Mentiras y cuernos 3 La vida con Amy #2
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La vida con Amy #2

Crucé la puerta de entrada y saludé a la recepcionista, una mujer de mediana edad con la que tenía confianza por los frecuentes desayunos en el restaurante del edificio en compañía de Elsa.

—Hola, Raquel.

—Hola, Sergio, ¿todo bien?

—Sí, vengo a por Elsa. ¿Sabes si estará en su mesa?

—¿No la has llamado?

—No, quería darle una sorpresa.

Me extrañaba tanta pregunta, lo normal era que me diera paso a través del torno sin más. Y por ello supe que algo ocurría.

—Pues es que Elsa ya se ha ido… —replicó y confirmó mi sospecha.

—¿Tan pronto? —dije mirando el reloj de mi muñeca—. Pero si aún no es su hora…

—Ni idea… —respondió Raquel—. Lo único que sé es que ha venido una amiga a buscarla y que se han ido juntas. No hace ni dos minutos, habéis tenido que cruzaros en los ascensores.

La curiosidad había comenzado a picarme. ¿Quién sería aquella amiga?

—Gracias, guapa —repliqué girándome hacia la salida—. Voy a darme prisa a ver si la pillo abajo.

—Ok, chao… —oí que decía mientras empujaba la puerta hacia el hall.

Mientras esperaba al ascensor, marqué su número de teléfono en mi móvil. El mensaje de «apagado o fuera de cobertura» me descolocó. Debía de haberse quedado sin batería, en aquel edificio la cobertura era casi perfecta.

Tocaba seguirle los pasos si quería verla antes de que se fuera con su amiga.

Tuve suerte y cacé al vuelo uno que bajaba medio vacío; un par de minutos más tarde salía por la puerta del edificio.

Una vez en la calle, miré hacia todos lados, era posible que Elsa aún anduviera por allí.

Si había quedado con su amiga para ir de compras, era más que probable que estuvieran esperando a un taxi.

Eso, en el caso de que la amiga no la hubiera ido a buscar en coche.

De ser así, quizá podría localizarlas en el parking de visitas.

Di un par de pasos en diferentes direcciones. No era fácil buscar entre la gente, a esa hora muchos acababan la jornada laboral y copaban los caminos hacia el parking exterior o hacia el transporte público.

Tuve suerte, sin embargo, y al final las localicé.

La amiga, cosa que no me extrañó demasiado, era Nata.

Parecían esperar a que un coche las recogiera en la acera exterior junto al parking de visitas, seguramente un Uber, la plataforma preferida de Elsa.

Levanté una mano e iba a gritar a mi novia para llamar su atención, cuando el coche que esperaban apareció a gran velocidad, frenando a su lado con un chirrido de ruedas.

«Menuda prisa lleva el muy idiota —me dije—. Espero que Elsa le ponga una mala crítica en la app al muy capullo».

Eché a correr hacia ellas, me apetecía saludar a Nata. No me dio tiempo a llegar a su lado, sin embargo. Las dos amigas habían abierto la puerta de atrás y se habían subido al vehículo como si, igualmente, las persiguiera alguien.

Antes de que pudiera alcanzarlas, el coche arrancó con un nuevo chirrido de ruedas, dejándome en la estacada. El brazo que llevaba levantado para llamar su atención se me cayó sobre el costado.

Y entonces me fijé en el detalle.

La matrícula trasera del coche no era azul, sino blanca.

El coche no era un transporte público.

Ni taxi, ni Uber ni nada por el estilo.

Además, había algo…

Joder.

La sangre se me congeló al darme cuenta de que el vehículo no me era desconocido.

Se trataba de un coche de alta gama.

De color «oscuro».

Uno muy parecido al que había recogido a Elsa el fatídico viernes en que la había espiado junto a Sofía y Andrés.

«¡Suputamadre!», rezongué.

¿No era ese el coche de su supuesto amigo Jorge?, me dije. Imposible, me respondí al instante. Había visto el coche en que Jorge había ido a recogerla en una ocasión posterior y era rojo. Un rojo «chillón», para ser exactos.

Una de dos: o el tal Jorge tenía más de un coche, o —mucho más probable— aquel era otro de los misterios de Elsa.

Aunque «misterio» era un eufemismo para encubrir la palabra «MENTIRA».

Otro más de sus embustes.

*

Tras aquel descubrimiento, cabían varias opciones. La más directa era hablar con Elsa. Tal vez aquello tenía una inocente explicación y estaba haciendo una montaña de un grano de arena.

Otra opción era callar y observar.

Por supuesto, «observar» era también un eufemismo para evitar la palabra «ESPIAR».

Decidí lo segundo, bastante tenía por esos días con resistir la presión de Amy. La jovencita era mucha mujer como para que le arrebataran el puesto número uno entre mis preocupaciones.

Con sus pases por la casa casi sin ropa, la presión de Amy sobre mí no solo no descendía, sino que se multiplicaba por momentos.

Además, durante las cenas se las apañaba para sentarse a mi lado y jugar conmigo bajo la mesa.

Tan pronto me acariciaba una pierna con uno de sus pies enfundado en la media del uniforme —lo que le añadía morbo a su osadía—, como se agachaba para recoger la servilleta caída «por casualidad» y me rozaba la parte más impúdica que tuviera a su alcance.

¿De verdad mi novia no se enteraba de lo que la niña hacía todo el tiempo?

¿Tan inocente era?

No me cabía en la cabeza.

Abrasado por la calentura, cuando no aguantaba más, le pedía sexo a Elsa, cosa que solo a veces conseguía.

Masturbarme era algo que ya no me relajaba, casi prefería mantener las pelotas a rebosar que descargarme quirúrgicamente frente al lavabo.

Así que si Elsa no me concedía sus favores, me las apañaba para ir tirando con duchas frías.

Aquella situación tenía que explotar, estaba seguro.

Y al final se desmadró. Como era de esperar.

*

Esa noche nos habíamos acomodado en los sofás para ver una película de Netflix. Elsa y yo en el de enfrente a la televisión, y Amy en el perpendicular al nuestro.

La película, ganadora de no sé cuántos Globos de Oro, había resultado ser un pestiño y Elsa se había dormido hacia la mitad.

La escuchaba respirar suave utilizando como almohada un brazo del sofá, el más alejado de mi posición.

Con ternura, la tapé con la manta de Iberia que habíamos robado en algún viaje, y yo me cubrí con una toalla.

Me estaba quedando adormilado, cuando noté una presencia junto a mí. Giré la cabeza y descubrí que se trataba de Amy que acercaba sus labios a mi mejilla para darme un piquito con sus sonrosados labios.

Más sorprendido que enfadado, la esquivé y la miré fijamente.

—Pero… ¿qué haces? —susurré—. ¿No ves que te puede ver Elsa?

La chavala, sin inmutarse y con un dedo en los labios, me mandó callar.

—Ssshhh… —susurró—. Déjala dormir…

Se ubicó junto a mí —nuestros cuerpos tan cerca que su calor me quemaba— y nos cubrió a ambos con la toalla.

—Que no, joder, Amy, que no… —protesté—. Vete a tu sofá y estate quieta…

Ella se negó y se acurrucó junto a mí.

—Es que tengo mucho frío… —murmuró.

Al principio todo parecía ir bien, casi inocente. Amy se apretaba contra mí, su cabeza apoyada sobre mi hombro y sus manos rodeándome un brazo. Pero al instante comenzaron a cambiar las cosas.

Noté reptar una de las manos hasta que se posó en mi abdomen. Simulaba mirar a la pantalla muy interesada en la película, pero su expresión no había quien se la tragara.

«¿Qué coño quiere esta?», me pregunté.

Pregunta estúpida, por supuesto.

Acto seguido, elevó la mirada y la dirigió al rostro de Elsa, quien respiraba ligeramente, casi como un niño. Sin duda vigilaba su sueño.

Me pregunté cuál sería su siguiente movimiento y no tardé en salir de dudas. Se incorporó sobre el sillón y subió la mano desde el ombligo hasta posarla en mi cara para girármela hacia ella.

Al principio no pude resistirme al suave beso que posó con sus labios sobre los míos.

Pero al instante me revolví enfadado.

—Para, Amy… —la exigí con un murmullo—. Vale ya de jueguecitos…

Esquivé sus labios y miré de reojo hacia Elsa. Si nos pillaba en esa situación, se iba a armar la marimorena. Amy, sin embargo, aprovechó mi bajada de guardia. Se lanzó a mi cuello y comenzó a lamerlo con su húmeda lengua.

—Qué bien hueles, Sergio, hueles a hombre… —suspiró en mi oído.

No me dio tiempo a reaccionar, volvió a tomarme de la cara y a girarme la cabeza. En esta ocasión, el beso no fue tan suave. Su lengua reptó hasta entrar entre mis labios y se enganchó con la mía.

No pude resistirme esta vez y el morreo que prosiguió —suave, pero indecente— provocó un intercambio de saliva como para llenar un embalse.

Al cabo, más asustado que cachondo, volví de nuevo la mirada hacia Elsa. Mi novia aún dormía, pero movió los ojos y temí que fuera a abrirlos.

Empujé a Amy e intenté despegarla de mí.

—Para, para…

—Ssshhh… —replicó ella, sin ninguna intención de detenerse.

Con la mano pecadora me tomó una de las mías y se la llevó al escote de la camisa del uniforme, del que había desabrochado dos botones de más. No pude reprimir el apretón que le di a una de sus tetas mientras le mordía los labios. De su boca escapó un quejido…

—Mmmm… —protestó suave—. Cuidado, porfi, que me haces dañito…

Miré de nuevo a Elsa y esta vez me estremeció el movimiento de su cuello para adaptarlo al brazo del sillón. Se iba a despertar de un momento a otro y la íbamos a tener.

—¡Déjame en paz, te he dicho…! —murmuré levantándome del sillón y saliendo del salón a la carrera—. ¡Joder!

*

Necesitaba enfriarme, así que me dirigí a la cocina y me bebí dos vasos de agua de la nevera. Aterrorizado, esperaba ver aparecer a la chica y echárseme encima. Y no sabía cómo iba a reaccionar en ese caso.

Pero eso no ocurrió.

Afortunadamente.

Al cabo, decidí regresar al salón y comprobé que Amy se había vuelto a su sofá. Más tranquilo, me senté en mi sitio y volví a adormilarme con el tostón de película de fondo.

No había intercambiado con Amy ni la mínima mirada desde mi retorno.

Poco después —quizá segundos, no sabría decirlo—, me desperté al notar que Amy volvía a atacarme como antes de mi huida, la toalla cubriendo las maniobras sobre mi cuerpo.

—¡Qué bueno estás, Sergio…! —suspiraba dentro de mi boca mientras yo despertaba asustado—. Es que me pones de lo más perra…

—Para, para… —luchaba contra su deseo y el mío, sin apenas conseguirlo—. Te digo que te estés quieta…