Amy se escapa #2
Su réplica consiguió sorprenderme, esta vez de verdad.
—Yo sí…
—¿De veras? —dije abriendo los ojos de par en par.
—Sí, intercambiamos los móviles para llamarnos y salir algún día las dos. Luego todo se fue a la mierda, por supuesto…
—Bueno, olvidemos eso y vayamos a lo que importa. ¿Quién llama a Mery?
Había que hablar con la madre, ya que a Loren era mejor ni nombrarle.
Que supiera al menos dónde se encontraba la chiquilla, quizá la había echado de menos y estaba preocupada por no saber de ella.
Si se había escapado de casa, era más que probable que hubiera apagado el teléfono para que no la localizaran.
—Yo la llamo —dijo Elsa—. Vete al salón y controla a la niña, no vaya a hacer alguna tontería. Mientras tanto hablaré con su madre.
Segundos después me sentaba en el sofá frente a Amy. Ni loco me quería sentar a su lado y sentir de nuevo su calor. Aquella chica tenía la virtud de ponerme muy perro, mejor no correr riesgos.
Sin saber qué decir, solté la frase que tocaba:
—¿Qué tal estás? ¿Mejor?
Se limpió una lágrima de la mejilla antes de responderme.
—Sí, ya estoy más tranquila.
Lo pensé un instante. Era el momento de regañarla como se le regaña a un niño.
—¿Qué es eso de que te has escapado de casa?
Pero ella no se cortó.
—Te dije que lo haría… y no me hiciste caso.
—Eso no es verdad, claro que te hice caso…
—Ah, ¿sí? —se enfurruñó cruzándose de brazos—. ¿Y por qué no me llamaste después de las vacaciones? Me dijiste que te ibas solo en agosto, que en septiembre volverías y que lo hablaríamos.
Esa pregunta exigía una mentira como respuesta.
—Pensaba hacerlo pronto, en cuanto el trabajo me dejara tiempo libre…
—Ya, y yo me lo creo…
No me dio tiempo a darle la réplica, Elsa apareció en la puerta del salón y me hizo una seña para que volviera con ella.
—Vengo enseguida… —le dije a Amy—. Termínate la tila, que aún te queda la mitad.
—Vale, papi… —me vaciló y bebió con una sonrisa en la boca.
Maldita niña, me dije, era más que obvio que la mayor parte de su angustia era puro teatro, pero podía tener al menos la decencia de disimularlo.
Después me reuní con Elsa, de nuevo en la cocina.
*
Allí me aguardaba otra sorpresa. Mery estaba volando en esos momentos hacia los Estados Unidos y por lo tanto no podíamos llevarle a Amy a su casa y dar el tema por cerrado.
Había dejado a su hija con Loren, que le hacía el favor de quedarse a su cuidado a pesar de que se habían separado hacía unas semanas.
—Hemos quedado en que le llama y nos dice cómo hacemos para que la recoja —explicó—. Al parecer Mery no tiene ni idea de la residencia actual de su ex. Pero la niña lo sabe porque ha vivido unos días con él.
—Joder… vaya situación —me lamenté.
—Ya ves…
La llamada de Mery no tardó en llegar, aunque no tenía buenas noticias. Por más que lo intentaba, no conseguía comunicar con Loren y no tenía forma de saber dónde llevar a Amy.
—No hay más remedio —suspiró Elsa—. Hay que sacarle la dirección a la chica.
Pero algo que parecía tan fácil no iba a resultarlo en absoluto. Amy guardaba una nueva sorpresa.
—Loren no vive en una casa —explicó—. Vive en un hotel. Mejor dicho, vivía. Se ha ido esta mañana a París con su nueva amiguita y ha sido cuando me he escapado.
—¿Te iba a llevar con él? —pregunté sorprendido.
—Pues claro, no tengo a nadie más con quien estar… —refunfuñó—. Pero paso de irme con ellos, no quiero tener a esa zorra cerca ni en pintura…
—¡Esa boquita! —la regañó Elsa en el papel de madre.
—¿Nadie más? ¿Tampoco Richard? —pregunté yo con creciente angustia.
—Richard se volvió a Estados Unidos —replicó—. Te lo dije cuando hablamos antes de las vacaciones. ¿Es que no me escuchas cuando te hablo?
Esquivé la mirada de Elsa para eludir sus preguntas. Luego bufé desconcertado, la cosa se iba complicando por momentos.
—Vamos a la cocina —le dije a Elsa antes de volverme a Amy y advertirle—: Tú siéntate ahí y no te muevas.
Acató mi orden con gesto enfurruñado y acto seguido se reinició el cónclave entre mi novia y yo. No había más remedio que llamar a Mery otra vez. Que nos dijera otro lugar donde llevar a su hija, la casa de otro familiar, un amigo, lo que fuera.
Sin embargo, tras unos minutos agobiantes por la espera, Elsa volvió con la bomba final:
—Me dice que no hay nadie más con quien pueda dejarla.
—¡No fastidies…!
—Pues no te lo pierdas —añadió—, aún no has oído lo mejor…
—¿Hay algo más…? —pregunté tragando saliva.
—Pues sí… —continuó—. Me ha pedido por favor que la permitamos quedarse con nosotros. Que volverá pronto, en solo doce días. Y que nos pagará lo que sea necesario por cuidarla durante este tiempo.
—Suputamadre… —blasfemé al tiempo que me dejaba caer sobre una silla.
En realidad no me preocupaba dar cobijo a la chavala. Tampoco era una niña de tres años a la que vigilar cada paso que diera. Lo que en realidad me preocupaba era no poder resistir que durmiéramos bajo el mismo techo sin lanzarme sobre ella. Su sola presencia me ponía como un perro en celo.
—¿Qué hacemos entonces? —pregunté desconcertado.
—Pues ¿qué vamos a hacer? —respondió resignada—. En la calle no la vamos a dejar…
No había vuelta atrás.
El infierno para mí se había iniciado, pensé acongojado.