Capítulo 16
TROY
A nudé la corbata con suavidad, cuidando hasta el mínimo detalle y acaricié de la misma manera la camisa tras ponerme encima de ella, la americana azul marino que había vestido por primera vez hacía dos años cuando yo mismo me gradué.
Me acerqué al baño y me eché colonia tímidamente, volviendo veloz hasta mi habitación.
«No quiero pasarme, hoy no.». Me senté en la cama esperando una llamada y cuando esta llegó, mis dedos temblorosos acudieron, a duras penas, a la pantalla dispuestos a aceptar aquella señal.
—¿Troy? —Su delicada voz parecía triste—. Quizás no sea buena idea que vengas… sé que te dije que me hacía ilusión, pero estará todo el mundo aquí… mis padres, mis amigas, Elle y April no pueden verte, sabes que no pueden…
—Yo… —musité decepcionado por la situación.
«Sé que tiene razón, pero no quiero que la tenga.»
—No hace falta que digas nada, ha sido todo culpa mía, no debí ser tan irresponsable invitándote a esto… pero realmente quería que vinieses.
—No es culpa de nadie, es algo que te hacía ilusión. —Carraspeé la voz y rectifiqué—: A ambos. ¿Seguro que no hay ninguna manera de vernos?
—No, no la hay. —La escuché sorberse la nariz levemente —. Tendremos que esperar a Tailandia.
Las ideas volaron por mi cabeza como pájaros buscando su destino a través de la luna y las estrellas. Ese viaje supondría un antes y un después en nuestra vida, los dos lo sabíamos y necesitábamos vernos por última vez antes de que todo cambiase.
—Nos debemos una última vez aquí, lo sabes y lo sé —sentencié con seriedad y ella resopló en la otra línea—, no podemos empezar este viaje sin despedirnos de nuestra vida anterior.
—Lo sé, pero no sé cómo podemos hacerlo, el vuelo sale mañana. Estos días han sido muy estresantes, desde que el instituto cambió la fecha de la graduación, todo ha sido un descontrol. Ni siquiera sé si podré convencer a las chicas para ir…
—Seguro que sí.
—Sí, pero…
—Solo nos queda la tarde y la noche de hoy —declaré sin ninguna duda.
—Ya pero no puedes venir a la graduación, es peligroso…
—¿Y si actuamos como si no nos conociéramos? Creo que podríamos soportar vernos. Aunque sea desde lejos y ni siquiera podamos hablar. Al menos podré verte graduándote. —Una sonrisa se formó en la comisura de mis labios al pronunciar esas palabras.
—Al menos podrás verme graduándome —repitió, soltando una carcajada—. A las 6.00 pm comienza, allí te espero.
—Estaré en la última fila —añadí sin parar de sonreír.
—Allí nos vemos —dijo, suspirando—. Gracias, Troy, por todo.
—Gracias a ti, Brooke —afirmé y después ambos cortamos el teléfono, rezando porque esa noche no fuese la última en la que nos viésemos.
Contemplo la pantalla dubitativo sin creerme lo que acabo de ver .
«Elle no puede estar a punto de matar a Bette.
No puede ser. Brooke no cabría en sí misma si viera lo que está sucediendo.
» Cierro los ojos y aprieto la mandíbula.
«Esa afirmación...» , susurro para mis adentros, sintiendo una gran puñalada clavándose en mi corazón, en aquel, que malherido, aun lucha por latir con la misma frecuencia con la que latía antes, cuando las cosas iban bien y ella estaba viva.
—Tenemos que hacer algo, Viktor, no podemos dejar que… —exclamo, dejando paso a mi razón y obviando los sentimientos que solo me hacen retroceder al pasado—. no podemos dejar que les pase nada, conozco a Elle, ella no es…
—Nunca conoces a alguien lo suficiente, Troy, nunca —asevera, negando con la cabeza sin apartar la vista de las imágenes.
—Ella no es capaz de hacer eso —replica April que hasta entonces se había mantenido ajena a la conversación—. Tiene que estar pasando algo, ella no podría…
—Viktor, de verdad, Tyler puede estar en peligro, Elle también y Bette —pronuncio, interrumpiendo a April y acercándome a él para agarrar su brazo—. Debemos ir.
—Nos pueden descubrir y si lo hacen, estaremos muertos —sentencia haciendo caso omiso a mi llamada de atención.
—Iré yo, no me importa correr este riesgo si es por ayudarlos, iré yo —insisto mientras el resto me observa como si hubiera dicho una auténtica locura.
—Yo también iré contigo —añade Nick insensato.
—Ni hablar —saltamos Viktor y yo al unísono—. Iré yo —volvemos a repetir y nuestras miradas se juntan.
—Quédate aquí con ellos, Troy, procura que no les pase nada —me susurra el ruso como si April y Nick no estuvieran presentes.
—Pero… —intento replicar, pero sus ojos grises funden amenazantes los míos.
—Hazme caso, por favor —suplica con gran dolor.
—Está bien —accedo pese a que mi cabeza me grite que estoy a punto de cometer un error.
Si Viktor fue jefe de la Mafia y ahora quiere salir del país significa que el nuevo líder y sus secuaces le buscan y no pararán hasta acabar con él. Cualquier otra cosa carecería de sentido.
—Por si algo sale mal… —comenta pesimista—. los pasaportes están en aquel cajón —confiesa señalando un mueble de la cocina de un tono más claro que el resto.
Él se mueve veloz hasta una de las habitaciones mientras nosotros permanecemos inmóviles sin saber qué hacer.
Está claro que no podemos dejar que vaya él solo, pero nuestras bocas apenas pueden hablar y nuestros cuerpos son incapaces de impedirle que huya.
La parálisis todavía nos inunda cuando él vuelve a la sala, cubierto por un largo y robusto abrigo negro.
En mitad del silencio, un teléfono comienza a sonar.
Las miradas llenas de escepticismo e incertidumbre vuelan a lo largo del piso franco.
Nadie entiende nada salvo Viktor, quien saca de su bolsillo un móvil antiguo y contesta sin darle demasiada importancia.
Durante unos minutos, una conversación en ruso parece llevarse a cabo entre Viktor y la persona desconocida. Un tono, primeramente, malhumorado y después compasivo envuelve el ambiente y cuando el ruso corta la llamada, todas nuestras sospechas se convierten en una realidad.
—Teníais razón, Elle solo es una víctima —aclara mientras vuelve a acercarse al dispositivo que expone la verdad de la historia—. Era mi hermana, acaba de liberar a Caitlyn. Sombra la había secuestrado.
—¡Joder! —grito, pegando un leve manotazo a la mesa de la cocina—. ¿Están bien?
—Sí, por suerte, sí, pero Elle iba a matar a Bette para salvar la vida de Caitlyn… bajo las órdenes de ese hijo de puta.
—Pero, si Caitlyn está bien y Sombra muerto, Elle no necesita… —señala April perspicaz.
De pronto, nuestra conversación se ve interrumpida por un cambio en las imágenes, un nuevo personaje acaba de entrar en escena.
Tyler ha llegado al Teatro Bólshoi y suplica que le dejen entrar.
Los guardias de seguridad, impasibles ante sus ruegos, comienzan a empujarle y al ver su insistencia, deciden empezar a atizarle puñetazos.
Caminé por la fresca hierba, empapando mis zapatos de cuero negros y sintiendo los hierbajos sin pulir que se introducían más allá de mis pantalones y acariciaban mi piel.
Mi corazón latía con fuerza, pero, a diferencia de otras veces, no sentía miedo, sino alegría por estar ahí.
Las familias corrían para alcanzar un buen asiento en el que ver a su hija o hijo graduándose, en el que embriagarse de orgullo y felicidad.
Los estudiantes ya estaban subidos a las gradas que había montado el instituto y nerviosos, observaban el futuro con más incertidumbre que nunca.
Algunos volarían lejos de su hogar, otros apenas se alejarían unos kilómetros de Virginia y puede que la mayor parte aún continuase sin saber qué haría dentro de unos meses.
La adrenalina de la graduación, la sensación de dejar todo atrás, todos esos sentimientos que tan solo percibirían hoy y que hacían de esa fecha su día.
El mañana no le pertenecía a nadie más que a la vida y el destino y eso era innegable.
La gran parte de ellos sonreían a la cámara con decisión, y solo unos pocos la miraban con letargo, tristeza y melancolía.
Les entendí a todos ellos. Las historias del instituto no se volverían a repetir, quedarían sepultadas en los recuerdos, en las memorias de unos jóvenes que no sabían nada de la vida y que temblaban solo de pensar que esa etapa se iba a acabar en algún momento.
Pero llegarían nuevas y las antiguas se recordarían seguramente con más fervor que cuando se vivieron.
Llegué a los asientos y me coloqué atrás del todo, de pie, pues las sillas se habían agotado hacía dos filas.
«Mejor, así la veré mejor», me dije a mí mismo.
Todos estaban en sus posiciones. Comencé a buscar ansioso a Brooke decidido a apreciar lo preciosa que seguro estaba.
Tras unos segundos de espera mis ojos encontraron los suyos en lo alto de la última grada.
Su pelo rojizo suelto, sus ojos verdes pintados con suma delicadeza y sus hombros cubiertos por unos finos tirantes que dejaban caer un largo vestido de color botella hicieron que durante un instante perdiese la noción del tiempo.
Y todo ello a pesar de que en cierta manera toda su vestimenta se viese opacada por la toga y el birrete negros que conformaban la indumentaria típica de una graduación.
Un segundo después de encontrarla, nuestras miradas se juntaron y ambos sonreímos.
El acto empezó con una bonita melodía a manos de una chica rubia, que con sus dedos interpretó a la perfección Nuvole Bianche de Ludovico Einaudi.
El público se derritió de emoción. De hecho, algún que otro padre se dejó llevar y soltó una lágrima.
Y justo cuando la canción alcanzó la mitad, una señora mayor, que aletargada resoplaba por su retraso, se puso a mi lado.
—¿Está bien? ¿Quiere que le encuentre una silla libre? —le susurré intentando no estropear la actuación de la pianista.