Mentiras y cuernos 3 Muchos peces, pero solo una Amy #2
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Muchos peces, pero solo una Amy #2

Elsa estaba en la cama.

No de pie junto a Amy, no sentada en el borde. «En la cama», literalmente. Se había tumbado de costado bajo las sábanas, de frente a la chavala, las dos bocas muy cerca entre sí. ¿Se estaban besando?, me pregunté. ¿O solo se tocaban por debajo de las sábanas?

Estas habían descendido lo suficiente como para que pudiera ver los hombros desnudos de ambas. El resto se intuía: el brazo de Elsa rodeando la cintura de la chiquilla, las manos perdidas bajo la tela de su camisón.

Amy tenía los ojos cerrados y arqueó el cuello ligeramente hacia atrás. Elsa acababa de acariciarle un lugar sensible, imaginé. Mi novia le respiraba en los labios entreabiertos en ese momento y Amy se dejaba hacer. De su garganta salían esos sonidos que había estado escuchando desde la cama.

Desde mi posición las miraba tocarse sin mover un músculo. Ni aunque lo hubiese intentado habría podido conseguirlo. Una fuerza superior a mí me lo impedía.

Así vi como Elsa besaba el cuello de Amy. Despacio, sin prisa, como si llevara así toda la noche y pudiera seguir hasta el amanecer.

—Hummm… aaaahhhh… —gemía bajito la chiquilla con los ojos apretados.

—Ssshhh… —murmuraba Elsa entre beso y beso—. Tranquila, cielo. Así… Abre las piernas un poco más… así, muy bien…

Mientras, yo me imaginaba mil cosas.

Pero cualquier cosa que imaginase, por fuerte que fuera, debía de ser muy inferior a la realidad de lo que pasaba entre los dos cuerpos femeninos bajo la ropa.

Sentía el corazón latirme en las sienes. Y en los testículos.

Llevaba semanas conviviendo con un calentón permanente, con duchas frías, con pajas furtivas, con los huevos a punto de estallar.

Y ahora resulta que Elsa —la misma Elsa que me había reprendido con el dedo como a un niño malo, la misma que me había vetado a Amy invocando el maldito reglamento de la pareja abierta— estaba en la cama con ella haciéndole lo que a mí me había prohibido terminantemente.

Pero no conseguía enfurecerme.

Tan solo encenderme como una antorcha, despacio pero sin pausa.

Amy giró ligeramente la cabeza y abrió los ojos. Me descubrió en el umbral y en lugar de asustarse me sostuvo la mirada dos o tres segundos con una expresión de gata satisfecha. Luego los volvió a cerrar y movió la cabeza hacia adelante, buscando la boca de Elsa.

—Elsa… —susurró—. Sigue… no pares…

Mi novia no necesitó más órdenes. Una de sus manos se movió bajo el camisón, y Amy respondió tensando todos los músculos del cuerpo.

—Aaaaaaah… —escapó entre sus labios.

—Ssshhh… —volvió a decir Elsa, esta vez con una media sonrisa que pude ver de perfil.

*

Me pregunté cuánto tiempo llevaban así. Y si Elsa sabía que yo estaba mirando. La respuesta era clara: mi novia me había llamado con un mensaje, con toda seguridad sabía que estaría ya allí, aunque en ningún momento había dado a entender que me hubiera visto llegar.

Al menos hasta ese instante. Porque cuando giró la mirada hacia la puerta, amplió su sonrisa y acompañó el movimiento con otro de asentimiento.

Era una señal.

«Ahora.»

Había llegado mi momento.

Me bajé el pantalón del pijama. Sin pensarlo, sin decidirlo, como si lo hiciera otra persona. Los bóxer también. Los dejé en el suelo del cuarto, junto a la puerta. Y avancé decidido hacia la cama, pajeando mi polla para ponerla a punto.

Elsa me acompañó con la mirada y no dijo nada.

No era la mirada de la mujer que me había fulminado en el salón la noche en que nos descubrió a Amy y a mí haciendo porquerías, ni la del pasillo cuando me había pillado disparando semen sobre la chavala.

Era otra cosa. Una mezcla que no supe identificar del todo: curiosidad, excitación, y algo parecido a un reto.

—¿Qué haces aquí? —pregunté en voz baja.

—Allanándote el camino —respondió—. Anda, entra en ese lado de la cama.

Me había señalado el espacio de colchón que quedaba detrás de Amy. Afortunadamente la cama era de matrimonio, en otro caso habríamos quedado amontonados.

—Sitúate detrás de Amy y pégate a ella.

—Voy…

Hablábamos delante de la chica como si ella no estuviera.

Y Amy se nos quedó mirando en silencio. Luego bajó la vista a lo que yo tenía entre las piernas —tenso, duro, sin posibilidad de disimulo— y tragó saliva. Después estiró un brazo hacia mí como una invitación.

—Ven… —dijo simplemente.

Me senté a su espalda y retiré las sábanas de un manotazo. Luego le subí el camisón hasta el ombligo. Elsa, al otro lado, se encontraba casi desnuda. El sujetador seguía puesto, pero las bragas habían desaparecido en algún momento y no se veían por ninguna parte.

Justo en ese instante, mi novia retiró lo que había estado manejando entre las piernas de la chica: una de las pollas postizas de Loren, la más pequeña afortunadamente.

—Joder… —jadeé, entendiendo ahora a qué se debía el run-run bajito que sonaba de fondo.

—Sí, joder, uffff… —replicó Amy con un largo suspiro, mirándome de reojo—. Esa cosa casi me mata…

Puse una mano en la cadera de Amy. Su piel tenía esa temperatura de quien lleva un rato encendido por dentro. Luego la acaricié entre las piernas. Su coño se encontraba completamente abierto. Y muy húmedo. Aquella polla artificial me había hecho la mitad del trabajo.

—¿Estás bien? —le pregunté al oído.

—Muy bien —respondió en un murmullo de niña buena—. Te esperaba… necesito sentir dentro la piel caliente, no ese plástico helado…

No lo dudé más, me metí en la cama y me aproximé a ella. La dejé tocarme la piedra que le arrimaba al trasero y volvió a suspirar.

—Uffff…. qué dura la tienes…

Elsa le sujetó la mejilla para girarle la cara hacia ella, y volvieron a besarse.

Yo las veía desde detrás, a escasos centímetros, las bocas entrelazadas, la lengua de Elsa explorando la de Amy con una paciencia que no le había visto nunca conmigo.

Amy respondía con suavidad al principio y luego con ganas, con deseo, dejándose sujetar la cara con las dos manos.

Pasé la mano desde la entrepierna al muslo. Amy los separó ligeramente.

—Sergio… —murmuró mi novia contra la boca de la chica.

—Dime… —jadeé cachondo perdido.

Elsa me miró por encima del hombro de Amy.

—Despacio —me dijo—. No la hagas daño…

Sentí ganas de reír, pero me contuve. ¿Cómo decirle que ya había introducido mi polla en aquel cuerpecillo y que no había tenido queja alguna por parte de su dueña? Mejor callarlo, la chavala tampoco se lo habría dicho, estaba seguro.

—¿Me estás dando instrucciones? —le pregunté, sin poder evitar la ironía.

—Por supuesto —respondió sin ningún complejo—. Despacio. Y ponte un condón, ¿has traído?

—Sí —respondí rasgando un sobre y colocándome una goma ante la atenta mirada de la chavala.

—Vale, pues adelante… fóllala con cariño…

No respondí, lo que ya de por sí era una respuesta.

Me acerqué más a la espalda de Amy, encajando mi cuerpo con el suyo por la espalda. Ella echó las caderas hacia atrás buscándome, un movimiento instintivo, animal.

—Pufff… —resopló cuando notó mi contacto.

—Tranquila —le dije al oído, imitando a Elsa.

—No estoy nerviosa… —replicó con media sonrisa que pude intuir más que ver—. Estoy muy caliente. No hagas caso a tu novia… métemela sin miedo…

Me coloqué entre sus piernas y por debajo.

Elsa le sujetaba el muslo superior, elevándolo para hacerme espacio y poder penetrarla desde atrás.

Mientras, la besaba en el cuello, y le bajaba un tirante de la camiseta y le babeaba las tetas deslizando los labios hacia abajo. Amy tenía los ojos cerrados y jadeaba.

Cuando entré en ella lo hice despacio, como me había ordenado Elsa. Mi polla se deslizó como un cuchillo caliente en la mantequilla hasta que tocó fondo. El rabo de goma de Loren me había abierto el camino.

El vello de mis huevos hacía cosquillas en el perineo de la chica.

—Aaaahhh… —soltó Amy con un suspiro largo, y terminó apoyando la frente en la de mi novia.

—¿Qué tal, Amy? —murmuró Elsa—. ¿Bien?

—Sí… —consiguió decir la chiquilla—. Sí, muy bien…

Me quedé quieto unos segundos dejando que Amy se acostumbrara.

Que las paredes de su vagina se amoldaran a la forma de mi polla.

Era demencial saber que estaba dentro de ella.

Lo había deseado tanto que no podía creerlo.

Luego empecé a moverme, con un ritmo constante.

Lento al principio, acelerando después. Elsa respondió sincronizándose con mi vaivén, empujando sus caderas contra el vientre de Amy cada vez que yo la empujaba desde atrás.

Notaba varios dedos de mi novia explorando el orificio trasero de Amy.

Nos la estábamos follando entre los dos.

Y la chica se dejaba hacer, entregada.

Al cabo, Elsa le tiró hacia arriba del camisón y se lo sacó por los brazos. Amy los levantó para ayudarla y cuando volvió a bajarlos los puso alrededor del cuello de mi novia para atraerla y besarla. Esta vez el beso fue más urgente. Con hambre.

—Dios mío… —murmuró Elsa contra su boca.

—¿Qué…? —preguntó Amy.

—Nada. Que estás muy caliente. La boca te arde…

—Es por vosotros dos… —respondió la chica, y noté que sonreía aunque no podía verle la cara—. Os quiero mucho…

Elsa se quitó el sujetador con un solo movimiento y lo dejó caer.

Amy extendió una mano y la buscó a tientas.

Cuando la encontró la atrajo hacia sí. Las dos se abrazaron frente a frente y yo seguía por detrás, moviéndome, notando todo lo que ocurría entre ellas a través del cuerpo de Amy, que funcionaba como un conductor perfecto de cada sacudida, de cada espasmo.

—Sergio… —murmuró Amy con un jadeo.

—Dime…

—Más fuerte, por favor….

Elsa me miró por encima del hombro de la chica. Ya no me decía «despacio». Era su forma de darme carta blanca.

Aumenté el ritmo. Mucho. Con brutalidad. La empotraba literalmente.

—¡Fóllala…!, ¡Fóllala…! —me animaba Elsa al oír gemir a Amy con aquellas embestidas.

La chavala dejó escapar un jadeo que se convirtió en gemido y que intentó sofocar mordiendo el hombro de Elsa.

—Auuuu… —gimió mi novia.