con dos bandejas y comenzó a abrirlos y a colocar pasteles sobre ellas. Una vez abrochados los pantalones, me arrimaba por su espalda y le sobaba el culo por debajo de la falda.

—Esto no se puede quedar así, Lucy, me has puesto muy burro… Si no te follo me va a dar algo…

Ella respondió sin mirarme.

—Vale, fóllame si quieres… —dijo y un latigazo cruzó mis testículos de nuevo, que ya se hallaban bastante exigidos por el calentón que me estaba llevando—. Pero no aquí… ni hoy…

—¿Y entonces, dónde?

Ahora sí me miró, aunque sin dejar de colocar pasteles.

—Pues no sé… donde quieras… —respondió—. Tu eres el chico, tú sabrás. ¿Dónde lleváis los hombres a vuestras amiguitas?

Joder, ya estaba la chica sin filtro hablando a calzón quitado.

—A ver, Lucy, por dios… que yo no llevo a ninguna amiguita a sitios raros, ¿por quién me has tomado?

—Venga, no digas bobadas —respondió—. Que todos los hombres sois iguales. Tenéis a vuestra mujercita en casa y luego andáis follando con unas y con otras por ahí… ya se sabe… pero tranquilo, si no pasa nada…

No podía creer lo que decía. Y lo más extraño era que estaba seguro de que lo decía en serio, convencida de que era lo «normal».

La mandíbula se me había descolgado hasta la mitad.

Pero lo que dijo a continuación me la descolgó por completo.

—Pero si a mí no me importa, de verdad… —prosiguió—.

Si es normal que los hombres tengáis vuestras necesidades.

Y si hace falta, pues yo voy donde tú quieras y me follas tranquilo, sin tantas prisas…

Te prometo que no me voy a enfadar por ello…

Mientras nadie nos pille, podemos follar siempre que tú quieras.

Si me hubieran sacado sangre en esos momentos, habría salido transparente como el agua. Ya conocía la educación super sumisa que había recibido la buena de Lucy —la noche del paseo alrededor del palacete durante el verano me lo había demostrado—, pero esto era ya demasiado.

—Pero… Lucy… —intenté hablar, aunque no me salían las palabras—. No entiendo por qué dices eso…

—Venga, Sergio, no te hagas el tonto… —siguió a su rollo mientras colocaba pasteles, degustando de aquí y de allá—.

Me voy a casar con Alberto, pero eso no significa que sea su chica para todo.

Tú ya sabes que me caes muy bien, que te quiero mucho.

A mí estar contigo me apetece. Aunque solo sea para charlar o para tomar una copa...

Pero si tú tienes ganas de follar, pues yo feliz también…

follamos y ya está… Busca un sitio donde podamos hacerlo sin riesgos y te dejo hacerme lo que quieras…

—Joder, Lucy… ¿estás hablando en serio?

—Claro —respondió con una carita como si no hubiera roto un plato—. ¿Qué te crees, que yo no tengo ganas de que me lo comas como el día del palacete? Pues claro que me apetece, una no es de piedra…

Me encontraba tan empalmado que si me hubieran dado un golpe en la entrepierna se me habría partido en pedazos del tamaño de una canica. Se la arrimé a Lucy, y ella ronroneó moviendo las caderas para rozarse contra ella.

—Ja, ja, ja… estás que te mueres, ¿eh? Te la he puesto dura con la mamada…

—Ufff… Lucy… —le dije con perlas de sudor en las sienes—. Me has puesto muy perro… vaya si me has puesto.

La iba a volver a agarrar de las tetas para sobárselas una vez más.

Pero entonces me dio un empujón con la cadera y me apartó de ella.

—Cuidado, viene alguien.

Di un salto hacia atrás y me afané con la cafetera, como si aún estuviera peleando con ella.

Cuando la puerta se abrió, Elsa apareció en el umbral.

—¿Qué pasa? —preguntó—. ¿Se ha vuelto a estropear la cafetera?

—Estropear, no… —respondí disimulando el calentón que llevaba encima—. Pero nos ha dado un poco de guerra.