Muchos peces en el mar #2
Lo dijo sin sonreír, pero había algo en sus ojos que no era exactamente la seriedad de la oficina. Me recosté en el respaldo del taburete y la miré con calma.
—Puedo ayudarte a satisfacerla, si quieres.
—Ya. —Dejó el vaso sobre la barra—. ¿Y de qué manera ibas a hacer eso?
—Depende de lo que quieras saber.
—Uyyyy... —Ahora sí sonrió, pero fue una sonrisa pequeña, controlada—. Qué misterioso, no te imaginaba yo así fuera de tu despacho.
—¿Y cómo me imaginabas, si puede saberse?
—Pues muy… ¿abogado?
Solté una carcajada.
—¿Y los abogados no somos misteriosos?
—Ni un poco… —replicó divertida, parecía que entraba al juego—. Se os ve venir a la legua.
—Bueno, pues soy abogado, qué se le va a hacer —volví al inicio—. Y aquí estoy para satisfacer tu curiosidad. Pregunta y te respondo.
—Muy bien. —Se giró hacia mí en el taburete y cruzó las piernas. La falda subió un poco y el encaje quedó a la vista, mostrando algunos centímetros de piel que me helaron la sangre—. ¿Por qué yo?
—¿Por qué tú, qué? —me hice el interesante.
—La copa. ¿Por qué me la propones a mí? Hay muchas más chicas en la oficina. Algunas muy facilonas.
Tragué saliva, tal vez tenía que pedirle la lista de las «facilonas», no tenía ni idea de quienes eran. Gajes de la fidelidad.
—Porque me apetece estar contigo —respondí, inocente—. Fuera de la oficina. Sin expedientes de por medio. ¿Qué hay de malo?
—No, no hay nada de malo… —No parecía convencida del todo, pero tampoco incómoda—. Pero ¿eso es todo? No será que…
Se cortó y tuve que empujarla para que lo soltara.
—Que… ¿qué?
—Pues eso. Que después de que te prestara mis bragas, a lo mejor quieres que haya algo más —me lo estaba pasando genial, aunque íbamos muy despacio, al menos para mi gusto.
—Si fuera eso, te lo habría dicho antes, ¿no? Para que esperar meses…
Se quedó callada un momento. Le dio otro sorbo al gin-tonic.
—Estás casado —dijo—. Es un poco raro…
—Tengo pareja —la corregí—. No es lo mismo.
—Para el caso… —se defendió.
—Para el caso, no. Vivir con alguien no es lo mismo que estar casado. Hay matices.
—Qué convenientes los matices, ¿no? —dijo con su sonrisa creciente.
—Son importantes, sí…
Me miró de lado, como valorando algo.
—Y tu «pareja», Elsa, ¿no?… —resaltó la palabra—. ¿Sabe que estás aquí?
Dudé medio segundo. Lo justo.
—Elsa, eso es… Y sabe que he salido a tomar algo, por supuesto.
—Pero no con quién… ¿o sí?
—No, es cierto… no sabe con quién… —admití. Podría haberle dado una disertación sobre nuestro acuerdo de pareja abierta, pero no era el momento. El hecho de estar haciendo algo prohibido le daba más morbo a la situación. No solo a mí, también a ella, estaba seguro.
Asintió despacio, como si eso le confirmara algo que ya sabía.
—Mira, Sergio —dijo en un tono que seguía siendo tranquilo—. Eres mi jefe. Llevamos tiempo trabajando bien juntos. No quiero que esto se complique.
—Nadie ha dicho que vaya a complicarse —puntualicé.
—Estas cosas siempre se complican —advirtió. Y dejaba claro que «estas cosas» éramos nosotros dos escondidos en un pub mientras nuestras parejas nos esperaban en casa.
—¿Estas cosas? —repetí para pincharla—. ¿Qué cosas? Estamos tomando una copa… nada más.
—Sí. —Sonrió abiertamente por primera vez—. Y tú llevas veinte minutos mirándome las piernas.
Me había pillado, así que no lo negué.
—Es que son muy bonitas, sobre todo con esas medias… —dije, confirmando que me gustaban—. Y tú hace mucho que no las enseñas. ¿Por qué hoy?
Se echó a reír. Una risa breve, casi a su pesar.
—Podría decir que no te importa… —murmuró abanicándose con una mano, se diría que cierto ardor la estaba calentando por dentro—. Pero te diré que quería sentirme guapa. ¿No tengo derecho?
—Todo el del mundo —la concedí—. Y, además, te diré que lo has conseguido.
Tragó saliva y se llevó el vaso a los labios para disimular su turbación.
—Quizá por eso me he decidido a invitarte a una copa… —continué—. Para decirte lo guapa que estás.
Volvió a callar y a beber. Se había puesto super colorada.
—Es un cumplido, no te enfadarás, ¿no? —quise quitarle hierro al momento.
—Lo sé, no me enfado... —Recuperó la compostura, pero la sonrisa seguía rondándole los labios—. Al contrario, te lo agradezco. Pero eso no cambia nada.
—¿El qué tendría que cambiar? —enarqué una ceja y puse mi sonrisa de medio lado, la que tanto gustaba a las mujeres según Elsa.
—Lo que estás pensando —respondió sin dejar de sonreír.
En ese momento me fijé en sus labios. No lo había hecho hasta entonces, y no supe por qué ahora sí.
Se los había pintado de una forma diferente, mucho más brillantes, más rojos, como intentando resaltar algo que en horas de trabajo intentaba disimular: aquella sonrisa que mataba si te la dedicaba a ti.
—¿Y qué estoy pensando? —dije tras una pausa, cachondo como un perro. Aquella conversación estaba resultando de lo más excitante. Si antes me parecía lenta, ahora no quería que se acabara ni por todo el oro del mundo.
Me miró fijamente a los ojos.
—Estás pensando… cosas que no van a pasar, Sergio.
—Eso tú no lo sabes… Nunca digas nunca…
—Sí que lo sé, Sergio… —afirmó muy firme esta vez.
—¿Seguro?
—Seguro.
Le di un trago a la cerveza sin apartar los ojos de ella.
—¿Y si te dijera que esta mañana, cuando te has agachado sobre la mesa, he visto las costuras de tus medias? Y que me han vuelto del revés… Y que al verlas ahora de nuevo me están matando…
No se inmutó. O casi no se inmutó. Hubo algo, una fracción de segundo, en la forma en que sus ojos se abrieron ligeramente.
—¿Y…? —dijo, y supe que no hubiera podido decir nada más aunque lo hubiera intentado. Estaba tan caliente como yo.
—Pues que no llevas pantis normales. Que son medias de verdad, de las que se sujetan al muslo. De las que me gustan.
Una pausa.
—¿Y qué tiene eso de particular? —preguntó. Su voz era serena pero había bajado un tono, casi imperceptiblemente. Estaba a un tris de tirar la toalla.
—Que no es lo que llevas normalmente en la oficina.
—A lo mejor me apetecía cambiar.
—A lo mejor —repliqué—. O a lo mejor te apetecía lucir diferente… por alguna razón especial…
Cogió el gin-tonic. Lo sostuvo sin beberlo.
—Qué imaginación tienes —dijo mirando al techo y poniendo los ojos en blanco.
Divagaba. La tenía a mi merced. Aunque decidí que no entraría a matar de inmediato. Que la dejaría cocerse en su propia salsa unos días, antes de llevarla a un hotel y quitarle las bragas. Con los dientes, si hacía falta.
—Es mi trabajo. Interpretar lo que veo.
—Pues en este caso, te has equivocado de interpretación —intentó cortarme—. Lo siento…
—¿Me he equivocado? —repetí, sabiendo que no lo había hecho ni por un milímetro.
—Completamente.
—Entonces, si me he equivocado… ¿por qué no me dices que me calle y punto?
Silencio. No largo. Cuatro o cinco segundos. Pero silencio.
—Porque… —dijo al fin— eres mi jefe y tengo que ser educada.
Sonreí con malicia.
Tenía las de ganar.
Me la iba a follar con todas las de la ley. Y me iba a dar las gracias cuando la dejara desecha sobre la cama.
—No me lo creo. —Me incliné ligeramente hacia ella—. Porque si de verdad te molestara esta conversación, ya te habrías ido. Y sigues aquí.
Otra pausa. Más corta esta vez.
—Sigo aquí porque el gin-tonic no está terminado.
—Claro.
«Y porque te gusta que te vacilen», pensé. «Y porque te gusta hacerte de rogar antes de que te bajen las bragas. Pero a mí no me la das.»
—Y porque soy una persona civilizada —reafirmó.
—Por supuesto… —la estaba vacilando sin remordimientos.
«Y porque te has puesto calentita», volví a pensar. «Tanto que estarías dispuesta a lo que fuera ahora mismo. Pero te vas a ir a casa con el calentón. Ya te pillaré y vas a pedirme por favor que te dé más fuerte.»
—Y porque...
Se interrumpió.
—¿Por qué…? —la animé, riéndome por dentro.