¿Otro tatuaje? #2
«¡Mecagüenlaleche!», blasfemé para mis adentros. ¿Por qué no iban al grano de una puñetera vez? Si aparecía un ascensor que subiera me iba a quedar a medias. Menuda putada.
—Vale, voy, hija, qué carácter… —dijo la cotilla al fin—. Yo creo que la marca se la ha hecho…
Me puse en tensión.
Iba a soltar un nombre.
Y de pronto el ascensor que acababa de vaciarse frente a nosotros, anunció con voz robótica: «¡Subiendo!».
La «loro» detuvo la confidencia y ahora sí que blasfemé en hebreo.
¡Suputamadre!
Me había quedado con la miel en los labios.
Como me temía que podía pasar.
Puñetero ascensor y puñetera la programación y el programador que la hubiera hecho.
—Venga, entra rápido —dijo la de nariz chata—. No se nos vaya a escapar.
*
Entramos los tres en el ascensor y nos distribuimos sin problemas en el amplio espacio interior, preparado para una veintena de personas. No había nadie más que quisiera subir, a excepción de nosotros.
Pasado el momento, ya me daba igual la teoría de aquellas cotorras. Solo deseaba llegar a la oficina de Elsa, recogerla y salir para casa antes de que llegara Mery.
Las dos mujeres se habían situado al fondo, junto al espejo.
Yo estaba frente a las puertas, dispuesto a salir en desbandada en cuanto se abrieran.
Se miraban y reían de forma ligera, sin hacer ruido.
Y yo las maldecía a las dos por haberme dejado con la miel en los labios.
Pero como dice el refrán: Dios aprieta pero no ahoga. Y la amiga de la cotilla, con un susurro que debía de creer que no podría escuchar, le urgió a la otra: «Venga, cuenta, cuenta».
La de «la teoría» se resistía, parecía temer que pudiera escucharla. Pero la amiga la tranquilizó.
—Que no, mujer —cuchicheó—, el ascensor es grande, no puede oírnos.
En realidad, a pesar del amplio tamaño, la acústica de aquel espacio —por alguna extraña razón— me favorecía, y podía escuchar sus susurros como si me los estuvieran haciendo en mi propia oreja.
Crucé los dedos para que la otra creyera lo contrario.
Y lo creyó.
—Pues mira… —susurró—. Me han dicho que es cosa de Andrés…
El cuerpo entero se me tensó.
¡Acabáramos! Andrés, quien si no… ¿Cómo no lo había sospechado?
Pero necesitaba saber más, así que contuve las ganas de gritar y agucé de nuevo el oído.
—Al muy gilipollas le ha dado por practicar eso del sado…
—¿BDSM…? —pregunto la chata.
—Sí, eso, BDSM o como se diga… —replicó la cotilla—. Lo de cincuenta sombras. Total, que el tío le da caña y la boba de Sofi le sigue la corriente. Le debe dar unas palizas de órdago… ni te imaginas…
—¿Tanto? —resopló la chata con agobio.
—Pero bien, además… —replicó la loro—. La ata, la escupe, la azota el culo… No te puedes ni imaginar…
—¿Y a ti quien te lo ha contado, ella?
—No, Sofi no, su amiga «la otra», esa que parece que esté enamorada de ella… que no la deja ni a sol ni a sombra.
Se hizo una pausa dramática. Parecía que la de la nariz chata se había quedado destemplada por la noticia. Y yo me encontraba igual, preguntándome por quien sería «la otra».
—Joder, chica, hay que estar loca… —dijo al fin.
—Y que te pique mucho el coño, no te fastidia…
—Ya te digo… mucho le debe de picar… demasiado…
—Pues sabes lo que te digo, que picar, nos pica a todas… —concluyó la «loro»—. Pero de eso a que te dejes hostiar por semejante capullo… ni hablar, conmigo eso no…
Acompañó su «no» con un gesto del dedo que fue como una sentencia.
*
Saludé a la amiga de Elsa en recepción con un nudo en el estómago. Tenía la respuesta que buscaba desde la tarde anterior y solo me había costado unas horas conseguirla. La suerte a veces te da la cara buena, me decía, y había resuelto uno de los enigmas casi sin querer.
Eso me mantenía eufórico, a falta de decidir qué hacer con aquella información.
Pero lo peor es que Elsa me había mentido una vez más.
Seguía manteniendo algún tipo de relación con el subnormal de Andrés.
Una relación que tenía prohibida y que ella misma se había comprometido a cortar para siempre.
Y no contenta con eso, se dejaba hacer todo tipo de perrerías en plan «sombras de Grey», como habían dicho aquellas dos cotillas.
Había que ser gilipollas, además de calentorra.
Y que lo fuera Sofía, pues bueno. Pero que lo fuera Elsa, saltándose una vez más todas las promesas que me había hecho, me dolía profundamente.
Y hacía crecer mi odio hacia aquel cretino.
—No te preocupes —me dijo la chica de recepción, seguramente al ver mi cara de vinagre—. Elsa me ha dicho que la reunión estaba a punto de acabar, no creo que tarde en salir.
—De acuerdo, gracias… —respondí agradecido—. Tampoco es que tenga prisa.
El gesto de la chica venía a decir: Pues por la cara que pones, parece que la tienes.
Pero mi cara avinagrada no la causaba la tardanza.
La causaba algo que no terminaba de cuadrarme.
Y lo que no me cuadraba era Nata.
¿Qué leches tenía ella que ver con Sofi y con Andrés?
Hice memoria y recordé que fue ella la primera a la que descubrí con la marca en el cuello. Fue durante el verano. Y que yo supiera, Elsa y Nata se habían reencontrado en ese verano después de mucho tiempo de no hablarse. No podía haber sido Andrés el que se las hiciera.
¿O esa era otra de sus mentiras?
La pista podía radicar en el hecho de que Nata viniera a buscarla a la oficina últimamente. Con toda seguridad se iban las tres con Andrés a algún sitio a hacer sus porquerías y por eso Elsa volvía tarde a casa últimamente.
Pero había algo más: el coche oscuro. ¿Qué pintaba ese coche en todo aquel manojo de emociones y nervios que era yo en ese momento? Yo conocía el todoterreno de Andrés y no guardaba ningún parecido con aquel coche oscuro.
Me estaba volviendo loco de darle vueltas a estos asuntos, pero no me dio tiempo a seguir pensando. Elsa apareció en ese instante y, tras darnos un beso, nos despedimos de la chica de recepción y nos fuimos hacia el parking.
—Alegra esa cara, chiquitín —me dijo Elsa mientras esperábamos el ascensor—. Que solo me he retrasado quince minutos, no es para tanto…
La miré de soslayo con media sonrisa, aunque no creí haber disimulado lo suficiente.
Hablamos poco durante el camino a casa. En parte porque yo no me encontraba de humor, como había detectado mi novia. Y en parte porque Elsa no dejó de chatear en el móvil durante todo el trayecto.
Tras aparcar en el garaje de nuestro edificio, le pedí que subiera a casa por delante.
—Voy a recoger un paquete de leche del trastero, creo recordar que no nos queda arriba.
—Vale, yo voy preparando la cena.
La vi desaparecer por la puerta hacia la escalera y resoplé, totalmente convencido de lo que iba a hacer.
Había mentido a Elsa. Por supuesto.
Aunque solo a medias.
Del trastero recogí un paquete de seis cartones de leche. Pero también recuperé el bate de beisbol. El primero lo subí a casa con la intención de dejarlo en un armario de la cocina.
El segundo lo escondí en el maletero del Volvo.
Lo iba a necesitar más pronto que tarde.
*
Al llegar a casa, me encontré a Mery y Amy con la maleta en el recibidor.
No se quedaban a cenar. El jet lag estaba matando a Mery de cansancio y se moría por irse a la cama.
Amy insistía, pero Mery se negaba deshaciéndose en halagos por nuestra generosidad.
Y por mucho que lo intentamos no hubo manera de convencerla.
Mientras se despedían, Mery nos comentó sus planes en pocas palabras: tras la ruptura con Loren, su vida en España lejos de la familia ya no tenía sentido. Así que se volvían para Estados Unidos y no pensaban volver. Como mucho de vacaciones.
Eso, además, ayudaría a relanzar la relación entre Amy y su novio, en pausa por culpa de la distancia.
«Pobre chaval», me dije. A Amy le gustaban demasiado los hombres.
Sobre todo los maduritos. Y el pobre era un yogurín que no sabía por dónde le daba el aire.
El tener una novia tan exuberante era un problema para un pipiolo como él.
Porque la chica iba a tener moscardones a su alrededor a docenas —un vecino, un profesor, el padre de una amiga…
— y, a sabiendas de lo que le gustaba un buen rabo, más de uno de aquellos se la iba a follar sin miramientos.
Bastante si alguno no la dejaba preñada por fallo técnico.
No me cambiaba por él.
Aunque con Elsa yo ya tenía lo mío, que tampoco era de despreciar, salvando las distancias
Minutos más tarde, después de las miles de frases de agradecimiento de Mery con su lengua de trapo, nos despedimos de ella y de su hija con un abrazo y dos besos. Los de Amy fueron de lo más casto, como se les besa a unos tíos.
Porque ¿qué éramos nosotros para ella, al fin y al cabo?: tía Elsa y tío Sergio, por supuesto. Y quien dijera otra cosa, mentía.
Dos lagrimitas colgaban de los ojos de la jovencita cuando decía adiós con la mano antes de que se cerrara la puerta del ascensor.
Y a mí no me hubiera importado haberle dado un repaso de despedida. A la madre, quiero decir, que ese día estaba como un tren.
En una habitación. Y a solas.
Una cosa tenía que reconocerle a Loren: el muy capullo tenía buen gusto.