Mentiras y cuernos 3
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Amy se escapa
El cuerpo de Amy temblaba contra el mío.
Y mi cuerpo no temblaba menos, en parte por el calor que me llegaba de la chiquilla —un saco de huesos y piel como los de un pajarillo caído del nido—, y en parte por el terror que me producía la mirada de Elsa, que se había puesto en jarras a la espera de una explicación.
Intentaba articular alguna justificación para aquella extraña escena, pero mi cerebro se hallaba embotado y no conseguía componer más de diez palabras. Una vez más, como buen abogado que me consideraba, iba a tener que improvisar un relato que, aunque no creíble del todo, al menos fuera aceptable.
Por otro lado, no podía dejar de aspirar el aroma de la chavala, sentir la seda de su pelo, la suavidad de su rostro y el calor que emanaba de su aliento y de sus lágrimas.
Su contacto me retrotraía a aquella primera tarde en el descampado.
La tarde en que la había follado sin ningún miramiento para vengarme del cerdo de Loren.
El padrastro que no solo no respetaba a su retoña, sino que la sometía a sus bajos instintos convirtiéndola en una esclava sexual.
¡Hijodelagranputa!
Si pensaba en el sexo que había mantenido con ella, llegaba a la conclusión de que había sido un polvo agridulce. Dulce por degustar a aquella chavala apenas medio hecha. Y agrio por mantenerlo contra su voluntad.
Al menos en apariencia.
Lo más normal habría sido que Amy me odiara por forzarla a hacerlo. Sin embargo, a tenor de nuestro encuentro posterior —esa vez aparcados cerca de su casa— y por la escena actual, más parecía que la muchacha me hubiera tomado cariño.
—Sergio, ¿qué está pasando? —cortó Elsa el hilo de mis pensamientos en un susurro, como si no quisiera que Amy la escuchara.
—Yo… no… no lo sé… —balbuceé.
Mi novia dio un paso al frente. Había estirado las manos y parecía dispuesta a arrancarme a la chica de los brazos. Ya la agarraba por los hombros, cuando surgió un imprevisto.
Y entonces la escena se precipitó.
Amy se desmadejó como un títere al que le cortan las cuerdas y se me escurrió entre las manos hacia el suelo.
—¡Sujétala! —exclamó Elsa—. ¡Que no se golpee contra la mesa!
Por suerte mis reflejos no fallaron y la sujeté a tiempo, no pudiendo evitar aplastar sus pechos con los brazos, sin embargo, aquellos pechos núbiles que yo había babeado en otro momento.
Después, con un ligero esfuerzo, la tomé en brazos cogiéndola de las piernas y la transporté hasta uno de los sofás.
Elsa me acompañaba tirando de la falda de la chiquilla, como intentando que no se le viera la ropa íntima.
Vano intento.
No sabía mi novia que aquella intimidad no solo la había visto anteriormente, sino que la había disfrutado. No había nada bajo la falda de Amy que no hubiera lamido con mi lengua o acariciado con mis manos.
Y el solo recuerdo de ello endurecía mi entrepierna sin poder evitarlo.
Una vez solté a Amy sobre uno de los sofás, Elsa la tapó con una manta de viaje y resopló aliviada:
—Uffff, casi se parte la cabeza… ¿por qué se ha desmayado?
Con ojo clínico respondí a su pregunta.
—Debe de ser por la tensión —respondí—. ¿Puedes hacerle una tila o algo que la relaje? Se la ve muy nerviosa.
—Vale, voy a la cocina, no tardo —replicó y salió a la carrera.
Me senté al lado de Amy y le quité los mocasines acharolados por debajo de la manta.
Después le subí los calcetines hasta la rodilla, con el revuelo se le habían arrugado y apenas le cubrían los tobillos, haciéndola parecer desnuda.
Por debajo de la falda resaltaba el blanco impoluto de sus braguitas infantiles.
Lo que no entendía era por qué aún vestía de uniforme.
Y era una duda que no parecía que tuviera solo yo. Mi novia debía de estar haciéndose la misma pregunta, como después se demostraría.
Cuando Elsa volvió, incorporé a Amy para que le diera a beber el brebaje, soplando la cuchara para que no se quemara los labios y la lengua. La chica bebía a sorbos cortos y preguntaba, desorientada:
—¿Dónde estoy? ¿Qué ha pasado?
—Tranquila, cielo… —respondía mi novia, cariñosa—. Tómate esto y no te preocupes por nada, ya verás que bien te sienta.
Minutos después, Amy se había recompuesto y, ya sentada, bebía ella sola de la taza.
—¿Te encuentras mejor? —preguntó Elsa.
—Sí, ya estoy más tranquila —respondió Amy—. Perdonadme por el susto que os he dado.
—No te preocupes, no hay nada que perdonar —replicó mi novia—. ¿Podrás quedarte sola durante unos minutos?
—Sí, creo que sí…
—Vale… —dijo Elsa y, apretándome de un brazo, tiró de mí—. Ven conmigo, necesito decirte una cosa…
La expresión de malas pulgas le había vuelto tras el paréntesis. Vigilar a la chiquilla para que se tomara la tisana había sido tan solo una tregua, no el fin de la guerra.
*
Elsa me llevó hasta la cocina y cerró la puerta tras ella. De nuevo se puso en jarras y me soltó lo que llevaba un buen rato guardando para sí.
—¿Se puede saber qué está pasando aquí? —susurró sin dejarme respirar.
—Y yo qué sé… —me defendí y luego contrataqué—. Dímelo tú… Yo acabo de llegar y me encuentro en casa a esa chavala gimoteando en tus brazos.
No era Elsa de las que se amilanaran y una vez más lo demostró.
—No intentes liarme —replicó—. La chica estaba ya en casa, es verdad, pero en cuanto te ha visto se te ha echado en los brazos. ¿Se puede saber a qué vienen tantas confianzas? ¿De qué os conocéis esa niña y tú?
Me aclaré la garganta antes de responder.
—Para empezar, no es tan niña. Por mis cálculos debe tener ya los diecinueve.
—¿Y el uniforme? —dijo y se cumplió lo que yo pensaba: Elsa dudaba de la edad de la chavala—. No me dirás que con diecinueve va a vestir como una colegiala.
—Ni idea… —respondí sin mentir—. Imagino que estará estudiando un ciclo de FP en el mismo colegio donde estudiaba el bachiller… ¿Cómo quieres que lo sepa?
—Pues porque te veo muy bien informado sobre su edad. ¿Vas a explicarme cómo sabes tanto sobre ella?
Inspiré largamente, era el momento de improvisar, aunque recordaba que ya habíamos hablado del tema en otra ocasión, lo que me allanaba el camino.
—No sé tanto como crees. La conocí cuando cenamos con Mery y Loren, la noche en que se celebraba el cumpleaños del marido de Sofi, ¿recuerdas?
—Sí, claro...
—Pues si mi memoria no me falla ya te comenté que me la presentaron… —repliqué mientras buscaba la siguiente frase—. Lo hizo su madre, Mery. Me dijo orgullosa que Amy tenía dieciocho años, aunque aparentaba dieciséis como mucho. ¿Es que no recuerdas que lo hablamos?
Su mirada se aclaró y se notó que se le refrescaba la memoria.
—Ah, sí, ahora lo recuerdo… —confirmó por fin y suspiré para mis adentros—. Hablamos de lo de su edad, que nos parecía mucho más joven. Dieciséis o diecisiete como mucho, pensaba yo. Lo que no entiendo es por qué te ha abrazado como si fueras su padre…
Esa respuesta ya la había preparado, así que me salió natural.
—No sé, tal vez fue porque la defendí delante de sus padres.
—¿Cómo que la defendiste?
—Sí, bueno… —respondí—. Se montó una discusión sobre si debían dejarla ir con su novio a pasar la noche con unos amigos.
Sus padres le negaban el permiso y yo hice de intermediario.
Al final les convencí y la cosa acabó bien para ella y Richard.
Cuando se fueron Amy, me dio un beso en la mejilla, debió de verme como su héroe… vete a saber…
El ceño de Elsa se fue relajando poco a poco.
Se había tragado mi trola.
Y yo respiré aliviado.
Aunque, a decir verdad, yo aún no conocía su parte de la historia. Era mi turno de preguntas.
—¿Pero de qué la conoces tú? —la acusé—, porque os he visto en plan muy «familiar».
Lo pensó un instante y dudé si no estaría improvisando de la misma manera que lo había hecho yo.
—Pues… supe de ella porque Loren me enseñó fotos… —titubeó rehuyéndome la mirada—. Luego me la presentó una vez que los encontré por la calle. Iban agarrados de la mano, se les veía muy unidos y eso me provocó mucha ternura. Al fin y al cabo él no es su padre, tan solo su padrastro.
«Sí, mucha ternura, no te fastidia… —me hubiera gustado decirle pero lo callé—. Si supieras para lo que la quiere el muy hijodesumadre…».
—Pero no entiendo lo que hace aquí… —repliqué—. ¿Cómo es que la has subido a casa?
Elsa se sentó en una silla y se retocó la melena, echándosela hacia atrás con un gesto femenino.
—No he sido yo quien la ha subido a casa, me la he encontrado esperando sentada en la escalera.
—¿¡Cómo…!? —exclamé alucinado, —. ¿Y te ha contado a qué ha venido? ¿Cómo conocía nuestra dirección?
Pero Elsa estaba tan in albis como yo.
—Nada, muy poco, no hacía más que gimotear y balbucear cosas que no le he entendido… —respondió—. He pillado tan solo que se ha escapado de casa y que no tiene donde ir. Y me pasa lo mismo que a ti, no entiendo cómo se ha enterado de dónde vivimos.
Abrí los ojos, haciéndome el sorprendido. En realidad había una parte del asunto que imaginaba:
—Supongo que habrá conseguido nuestra dirección en el móvil de Loren… Y además…
—Además, ¿qué…? —me miró expectante.
No había más remedio, iba a tener que confesar, aunque fuera solo una parte. Mejor ofrecerle algo de información y así evitar que siguiera indagando.
*
—Hay algo que tengo que contarte —susurré con cautela.
—Vamos, habla, me estás poniendo de los nervios —me urgió curiosa.
Entonces le relaté la llamada que había recibido de Amy el día en que salíamos de vacaciones.
—Me dijo que estaba harta de sus padres —mencioné a los dos para no tener que explicar la realidad de su relación con Loren—, y que había llegado a pensar en escaparse de casa.
—¡No fastidies!
—Pues sí… —respondí componiendo una expresión lastimera—. Ahora siento no haberla creído capaz. Quizá tendría que habérselo comentado a Mery y a Loren.
—¿A quién? ¿A Loren? —soltó irónica—. Ya dudo de que fueras capaz de hablar con él sin llegar a las manos… incluso por teléfono…
Me fastidió el comentario. Si odiaba a Loren era porque ella se había abierto de piernas para que él la follara.
—Bueno, pues a Mery —respondí—. Aunque no tengo su número…