Mentiras y cuernos 3 Muchos peces, pero solo una Amy
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Muchos peces, pero solo una Amy

Nos acostamos tras la cena y un par de capítulos de una serie de Netflix. Amy se quedó en el salón con la excusa de ver algo que solo le apetecía a ella. Mientras estuvimos juntos, no pude parar de mirar a la chavala. La comparaba con mi secretaria y no tenía claro a cual prefería de las dos.

«Olvídate de Amy y liga con Sonia», había insistido Elsa. Pero ahora me parecía una bobada. Las dos eran muy diferentes. Ninguna era mejor que la otra, ambas espléndidas a su manera. ¿Por qué tener que elegir? ¿Por qué no tirarme a las dos?

—Antes no te he dicho la verdad —le solté a bocajarro tras terminar de leer el correo pendiente en el móvil—. No he estado con un cliente. He tomado una copa con Sonia.

Mi novia cambió el rictus. Un segundo antes, serio, chateando por wasap para variar, y ahora sonriente.

—¿Y qué tal? —preguntó soltando el móvil y volviéndose hacia mí con gesto divertido—. ¿Has decidido ligar con ella?

—Pues sí… —asentí—. He pensado que al menos podría intentarlo.

—¿Y…?

Iba a decirle la verdad, que la muy zorra me había puesto cachondo como a un perro y que sabía que la tenía a tiro, pero me detuve a tiempo. ¿Por qué ser sincero? ¿Qué abogado ha ganado algo yendo con la verdad por delante?

—Nada, no creo que pueda sacarle ni un morreo… —mentí con expresión de fracaso—. Te juro que la he entrado a saco, pero es que la tía es de las difíciles.

—Vaya… —Puso morritos de pena—. Qué mala suerte…

—Ya… —repliqué forzando mi vena dramática—. Está claro que yo no soy como tú, que ligas sin necesidad de esforzarte. A mí me cuesta mucho…

—Sí, ya veo… —me concedió.

La tenía cuadrada en varas, como un torero, era el momento de entrar a matar.

—Por eso no entiendo por qué no me dejas hacérmelo con Amy. Con ella no tendría problemas, al menos. No te imaginas lo que me estuvo haciendo mientras tu dormías…

Suspiró con gesto serio.

—Sí, sí que me lo imagino —dijo y me quedé helado.

—¿No me fastidies que la viste?

Volvió a suspirar.

—Pues sí que os vi, sí… —respondió con malas pulgas—. No todo, pero lo suficiente.

Me incorporé en la cama y me giré hacia ella.

—Pues entonces verías que era ella la que me atacaba… —me planté—. Elsa, por dios, tienes que dejar que me la folle. Es lo único que te pido… Si de verdad somos una pareja abierta, no me lo puedes negar.

Me cogió una mano y me la acarició. Un calambrazo recorrió mis testículos. ¿Se estaba ablandando?

Cuando volvió a hablar tras una pausa, pude comprobar que, en efecto, se había hablandado algo, aunque no del todo.

—Mira, cari, no te prometo nada. Tan solo que me lo pensaré. Solo eso…

Era mi oportunidad, se me había abierto de piernas.

—Pues piénsalo pronto, cielo, que la chica se nos va en pocos días —la presioné—. No te vayas a eternizar.

*

La mañana siguiente, cuando menos me lo esperaba, me entró una llamada de Lucy en el móvil. Hacía tiempo que no hablábamos y así se lo dije.

—Hola, Lucy —saludé tras descolgar—. Cuánto tiempo…

—Sí, eso, «cuánto tiempo» —respondió irónica—. Pero si no te llamo yo, no hablamos nunca. Porque tu pasas de mí…

—Tienes razón, lo siento —admití—. Es que ando a tope con el trabajo y no encuentro un hueco nunca.

—Ya, qué bien que está el trabajo para echarle la culpa de todo —se quejó—. Pero ya podías ponerme en tu agenda, así no te olvidabas de llamarme.

No tenía ni idea de por qué me llamaba la prima de Elsa, últimamente nos veíamos muy poco. Y era por eso que ni se me pasaba por la cabeza darle un toque de teléfono.

Habíamos tenido un verano movidito, con la escena en la habitación del palacete, en la que casi nos pilla su novio Alberto mientras la besaba entre los muslos. Luego la había besado en los labios —los de arriba— mientras paseábamos una noche en plan parejita romántica.

A partir de ahí, nada.

Ni siquiera habíamos coincidido en la casa de los padres de Elsa.

Así que si me llamaba era motu proprio. Que yo supiera no había nada que pudiera haber quedado olvidado entre nosotros.

¿O quizá sí?

—Es una buena idea —bromeé—. Voy a abrir un proyecto con tu nombre y ahí anotaré todo lo necesario.

La oí suspirar al otro lado de la línea.

—¿Entonces no tienes nada que decirme?

Lo pensé un instante.

Luego otro.

Y de pronto un rayo iluminó mi memoria. Elsa me lo había recordado algunos días antes.

—Joder, Lucy… pues claro —salté con un toque de guasa—. Solo te estaba vacilando… ¡Feliz cumpleaños!

—Ja, ja, ja… —ironizó—. No disimules, que ni te acordabas. Si no te llamo yo, no me felicitas ni por wasap. Si tendrás morro…

El tono dulzón y servil de la prima de mi novia me calaba hondo. No podía evitarlo. Era tan agradable su forma de ser, sin mosquearse del todo por nada. Simulaba enfado a veces, pero en realidad no lo sentía.

Mientras hablaba con ella, le escribía un correo urgente a Sonia: ENVIA FLORES DE FORMA INMEDIATA a Lucía bla, bla, bla…

. Que las lleven a esta dirección: bla, bla, bla…

ya mismo, pagando el suplemento que haga falta.

Improvisa un mensaje de cumpleaños para «Lucy» de parte mía, es la prima de mi mujer.

—Entonces —le decía sin dejar de escribir—. ¿No te ha llegado una sorpresa de mi parte?

—¿Sorpresa? ¿Tuya? —se burló—. Ni me ha llegado ni la espero.

—Bueno, bueno… —continué disimulando, viendo a Sonia darme el ok con un pulgar en alto a través del ventanal del despacho—. Pues yo no te digo nada, no quiero hacer spoilers.

Sentí como Lucy suspiraba al otro lado de la línea.

—En fin… —dijo al cabo—. Que yo te llamaba justo por eso, porque vamos a celebrar mi cumpleaños en casa de tus suegros el sábado de la semana que viene. Y no me gustaría que faltaras.

No entendí por qué me hablaba en singular.

Lo normal era que hubiera incluido a Elsa usando el plural.

«Faltarais». Me inquietaba la forma de hablar de mi casi prima, quien estaba a punto de casarse para formar uno de los mayores imperios económicos del país.

Con Alberto, primo de Elsa, un tipo que me caía como el culo.

—Por supuesto que no «faltaremos»… —resalté el plural para corregirla—. Y lo celebraremos por todo lo alto. Me pienso emborrachar en tu nombre, dos veces si hace falta…

—Vale, genial —no conseguía que su tono se volviera más alegre, por más bromas que le hiciera—. A ver si ahora consigo que mi suegro no vaya… Y así será la felicidad completa.

Vaya por dios, pues sí que estaba en plan fúnebre la buena de Lucy.

—Venga, mujer, anímate… —la conminé—. Y celébralo esta noche con Alberto, él seguro que sabe cómo hacerlo.

Le había hablado con segundas, y ella lo pilló al vuelo.

—Ya me gustaría a mí —respondió—. Que me lo hiciera celebrar como dios manda…

No supe que responder a eso. Era claro su mensaje: mi novio hace tiempo que no me pone las manos encima. Y, menos, «otras cosas».

—Bueno, te dejo… —dijo al fin tras un silencio prolongado—. Nos vemos la semana que viene. Chao.

—Chao, pásatelo bien…

Tras colgar, me quedé mirando al móvil sin entender gran cosa. Lo único que entendía es que Lucy era una buena chica y que Alberto no la merecía.

Y me sentaba fatal que la misma Elsa la tuviera inquina, cuando se notaba que la chavala era un pedazo de pan. Demasiado arroz para tan poco pollo, sabiendo que el «pollo» era el tontaina de Alberto.

En fin, en unos días la tendría frente a frente y podría sacar mayor información de lo que le pasaba para estar tan de bajón. Alguna de sus naderías, supuse, nada que no hubiera ocurrido antes y que al final se le pasaría.

Quizá esa misma mañana al recibir mis flores.

*

Por la tarde volví a casa con la mosca tras la oreja. El asunto de Amy se había quedado en el aire y Elsa no decía nada. Pero no me atreví ni a mencionarlo. Tenía miedo de que se rompiera la magia, antes incluso de hacer acto de presencia. Y esa noche no pasó nada.

Al día siguiente tampoco pasó nada. Y volví a callar. Más nervioso por momentos.

Pero por la noche las cosas cambiaron.

Me desperté poco después de las tres, con la desorientación que deja el despertar desde un sueño profundo. Estiré el brazo de forma instintiva. La cama estaba fría en el lado de mi novia. Palpé el hueco con la mano. Las sábanas también. Elsa llevaba un rato fuera de ella.

No le di mayor importancia. El cuarto de baño, la cocina, alguna de esas escapadas nocturnas que hacía Elsa sin dar explicaciones. Crucé los brazos sobre el abdomen y cerré los ojos dispuesto a dormirme de nuevo.

Y entonces los oí.

Eran tan leves que al principio los confundí con el tráfico lejano, con el viento, con cualquier cosa. Pero cuando me incorporé sobre un codo y aguanté la respiración, no me quedó margen para la duda.

Gemidos. Quedos, intermitentes, con ese ritmo particular que no se parece a ningún otro.

Provenían del cuarto de invitados.

Me quedé un momento sentado en el borde de la cama, sin moverme, procesando lo que escuchaba sin poder creerlo. El corazón me latía a un ritmo distinto al de unos segundos antes.

Iba a ponerme en pie cuando mi móvil se iluminó sobre la mesilla. No hizo ningún ruido porque su sonido se deshabilita por las noches de forma automática. Pero supe que acababa de entrar un mensaje.

Lo ignoré por un instante.

Pero enseguida decidí lo contrario. Me picaba la curiosidad.

Desbloqueé el aparato con la huella dactilar y comprobé que el mensaje provenía de Elsa. «Qué raro —me dije—. ¿Desde dónde me escribe?»

Abrí wasap y entré directamente en mi chat con ella. Lo que leí me dejó de piedra.

ELSA: Vente a la habitación de Amy. Trae condones.

Lancé el móvil sobre la cama y a toda prisa rebusqué en un cajón de la mesilla.

Me puse en pie y descalzo salí al pasillo sin encender ninguna luz.

La puerta del cuarto de invitados estaba entornada, con un hilo de claridad filtrándose por el hueco.

La lámpara de la mesilla, supuse. Caminé con cuidado de no pisar las tablas que crujían —las conocía todas de memoria después de andar por la casa como un ladrón en los últimos tiempos— y me detuve a un palmo de la puerta.

La empujé con dos dedos, muy despacio.

Lo que vi me dejó paralizado en el umbral.