La vida con Amy #4
Los ojos que me vigilaban desde la puerta me observaron sin inmutarse durante varios segundos, antes de girarse y perderse en el pasillo. Me pregunté cuanto tiempo llevaría Elsa detrás de mí, y cuánto habría llegado a ver.
Todo, seguramente.
El escalofrío que me recorría el cuerpo me impidió moverme hasta que la sombra de mi novia desapareció. Después, y sin pensar en ninguna excusa —esta vez no había nada que pudiera justificarme—, la seguí, me puse el pijama y me metí en la cama a su lado.
Había cerrado la puerta del dormitorio detrás de mí.
Esperaba que eso amortiguaría el volumen de los gritos que se oirían desde el exterior.
*
Una vez dentro de la cama, me quedé como una estatua. Me había tumbado bocarriba y con los brazos pegados al cuerpo, lo más separado que había podido de mi novia.
Apretaba los ojos a la espera de su bronca.
Pero pasaban los segundos y ésta no llegaba.
Y cuando creía que Elsa se habría dormido, la sentí moverse en la cama y lanzarse sobre mí.
No me dio tiempo a reaccionar. Antes de darme cuenta, se me había subido encima, se había apropiado de mi cuello con su boca y me babeaba por entero. Con la mano derecha me había amarrado la polla y me la estrujaba con una pasión que no recordaba en ella.
Y entonces comenzó a soltar obscenidades entre jadeos, como si le faltara el aire.
—Joder… Sergio… mecagüenlaleche… que bueno estás… cacho cabrón…
Yo la dejaba hacer, relajándome para evitar que me hiciera daño.
—Elsa, por dios… —suspiré.
—Ni Elsa, ni hostias, te voy a follar hasta que te duela la polla… que lo sepas… —gimió mordiéndome la yugular.
En mi vida había visto a mi novia tan consumida por la pasión. Algunas de las blasfemias era la primera vez que se las oía.
Un conato de paja comenzó entre mis piernas, aunque iba a tenerlo difícil.
—Suputamadre… esa cabrona te ha dejado seco… pedazo de guarra… no me ha dejado nada la muy puta…
Expulsó hacia los pies la ropa de cama y tiró de mi pijama. En pocos segundos se introdujo mi polla en la boca y comenzó a chuparla a la desesperada.
—Por dios, que rica… —la oí jadear.
—Joder, Elsa, acabo de correrme y no me ha dado tiempo a lavarme… —le dije a modo de excusa, a sabiendas de que mi semen la mataba del asco.
—Me da igual… —suspiró enfebrecida—. Me da igual…
No tardó mi polla en ganar dureza. No era como para tirar cohetes, pero al menos podría penetrar un coño hirviendo, como imaginaba que estaría el suyo en ese momento.
Mi novia debió de pensar lo mismo que yo, porque abandonó la mamada, se quitó la ropa de un plumazo y se montó sobre mí. En menos que se tarda en contar, su coño se había enterrado sobre mi rabo y me cabalgaba enloquecida.
—Fóllame… fóllame… —suplicaba haciéndose una coleta con el pelo, mientras movía sus caderas sobre mí, haciendo que mi polla ganara en dureza a toda velocidad.
Me había aferrado a sus tetas y se las aplastaba, atrayéndola hacia mí y lamiendo una y otra por turnos.
—Así, así… —suspiraba—. Chúpamelas, cabrón… chúpamelas…
A pesar de que me había renacido el calentón, sentí una terrible vergüenza por el espectáculo que estábamos dando.
—Por dios, Elsa, no grites tanto que te va a escuchar Amy…
—Que le den a esa zorrita… —respondió despectiva—. Que sepa de quién eres…
Y siguió cabalgándome desesperada, mientras bajaba la cara y me comía la boca como si se la fueran a quitar.
—Sergio, por dios… —gimió tras unos minutos de acción desbocada—. Dame por detrás, por lo que más quieras…
Caliente como un volcán, me levanté de un salto y la puse en cuatro, se la metí sin miramientos y ella acusó el golpe con un gemido…
—Aahhh… me haces daño…
—Aguanta, aguanta… —repliqué follándola con ansia.
Elsa se agarraba al cabecero metálico de la cama y golpeaba con él la pared. A esas alturas, no solo Amy estaría al cabo de la calle de lo que pasaba en nuestro dormitorio, la mitad del vecindario se estaría dando cuenta también.
Cuando mi novia comenzó a correrse, el cuerpo se le desmadejó entre espasmos y se dejó vencer sobre la cama. No me resigné a dejarla escapar, me tumbé sobre ella, se la volví a enterrar de espaldas y seguí follándola con la intención de dejarle escocido el coño para una semana.
Por zorra.
Me había tenido a pan y agua durante semanas.
Tenía que recuperar el tiempo perdido.
Mientras me corría mordiéndola en el hombro para dejarla marcada con mi firma, sentí pasos a mi espalda. Unos pasos de pies desnudos. Giré la cabeza y descubrí a Amy que nos miraba desde el pasillo interior de la habitación.
Le hice una seña para que se fuera y no tardó en desaparecer.
Tras su marcha, di por finalizado el polvo y me dejé caer sobre Elsa, quien soportaba mi peso jadeando para recuperar la respiración.
Segundos más tarde, mientras me giraba a un lado dispuesto a recolocarme el pijama y dormir, Elsa me volvió a sorprender.
—¿Dónde te crees que vas…?
—No sé… ¿a dormir…?
—¡Y una mierda…! —me espetó—. ¡Ven para acá, cabronazo… aún no me has follado del todo…!
Aquella noche estallaron cohetes en nuestra habitación hasta las cuatro o las cinco de la mañana. Curiosamente, mi depósito de leche estuvo a la altura —no era lo habitual— y tardó en secarse.
Y, como Elsa pretendía, Amy debió de enterarse de quién era mi dueña. Cuando, ya exhausto, me dejó dormir, me alegré de que mi novia hubiera descargado su enfado con sexo.
Mucho más agradable que una pelea de pareja, me dije.
Y mucho más húmeda.
Mejor que una de esas broncas que podían hacer saltar vasos por encima de la cabeza.