Mentiras y cuernos 3 Muchos peces en el mar
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Muchos peces en el mar

La resaca de aquella noche duró un par de días. Pero yo seguía queriendo follarme a Amy. Le quedaba poco tiempo en casa y era posible que no volviera a verla. Si no me la tiraba ya, nunca me lo iba a perdonar. Estaba seguro de que desaparecería de mi vida en cuanto saliera por la puerta.

Y, aprovechando que entre Elsa y yo las cosas iban bien por el sexo de la noche anterior, decidí volver a la cuestión, aunque sin ir directo al grano esta vez.

—¿Qué tal estás? —le dije mientras cenábamos en la cocina, aprovechando que Amy se había hecho un sándwich y se había ido al salón a ver algo en la tele.

—Yo bien —respondió—. ¿Y tú?

—A mí aún me tiemblan las piernas de… ya sabes… lo de anoche.

Elsa sonrió libidinosa. Luego me acercó la cara y depositó un piquito en mis labios.

—¿Ves cómo llevaba razón? —replicó—. El sexo con otros nos une más, no nos separa. ¿Te das cuenta?

Suspiré largamente. En el fondo estaba en lo cierto.

El salir con otras personas nos unía de alguna manera.

Aunque si no fuera tan oscura la forma en que ella se iba con sus «amiguitos», mejor que mejor.

No sé, al menos un «oye, cariño, esta tarde no me esperes a cenar, he quedado con un amigo para que me la meta bien», o algo así, ¿no?

Incluso de una forma tan cruda sería mejor que hacerlo por la espalda.

Y más en esos tiempos en que se suponía que tenía prohibido el sexo por la promesa que me había hecho a raíz de lo del barco.

—Sí, te doy la razón —admití, sin querer entrar en más discusión—. Aunque…

Se resistió a entrar en la trampa lingüística, pero al final lo hizo.

—Aunque… ¿qué?

—Pues… —decidí que tenía que descararme con ella—. Pues eso… Que sigo con ganas de hacérmelo con Amy. Lo siento, pero no se me quita de la cabeza. Y sé que a ella también le apetece… Ya viste como se estremecía cuando la bañé anoche…

Elsa bebió de su vaso con la mirada fija en mis ojos.

Cuando lo bajó, su sonrisa era irónica, aunque no amistosa.

—No sé qué te ha dado con esa chica… —dijo—. Con la cantidad de tías que hay en el mundo.

—Pero, cari, no entiendo por qué no me dejas que me la tire. ¿A ti que más te da?

—Mira —su gesto era tranquilo—. No pienso discutir eso otra vez. Que estés caliente por culpa de la chiquilla, te lo admito. Pero de follártela, nada, ya está hablado.

—Joder, Elsa… —protesté.

—A ver, cari… —me cogió de una mano—. ¿Por qué no te desfogas con otra? Hay muchos peces en el mar. A ver, déjame pensar… Ah, ya lo tengo… casi lo había olvidado.

Una pausa.

—¿Quién? —pregunté expectante.

—Sonia, tu secretaria… Es un tema que lo hablamos en el barco… Creo que ha llegado el momento…

—¿¡Cómo…!? —exclamé alarmado. Claro que recordaba que lo habíamos hablado, pero pensé que la había convencido de descartar el asunto.

—Pues eso… —se reafirmó—. ¿No te parece un buen polvo? La verdad, te lo digo en serio, la tía está bastante buena. Me gusta hasta a mí.

No era por defender a Sonia, pero aquel polvo era más que improbable.

—No me vaciles, Elsa, por lo que más quieras. Además, ya te he dicho que Sonia es una mujer felizmente casada… y muy decente.

—Sí, sí… «decente» —se burló—. Pero la muy puta no se cortó un pelo para levantarse la falda y enseñarte las bragas. Y luego quitárselas para prestártelas.

—Ya, pero desde entonces casi ni nos miramos cuando trabajamos juntos. Así de jodida se quedó nuestra relación.

—No te preocupes —insistió—, en cuanto te la chupe una vez, se le pasará la tontería.

Se miraba las uñas con un gesto de guasa que me ponía de los nervios.

Y mientras ella sonreía pícara, mi imaginación volaba hacia mi despacho.

Tal vez no era tan mala idea.

Podría intentar algo con Sonia.

Si salía bien, genial.

Si no, al menos lo habría intentado.

No estaba convencido del todo, pero la semilla estaba plantada.

Lo que fuera con tal de desengancharme de Amy.

Y del fuego que la chavala encendía dentro de mí. Lo mismo que una droga.

*

Esa noche, mientras me masturbaba en la cama —Elsa no había querido saber nada de mi calentura—, no dejé de pensar en mi secretaria. Le dediqué aquella solitaria paja y me propuse hacerle caso a mi novia. La entraría en cuanto se me pusiera a tiro y vería qué pasaba.

No tardó mucho en presentarse la oportunidad.

Justo al día siguiente.

Llevaba toda la mañana intentando concentrarme en el informe de uno de mis casos, cuando Sonia entró al despacho con una carpeta bajo el brazo.

—Estos son los contratos del cliente de ayer —dijo depositándolos sobre la mesa—. Necesitan tu firma en las últimas tres páginas.

—Ahora los miro —respondí sin mover la vista del ordenador.

De pronto noté algo extraño en ella.

Y entonces levanté la mirada.

Vaya si la levanté.

Porque Sonia no iba vestida como Sonia. O al menos no como la Sonia de todos los días, la de los pantalones de pinzas y las blusas discretas.

Desde que le había pedido prestadas las bragas, su atuendo había cambiado bastante, quizá para evitar malos entendidos.

Los vestidos y las faldas habían desaparecido de su vestuario, siendo reemplazados por traje de chaqueta con pantalones.

Pero la Sonia de ese día vestía diferente.

Llevaba una minifalda azul marino que se acababa a medio muslo y unos zapatos de tacón que la situaban varios centímetros por encima de su estatura habitual. Y la blusa, aunque correcta, dejaba adivinar unas formas que los trajes de chaqueta se encargaban de ocultar.

Me quedé mirándola como un idiota mientras ella hojeaba los contratos buscando las páginas de las firmas.

—Son estas —dijo señalando con el dedo—. Aquí, aquí y aquí.

Cogí el bolígrafo y firmé donde me indicaba. Y en ese momento, al agacharse para ver mejor la última página, la falda se le subió dos centímetros. Solo dos. Pero más que suficientes.

No eran «pantis» lo que había supuesto que eran pantis.

Eran medias.

De las de costura de encaje pegado al muslo.

De las que Elsa se ponía cuando se disfrazaba de putón.

Y que a mí me sorbían el seso. Y el sexo.

Se le veía el borde, justo donde terminaba el nylon y empezaba la piel, ese par de centímetros de muslo sin cubrir antes de que la falda volviera a tapar el resto.

Firmé el último papel sin saber lo que estaba firmando, mis ojos buscando ver algo más. No podía olvidar que ya había visto todo por debajo de la falda de Sonia, pero las medias cambiaban el contexto. Y el día de las bragas no llevaba medias.

Mi pantalón comenzó a crecer entre los muslos.

Sonia recogió los contratos, me dio los buenos días con una sonrisa profesional y se dirigió hacia la puerta.

La conversación de la noche anterior con Elsa me cruzó el cerebro como un rayo. «Te puedes tirar a otra, a tu secretaria, por ejemplo.»

Tenía que detenerla. La temperatura me había subido tanto que en ese momento me atrevía con todo. Y no me lo pensé dos veces.

—Sonia…

Se giró y se quedó a la espera.

—¿Sí?

—¿Tienes algo que hacer esta tarde? ¿Después del trabajo?

Levantó una ceja.

—¿Perdona…? —la noté tragar saliva.

—Te invito a una copa… —dije con toda la naturalidad que pude—. Quiero decir, si te apetece tomar algo. Conozco un sitio tranquilo cerca de aquí, de esos donde se puede charlar sin tener que gritar.

Me miró un segundo con una expresión que no supe leer del todo. Quizá de incredulidad. Nunca me había atrevido a sobrepasar los límites. Al menos no a entrarla a saco —lo de las bragas prestadas había sido otra cosa—. Y no debía de creerse que lo estuviera haciendo ahora.

—Tengo cosas que hacer, Sergio. —respondió—. Gracias de todas formas.

Y se fue.

«Bien», pensé cabreado. «La he cagado. Genial. Muy bien hecho, Sergio. ¿Y ahora qué? ¿Me denunciará a Recursos Humanos?»

Me giré hacia el ordenador y llevaba cinco minutos mirando la misma línea del informe sin entenderla cuando llamaron a la puerta.

—Adelante —pronuncié de manera automática.

Era Sonia. De nuevo. Por alguna razón había respetado el protocolo formal para entrar al despacho, cosa que no solía hacer. Algo tramaba.

—Oye —dijo apoyándose en el marco con una mano, mientras con la otra sujetaba la manilla de la puerta—. Lo de la copa. Al final puedo.

La miré.

—¿Puedes?

—Una copa —puntualizó—. Solo una copa.

—Por supuesto, solo una copa —repetí.

Asintió con una seriedad que no le pegaba nada con la minifalda.

—A las siete si te parece —dijo—. No puedo llegar muy tarde a casa. Le he dicho a mi marido que voy a ir de compras con unas amigas.

—Perfecto, a las siete —respondí con deseos de saltar de la alegría. Había sacado una cita a la mujer más difícil de la oficina. O, al menos, entre las tres más difíciles.

Sonia se fue por segunda vez.

Y yo me quedé mirando la puerta cerrada.

«Elsa —me dije—, puede que tengas razón. Quizá deba olvidarme de Amy y tirarme a Sonia. Sería un lujazo follármela contra la pared a cachetazos en el culo. Menudo polvazo tiene la tía con esa faldita.»

*

El pub se llamaba The club y tenía la ventaja de ser oscuro, tranquilo entre semana y lo suficientemente alejado del centro como para no tropezarte a nadie conocido. Era perfecto.

Sonia me había estado esperando a la puerta del despacho desde las siete menos cinco, pero yo me hice de rogar hasta la hora acordada. Se había soltado el pelo, que siempre llevaba recogido en el trabajo, y la melena le caía sobre los hombros.

Estaba espectacular.

Pedimos. Ella un gin-tonic, yo una cerveza.

—Bueno —dijo cuando el camarero se alejó—. ¿A qué viene esto?

—¿A qué tiene que venir? —respondí—. Llevamos algunos años trabajando juntos y nunca hemos tomado nada fuera de la oficina. Me parecía raro.

—Llevamos algunos años trabajando juntos —repitió— y nunca habías propuesto nada parecido. Así que algo habrá.

Sonreí.

—Eres muy directa.

—Es que no me gusta perder el tiempo.

—Pues si eres tan directa —dije—, ¿por qué primero me dijiste que no y luego cambiaste de opinión?

Le dio un sorbo largo al gin-tonic. Me miró por encima del vaso.

—Curiosidad —dijo al fin.

—¿Curiosidad? —repetí.

—Eso he dicho.

—¿Y has satisfecho la curiosidad?

—Todavía no.