Muchos peces, pero solo una Amy #3
—No la muerdas, hija de tu madre… —le advertí a la chavala y luego les di una orden a las dos—: No os quedéis quietas, coño… besaos… comeros la puta boca…
Elsa soltó una risa baja, de esas que se escapan sin permiso, y Amy se contagió con ella. Durante un segundo los tres nos reímos en aquella cama sin ningún motivo.
Luego acataron mi orden y sus lenguas se enzarzaron en una pelea de hembras. El chapoteo de sus salivas se sincronizaba con el del sonido de mis muslos chocando contra el culo de la chica.
«Plas… plas… plas…».
—Dame más… dame más… —gemía Amy con la lengua de Elsa dentro de su boca.
Le sujeté de las tetas para tener un punto de apoyo, una en cada mano, y mi penetración creció hasta una escala de brutalidad absoluta.
—Toma, zorra… Toma, hostias… ¿te duele…?
—Un… poco… síiii… —dijo Amy.
—Para… para… —intervino Elsa—. No la hagas daño…
—No, no pares… quiero más… quiero más… —protestó Amy.
—Que se joda… —repliqué yo—. Si le duele que apechugue, eso le pasa por puta…
Elsa me fulminó con la mirada pero yo le enfrenté la mía y le di una orden.
—Calla y cómele la boca, joder…
Amy arqueó la espalda contra mi pecho y se hizo el silencio en la habitación, al menos el de las palabras. El sonido de nuestros cuerpos iban subiendo de volumen.
—Aaah… aaah… dioooos… —gemía Amy pegada a Elsa, que la sujetaba por la cadera con una mano y con la otra le acariciaba la cara, apartándole el pelo húmedo de la frente.
—Estás preciosa —le dijo Elsa al oído, y sonó tan sincero que por un momento me distraje mirándola.
—Ojalá… —respondió Amy, incapaz de articular nada más complejo.
—Lo estás —susurró Elsa, y volvió a besarla.
Yo entraba y salía de Amy con un ritmo desbocado, guiado por el sonido de los tres cuerpos y por los suspiros que Amy ya no intentaba reprimir. Sus caderas iban al encuentro de las mías con una desesperación que lo decía todo.
—Sergio… —volvió a llamarme.
—Dime… —jadeé en su oído.
—No pares. Por favor no pares…
—Tranquila, no paro…
—Me voy a… correr… no pares…
—Córrete… vamos… córrete —la animé—. Yo te cuido…
Elsa la besó en la comisura de los labios, en la mejilla, en el párpado. Amy tenía los ojos cerrados con fuerza y los puños apretados en la sábana.
—Ya… —susurró—. Ya, ya, ya… me corro… me corrrooo…
*
Lo que siguió duró casi dos minutos. Amy se corría aferrada a Elsa, con la espalda contra mi pecho, temblando de una manera descontrolada.
Elsa la sujetaba y murmuraba cosas que no llegaba a oír del todo, palabras pequeñas, tranquilizadoras, que salían de una boca que yo creía conocer y que aquella noche me descubría algo nuevo.
Cuando Amy terminó, se quedó inmóvil. Respiraba con esfuerzo, los ojos aún cerrados.
—Joder… —fue lo único que dijo. Jadeaba sin casi poder respirar.
—Sí, joder… —convino Elsa, sonriéndome mientras yo abandonaba el vaivén.
Seguía dentro de la chica, pero quieto ahora, esperando a que Amy recuperara el aliento. Elsa me miró por encima de su hombro. Una mirada que era muchas cosas a la vez y ninguna un reproche.
—¿Y tú? —me preguntó.
—Yo puedo esperar…
—No tienes por qué.
Amy abrió los ojos y giró ligeramente la cabeza para mirarme.
—Sigue —dijo con una voz que sonaba a alguien que acaba de aterrizar desde muy lejos—. En serio. Sigue. Por mí no te preocupes…
—¿Segura?
—Sergio. —Me miró con esa expresión suya de no entender por qué los adultos complican las cosas simples—. Sigue…
Así que seguí.
Seguí hasta el punto de no retorno.
Cuando noté que un calor insoportable subía desde mis testículos, me salí de ella y salté de la cama. Tiraba de Amy de un brazo y la saqué de debajo de las sábanas sin contemplaciones. Después la puse de rodillas en el suelo.
—¿Qué haces? —preguntó Elsa saltando de la cama detrás de nosotros.
—¿Tú que crees? —le dije apretando los dientes para no correrme.
Amy se revolvió un instante.
—Espera, Sergio, espera… no… ya sabes que no me gusta demasiado…
—Calla, joder… el otro día en el sofá decías lo contrario.
—No era verdad, solo para que no pararas… Sergio… por favor…
—Que te calles, coño… —le dije sin contemplaciones arreándole una bofetada. Luego miré a mi novia y le di una orden—: Y tú agárrale la puta cabeza, que deje de moverse, hostias…
Elsa me miraba alucinada. No me conocía en ese rol de castigador. Ni siquiera yo me reconocía. Era el calentón que me producía la chavala lo que me volvía así. Al final mi novia bajó la mirada y me obedeció, sujetando a Amy por el pelo.
—Te mereces estoy mucho más… por puta… —le solté con los dientes apretados, sabiendo que iba a correrme sin remedio.
La chica, sabiendo que no había solución, apretó los ojos y los labios y se preparó para recibir los latigazos de semen. Estos no tardaron en llegar.
Me pajeaba a una velocidad de vértigo.
Cada sacudida era un calambrazo de placer y un chorro de leche surcaba la cara de Amy dibujando formas abstractas sobre su rostro y su pelo. Uno en la nariz, dos en los ojos, varios sobre los labios, uno en el pelo, otro en el cuello… Y los últimos estertores sobre las tetas.
Cuando la tormenta amainó, sujeté personalmente a Amy del pelo y me dediqué a dibujar figuras sobre su cara con el glande.
—Abre la boca, Amy —la conminé.
—No quiero… —se resistía, apretando los labios.
—Me importa una mierda lo que quieras… —me oí decir sin saber de dónde venía mi voz—. Abre la puta boca…
Le sacudí una nueva bofetada —ligera, mínima, de las que no hacen daño, pero que sugieren que mejor no negarse— y Amy abrió la boca por fin.
Jugué entonces a recoger grumos de semen de su cara e introducirlos en su boca.
Ella jugaba a chuparlos, pero no los tragaba, tan solo fingía saborearlos y luego los escupía por la barbilla, cayéndole en una cascada de babas sobre las núbiles tetas.
Elsa me miraba alucinada hasta que el espectáculo terminó. Nunca me hubiera imaginado portándome como un cerdo con otra mujer como ahora lo hacía con Amy. Mayor de edad, pero con una mayoría recién estrenada.
Después recogió el pijama y los bóxer del suelo y me los entregó.
—Vamos —ordenó—. Deja a Amy en paz, ya la has tenido como querías, ¿no? —luego miró a la chica y le preguntó—. ¿Estás bien?
Amy se había puesto en pie y se limpiaba la cara con una toalla que Elsa debía de haber colocado a mano para este momento.
—Genial… Muy bien… —aceptó con un movimiento de cabeza—. Gracias…
—No tienes por qué darlas, como mucho que te las dé Sergio.
—Gracias… ha sido maravilloso… —acepté sin ambages con una caricia sobre su mejilla.
—Pues ahora todos a dormir… —sentenció Elsa—. Y tú date una ducha antes, Sergio te ha puesto perdida.
—Sí, ahora mismo me voy al baño… —sentenció Amy, buscando su ropa sobre la cama y en el suelo.
Minutos después, cada uno en su cuarto y dentro de la cama, el silencio invadió la casa.
No había nada más que decir ni que hacer. Me sentía genial. Me había vuelto a follar a Amy, después de desearlo durante tanto tiempo.
Todo se había cumplido. O eso me creía.
No habrían pasado ni cinco minutos cuando noté a Elsa meterse bajo las sábanas.
—¿Elsa? —pregunté extrañado.
—Ssshhh… —me mandó callar mientras tiraba de mi pantalón del pijama—. Vosotros habéis tenido vuestro jueguecito. Ahora me toca a mí. No te resistas… Y bajito, que no se despierte Amy…
Lo que siguió fue una hora de sexo tranquilo. Silencioso. Después, ya vacío para varios días, me dormí plácidamente.