Mentiras y cuernos 3 La vida con Amy #3
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La vida con Amy #3

—No, no… bésame, por favor… —reclamaba ella con descaro.

Mi polla hacía malabares dentro del pantalón del chándal intentando liberarse. Era tanta la presión en mis huevos que por un momento me había olvidado de Elsa.

Algo hizo, sin embargo, que volviera la cabeza asustado para comprobar que aún dormía: Amy había bajado su mano y me había amarrado el bulto por encima del pantalón.

—No, por dios, no… —la reprendí volviendo la cara hacia ella, pero vigilando a Elsa de reojo—. Es que no ves que nos puede pillar…

Volvió a ponerse un dedo en la boca para mandarme callar.

—Ssshhh… tú tranqui, déjame a mí…

Y siguió magreándome.

*

Luchando contra mi negativa, Amy apretaba mi erección como si quisiera estrangularla. Yo no hacía más que girar mis ojos hacia Elsa e intentar sujetar las manos de la chiquilla, sin conseguirlo.

Y ésta, sin avisar, dio un nuevo paso.

Tan cachondo me encontraba que no me había dado cuenta de que luchaba con la goma de mi pantalón de estar en casa hasta que de un tirón lo bajó lo suficiente como para que mi polla emergiera.

Se la veía ufana, orgullosa, el glande hinchado apuntando al techo, y parecía cimbrearse al ritmo de los latidos de mi corazón.

—¡Guau…! —resopló Amy excitada—. Es preciosa… tal y como la recordaba…

Había retirado la toalla para admirarla, mientras con la mano pecadora se apropiaba de mi polla y la acariciaba extasiada.

—Me muero por ella… —gemía superada.

Viendo que mis esfuerzos por detener a Amy eran infructuosos, no dejaba de mirar a una y a otra de forma alterna. A Elsa, para comprobar que aún dormía; a Amy, para alucinar con aquellos ojos que parecían ir a salírsele de las órbitas.

—Para, para… —la increpaba sin casi oponerme ya—. Se va a despertar, por diosss…

—Ssshhh… —fue de nuevo su respuesta con un dedo sobre los labios y una sonrisa pecadora.

Acto seguido me buscó de nuevo la boca y comenzó a besarme con ansia mientras sus manos me pajeaban con creciente energía: una acariciando el tronco y moviendo la piel, la otra amasando los huevos.

Me sentía incapaz de rebelarme. Tan solo vigilaba por el rabillo del ojo mientras observaba su pequeña mano manejar mi rabo, al tiempo que me dejaba lamer la boca y le sobaba las tetas con ansia.

—Nos va a pillar, joder, nos va a pillar… —me lamentaba, sin embargo.

—Ssshhh… —me mandaba callar de nuevo mientras me pajeaba, me besaba y sonreía con carita de zorra—. Dame esa lengüita, por favor…

La toalla acabó por vencerse ante el vaivén de la mano de Amy y tuve que agacharme a recogerla. Era la única forma de cubrirnos ante la potencial mirada de Elsa.

Rendido a Amy y a punto de correrme, me imaginaba la escena desde fuera. La chica volcada sobre mi —una pierna sobre las mías— sujetando mi polla con su pequeña mano y moviendo arriba y abajo la piel con peligro de romperla por la pasión con la que me masturbaba.

—Para, Amy, para… —casi sollozaba, imaginando que Elsa se despertaba y se montaba el lio padre.

Al cabo, la presión sobre mis huevos comenzó a subir de nivel. Poco a poco crecía tanto que se volvió insoportable.

Podría eyacular en cualquier momento.

Bastaba con perder la concentración por un segundo.

—Amy, niña… —le susurré al oído mientras la empujaba para separarla de mí, esta vez con mayor fuerza—. Voy a correrme… Déjame que me levanté que voy al baño a echar la leche…

—No, espera… —se resistió ella a liberarme—. Me la trago entera… ya no me da asco… Me ha enseñado Loren a hacerlo…

—Ni hablar… —la sujeté de la mano para que dejara de moverla—. Que se puede escapar algo y la liamos.

—Déjame, por favor, quiero demostrarte que puedo hacerlo…

Una pequeña lucha se desató entre los dos. Yo intentando que me soltara y que se separara de mí, ella buscando bajar la cabeza para introducirse el glande entre los labios.

Al final ganó ella y, agachando la cabeza, se colocó el pelo a un lado de la cabeza y se dispuso a mamar.

—No, niña, no… —suspiré, exhalando todo el aire de mis pulmones.

—Sí, por favor… —se resistió.

Bajó la piel de mi polla para dejar al aire el glande, húmedo y amoratado, y mirándome a los ojos con mirada de zorra pasó la lengua sobre él con lentitud, sabiendo que me mataba con tan solo el gesto.

No pude soportar el latigazo de placer que atravesó mis testículos.

—Mmmmhhhpfff…. —solté, tensando todo mi cuerpo y apretando los labios para no gritar.

El ronquido que se quedó en mi garganta, sin embargo, resonó aún sin llegar a escapar. Y, por supuesto, ocurrió lo que había temido desde el principio. Elsa se removió en su postura y comenzó a ronronear. Se estaba despertando.

Agarré del pelo a Amy y tiré de él con irritación, obligándola a soltarme y a alejarse. La chica, que se había dado cuenta de lo que pasaba, saltó hacia el extremo del sofá más alejado de mi novia. Pero su movimiento había sido muy exagerado y Elsa lo debió de notar mientras abría los ojos.

Yo me había subido los pantalones y me había cubierto con la toalla mientras mi novia parpadeaba haciéndose cargo de la situación. Aunque estoy seguro de que no llegó a ver nada, por fuerza había intuido que algo obsceno ocurría en aquel sillón.

—¿¡Qué coños pasa aquí!? —soltó con mala leche, incorporándose sobre el sillón.

—¿Pasar…? —respondí avergonzado—. Nada, cielo, ¿qué va a pasar…?

Nos miró a los dos por turnos. Yo intentaba cubrir mi erección con las manos por debajo de la toalla.

Amy, por su parte, se había puesto colorada como un tomate y fingía mirar a la televisión muy concentrada.

No podría, sin embargo, explicar qué hacía en nuestro sofá si mi novia se lo llegaba a preguntar.

Elsa se puso en pie tras unos instantes, dobló con parsimonia la manta de Iberia y la depositó sobre el brazo del sillón. No había perdido ni por un instante el gesto de desagrado que había esbozado desde el primer instante.

Y me miraba de forma acusadora.

—Me voy a la cama… —dijo cuando terminó con la manta—. ¡Y tú te vienes conmigo…! —añadió señalando a Amy con mala leche.

La chica se levantó sin rechistar y Elsa la sujetó por un brazo, tirando de ella. Antes de abandonar el salón miró hacia atrás y me lanzó una última mirada.

—¡Ya te vale…! —murmuró entre dientes.

*

Apagué la televisión un cuarto de hora más tarde. Podía haberlo hecho un minuto después de que se fueran las dos chicas —la película era para echarla a los perros—, pero decidí seguir viéndola y esperar hasta que el ánimo de mi novia se hubiera enfriado.

La casa se había quedado en completo silencio. Un silencio que sin duda precedía a la tormenta. Sabía que Elsa no se iba a guardar lo que tuviera que decirme. Tarde o temprano íbamos a tener una pelotera de las grandes.

Y yo tendría que darle la razón y callar. De ninguna de las maneras se creería que yo había intentado parar el ataque de Amy, sucumbiendo tan solo al final.

Caminé arrastrando los pies a lo largo del pasillo, todas las luces de la casa apagadas, y rezando para encontrar dormida a mi novia. Cuando iba a entrar en nuestro dormitorio, sin embargo, escuché los gemidos que procedían de la habitación de invitados.

Eran quedos, rítmicos y más que evidentes: los jadeos de una mujer a punto de correrse.

Me aproximé con sigilo hacia el origen de los suspiros y apliqué la oreja al hueco que quedaba entre la puerta y el marco. Los espasmos iban subiendo de nivel, haciendo que mi corazón se acelerara.

Sin ningún miramiento, empujé la puerta y me colé en la habitación. Concentrada en el placer, como se hallaba, estaba convencido de que Amy no se daría cuenta de que había entrado.

Me quedé a un par de metros de la cama, la escasa claridad que entraba desde la calle por entre las lamas de la persiana me bastaba para hacerme una idea de lo que ocurría bajo las sábanas.

Y así visualicé a Amy, que se hallaba girada hacia la pared, dándome la espalda, y pajeándose con una fiereza que estaba a punto de hacerla estallar.

Suspiré, cachondo perdido.

Y no pude resistirme.

Me bajé el pantalón y los bóxer hasta medio muslo y comencé a masturbarme junto a ella. Necesitaba acabar la faena que la jovencita había dejado a medias en el salón. Mi polla no había perdido del todo su dureza y en unos segundos consiguió llegar a su cénit.

«Suputamadre, me voy, me voy…», suspiré por el calentón sin dejar de meneármela.

Los gemidos de Amy se sincronizaban con los clic-clic líquidos de mi piel contra el presemen que cubría el glande. Y estaba seguro de que Amy tenía que estar escuchándolos.

No aguantaba más, estaba llegando al punto sin retorno.

Di un paso hacia la cama, me agaché para agarrar la sábana y tiré de ella.

Tal vez me sintió llegar o tal vez no. Pero siguió de espaldas y boca abajo, sin dejar de pajearse.

—Oooohhh… —gemía, a punto de correrse igualmente.

Cuando el primer disparo brotó de mi interior, hinqué la rodilla sobre la cama y acerqué mi polla a su cuerpo, consiguiendo que le cruzara un hombro. El resto de la corrida la fue tiñendo de blanco el pelo, la camiseta y el short del pijama.

Yo gruñía con cada disparo, enardecido, y descargaba mi semen sobre ella sumado a mi irritación por haberme formado un buen lio con Elsa.

—Ogggg… toma, zorra… ogggg… toma otro más… ¿Es esto lo que querías…? ¿Esto…? Pues toma, zorra… joder… hostia… ugggg… toma más…

Amy daba botes en la cama, sufriendo un espasmo cada vez que uno de mis disparos le alcanzaba en algún punto de la ropa o de la piel.

—Aaah-aaah-aaah… —gemía con cada sacudida de su cuerpo—. Aaaahhhh… Mmmmhhhfff…

Finalmente, mi corrida terminó. Me eché hacia atrás y volví a cubrirla con la sábana, antes de subirme los bóxer. Amy ni siquiera se había vuelto hacia mí.

—Espero que te haya gustado, zorrita… —dije a modo de despedida, antes de arrearle un cachetazo en el culo.

Me recoloqué los pantalones y me giré hacia la salida con ánimo de escapar del cuarto. Era hora de afrontar el problema con Elsa.

Antes de dar el primer paso me quedé petrificado.

Me daba cuenta demasiado tarde de que no me encontraba solo.