Mentiras y cuernos 3 La vida con Amy
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La vida con Amy

No me equivocaba. El infierno se desató desde el primer minuto: Amy se dedicó a hacerme la vida insufrible revoloteando a mi alrededor.

Se paseaba por la casa con poca ropa, a veces con solo una toalla enrollada al cuerpo, recién salida de la ducha.

Le gustaba, además, ir descalza a todas partes, con aquellos pies infantiles de uñas coloreadas en un tono diferente cada día.

Otras veces, con unos calcetines tobilleros que hubieran hecho las delicias de los más fetichistas.

Eso, sin contar con las faldas del uniforme, siempre como recién planchadas y cada día más cortas, o las ausencias de sujetador bajo sus blusas semi transparentes. A veces le echaba la bronca por su descarado descoque, pero ella sonreía y se hacía la despistada.

—Si yo no hago nada… —se justificaba con ojos melosos.

«Y una mierda, nada», pensaba yo, pero callaba.

El resultado era tremendo. Me pasaba el día empalmado.

Prefería estar en el trabajo que en casa.

Me había propuesto no mirarla, pero me resultaba del todo imposible.

Aquella chica exhalaba sexualidad por todos los poros de su piel.

Así que más de una noche llegaba con el calentón a la cama y los polvos que le echaba a mi novia eran épicos.

Eso si ella se dejaba, que eran las menos veces.

Cuando ella se negaba —casi siempre—, una o dos pajas antes de dormir no me las quitaba nadie.

Y es que Elsa parecía vivir en la inopia.

En ningún momento hacía el mínimo comentario, ni siquiera un gesto de desaprobación.

Su actitud me mantenía perplejo. Que no hubiera dicho nada ante las descaradas actuaciones de Amy solo se podía deber a una de dos opciones: o no se enteraba de que la chica no era el bebé que ella creía —alguien a quien no se mira con ojos de hombre—, o estaba esperando a que me aprovechara de la situación y que me la tirara como parte de nuestro estado de pareja abierta.

La segunda opción fue ganando puntos día tras día. Me sorprendía a mí mismo pensando en ello a todas horas. Estaba casi seguro: Elsa estaba esperando a que me decidiera, no podía ser de otra manera.

Al cuarto día el asunto era un puro clamor en mi cerebro.

Y en mis testículos.

Al quinto me decidí.

Aunque cometí un error.

Podría haberme ido directamente a por Amy, buscarla en algún momento en que Elsa no estuviera en casa y empotrarla contra la pared. Sabía que ella no habría puesto ninguna objeción.

Pero me resistí a ello. Aunque me sentía moralmente autorizado, ya que Elsa se había follado al libanés —y a los otros dos imbéciles— sin contar con mi opinión, me creí en la obligación de advertirle de antemano mis intenciones con Amy antes de intentar nada.

Mala idea.

Inocente de mí, se lo comenté esa misma noche mientras leíamos las noticias del móvil en la cama.

—¿¡Cómo que te quieres tirar a Amy!? —exclamó tras un silencio de ojos como platos y mandíbula colgante—. ¿¡Te has vuelto loco!?

—Ssshhh… —la insté con un dedo sobre los labios—. No hables tan alto, joder, que te puede oír desde el cuarto de invitados.

No parecía que se lo estuviese tomando con filosofía, me dije, estaba claro que me había equivocado con mis suposiciones.

Del todo.

—Pero, por dios, Sergio —replicó en un susurro esta vez—. ¿Cómo se te ocurre ni tan siquiera pensar en la niña de esa manera tan sucia?

Menudo patinazo. Había creído que acertaba al asumir que la segunda opción era la correcta, pero descubrí con pesar que estaba anclada en la primera: Amy era para ella una especie de bebé en el que un hombre no debe fijarse.

A pesar de esto, mi nivel de testosterona me empujaba a luchar: llevaba la polla tan dura todo el día que los huevos me dolían a rabiar.

Necesitaba un desahogo.

Pero no con cualquiera, solo con Amy.

—¿Cómo que «niña»? —me quejé—. Ya lo hemos hablado, la chica ya debe haber cumplido los diecinueve, por lo menos. Es lo suficientemente mayorcita. Y tienes suerte que te lo estoy contando, podría haberla entrado a saco y ni te habrías enterado.

—No me lo puedo creer… —replicaba y le faltaba santiguarse.

—¡Tienes que dejarme, Elsa —atacaba yo—, esa niña me está buscando y no puedo aguantarme las ganas de darle una lección!

—Joder, que no, que no paso por ahí… —se negaba a dar su brazo a torcer—. Me da igual la edad que tenga. Ni que tenga diecinueve ni que tuviera treinta. Ni de coña vas a tocarle un pelo de la ropa con mi consentimiento.

Acababa de abrir una puerta y me colé por ella.

—¿Y sin tu consentimiento? —intentaba negociar—. Quiero decir… tú te haces la loca y yo me lo monto con ella sin que tengas que enterarte…

—¡Menos todavía! —respondía—. ¿Es que no lo entiendes? ¡Es una cría inocente…!

«¿Una cría inocente? —casi me entra la risa al pensarlo—. Si tú supieras…».

Estaba tentado de explicarle que ya me la había follado una vez.

Y, además, en el mismo descampado en que Loren se la había tirado a ella.

Y que en otra ocasión me la había chupado motu proprio.

Pero prefería no mencionar el tema. Tenía un arma mejor y podría reservar mi secreto por si al final lo necesitaba.

—De inocente, nada —le dije, socarrón, sabiendo que iba a sorprenderla—. No tienes ni idea de las cosas que hace esa chavala...

—¿De qué hablas? —me miraba expectante, al menos había captado su atención.

Tomé aire y le solté el bombazo:

—Esa que tu llamas «niña inocente» ha sido amante de Loren durante meses, quizá años.

Mi examigo se la ha estado tirando a espaldas de su madre.

Y es por eso por lo que se ha escapado, porque se siente traicionada al saber que Loren se ha liado con otra.

Que, para más inri, es su mejor amiga. Otra «inocente» nena, me imagino.

La expresión de Elsa cambió de expectación a incredulidad.

—Vamos, Sergio, no me vaciles… —replicó con una mueca—. Eso no te lo crees ni tú… ¿Por qué eres tan cabronazo? ¿Te crees que me voy a tragar esa patraña? Nunca hubiera pensado que caerías tan bajo…

*

No quise discutir, tan solo me dediqué a hurgar en mi móvil. Segundos después puse ante sus ojos el vídeo de una parejita que se magreaba en un parking a la tenue luz de los fluorescentes.

Elsa miró el video durante unos segundos, luego se llevó una mano a la boca.

—¡No-me-jo-das…! —musitó—. ¿Esos son…?

—Espera, en un momento el zoom te lo va a dejar claro del todo —respondí.

Se llevó la segunda mano a la boca cuando se confirmó que era Loren el que pajeaba a la chavala —Amy sin duda alguna— haciéndola gemir con los dedos entrando y saliendo de su coño.

—¿Qué me dices? —la reté henchido de gozo—. ¿Te lo crees ahora?

—¡Pedazodecabrón el muy cerdo…! —susurró asqueada al mirar a Loren trabajarse a la chavala, aunque no había forma de que dejara de mirar el móvil—. ¡Será puto guarro asaltacunas…!

—Exacto… Todo lo que digas de ese gilipollas es verdad…

—asentí—. Loren es un hijo de su madre… Pero no sé si no será peor la nena, que deja que su padrastro le haga lo que le da la gana, poniéndole la cornamenta a su propia madre…

Si ese día Loren no se la folló en el parking es porque me sorprendieron grabando.

—¿Y tú porque grababas? —inquirió acusadora.

Lo había dicho con mala baba, y con mala baba la respondí:

—Porque pensaba que la chica eras tú… —Devolví el golpe—. Y aunque al final no lo eras, no me equivoqué mucho contigo, ¿recuerdas?

Se mordió el labio y bajó la mirada.

El golpe la había dado de lleno.

Aun así, no quiso ceder.

—Me da igual —se mantuvo en sus trece, empecinada—. No me importa lo que esa cría haya hecho con Loren. Su madre me ha dejado a su cuidado y me niego a que te la tires.

—Pero, joder, Elsa… —refunfuñé con mala leche—. ¿De qué coño sirve tener abierta la pareja si solo tú te puedes follar a quien te dé la gana?

La expresión de su rostro me hizo pensar que había tocado la tecla correcta.

Pero se sacó un as de la manga y me dejó cortado.

—Vale, acepto que estás en tu derecho a reclamar a esa chica… —dijo, y casi llegué a sonreír antes de que terminara la frase, que al final me costó un disgusto—: Pero me atengo a las reglas de nuestro acuerdo y te veto a Amy porque es una «conocida». Regla tercera o cuarta, ¿recuerdas?

Me desinflé en cinco segundos.

Me había ganado por la mano.

La madre que la parió, me lamenté, había sido más lista que yo, el «super abogado».

Desde ese mismo instante me arrepentí de haber comentado mi intención con ella. Podría haberme tirado a Amy a sus espaldas y no habría pasado nada. A ver cómo iba a hacerlo ahora, cuando ya estaba avisada y se iba a mostrar vigilante las veinticuatro horas.

Afortunadamente, sólo quedaban cinco días para que su madre volviera.

Después retornaría la calma a nuestro hogar.

Y yo podría relajar mis niveles de testosterona, si es que los testículos no me estallaban antes entre las manos.

*

Entre tanta excitación, con Amy como el centro de nuestras vidas, el trabajo en la oficina se constituía como un auténtico oasis de paz. Al menos durante las diez o más horas que pasaba en ella no tenía que preocuparme de que mi erección acabara por reventarme el pantalón.

Creo que ya lo he comentado antes: aunque Elsa y yo trabajábamos en el mismo edificio y acudíamos juntos por la mañana, la vuelta a casa por las tardes la hacíamos por separado.

Ella solía salir más temprano y tomaba el metro sin esperarme para volver a casa.

Yo, por lo habitual, salía bastante más tarde que ella —gajes de la jefatura— y volvía a solas en el coche.

Había excepciones a esta regla, sin embargo. Si algún día yo daba por terminada la jornada antes de tiempo, la llamaba y nos encontrábamos en el parking para volver juntos a casa. Cuando eso ocurría, a veces aprovechábamos para hacer la compra en el supermercado o tomar algo por ahí.

Eso es exactamente lo que había pasado ese día, con una salvedad: en lugar de telefonearla, había decidido darle una sorpresa y tomé el ascensor para subir hasta su planta, doce pisos por encima de la mía.