El cumpleaños de Lucy
Los días pasaron sin muchos cambios. Tocaba acción. Buscar la oportunidad y lanzar el ataque. Pero lo intentaba sin que la oportunidad apareciera. Dos intentos y dos fallos. Habría que volver a esperar, con paciencia, como los buenos cazadores.
Cuando nos sentamos a la mesa, el único que faltaba era tío Juan, que en las últimas comidas sabatinas había hecho acto de presencia sin excepción. Ese día, sin embargo, no había acudido. Quizá por ello Lucy se encontraba con otro cuerpo, con otras ganas.
Mucho más simpática y feliz.
Y con aquella mini falda de vuelo que me estaba volviendo loco cuando se le levantaba por algún giro del cuerpo, un agacharse a recoger algo o un rascarse el muslo por un «picor insoportable».
Aquello provocaba que mi erección intentara escapar del pantalón, a pesar de que la sermoneaba para que no creciera y diera la nota.
¿Por qué se habrá puesto Lucy una falda tan espectacular?, me preguntaba. Ese día, sin su futuro suegro presente, Alberto no la habría forzado a ponerse guapa «para su padre». Entonces, ¿para quién lo había hecho?
Vete a saber.
La comida transcurrió con fluidez, con soltura, con conversaciones, risas… Se notaba la ausencia del gran patriarca. Sin él el ambiente era mucho más agradable y relajado.
Llegado el momento de los postres, tocaba ir a la cocina a preparar los cafés en la super cafetera de mi suegra y a disponer los pastelitos —todos los presentes habíamos acudido con algún dulce para el postre— y servirlos en la mesa.
Como siempre, disculpamos a la madre de Elsa, cada vez más torpe a causa de la edad, y mi novia y Lucy se prestaron voluntarias para preparar todo en la cocina.
Nos quedamos el resto a la espera y pasamos a los sofás frente a la chimenea —apagada aún por esos días—, pero que en invierno era un rincón magnífico para la sobremesa.
Acepté el purito que me ofrecía mi futuro suegro y lo encendí con deleite, a pesar de que mi afición por el tabaco era menos que nula.
Un día es un día, me dije.
Me sentía feliz por lo bien que iba la comida de ese sábado —Lucy se mostraba en el polo opuesto del día en que me había llamado— y eso le daba un plus a la reunión familiar.
Aunque me faltaba algo. Por ejemplo, me hubiera gustado acompañarla a la cocina.
Hablar con ella a solas, preguntarle si le habían gustado las flores que le envié, esta vez de forma sincera, no con el cumplido super formal que me había dedicado durante los saludos al llegar a casa.
En esos pensamientos estaba, cuando Elsa apareció por el salón.
—Lo siento, Sergio —me dijo con cierta prisa en su rostro—. Pero te ha tocado. Yo necesito ir al baño con urgencia, tienes que ayudar a Lucy.
Nadie más se movió, como si todos asumieran que si se lesionaba mi chica, yo era su «reserva» natural.
—¿Qué te pasa? —pregunté alarmado—. ¿Tienes algún problema?
—No, cari, nada del otro mundo —me tranquilizó—. Cosas de chicas… pero que no admiten demora. Ve rápido, que Lucy no se aclara muy bien con la super cafetera.
*
Llegué a la cocina con el puro humeando. Quizá debiera haberlo apagado antes de acudir en ayuda de Lucy. Pero todo había sido tan precipitado que ni había reparado en ello.
—Hola Lucy —dije al cerrar la puerta abatible detrás de mí—. Elsa me manda de sustituto.
Lucy comenzó a toser y se abanicó con una mano.
—Vale, vale… —me dijo—. Pero apaga esa cosa horrible que llevas en la boca, por favor.
—Uy, perdón… —dije agobiado y me dirigí al fregadero—. Si ya sabes que yo no fumo, ha sido que me ha dado un pronto…
Lucy soltó una carcajada.
—Que no, bobo… —reía con ganas, mostrando su bonita dentadura, tan blanca y angelical como la de una adolescente—. Que te estaba vacilando… Puedes fumar si quieres, yo también lo hago a veces… pocas, eso sí…
Le mostré el puro húmedo después de haber recibido un chorro de agua y volvió a reírse.
—Vaya, se ha quedado un poco… desinflado… Espero que no te hayas quedado así tú también…
Aquel comentario, dicho sin malicia pero con una doble intención evidente, más que ablandar mi entrepierna como el puro, la inflamó.
Tiré el cigarro a la basura y me froté las manos. Tenía que disimular mi excitación.
—Bueno, ¿con qué quieres que te ayude?
—Pues con esta cafetera del demonio. No consigo hacerme con ella, por más que lo intento.
Me acerqué a la cafetera y comencé a toquetearla, comprobando que todos los botones se encontraban en la posición que se esperaba de ellos. Para hacerlo, tuve que arrimarme a Lucy.
Mucho. Demasiado.
Pero ella no se apartó ni un milímetro.
Sentía el calor de su cuerpo junto al mío. Uno de sus muslos se rozaba constantemente con mi pierna. Lucy ni se inmutaba, así que yo tampoco. La cafetera humeaba vapor hirviente, pero era mayor el calor que me recorría por dentro. Se separó unos centímetros de mí y nos miramos.
—¿Tanto huelo a puro?
Lucy sonrió burlona.
—Un poco bastante… ¿Por qué lo dices?
—Pues porque parece que te alejas de mí.
De pronto se enderezó, como si se pusiera en guardia.
—Espero que no estés pensando en lo que creo que estás pensando…
—¿Yo? —jugueteé—. Seguro que no… Pero ¿qué te parece a ti?
No se lo pensó un instante.
—Pues me parece que estás pensando en besarme…
No era una queja, la sonrisa bailaba en sus labios y se mordía una uña, nerviosa.
La miré de soslayo, mis manos ya no toqueteaban la dichosa máquina. Permanecían atentas a sus palabras, como el resto de mi cuerpo.
—¿A que es lo que estabas pensando…? —preguntó juguetona y se arrimó tres centímetros más a mí.
El calambrazo que atravesó mis testículos recorrió mis piernas y me llegó hasta la punta de los pies. Hacia arriba llegó hasta las sienes, las pulsaciones latiéndome a toda velocidad. Veía respirar de forma agitada a Lucy, su generoso pecho bajando y subiendo por la tensión del momento.
Mi respiración no era mucho más calmada que la suya.
Me giré sobre un eje imaginario y me situé frente a ella. Nos encontrábamos a escasos cinco centímetros el uno del otro. Tan cerca, que notaba su aliento en mi rostro, nuestras alturas igualadas por sus tacones.
Y no me pude contener.
—Pues te has equivocado —la corregí—. Porque no tenía intención de besarte… —jadeaba, más que respiraba—. Lo que yo quiero es follarte…
Se hizo el silencio un instante.
Luego soltó una carcajada.
—Pero qué bromista eres, Sergio… —replicó con un cachete en mi mejilla.
Mi respuesta fue inmediata. La sujeté de las muñecas, le levanté los brazos por encima de la cabeza y la empujé con mi cuerpo contra la pared. Nuestros muslos se apretaban entre sí, notaba palpitar su entrepierna acogiendo entre sus pliegues el bulto de la mía.
—No estoy bromeando, me muero por follarte, Lucy… —la besé en los ojos, en la nariz, en la mejilla, babeándola por entero.
Sus ojos se agrandaron. Se había dado cuenta de que no hablaba en broma.
—Dios mío, lo estás diciendo en serio… —no era una pregunta.
—Completamente… —suspiré sobrepasado.
—¿Te has vuelto loco…? —dijo y noté el espasmo que la había recorrido por todo el cuerpo.
Le tomé la boca al asalto y le mordí los labios, excitado.
—Loco por ti, Lucy —le dije sin respiración—, me pones a mil…
—Sergio, para, por favor… —se quejó.
Mis manos se movieron hacia su espalda y se colaron por debajo de la falda. Le apreté las dos nalgas con tanta fuerza que dio un respingo…
—Ayyy… bruto…
—¿Te he hecho daño…? —la vacilé encendido.
—Sí… —respondió en un murmullo antes de morderme el labio inferior—. No pasa nada, pero cálmate, no podemos ponernos a follar como monos aquí en la cocina, entiéndelo…
Un nuevo subidón de adrenalina me tensó por completo. Mi polla dolía de lo dura que se me había puesto. Mis manos ya no solo le pellizcaban el culo, al menos una de ellas no lo hacía, la que había subido hacia su pecho y había atrapado una teta por debajo del escote.
—Ay… saca la mano… no seas pulpo, por dios…
—Lucy… Lucy… —suspiraba comiéndole la boca sin hacer caso de sus protestas.
—No… espera… —jadeaba ella.
—Y una mierda… no quieres que pare… no mientas…
Me empujó como pudo y por fin consiguió detenerme.
—He dicho que pares, por favor… —decía de forma entrecortada hurtándome la boca y poniendo las manos en mi pecho—. Esto se nos ha ido de las manos, entiéndelo…
—Quiero follarte, Lucy… —insistí sobándole el culo por debajo de las bragas, por mucho que ella luchaba—, y eso no va a cambiar…
Pero ella cortó el ataque definitivamente.
—Imposible, Sergio, no te vuelvas loco… —me sujetó la mano y la sacó de debajo de la falda—. ¿No ves que no podemos hacerlo aquí? Yo también quiero que me lo hagas, pero no puede ser…
Un escalofrío me puso en guardia.
—¿Cómo has dicho?
—Pues eso, que yo también quiero follar contigo, pero no delante de todo el mundo… en casa de tus suegros…
—Ostras, Lucy… —dije cachondo como un perro—. Lo sabía. Sabía que tú también me tienes ganas.
—Pues claro que te tengo ganas —confesó y el corazón se me saltó un latido—Si no lo niego. Pero no así, de cualquier manera…
Al ver que no había forma de convencerla, hice un último intento:
—Pues chúpamela… no seas mala… chúpamela, por tu padre…
Yo la agarraba de los brazos y ella me empujaba con las palmas de las manos para echarme hacia atrás.
—No, por favor, Sergio, te la chupo otro día, te lo juro… pero hoy no, que nos van a pillar…
Le metí una mano por la parte delantera de la falda y le atrapé el coño con angustia, casi desesperación. Lucy sufrió otra sacudida por todo el cuerpo y me lanzó los brazos al cuello al tiempo que se le doblaban las piernas.
—Por dios, Sergio, por dios… para… para, que la liamos… que no soy de piedra…
No me apiadé de ella. Me había puesto como una puta moto desde el inicio de la comida con su forma de vestir —que ahora estaba claro que era por mí— y con sus palabras de doble intención. Y ahora me confesaba que me tenía ganas.
—Venga, ponte de rodillas… —la conminé, nervioso, mientras me desabrochaba el cinturón.