¿Otro tatuaje?
Al día siguiente me desperté con escrúpulos por lo sucedido la noche anterior. Faltaban poco más que horas para que Amy se fuera y, después de lo ocurrido, casi que lo deseaba, tanta era la vergüenza que sentía por mi comportamiento con la chiquilla.
Por eso esa mañana madrugué más de lo habitual y me escapé al trabajo antes de que Amy despertara.
Dejando a Elsa tirada.
—Tengo una reunión muy temprano con un cliente —le mentí a mi novia, ya vestido, mientras ella aún ronroneaba bajo las sábanas—. ¿Te importa si no te espero para llevarte a la oficina?
—No pasa nada, nos vemos a la noche —bisbiseó.
—¿A la noche? —me extrañé—. ¿No nos vemos en la comida?
—No, hoy no puedo —respondió con un bostezo—. No voy a comer, así ahorro una hora y salgo antes, he quedado con una amiga para ir de compras.
—¿Otra vez de compras?
—Ya ves…
Imaginé que esa amiga sería Nata, pero lo callé. Era un secreto de Elsa que conocía y que en algún momento intentaría aclarar, pero sin darle pistas de que andaba a la caza.
Por la tarde, después del trabajo, no me atreví a volver a casa de inmediato.
Mejor esperar a que Elsa hubiera vuelto porque, si de verdad había ido de compras, a buen seguro lo haría tarde.
Corría el riesgo de encontrarme a solas con Amy, sin saber qué decir.
O mucho peor: el riesgo de no poder contenerme y tirármela de nuevo sobre uno de los sofás del salón, con la necesidad de darle explicaciones a mi novia después por no haberme sujetado la polla.
Aproveché para quedar con amigos y me tomé una cerveza con ellos. Sobre las diez y media escribía un mensaje a Elsa.
SERGIO: Estoy con colegas en un bar. Has llegado ya a casa?
Mi novia respondió a los diez minutos.
ELSA: Sí, estoy llegando justo ahora.
SERGIO: Vale, no tardo entonces.
Sobre las once, al entrar en casa, me encontré con que Amy cenaba algo frugal en el salón mientras hacía un directo de Tiktok. Elsa se encontraba en el baño, recién duchada.
—¿Me dejas entrar? —pregunté con urgencia—. Me meo vivo…
—Pasa, estoy acabando —respondió—. Ya me he secado el pelo y solo me lo estoy cepillando.
Al entrar me extrañó su atuendo. Llevaba el albornoz sobre el cuerpo desnudo. Normal. Lo que me sorprendió, sin embargo, fue la toalla que le rodeaba el cuello. Si ya se había secado el pelo, ¿para qué necesitaba la toalla? Mucho más sabiendo que para ello utilizaba el secador eléctrico.
Pasé por su espalda, para lo que tuvo que hacerme sitio, y algo más llamó mi atención. Mientras la sorteaba se había sujetado la toalla, como si no quisiera arriesgarse a que se le cayera.
La miré de soslayo mientras expulsaba las cuatro o cinco cervezas que me había bebido en el pub sin visitar el baño ni una sola vez. Solo entonces me decidí a hablar.
—¿Qué tal Amy? —pregunté para no parecer una estatua con el aparato entre las manos y el chorro haciendo ruido sobre el charquito del inodoro—. ¿Ha dicho algo de lo de anoche?
Me miró un instante, luego volvió la cara hacia el espejo sin dejar de cepillar su bonita melena.
—No, no ha dicho nada… —respondió—. La verdad es que no he notado ningún cambio en ella por lo que pasó. La he visto tranquila y cariñosa, como siempre. Solo me ha comentado algo sobre el notable que ha sacado en un examen y me ha pedido que le preparara un sándwich.
—¿No la has notado más cariñosa de lo normal? —me interesé.
—No sé… solo lo normal, creo…
—Vale, mejor así… —respiré aliviado.
—¿Qué te esperabas? —preguntó sonriente—. ¿Encontrártela enfervorecida y pidiéndote a gritos que la volvieras a empalar, que la habías vuelto loca de placer anoche…?
Sonreí sin ganas.
—No, más bien lo contrario —respondí sin ganas de guasa—.
Que estuviese de morros y enfadada por haberla montado una trampa entre los dos.
Tú apareces como el hada madrina del cuento, la tranquilizas, la relajas con la polla de Loren y, cuando está confiada, aparezco yo y la empotro sin misericordia.
Menudo papelón, una encerrona en toda regla.
—Bah, no fue para tanto… —replicó—. Ya la viste al final, feliz y encima agradecida. La dejaste satisfecha, puedes sentirte orgulloso… ja, ja, ja…
—La «dejamos», querida —resalté la palabra—. Porque te recuerdo que nos la follamos entre los dos.
Giró la cabeza y me miró, chistosa.
—Bueno, acepto que yo también me la follé con el dildo, pero el que se puso en plan amo dominante fuiste tú, no lo olvides: «si te duele, te jodes, por puta…», y esas bobadas que habrás sacado de una peli porno. Ja, ja, ja…
—Bah, son cosas que se dicen cuando se está cachondo —me justifiqué—. Tú sabes que yo no soy así.
Elsa soltó una fuerte carcajada que debió de llegar hasta el salón.
—Eso creía antes, pero ahora ya no estoy tan segura…
Me recoloqué los pantalones, lo justo para salir del baño a ponerme ropa de casa, y la rodeé por la espalda. Intenté besarla en el cuello al pasar, apartándole la melena, pero me esquivó.
—Anda, zalamero… —se excusó por la cobra que acababa de hacerme—. Que no dejas que me peine.
No me pareció tan raro. Son cosas de chicas, me dije. El pelo de Elsa era como su tesoro y no permitía que se lo tocaran demasiado.
Pero enseguida noté algo diferente.
Cuando pasaba por su lado, la toalla se movió unos centímetros, empujada por la melena que en ese momento hacía un movimiento ondulado a causa del cepillo.
Y entonces la vi.
Un hormigueo me recorrió el estómago.
¡Era una marca en el cuello!
Una marca que señalaba unos centímetros la piel de Elsa por detrás, aunque daba la impresión de que rodeaba el cuello por completo.
Lo había disimulado con maquillaje color piel, pero el trozo que pude ver había quedado a medio cubrir.
Quizá por estar en la parte de atrás, donde no podía verse bien en el espejo.
¡Joder!
Un recuerdo vino a mi cabeza al instante. Sofía en el ascensor. Una marca parecida que intentaba disimular con un jersey de cuello alto a pesar de que estaba pasando calor. Recordé haber pensado en si sería un tatuaje o producto de un sexo apasionado.
¡Espera! Un nuevo recuerdo.
Sofía no era la única que llevaba una marca.
Una imagen se formó ante mis ojos. Era Nata en su habitación del palacete, el día en que entró al baño y casi nos liamos después de besarla.
Comencé a rayarme. Las tres mujeres componían un triángulo extraño. ¿Qué tenían en común Elsa, Nata y Sofía, que les llevara a tener todas una marca en el cuello?
Elsa era el punto en común, ya que mi novia era amiga de las dos.
Pero ¿Nata y Sofía? Que yo supiera, ellas no se conocían, aunque mi alcance sobre las relaciones de Elsa no es que fuera muy fiable en los últimos tiempos.
Desde que había aparecido Loren, nuestra relación se había convertido en un caos.
Quizá las había presentado y ahora eran un trío de amigas.
Cuando descubrí que Nata y Elsa quedaban al salir de la oficina, y bastante a menudo, había decidido investigar a qué se debía esta súbita camaradería después de tanto tiempo sin verse. Aunque también había decidido que lo haría sin prisa.
Pero esto de ahora ya era demasiado. Y no aceptaba demoras. La curiosidad, y el mal cuerpo que se me había quedado por el nuevo misterio de Elsa, me empujaba a acelerar mis averiguaciones.
Esa noche, antes de quedarme dormido, me había hecho el propósito de aclarar el misterio cuanto antes. Y tracé un pequeño plan para conseguirlo.
*
No tardé en dar el primer paso, a pesar de que tenía otras mil cosas en qué pensar. Una de ellas, la más peliaguda, era la partida de Amy. Al día siguiente, su madre volvía de Estados Unidos y se pasaría por casa a recoger a la hija.
Habíamos quedado citados por la tarde para despedirnos.
Mery quería agradecernos lo que habíamos hecho por ella y había aceptado quedarse a cenar los cuatro juntos.
Sabíamos que intentaría que aceptáramos una cantidad de dinero en concepto de hospedaje y manutención de su hija.
Elsa y yo nos habíamos hecho el firme propósito de rechazarlo.
Así que sobre las seis tenía que subir a la oficina de mi novia para recogerla y volver juntos a casa.
Sería sobre esa hora cuando despedía a un cliente con quien había tomado un refrigerio en la cafetería del edificio y me encontraba en el hall de ascensores de la planta baja.
Esperaba que alguno se detuviera con intención de ir hacia arriba, entre la marea de empleados que en ese momento circulaban en dirección contraria, abandonando sus trabajos hasta el día siguiente.
Solo dos mujeres, rondando la cuarentena, esperaban detrás de mí. Ambas cotorreaban sin parar, riendo cada una los comentarios de la otra. La mayoría de ellos picantes.
El ascensor no llegaba —a pesar de los seis del edificio—, y las chicas rajaban sin descanso, como si nadie las pudiera escuchar.
—¿Y qué me dices de Sofi? —soltó de pronto una de ellas, elevando el tono para ser entendida por encima del rumor de los que salían en tropel de los ascensores.
—¿Lo de la marca?
Joder, me dije, al tiempo que un escalofrío me ponía la carne de gallina.
«Sofías» —o Sofis— podría haber muchas en un edificio tan inmenso como aquél.
Pero una Sofi con una marca era ya mucha casualidad.
Si alguna de ellas mencionaba el cuello, no me quedaría duda de quien era la chica de la que hablaban.
Afiné el oído para escuchar lo que decían, rogando porque ningún ascensor apareciera y cortara la confidencia.
—Si, lo de la marca en el cuello…
¡Bingo! Había dado en el clavo: hablaban de la amiga de Elsa.
Me giré unos grados para que mi oído apuntara hacia ellas. El murmullo del hall en ese momento era infernal.
—Pues yo tengo una teoría —dijo una de ellas, la que tenía una nariz de loro que la confería un aspecto de cotilla de libro.
—¿Una teoría? —preguntó la otra con risita boba.
—Sí, una teoría… —se hizo querer la «loro».
—Venga, habla, que me tienes en ascuas…