Mentiras y cuernos 3 Muchos peces en el mar #3
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Muchos peces en el mar #3

Me miró. Y en esa mirada había algo que no era enfado ni rechazo ni incomodidad. Era otra cosa. Algo que reconocí perfectamente porque lo había visto antes, en otros ojos, en otras situaciones parecidas a esta.

Había deseo. Puro y duro.

—Porque… nada —dijo, y bebió.

Sonreí y levanté una mano para llamar al camarero. Pedimos lo mismo y esperamos a que nos sirvieran para volver a la conversación. Si esa noche Elsa no me dejaba follarla, iba a tener que hacerme más de una paja a la salud de Sonia para bajar el subidón de testosterona que llevaba encima.

*

—Sonia —le dije tras la pausa.

—¿Qué?

—¿Cuánto tiempo llevas casada?

Le cambió ligeramente la expresión. No esperaba esa pregunta.

—Ocho años —respondió.

—¿Y… qué tal…?

—Bien… —titubeó.

—¿Solo bien?

—Muy bien —corrigió, con un punto de énfasis que sonó a inseguridad.

—Vale —dije—. «Muy bien».

Nos quedamos en silencio de nuevo. El local estaba medio vacío. Alguien había puesto algo suave de fondo, jazz tranquilo, de ese que no molesta.

—¿Y tú? —dijo ella de pronto.

—¿Yo qué?

—Tu pareja. Elsa. ¿Bien?

—Muy bien —dije, imitando su tono.

Se rio otra vez. Esta vez más abierta.

—Menudo par… —murmuró.

—Sí… —admití con guasa y decidí darle una de cal—. Los dos con ganas y ninguno se atreve…

—¡Eh… eh…! —soltó fingiendo enfado—. Que yo no tengo ganas de nada…

—Era broma, mujer…

—Sí, sí… tú lo sueltas y a ver qué pasa… como todos…

—Qué va, yo no soy como todos… —negué—. Soy abogado, ¿recuerdas?

Sonia se echó a reír.

Cuando acabó su risa, me miró de frente. Con esa mezcla de cautela y algo más que llevaba toda la noche escondiendo detrás de las respuestas cortas.

—Esto no va a ningún lado, Sergio —dijo, pero lo dijo sin dureza—. Mejor que nos vayamos para casa. Cada uno a la suya…

—Ya lo sé… —confirmé, aunque si no iba a ninguna parte era porque yo había decidido alargar los momentos. Follármela así, tan de sopetón, habría sido como encender una cerilla y verla consumirse en pocos segundos. Me apetecía ir despacio. Degustarla.

Pidió la cuenta y pagamos a medias. No me dejó invitarla de ninguna de las maneras. Un gesto de independencia pequeño, pero significativo. Salimos a la calle. La noche estaba templada, pero ella cruzó los brazos sobre el pecho de forma casi automática, como protegiéndose de algo que no era el frío.

—Te llevo a casa —dije.

—No hace falta —respondió, antes de mirar alrededor a la búsqueda de un taxi.

—Soniaaa… —alargué la vocal para reprenderla.

Suspiró.

—Está bien… Vale… —aceptó tras dudarlo un instante—. Pero las manos quietas, Sergio, te lo ruego…

Reí encendido. «Anda que si te pongo las manos encima te ibas tú a quejar, zorrita», pensé.

—Por supuesto —acepté.

En el coche apenas hablamos. Puse música suave y ella miró por la ventanilla. Pero no había incomodidad. Era más bien el silencio de dos personas que han tenido una conversación que no ha terminado del todo.

Ni loco iba a dejar escapar una oportunidad semejante.

No ese día. Pero no mucho más tarde.

Aquella mujer se me iba a poner de rodillas y me iba a bajar la cremallera del pantalón o me dejaría de llamar Sergio.

Elsa tenía razón: Sonia estaba a tiro, vaya si lo estaba.

Lo de vestirse con aquellas medias de puta, había sido toda una señal.

Y una casualidad del destino que ocurriera al mismo tiempo en que mi novia me empujaba hacia ella.

Cuando paré frente a su portal, se desabrochó el cinturón y se giró hacia mí.

—Buenas noches, jefe —se despidió con una sonrisa.

—Buenas noches, secretaria —respondí y reímos los dos.

Abrió la puerta. Dudó un segundo, con un pie ya fuera del coche.

—Gracias… Ha sido... muy agradable —dijo sin mirarme.

—Mucho —respondí, sintiendo mi entrepierna removerse bajo el pantalón al tiempo que ella se estiraba la falda por detrás, sin evitar que volviera a verle el encaje de las medias sobre los muslos.

Cerró la puerta sin más y entró al portal sin girarse. La vi desaparecer.

Arranqué con una sonrisa que no me podía quitar de la cara.

«Elsa», pensé mientras conducía hacia casa, «esta vez sí llevabas razón. Sonia es un polvo seguro.»

No había pasado nada. Todavía.

Pero iba a pasar.

Me tuve que recolocar la entrepierna para no sentirme incómodo al conducir.

*

En casa, Elsa y Amy estaban terminando de poner la mesa cuando entré. Olía a algo con tomate y ajo. La boca se me hizo agua.

—Ya era hora —dijo Elsa echándome los brazos al cuello en el recibidor—. ¿Dónde has estado?

—Tomando algo con un cliente —respondí quitándome la chaqueta.

Amy me miró desde la cocina y no dijo nada. Le guiñé un ojo sin que Elsa me viera y ella bajó la mirada con una media sonrisa.

—Venga, cámbiate de ropa y vente a cenar —ordenó mi novia—. Que se enfría.

Desaparecí unos segundos, pero enseguida volví con ellas.

Mientras Elsa servía y Amy ponía el pan en la mesa, pensé en las costuras de unas medias a medio muslo y en el silencio de cuatro segundos que valía más que cualquier respuesta.

Amy estaba frente a mí.

Pero había más peces en el mar, como había dicho Elsa.

Y Sonia había picado el anzuelo que le había lanzado. Aunque no lo supiera todavía.